Yo Cuento
Martes 22 de Mayo de 2018

Obsesión

Yo cuento sobre Obsesión

Por Marta Stella Gasparini
Adriana se angustiaba morbosamente ante el paso del tiempo. Una hora seguía a otra, y otra y otra... El tiempo discurría siempre en el mismo sentido.
Tras su cansada espalda se ubicaba el pasado, oscuro, complicado, que tan bien conocía.
Por delante el futuro que no podía presagiar y, sin embargo, intuía pintado de una negritud mayor, aún más complejo que su pasado.
Carecía de la capacidad para modificar el tiempo, bien lo sabía, pero sí podía cuantificarlo.
Así es que, obsesivamente, se dedicó a medirlo. Primero, en días y noches que veía y contaba sin dificultad. Luego, en meses, observando las fases de la luna. Y en años, atendiendo al ciclo de las estaciones.
Paradójicamente, ella no usaba relojes y en la casa lóbrega que compartía con su madre, no había ninguno de estos instrumentos.
De modo que el tiempo lo contaban por días, noches y estaciones, con el mismo procedimiento que empleaban las gentes de la Antigüedad.
No obstante, Adriana soñaba de continuo con un reloj astronómico. Pero no cualquiera, sino el bello y extraño aparato ubicado en la plaza Tim de la capital checa.
El reloj de Praga le mostraba no sólo las horas y los minutos sino también los doce signos del Zodíaco y, para su goce máximo, las fases de la luna.
Esta conducta obsesivo-compulsiva la alejaba todavía más, si cabía, del mundo exterior a su estrecho y opresivo ámbito doméstico.
Cada mañana leía y releía la Teoría de la Relatividad y gustaba de repetir en tono aburrido y gélido, en voz alta:
"El tiempo no es constante, pasa más despacio si viajas cerca de la velocidad de la luz, o bien dentro de un campo gravitatorio muy intenso".
Entre tanto, su anciana madre tenía la psiquis devastada por tales reiteraciones. Casi no interactuaba con Adriana, ni con persona alguna. Cada vez se parecía más a nadie.
En sus investigaciones monotemáticas, Adriana había accedido –hacía ya mucho– a diversos textos, que planteaban la idea de que el tiempo incluso llega a detenerse en el interior de los agujeros negros del espacio lejano.
La fascinación que ejercieron sobre ella esos conceptos le otorgó por fin un rumbo a su anodina existencia.
Puso manos a la obra. En principio, debía encontrar ese lugar donde el tiempo sí se detiene. El segundo paso era viajar con urgencia hacia allí.
A sus ¿cuarenta años? tenía que hallar ese sitio tan peculiar, antes de que el tiempo la cobrara entre sus víctimas.
Cargó pues escasas pertenencias en su única maleta. Por cierto, no necesitaba casi nada y dio inicio a la travesía.
Se dirigía a una estrella con una gravedad tan poderosa que la luz no puede escapar de ella.
Su huida se asemejaba a la salida del Universo. Cayó dentro de un agujero negro y desapareció.
Ahora su madre por fin está feliz.
Adriana, también.

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