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Paraná: el adiós a un Canario que se llevó el confinamiento sin sentido

Niñez y mandados en sulky. Escuela y también trabajo. Cerveza para todos en Paraná: cinco barriles por noche. Gobierno, alquiler y fin.

Sábado 02 de Enero de 2021

Mientras una de sus hijas trabaja en la venta de los últimos enseres y mobiliario del bar y chopería, y la mítica esquina de Echagüe y Alsina de Paraná pierde poco a poco su fisonomía tradicional, Hugo Amado, el alma de ese espacio sencillo pero con una energía especial por su bonhomía, lo sigue recorriendo de una punta a otra, como lo hizo miles y miles de veces sirviendo de propia mano su exquisita mercadería. Tal vez es la forma de despedida y de aferrarse a lo que construyó durante más de cuatro décadas hasta convertirlo en una referencia del sector gastronómico de la capital provincial, superlativo por su inigualable “gran canario”, el vaso de chopp cuya temperatura y textura resultaban las de un verdadero elixir en las noches de verano.

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El almacén y los mandados

—¿Dónde naciste?

—Para el lado de villa Hernandarias, pasando el puente que va hacia La Paz, por la ruta 126.

—¿Cómo era la zona?

—Es donde vivían los Menghi, que son primos míos. Había una virgen que estaba en un “esquinero”, nosotros estábamos hacia el lado de Brugo, del arroyo, y del otro lado los Caizo, que estaban cerca de los Ubri. La escuela donde estudiábamos estaba hacia este lado. Estaban los Luza, le decíamos Piruco y tienen el bar en avenida Zanni.

—¿Qué se veía al salir de tu casa?

—El arroyo y campo.

—¿Había más vecinos?

—Sí, los Cian, con una de cuyas hijas nacimos juntos.

—¿A qué jugabas?

—Al fútbol.

—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?

—Tenían un almacén de ramos generales, vendían nafta y leña, y había cancha de carreras de caballos y de bochas. Nosotros ayudábamos a despachar en el almacén y nos mandaban ir para un lado y para otro.

—¿Tus padres nacieron en esa zona?

—No, mi viejo era árabe…

—¿Sirio o libanés?

—Libanés, y mi vieja, de apellido Menghi, nació en María Grande, donde lo conoció a mi viejo. Mi viejo también vendía ropa y andaba para todas partes.

—¿Relataba algo de cómo era su pueblo en Líbano?

—Poco, poco. Después compró un camioncito y venía a Paraná a comprar mercadería.

—¿Hasta cuándo viviste allí?

—Me vine en 1959, cuando tenía 14 años, y aquí fui a la escuela Belgrano y a la Universidad Popular Elio Leyes, que era una barbaridad.

—¿Cuándo comenzaste a ayudar en el almacén de tu papá?

—A los 12 años llevábamos pedidos en el sulky a quienes sembraban. Cuando vinimos a Paraná mi viejo me consiguió trabajo como peón en lo de don Luis y Antonio Fernández, en calle San Martín 1557, quienes vendían cerveza y vino que traían de Santa Fe. Trabajaba hasta las siete de la tarde, me lavaba y me iba a la escuela. Fue durante mucho tiempo, hasta que me dieron un camioncito, y de lo que vendía en bares, clubes y familias tenía una comisión.

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Haciendo amigos en Paraná

—¿Qué era lo que más deseabas?

—Estudiar.

—¿Te gustaba leer?

—Sí, lo que podía, porque tenía poco tiempo, por el laburo. Me gustaban los números, la contabilidad.

—¿Cómo viviste lo de venir a Paraná?

—Bien, hubo muchos del pueblo que también se vinieron y desarrollaron distintos oficios. Enseguida hice amigos y conocidos.

—¿Qué te atraía?

—Jugar al fútbol, amateur, pero tuve que hacer el servicio militar. Mi hermano era arquero. Cuando salí, seguí trabajando con ellos (los Fernández) y me fui agrandando de a poquito.

Sin tiempo más que para trabajar

—¿Cuándo comenzaste acá?

—Se lo compré a Dossetti en 1973, funcionaba un bar pero vendía muy poco, dejé de trabajar con el camión y comenzamos con mi hermano y la señora, mi señora y Carlitos, el de la terminal de ómnibus, quien estuvo durante 25 años y era como un hermano. Vendíamos gaseosas, bebidas y hacíamos sándwiches triples, hamburguesas y carlitos; y unos porteños que venían me enseñaron bien cómo prepararlos, con buena mercadería.

—¿Qué tipo de clientes asistían por entonces?

—Los empleados de Vialidad, vecinos, los que salían de los bailes de los clubes, la muchachada joven, corredores de autos, los que estaban por viajar desde la terminal y los que iban a estudiar… venían de todos lados y se llenaba. ¡Ah, y vendedores que venían de Santa Fe!

—¿A qué hora abrían?

—A las seis menos cuarto de la mañana, cuando traían el pan y la leche, hasta las dos y media, o tres, de la tarde, y a veces seguíamos de largo hasta las dos de la mañana del otro día.

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—¿Por qué el nombre de El Canario?

—Porque cuando comenzamos el local estaba pintado todo de amarillo.

—¿Y por qué le pusiste ese nombre al vaso grande de chopp?

—No se me ocurrió otro… (risas).

—¿Te gustaba comer algo de lo que vendían?

—Tomaba una sopa y chau, seguía trabajando. No tenía tiempo.

—¿Cuándo descansabas?

—Nunca; los domingos me quedaba solo y atendía 14 mesas.

—¿Cuál era el secreto para que el chopp tuviera esa temperatura y textura ideal?

—Teníamos dos muebles para enfriarlo y salía congelado.

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—¿Cuál fue la mejor época, económicamente hablando?

—Cuando comenzamos a agarrarle la mano. Vendíamos cinco barriles de chopp y 10 cajones por día, y 10 cajones de gaseosas, y Los Tres Indios nos mandaban diez bolsas de pan de miga por día y las medialunas. También mandábamos pedidos. ¡Era impresionante, pudimos comprar una camioneta y un hermano mío que estaba fundido también comenzó a trabajar!

—¿Varió mucho el movimiento cuando se trasladó la terminal de ómnibus?

—Al principio, pero luego se normalizó.

La enfermedad y el confinamiento

—¿Una época brava?

—Últimamente nos vinimos abajo, los últimos años, y también estuve enfermo, con cáncer, hace unos ochos años. Cuando me dijeron, mi mujer se puso a llorar, pero el médico me dijo que “se podía sacar y me podía salvar”. Así que le dije “dele para adelante” y otro médico me aplicó más de 40 inyecciones y me sacó adelante.

—¿Continuabas trabajando?

—Sí, venía igual, y me acompañaba mi señora, pero ella no quería trabajar porque lloraba continuamente, salvo cuando le pedía algo. Ahora estoy con problemas en los intestinos, pero lo estoy peleando.

—¿Cuándo tomaste la decisión de cerrar?

—Cuando el gobierno dijo que había que estar cerrado. ¡Fue lo peor! Yo no tenía miedo, pero había que estar encerrado. Tuve que dejar porque me quedé sin plata y durante esos seis meses me iba para abajo, sin poder pagar el alquiler, ya que cobro 16.000 pesos de jubilación. Y mis hijas, que son profesora, psicóloga y contadora, tampoco podían trabajar.

—¿Qué es lo que más extrañás?

—Todo, todo… me quedo hasta después de las nueve de la noche y anteanoche (por el martes 29) casi me asalta un tipo que entró y me dijo “quiero que me venda algo”. Pero lo pude sacar, despacito, y le dije que me estaban esperando.

—¿Qué pensás hacer?

—No sé, quiero seguir trabajando… hay mucha gente que me conoce y que me dice “que no afloje”. La locura mía es la gastronomía y el trabajo.

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