Diálogo abierto
Sábado 11 de Agosto de 2018

"Ojalá pudiera vivir según la forma de la cultura chamánica"

Reivindicación de una sabiduría y un método ancestral como forma de acceso al conocimiento y la sanación. Recordando a Delia Katz.

Un libro clásico de las ciencias herméticas fue determinante para darle un nuevo impulso a las ya fundamentadas razones que tenía para romper con el dogmatismo de la doctrina que por entonces practicaba.
La docente Silvina Bonarrigo –exmaestra jardinera y supervisora, quien se formó con Delia Katz, pionera y difusora de la cultura chamánica en la región– reivindica su vocación de "bruja" y resignifica dicho concepto en el contexto del siglo XXI, para lo cual explica nociones de los mundos sutiles.
Dibujada como maestra
—¿Dónde naciste?
—En Paraná, cuando mis padres vivían en calle Libertad, pero cuando mi mamá salió de la clínica se fueron a calle Almafuerte, para vivir con mis abuelos maternos porque ella trabajaba. Mi abuelo paterno llegó de Sicilia a principio de la década de 1920 y estuvo en la Primera Guerra Mundial –aunque no contaba nada y hablaba poco. Vino solo y le llevaba diez años a mi abuela –quien también era hija de italianos.
—¿Cómo era la zona en tu infancia?
—Una calle muy ancha sin demasiada gente, enfrente estaba el hipódromo, era sumamente espacioso y delante de casa había un paraíso muy grande que cuando lo podaban hacíamos casas con las ramas. La vereda era ancha con un sector de paso, donde en verano mi abuelo se sentaba cuando caía el Sol.
—¿Había un límite que no podías trasponer?
—Vivíamos casi en la esquina de 3 de Febrero y no me dejaban ir a la vuelta. Había un campito donde los chicos jugaban a la pelota pero no lo conocía. Había una sola chica, Viviana Carril, Cristina estaba más lejos y Mirta –cuya abuela vivía en la zona–, aunque eran mayores y no tenía demasiado contacto.
—¿A qué más jugabas?
—No me dejaban salir mucho, entonces me escapaba para jugar al tigre, la cachada, la escondida, treparnos a los árboles, me vestía con ropa antigua de mi abuela y aprendí a andar en bicicleta a los diez años, porque era miedosa.
—¿Qué visión tenías respecto del centro de la ciudad?
—Era salir a pasear, y al parque ni te cuento. Nos llevaban al Club Estudiantes y era en la otra punta de la ciudad.
—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?
—Mi papá, empleado de comercio hasta grande –cuando se independizó– y mi mamá, empleada pública.
—¿Alguna afición?
—Cuando era chica tocaba el piano, hasta los 15 años –cuando me recibí y me rebelé. Me encantaba el vóley y el folclore –que amo.
—¿Sentías una vocación?
—Tenía claro que tenía que ser contadora porque estaba establecido, aunque nunca supe para qué sirven los contadores. Aguanté un año y medio en Ciencias Económicas, en Santa Fe, frente a la facultad estaba el profesorado de Educación Preescolar, un día salí muy triste de la facultad ya que no me gustaba, entré, había una exposición de los dibujos que hacían los chicos y dije que eso era lo mío. Mi vieja casi me excomulga. Muchos años después encontré dibujos de cuando yo era niña y me dibujaba como maestra en un aula. También imaginé ser modelo de alta costura, pero con mi metro sesenta, olvidate.
—¿Qué materias te gustaban?
—Matemática –con altos promedios–, Historia, Química, Literatura y Francés. Escribía mi diario, jamás lo mostré y lo conservo. Era muy romántica y escribía sobre mis inseguridades.
—¿Leías?
—Todo lo que se me ponía adelante, porque me encantaba –excepto los deportes. Me gustaba Anatomía por la magia del cuerpo humano. Sacaba cuentos de la biblioteca de la escuela y heredé los de mi madre. Mis abuelos cobraban la jubilación y me traían un libro de regalo, así que tenía la colección de Robin Hood y Mujercitas. Me influyó mucho el estilo de escritura de Papaíto Piernas Largas y Mi adorable enemigo.

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La Logosofía, un libro y un quiebre
—¿Alguno revelador?
—El tercer ojo –de Lobsang Rampa– me disparó la cabeza y quebró mi mundo, a los 22 años.
—¿Cómo llegaste a ese texto?
—Viviendo y trabajando en Buenos Aires, en el Instituto González Pecotche –un lugar que fue de gran aprendizaje para mí. Estuve tres años y volví para estudiar Psicopedagogía.
—¿Eras logósofa?
—Mi mamá me llevó a los 3 años, estuve hasta los 26 y era mi forma de vida. Si no iba, no me dejaban jugar al vóley, pero ahí adentro era una mosca en la leche.
—¿Qué entendiste primeramente de esa doctrina?
—Al principio me enojé mucho, pero me gustaba porque se hablaba de la superación y de ser mejor. En la adolescencia tuve hermosos seres como docentes –como Inés Guerrero, quien me acogió cuando fui a Buenos Aires, y Mario Luder.
—¿Con qué disentías?
—(Suspira) Sentía que estaba dentro de una jaula por las estructuras morales y dogmáticas; tiene cosas maravillosas pero había otras con las cuales no quería estar y mi cabeza funcionaba mucho.
—¿Cuándo fue el corte?
—Estaba colaborando con la organización del sector de menores y escuché de parte de una docente una frase poco feliz en cuanto a que había que "domesticar a los chicos". Además, un profe de Psicopedagogía –Jesús Samponi y también Chochi Cuestas, con la Teoría sistémica–, me abrió la cabeza.
—¿Te resultó accesible El tercer ojo?
—Entendí que hay algo que va mucho más allá, aunque ya lo sabía, y que se puede comunicar con un poder que es mayor.

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El mundo esotérico
—¿Fue la primera aproximación formal a las ciencias herméticas?
—Sí y la segunda fue hacerme una carta natal. Cuando corté con la fundación lo conocí a Gustavo Fernández, tomé sus cursos de Tarot y Autodefensa psíquica, y flasheé. Desde chiquita veía cosas que me asustaban mucho y mi mamá me decía que era mi imaginación, pero con el grupo de Gustavo desarrollé la visión, y cuando hicimos psicofonías, entendí que todo eso era lo mío. Otra cuestión fue cuando nos dijeron que mi esposo no era fértil pero estaba convencida que sí. Comencé a consultar los libros de Louise Hay y a brujas, y percibía quienes me hablaban de verdad y quienes me chanteaban. Muchos años después continué con el Tarot egipcio pero tenía mucha información que no podía manejar, hasta que en 2011 me conecté con el Tarot Madre Paz –de la mano de Silvana Musso– e hice el círculo de mujeres de la primera tradición con Gabriela Perottino. Ahora me estoy amigando nuevamente con el tarot tradicional.
—¿Qué desaprendiste respecto de la Logosofía?
—Era una adolescente rebelde y no me gustaba el dogmatismo, porque me limitaba y no podía confiar en mi esencia. Aprendí a mirarme, a veces hasta despiadadamente. Hay un libro de Logosofía que se llama Deficiencias y propensiones del ser humano, tengo todas esas sombras pero cuando salí, aprendí que todo lo que tenía que erradicar son mis grandes fuerzas. Y que nunca viene separada una de la otra: si soy bondadosa, seguro que puedo ser malvada en la misma proporción. La diferencia es dónde pongo la mirada y lo que quiero hacer desaparecer. Si quiero hacer desaparecer el defecto, más fuerza toma. He tenido el miedo de ser soberbia, sin embargo ha sido la fuerza necesaria para batallar en determinados lugares, y luego hay que ponerla en caja.
—¿La carta astral te aportó algo nuevo en cuanto al auto conocimiento desarrollado con la Logosofía?
—No, me ratificó lo que venía haciendo y que mi camino era encontrarme con algo más grande que todos los seres humanos. Los astrólogos que consulté me confirmaban que lo mío era lo oculto y el esoterismo.

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Viajes chamánicos e información desconocida
—¿Entendiste las visiones que tenías cuando niña?
—Sí, eran energías que estaban en mi casa, algunas que me asustaban mucho y luego me amigaba. En esta casa también, aunque eran más "pesadas" –pero no les daba identidad. Mi hija chiquita me decía "sacá ese negro que está ahí". Con el tiempo lo "limpiamos", cuando conocí a mi maestra, Delia (Katz, ver recuadro), quien me enseñó a no temer, protegerme y respetarlas. Puedo ver esas entidades y no se muestran en aspectos demasiados bonitos, aunque tienen una determinada tarea –como todo.
—¿Por qué ese pentagrama como dije en el cuello?
—Es el símbolo de las brujas –los cinco elementos y la rueda de la vida–, me resulta una protección y parte de mí.
—¿Te iniciaste en el chamanismo con Delia Katz?
—Sí, en 2000 me inicié en Reiki, cuando pasaba por una depresión muy profunda y me cambió la vida. Comencé a hacer sus talleres y un trabajo muy fuerte de danza estática con viaje chamánico –con lo cual flasheaba.
—¿Cómo se define técnicamente?
—Es entrar en un estado alterado de consciencia para ingresar a un plano o dimensión más sutil, donde se encuentra información, sanación y sabiduría. Allí existen seres nunca encarnados y también me han aparecido distintos animales que me indican cuestiones específicas.
—¿El método de acceso es como el de los Registros akáshicos?
—Uso el sonido del tambor –que me enseñó Delia– y hay otros métodos como el ayahuasca, el peyote, el San Pedro –que nunca he probado–, y las danzas sufíes o umbandas. Son distintas formas de llegar a una dimensión más sutil, que no tiene que ver con mi voluntad e inteligencia. En mi caso, cuando ingreso al akasha sólo puedo mirar y me dan información para la persona; cuando hago un viaje chamánico entro a un lugar muy sagrado, donde hay una acción energética y algo ocurre.
—¿La clave es la frecuencia?
—Sí, una frecuencia rítmica del tambor que hace que la consciencia se apague un poco y pueda aparecer lo que no manejamos con la cabeza. Después de muchos años entendí que no era la imaginación o que si lo imaginaba estaba conectado con una sabiduría mayor, porque luego ocurría algo que desconocía.
—¿Qué te da seguridad en cuanto a la información?
—Mi experiencia de vida, las sanaciones que ocurrieron e información que me llegó. Mi consigna es que tenga sentido para mí.
—¿Hay contenidos que te resultan inentendibles?
—Sí, muchos, que tienen que ver con vidas anteriores o el inicio de la vida en la Tierra, la cual no puedo verificar. También descubrí que todo lo que vemos en la tele y películas como una imaginación sin límites, tiene que ver con una conexión con algo mayor de algo que ha pasado en otras épocas o dimensiones, y la persona lo canaliza como una fantasía. Los cuentos para niños, fantásticos, tienen un pedacito de información. Como Las plumas de Ávalon, que es el manual de las brujas pero hay que leerlo dentro de la novela.
—¿La primera verificación?
—Conmigo, aunque no recuerdo el caso puntual. Otra vez estaba muy preocupada por la relación de mi hija con su papá, y hubo un movimiento de cuerpos y almas –representadas en dos lobos. Se lo comenté a Delia y me dijo que era una extracción y recuperación de almas. En ese momento las cosas se serenaron y fue muy impactante, ya que no era mi propósito. Cada vez que hago un viaje y devolución, hay una ratificación. Hice uno para una amiga y me mostraron que le abrían un ojo y le calzaban un anillo. Al hacer la devolución me dijo que la tenían que operar para colocarle un anillo en la córnea.
—¿Son con fines de sanación?
—Lo hago "si está en ley", si una persona me lo pide o para un niño o alguien que esté en estado de inconsciencia y necesite una sanación. Viajo con la intención que trae la persona, que no siempre es sanación, pero independientemente de que no la pida, se da, porque hay una limpieza energética e imágenes en las cuales se ve la reparación del cuerpo etérico.
—¿Otro autor influyente como Rampa?
—Vicki Noble, Mónica Gobbin –su libro Danzando el mandala de tus lunas– y el libro Las brumas de Ávalon (de Marion Zimmer Bradley), donde encontré el sentido y el hilo de muchas cosas desparramadas.
—¿Mujeres de la Historia?
—Delia Katz, Eva Perón –aunque no coincido en un montón de cosas y formas– marcó una diferencia y las ignotas mujeres argentinas que pelearon en la liberación de nuestra tierra –de las cuales sólo conocemos a Juana Azurduy,
—¿Tenés página web?
—En Facebook, con mi nombre, o la página de Esencia desplegar y descubrir –donde trabajo–, en calle Ballesteros 245.

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