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Diálogo Abierto

"Pensé que iba a ser un paladín de la justicia y viajar por el mundo"

Bibiana Artazcoz, el periodismo que imaginó y el que pudo desarrollar, tras culminar su etapa profesional en Cablevisión.

Jueves 17 de Octubre de 2019

Anécdotas, aciertos y “descuidos” en el aire, lo deseado y lo que realmente fue, la mentira como relato en la política, el cambio tecnológico, las preguntas y reflexiones que la movilizaban en los inicios y las que mantiene, fueron algunas de las cuestiones conversadas con Bibiana Artazcoz, apenas pasadas unas horas de ingresar a la condición de “jubilada”, categoría que, dice con su brillante sonrisa de siempre, “es muy fuerte y todavía no la pasé por el cuerpo”.

De Chascomús a los primeros miedos

—¿Dónde naciste?

—En Chascomús, Buenos Aires, donde viví hasta los 6 años y también estaba la casa de mis abuelos, primos y la laguna.

—¿Quiénes de tus ancestros llegaron primeramente a Argentina?

—El abuelo de mi papá llegó allí; se dedicaron a la herrería y bailaba jota. No sé más porque a mi papá no le importaba demasiado.

—¿Cómo era tu barrio?

—Muy tranquilo, de calles anchas y arboladas, y casas bajas, de dos ventanas y una puerta. Pasé hace poco.

—¿Qué se veía al salir de la tuya?

—Vivía casi en la esquina, así que era un panorama amplio.

—¿Lugares de referencia?

—La esquina y otra esquina, la de don Brillante, una tienda donde íbamos la noche de reyes a buscar mucho pasto para los camellos, y donde también matábamos sapos.

—¿Había un límite de la zona que no podías traspasar?

—Hasta donde mi madre me veía. En el barrio todos eran tutores, así que si te veían haciendo algo, te llevaban a tu casa. Me encantaban los chicles y mamá me los prohibía, así que una vez le saqué el dinero que tenía para toda la semana, fui al almacén, le pedí todo en chicles, me preguntó si mi mamá me había dado la plata, el almacenero fue a mi casa y le contó. ¡Ooohhh!

—¿A qué jugabas?

—En la vereda, a las figuritas, rayuela, escondida, corridas, hacía tortitas con barro… era la nena entre muchos varones y jugábamos a los cowboys…

—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?

—Mi mamá, maestra, mi viejo, viajante, y luego gerente de sucursales, así que tuvimos que emigrar a Chivilicoy, donde viví hasta los 13 años, y a Santa Fe, en plena dictadura y donde mi vieja tenía miedo. Luego me vine acá, tras pasar por Rosario para estudiar periodismo. Cuando nos fuimos a Santa Fe sufrí porque en Chivilicoy tenía muchos amigos, lugares para andar y vivíamos frente a una plaza. Sufrí “bullying” por parte de las profesoras porque llegué con buenas notas y tenía que demostrar que era tan buena. La secundaria la hice en un colegio religioso privado. Tuve que hacer nuevos amigos, el barrio era el centro, las veredas eran chicas, había que tomar colectivos…

—¿Qué descubriste en Santa Fe?

—Que todo quedaba más lejos, había que andar en colectivo y tenías que cuidarte sola. Descubrí los primeros miedos y todo era asombroso. Con el tiempo me integré y conservo amigas.

Exigencia y esfuerzo

—¿Qué materias te gustaban?

—Historia y Literatura, y nunca tuve empatía con Matemáticas, Física y Química.

—¿Había libros en tu casa?

—¡Sí! y la vi laburar mucho a mamá para la escuela.

—¿Influyó ese modelo?

—Estaba marcada la exigencia de no quedarse y esforzarse, aunque con mi hermano nunca dimos trabajo con el estudio. Cuando terminé la secundaria no me cuestioné si tenía que dejar de estudiar o trabajar.

—¿Algún libro que te impactó?

—Mi planta de naranja lima, El Principito y Platero y yo. Me gustaba mucho la poesía, así que me incliné por Alfonsina Storni, (José) Pedroni, Antonio Machado, (Mario) Benedetti y (Francisco de) Quevedo. Más tarde (Pablo) Neruda, (Eduardo) Galeano. Manuel J. Castilla, (Horacio) Quiroga y Miguel Hernández; leía en forma anárquica. Mi hermano también era muy lector, tenía la colección de Robin Hood, y teníamos enciclopedias y libros de cuentos.

Preguntas, reportajes y cuadernitos

—¿Sentías una vocación?

—Hacíamos teatro, jugábamos con muñecos y hacía “reportajes”, preguntaba y yo contestaba como un personaje, con un grabador que compró papá. Pensaba en ser cantante, artista, pero no tenía claro qué era periodismo.

—¿Mantuviste tus aficiones durante bastante tiempo?

—Hice danza clásica, declamación y guitarra, todos proyectos fracasados (risas). Tuve un problema pulmonar y el médico le dijo a mamá que tenía que evitar los enfriamientos, así que ella decidió que terminara con la danza. Me gustaba escribir y hacía cuadernitos con cuentos, poesías y relatos, que les mostraba a mis viejos. En el secundario me resultaba fácil escribir sobre una idea. Tengo los cuadernitos guardados (risas), a veces los releo y me parece que no están tan mal para la época.

—¿Hay un denominador común?

—Es más sentimiento, vivencial, que cerebral. También llegó a mis manos un cuadernito de mi abuela, quien escribía poemas, sobre su amor, mi abuelo, y los nietos.

—¿En función de qué decidiste la carrera?

—Comencé Filosofía en la Católica porque quería ser filósofa, luego estudié un año de Periodismo en Rosario y me pasé acá cuando se abrió la carrera, en 1981.

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Preguntas y militancia

—¿Qué pensabas sobre ser filósofa?

—Me gustaba preguntarme sobre la vida y el destino; eran épocas de muchas preguntas, pero no quería ser profesora. También me hubiera gustado ser Psicóloga. Era muy racional.

—¿Imaginabas que como periodista también podías responder esas preguntas?

—Sí (risas), igual que como psicóloga, preguntar y conocer historias de otros.

—¿Te integraste a Paraná?

—Hasta tercer año viajaba, comencé a trabajar con Santiago Rinaldi y en una revista, estaban las peñas universitarias, hice amigos y comencé a quedarme, hasta que alquilé algo. Me parecía bárbaro porque vivíamos charlando y debatiendo, era la ebullición política por el principio de la democracia y la formación del centro de estudiantes. Los Alpes era nuestro segundo hogar (risas).

—O primero.

—¡Sí! Fue una época muy rica y consumíamos mucha cultura.

—¿Mantuviste alguna afición?

—Conformamos la Agrupación La Ventana, militábamos culturalmente, y hacíamos talleres y recorridos barriales en La Pasarela.

—¿Primaba más la militancia que el hecho artístico?

—Sí, era un compromiso militante. Luego comencé a hacer mucha locución en presentaciones y desfiles de modelos, y hacía radio.

—¿Continuabas escribiendo?

—Para mí, sobre cosas que me pasaban, la soledad, el amor, el desamor, la ciudad… me costó mucho publicar trabajos propios.

—¿Respondiste aquellas preguntas con el transcurrir del oficio?

—(Risas) No sé si me sirvió para responderme o para seguir preguntándome, lo cual ahora hago con más calma. Busqué recursos para estar más en paz y la terapia también me ayuda. Pienso por qué seguí periodismo y no diseñadora gráfica o de interiores, psicóloga o jardinera. Uno se deja llevar por los impulsos naturales o vitales, y con el tiempo, porque cambia, se pregunta si no hubiera sido mejor o más feliz ser otra cosa, por ejemplo tejiendo para el hospital. Pero creo que hice un buen camino, porque fui honesta conmigo, traté de fortalecer mis valores, hacer buenas preguntas, descubrir historias y respetar a los entrevistados.

La facultad y las historias de la gente

—¿Alguna cátedra de Comunicación o formador te resultó importante?

—Georgina Martínez, la profesora de Literatura, me gustó, y Graciela Mingo, porque nos hablaba de política. Luis Sánchez y (Oscar) Bosetti fueron importantes por la ayuda en la tesis. El h de p de (Carlos) Uzín me hizo parir, me bastardeó y nunca aprobé con él Historia del Pensamiento, aunque estudié catorce horas por día. Las chicas me decían “suerte, suerte”, y él contestó “el examen no es azar, es estudio”. Luego rendí con Núñez y me puso un 10.

—¿Qué idea de periodista formaste durante la carrera?

—Me parecía que íbamos a ser los paladines de la justicia y la verdad, y que viajaría por el mundo (risas), después la realidad te muestra otra cosa. Gracias a Dios fuimos una generación que encontramos laburo y nos tomaban siendo jóvenes. Ahora no sé cómo se las arreglan los pibes porque son más y hay mayor precarización laboral. Comencé en la radio, luego en las revistas Ciudad, Región y Análisis, en FM Capital, volví a LT 14, fui a la Empresa Provincial de Energía como comunicadora social y salté a Cablevisión.

—¿Cuál de estos trabajos te entusiasmó en cuanto a lo que significa la profesión?

—En la radio me sentí muy bien. Comencé a la noche en FM Capital y estuve a la tarde en LT 14, programa en el cual escribía mis guiones. Es un medio muy instantáneo y empático. La tele al principio me costó pero después adquirí el oficio.

—¿Por qué te quedaste en la televisión?

—Me gustó; estabas en contacto con la gente permanentemente, conocías historias desde la de un pobre jornalero hasta un encumbrado científico. Esos matices claroscuros me ampliaron mucho la mirada sobre las cosas y la gente. Lo de preguntar y conocer me fascinó.

Los límites y las idioteces

—¿Cuándo te diste cuenta que no necesariamente tenía que ver con la verdad y la justicia, aunque se mantengan esos valores?

—Más que la verdad, buscar lo verosímil. Me fui dando cuenta que había límites. Trabajé en relación de dependencia, lo cual te da un marco de reglas de juego porque hay una empresa, un dueño, una editorial, un perfil… Traté siempre de ser fiel a mí misma, en el sentido de que no hice cosas que no me gustaran, o que estaba en contra. Fue un límite. No acepté lo de “preguntale tal y tal cosa”, o “no le preguntés de tal tema”. Lo más rico que uno conoce del otro es el off de record y lo que no puede decir en el micrófono, sobre todo en los políticos, funcionarios y la gente que tiene poder.

—¿Un caso paradigmático de la brecha entre la máscara y el off?

—Muchos. Antes de entrevistarlo, un intendente me preguntó “¿hace cuánto que estás en esto?”. Le contesté “más de veinte años” y me dijo “¡Veinte años que estás escuchando nuestras idioteces!”. Pensé sobre cómo tenía consciencia de que me estaba diciendo idioteces. Me sacudió. En la política la mentira es el relato.

—¿Qué hiciste con tanta mentira escuchada y acumulada?

—A veces te sentís como reproductora de la mentira. Pero después dije que la persona que escucha o lee tiene su criterio; es desnudar la mentira porque no la estoy promoviendo, la pongo en el tapete, lo cual certifica el laburo del periodista, mostrar. Creo en que el otro lado es quien replantea y tiene que preguntarse.

—¿Te sentiste abatida alguna vez?

—Algunas veces sí. Cuando comencé los periodistas más experimentados decían que Paraná “tenía un techo” y me ponía muy mal, porque era como un límite de la mediocridad. Fue un desafío desalentar ese mito. Con el tiempo me di cuenta de que si bien siempre hay posibilidades, el medio también te condiciona, aunque no quiero que se tome a mal. Quizás en otros lugares hay mayores posibilidades de progreso.

—Es lógico, la ciudad tiene determinada superestructura socio cultural, que determina una media.

—Ambos sabemos lo que pensamos de esta ciudad (risas). En la juventud me desmoronó un poco y me sentí desorientada, cansada de esforzarme. No había recursos, no le interesaba al medio, “hasta acá está bien”, “para qué más”… muchos “no” que tienen que ver con el contexto.

Aquellos desafíos y el hoy

—¿Cuándo tuviste cierta comodidad por dominar el oficio?

—No sé… siempre traté de hacer lo mejor.

—¿Algo que fue un desafío?

—Los desafíos son lo que te alientan: hacerle una entrevista a un presidente, cubrir algo importante como la reforma de la Constitución, una inundación, una manifestación con gases lacrimógenos, el tractorazo, una balacera en un barrio… te exigen valentía y un poco de inconsciencia (risas). También el ver la miseria y la pobreza, la discapacidad, los imposibles de la gente, te da un poco más de crecimiento anterior.

—¿Qué te pasó por el cuerpo desde el día que dejaste la rutina?

—Te contaba que cada día descubro lo que me despojé y lo que viene. No me levanto temprano, camino despacio por la peatonal, puedo ir a la mañana a hacer tal cosa, aires nuevos… Es horrible que alguien te diga “ahora comenzás a disfrutar y comienza la vida”, como si todo lo que hiciste hasta ahora fue una cagada, qué horrible. Desatás cosas y atás otras.

—¿Volverías a elegir el periodismo?

—Quizás sí; tal vez le daría más margen a mis gustos, la entrevista, el reportaje y el periodismo creativo.

La sensibilidad ante el dolor y el estilo Travolta

Artazcoz destaca en sus 27 años de televisión el valor de las historias simples, recuerda meteduras de pata y personalidades entrevistadas, y plantea la necesidad de redefinir el rol del periodismo como consecuencia del avasallante desarrollo tecnológico.

—¿Notas que te parecieron buenas?

—Hace mucho me fui a unos terrenos en la zona de las ladrillerías donde vivía una viejita de casi 100 años, sola, en un ranchito con pocas cosas, una ollita, verduritas, un perro… Le hice entrevistas a Graciela Fernández Meijide, al psicoanalista (Jaime) Barylco, a (Rodolfo) Mederos, a Marilina Ross, Eladia Blázquez, grandes personalidades que me gustó conocerlas un poco más… Siempre me sensibilizaron los familiares de víctimas, cómo siguen sus causas y enfrentan el dolor ante la ausencia, la fortaleza de las madres y hermanos.

—¿Y de lo escrito?

—Trabajé cuatro años haciendo la contratapa del domingo en El Diario y esas notas me dieron mucha satisfacción, al punto que a algunas las replantearé y haré un libro. Tenía mucha respuesta de la gente y me asombraba que me leía un kiosquero, un médico y un ama de casa. O una vez que entré a una oficina y en la pared estaba pegada una nota mía.

—¿Un momento grotesco en el aire?

—El informativo te da una pátina de seriedad a la que tuve que respetar y que no necesariamente es mi personalidad. Estábamos en el corte, me pongo a bailar a lo Travolta, volvemos al aire y seguía bailando (risas). ¡Hubo que volver de eso, a la máscara… no dije nada… seguí..! Otra vez un columnista que trabajaba con nosotros creyendo que estaba en el corte va, me abraza y me besa, pero estábamos en el aire (risas). Otra vez me agarró tos y no pude seguir.

—¿Qué cambios sustanciales marcarías como etapas del medio?

—Fundamentalmente lo tecnológico, que fue apabullante. Fuimos a cubrir la muerte de Yabrán, todos los medios nacionales trasmitían en vivo y nosotros con U-matic (videocasete). Recopilamos todo lo que habían pasado esos medios, volvimos, editamos y lo pasamos al otro día. El valor fue que un medio local estuvo allí. Ahora cualquiera sube instantáneamente a través del teléfono la grabación de un accidente, alguien hablando en un acto, una manifestación… el periodismo ciudadano. Hay que replantearse el rol del periodista y los medios.

—¿Alcanza con subir un video por teléfono?

—¡No! Pero hay que repensar el rol del periodista frente a que cualquiera puede ser gestor de una noticia. Hay que ver qué transmitimos, cómo lo reinterpretamos…

Como escritora, Bibiana publicó el libro Mudanza de olvidos, en 2007, y la poesía Loca Suelta, en la Antología de narrativa popular y poesía del noreste y litoral argentino, en 2019, presentada en la Feria del libro en Buenos Aires, y obtuvo el premio municipal en 2014 en la publicación Solas, con el monólogo Todo rotito.

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