Yo Cuento
Lunes 02 de Julio de 2018

Perdida identidad

Yo Cuento por Mario Enrique Nicolás Di Malo

Ese mediodía había resuelto no almorzar, algo me susurraba en lo más íntimo que debía encaminar mis pensamientos hacia la estación local; un chirriar a la distancia de frenos y combinados silbatos, me invitaban a visitar las instalaciones; el pasado caprichosamente me estaba llamando. Sin dudar e ignorando a las chicharras que taladraban en concierto, el paisaje rutinario de uno de los tantos mediodía de Concordia, apuré mis pasos.

Llegué al playón de arribo de pasajeros pero no había nada ni nadie, solo el silencio de un presente sin resolver; una ilusión sujeta a decisiones políticas que nunca llegaron. Convencido de una falsa alarma de mi espíritu, decidí como para justificar el tiempo, subir al primer piso donde prolijos recuerdos... descansan (1). Mi curiosidad me obligó a tomar un amarillento ejemplar de un diario de época...y la falta de luz, satisfacerla a través de la ventana. Entusiasmado de su contenido, absorto miré hacia afuera, y el mismo impulso que me había traído, se mezcló con la espera de pasivos pasajeros, que miraban esperanzados la formación arrastrada por la locomotora Yatay, fabricada por la compañía Neilson Reid and Co, Glasgow, Escocia en 1888, compañera de La Monte Caseros que dormía indiferente su siesta, una reparadora y merecida siesta en aquella tarde de fin de siglo.

Levanté mi mano como respuesta al saludo cordial del maquinista que ingresaba a las oficinas y sin que nadie me viera ingrese a uno de sus vagones. Me sorprendió el saludo:
—Güenas señor.
—Buenas tardes— respondí.
—¿Ustedes no bajan? ¿Podemos?
—¡Cómo no!— asentí.
—Todavía no han empezado las acostumbradas maniobras, como quien dice, tenemos para rato— bajó su cabeza cerrando el diálogo.

Instantes después lo vi alejarse en dirección al río junto a su compañera. Lo seguí, su misterioso aire se transformó en imán y desde una prudencial distancia, sus pensamientos me llegaron pausadamente. Yasú, el charrúa, miraba a su mujer que, sentada sobre un tronco de ñandubay, extraía en silencio de un envoltorio rudimentario, un trozo de carpincho asado sin sal la noche anterior. Sus gestos eran tan graves que nadie hubiera podido distinguir otros, que indicaran sentimiento alguno hacia su compañera. Era su naturaleza y ella lo albergaba...

La otrora conquista había terminado hacía mucho tiempo, más presentía que una nueva se gestaba a la sombra de un gobierno nacional que lejos estaba de respetar tanto al aborigen como al criollo, semilla de la civilización que llegó allende los mares, entre un torbellino de sangre y acero cuatro siglos atrás. Un tropel de la misma raza pero de diferentes pelajes, entre ellos, italianos, austriacos, suizos, franceses, alemanes, se asentaba paulatinamente desde hacía un largo tiempo sobre su territorio. "Ya lo sabía"–se dijo– "en otros pagos está ocurriendo lo mismo".

Desde los albores, los gobiernos patrios estudiaron la posibilidad de poblar estas vastas tierras, con leyes y disposiciones. Uno de los factores estimulantes, resultó ser entre otros el más lamentable: borrar paulatinamente las raíces e incorporar el sello europeo a toda una dinastía nativa y criolla. Alberdi dejó sentado que:"(...) Esa población debía formarse con el trasplante vivo de la mejor civilización europea(..)"

Recordaba con orgullo que sus antepasados, habían integrado las tropas de Gervasio Artigas, para combatir a su antiguo enemigo allá por 1811. Que era nieto de uno de los ultimados por el General Oriental y Unitario Fructuoso Rivera y su sobrino Bernabé en 1830, en el paraje conocido como la Cueva del Tigre, so pretexto de participar de una invasión al Brasil, para recuperar ganado sustraído por los hombres del Imperio, bajo el compromiso de que serían dueños de esas tierras, si sus naturales costumbres quedaban en el pasado Recordaba aquellos valerosos hermanos de raza, que le hicieron frente al León Inglés en las islas Malvinas, junto al entrerriano Antonio Rivero, caído luego en el combate de la Vuelta de Obligado en defensa de la soberanía.

Recordaba también cómo se las habían ingeniado para no ir a combatir a sus hermanos guaraníes paraguayos. Una imperceptible sonrisa se adueñó de sus tiempos, él había sido uno de aquellos que imitando el grito del zorro y el aullido de los perros, desbandaron la caballada en los arroyos Basualdo y Toledo, destinada a esa infame campaña. "Casi nos fusiló don Justo, en fin", murmuró. Una mueca selló el pasado.

Cortó con maestría un trozo y lo acercó a su compañera, guardó el facón como síntoma de la falta de apetito y se paró, caminó hacia la costa del Uruguay, se agachó, bebió del río la savia de la vida recogiéndola con sus curtidas manos y quedó en cuclillas un buen rato; volvió a pararse y el agua le devolvió su imagen: sombrero negro, alado, de copa baja rodeado de una cinta roja, divisa que honró en Cepeda, Pavón, Don Gonzalo y Alcaracito; pañuelo anudado al cuello, camisa raída de indefinible color y una bombacha, cuyos originales colores franceses de "blanco sucio o isabelino" desgastados por el uso, se asomaban; piedra fundamental de la célebre Bataraza, resabio quizás de aquellas 100.000, adquiridas por parte del General Urquiza, a la sazón Presidente de la Confederación Argentina, fabricadas por Francia para los Ejércitos Turcos, que habían quedado como rezago de la Guerra de Crimea... Un par de alpargatas "con bigotes" adornaban sus cansados pies, fruto de una partida que en 1862, el vasco Pedro Luro había traído de la Península Ibérica...

Llevó sus brazos al cielo en señal de reproche, vergüenza o tal vez en busca de ayuda y un ancestral alarido elevó a los vientos, mientras desnudas lágrimas forzando el bastión de sus ojos, caían lentamente sobre sus mejillas... Sintió el golpe de una puerta al cerrarse, y el rechinar de otra que se abría..

Regresó sobre sus pasos, miró a su compañera y murmuró entre dientes....
... ¡Para nosotros... para nuestra posteridad... y para todos los hombres del mundo..!
Lo esperé al pie de la campana de partida y en el instante en que abordaba su vagón, giró su cabeza, entonces levanté mi mano y sacándome el sombrero en señal de respeto, honré su pasado. La formación partió y a medida que se alejaba, la realidad me acercó inexorablemente al presente y al vacío inexplicable del andén. Volví sobre mis pasos y retomé el polvo de mi propia rastrillada.

Fuente
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.
Picerno, José Eduardo - La confesión de Rivera, autor del genocidio Charrúa en 1831.
Archivo Histórico ciudad.

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