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Cristales, espejos y otras ilusiones notorias

Pavel Friedman, el hombre y las mariposas

El gran proyecto mundial. Cuando la esperanza reside detrás de los alambres de púas.

Viernes 07 de Junio de 2019

La ciudad de Praga es la capital de la nación checa, denominada hoy día despus de los episodios cesionistas de la ex-URSS como República Checa o Chequia. Pero sigue siendo Praga una hermosa ciudad, serpenteada por el también maravilloso río Moldava que sirviera de inspiración a la no menos notable Sinfonía de Svletena que lleva precisamente el nombre de ese río: Moldava.

Un enorme castillo con vestigios de las fortalezas propias de la era medieval, con las almenas para los arqueros y la profundidad de un enorme foso que hoy es bosque; una callejuela de antiguas piedras que servía como desagüe de las instalaciones y posteriormente diera acogida a breves casas donde vivían los alquimistas, intentando convertir cualquier objeto en oro y de esa forma ampliar el patrimonio del rey.

Allí mismo, en esos alrededores de la fortaleza vivió durante unos años el mismísimo Franz Kafka, residencia aún conservada de la misma forma que el piso de rocas. Enormes cúpulas de iglesias destinadas a diferentes adoraciones, un reloj astronómico que figura de ícono. Callejuelas adoquinadas, avenidas despejadas y construcciones monumentales. Sin dudas, Praga es bella.

Pero entre todos esos aspectos y la bohemia de Bohemia, descender algunos escalones y acceder entonces al viejo barrio judío.

No es esta un espacio de divulgación de virtudes turísticas pero si donde especificar las probabilidades de la conversión de aquellos alquimistas; o de los hallazgos y ubicaciones de historias destacadas. Como esta, nativa de Praga, nativa del viejo barrio de los judíos, nativa de un periodo de la historia que interpela a los seres humanos y genética a su vez de un millón de mariposas.

El lugar del Golem

Antiguas leyendas cuentas que ante la opresión, el rabino de la ciudad de Praga inventó un monstruo indestructible creado sobre la base de arcilla de la orilla del Moldava y que tomaba vida después de la invocación de palabras secretas y herméticas. Se llamó el Golem.

Los años suelen convalidar esas creencias o desacreditarlas, quien sabe. Pero en esas callejas donde la vieja sinagoga aún se preserva hay una leve inclinación que preside aquel barrio y que enmarca una calle de nombre tan impronunciable como todo el idioma checo en general: Pambraic Na Klihone 3. Allí, con escasas expresiones de recuerdo se encontraba la casa natal de Pavel Friedman, tal vez un nombre del anonimato, quizás un héroe más, seguramente un póstumo imprescindible de aquellos que siempre vuelven a repiquetear sobre las necesidades de sensatez y recordatorios. No voy a repetir el nombre de la calle ni tampoco mencionar las intersecciones secundarias, realmente es imposible siquiera deletrear la profusión de acentos y variaciones tonales. Pero si evocar a aquel nombre que preside este libelo, Pavel Friedman. Y quizas (si se puede) invocar su nombre para que nunca más puedan matar mariposas.

Allí, donde el Golem servía de protección inexpugnable y garantía de supervivencia de los habitantes del barrio judío de Praga es donde un hombre sencillo dotaría al mundo de la certera insidia de las palabras.

Hablo de un hombre común

Poco hay de Pavel Friedman. Sólo alcanzamos a saber algunos datos a través de su requerimiento de pasaporte o de sus datos de censo del ghetto y también del pavoroso registro de ingreso en Auschwitz. Es una carta de presentación, claro y además, un comienzo. El comienzo de una historia que se engendra en los barrios de judíos para terminar en el sitial universal que enarbola los la sutileza de las palabras.

Pavel (o sea, Pablo) había nacido en la misma Praga el día 7 de enero de 1921 y como la conmoción del mundo de aquella época supo administrar a cada judeo europeo, sufrió los procesos discriminatorios nazis durante esos años feroces. Solo por esa cuestión racial, fue enviado al campo de concentración de Theresienstadt donde recluyó su humanidad y sus probables ensoñaciones. Allí, en el oprobio, en el marco del odio y la barbarie contemporánea aún tuvo el suficiente hálito de vida para poder resarcir a la especie humana.

Qué cosa extraña es el hombre. Promotor de las peores de sus propias desdichas, impulsor fatídico de su autodestrucción y ensañado voraz con sus congéneres vulnerables sin embargo a veces es capaz de la creación sublime. Digo porque el horror de los campos (de concentración o exterminio) solo puede generar cosas oscuras…y a pesar de ello un hombre hizo espacio en su alma para percibir, allí en el fuego silencioso de la muerte, a la última mariposa de la vida.

Así dijimos que poco se sabe de Pavel Friedman. Pero a veces es suficiente, como en este caso. Pavel fue enviado al campo de concentración en abril de 1942 y es el 4 de junio de ese mismo año, después de siete semanas de cautiverio cuando una hoja frágil y apenas hábil para la posteridad fue depositaria de su poema. De su visión, de su asombro humano y profundo en el éxtasis de las demencias. ¿De qué otra manera puede entenderse sino la conmoción que salva, la profundidad que redime? Dice Friedman que esa última mariposa que pasó por allí, por el campo de muerte y miseria, era nada menos que la última, la última de todas. Y tan amarilla que deslumbra a pesar de elevarse, de irse, de marcharse. Tal vez sea ese el destino de los últimos, en la ansiada búsqueda de retomar las prioridad de ser los primeros, aún amarillas, aún en la belleza aislada de frente a una raza autodestructiva.

Las investigaciones permiten saber de su deportación posterior al campo de exterminio de Auschwitz, de donde ya no volvió. Su escrito fue rescatado casualmente al terminar la guerra pero su cuerpo ya había desaparecido. La hoja con el poema se exhibe en el Museo Judío de Praga, quizás a la vista de miles de personas que seguirán ungiendo de esperanza a la raza humana y su conjugación con las mariposas.

Pavel Friedman murió en Auschwitz. Su mariposa amarilla, la última, la única de todas fue la épica inspiración para un proyecto del Museo del Holocausto de Houston cuando en el año 2009 se crearon un millón y medio de mariposas de papel para ser exhibidas en una muestra que actualmente recorre el mundo. Tantas y tantas mariposas que hubieran conmovido al mismísimo Pavel. Tantas y tantas mariposas, una por cada niño que fuera muerto en el Holocausto.

Es que a veces una sola, aunque sea la última, suele hacer la diferencia.

La mariposa

La última, la última de todas,

De un amarillo tan intenso y vivo que deslumbra.

Tal vez si las lágrimas del sol cantaran

contra una piedra blanca...

Ese amarillo sin par

se eleva etéreo hacia lo alto.

Y se fue… Sin duda deseaba

despedirse del mundo con un beso.

Siete semanas aquí he vivido

Enclaustrado en este gueto.

Pero aquí he encontrado lo que amo:

Los amargones me llaman

Y las blancas ramas de los castaños del patio.

Solo que nunca más vi una mariposa.

Esa mariposa fue la última.

Las mariposas no viven aquí adentro,

en el gueto.

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