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Diálogo Abierto

"Nos olvidamos que el cuerpo nos pertenece y que podemos desarrollarlo"

El método Feldenkrais como herramienta de recuperación de formas olvidadas de percepción, pensamiento, emociones y movimiento.

Sábado 24 de Agosto de 2019

La posibilidad de hacer de diferentes maneras, con menor esfuerzo y mejor calidad, de aprender a aprender y de reorganizar los patrones de acción figura entre las metas que se proponen las denominadas escuelas somáticas. Una de ellas se referencia en el Método Feldenkrais, sobre el cual la pedagoga Irma Libedinsky explica sus fundamentos y el propio recorrido hasta su descubrimiento y práctica.

Barracas, comunidad y cultura

—¿Dónde naciste?

—En Abasto –Buenos Aires, en Sánchez de Bustamante y Corrientes–, donde viví hasta los 8 años y luego en Barracas.

—¿Cómo era tu barrio en la infancia?

—Muy barrio, zona del Mercado Central, aunque no tengo muchos recuerdos y vivía en un departamento. Barracas –de casas bajas– fue un cambio importante por los compañeros de la escuela, con una convivencia muy honesta y solidaria. Funciona un teatro comunitario –uno de los más antiguos–, compuesto por vecinos.

—¿Había un límite que no podías trasponer?

—¡Sí!, la calle Iriarte, hacia el Riachuelo, era prohibido, porque eran casas más humildes y ocupadas.

—¿Hasta cuándo viviste en Barracas?

—Casi todo mi tiempo se desarrolló allí.

—¿Cuándo cambió su fisonomía?

—Cuando se confiscaron casas –a un valor mucho menor– para hacer una autopista. Había gente llorando y el barrio quedó partido en dos; yo quedé del lado “más barrio” y la otra era más céntrica.

—¿A qué jugabas?

—No recuerdo… andaba en la calle. Era muy importante la Biblioteca Popular, donde también había actividades comunitarias tales como teatro y danza. Mis padres eran muy próximos a la cultura.

—¿Un descubrimiento que hiciste allí?

—Se hacían muchas actividades con recursos muy escasos. En una kermesse me gané un ratón (risas), lo llevé a mi casa, mi mamá me lo “confiscó” y se lo regaló a la mamá de un amigo que coleccionaba bichos. El ratón se convirtió en una rata inmensa (risas) y el pibe la llevaba cruzada en el cuello.

—¿Qué actividades profesionales desarrollaban tu padres?

—Estaban separados. Mi mamá, empleada administrativa en una empresa, y vivía con su nueva pareja, y mi papá, periodista –del diario Crítica.

Variedad y experiencias

—¿Había libros en tu casa?

—Muchos. Un vendedor ambulante iba todos los meses y traía los catálogos.

—¿Los primeros influyentes?

—De niña, los cuentos de Monteiro Lobato… y de Álvaro Yunque –una línea literaria anarquista. En la adolescencia fui más ecléctica, incursionando en teatro, poesía, literatura y algo de ciencia –ya que había mucha variedad en casa y los libros circulaban.

—¿Qué afición desarrollaste durante cierto tiempo?

—Varias: en la adolescencia hice danza clásica y españolas, un poco de natación, hándbol, patinaje sobre ruedas, softbol, acrobacia en piso y bastante tiempo teatro.

—¿A cuál te dedicaste más?

—Soy más de experimentar durante un tiempo y luego cambiar.

—¿Un maestro importante en teatro?

—Sí, un tiempo con Alejandra Boero. En ese tiempo los popes eran Juan Carlos Gené, Carlos Gandolfo, (Augusto) Fernandes y (Agustín) Alezzo, pero a esas profundidades no llegué.

—¿No soñabas “ser actriz”?

—No.

—¿Qué materias te gustaban?

—Historia, Lengua y Literatura, Matemáticas no (risas). Me eduqué en una escuela pública –de lo cual estoy muy contenta– y quienes iban a la privada eran raros o no demasiado aptos. Venía gente de Constitución, Lanús, Quilmes, La Boca y Bernal.

—¿Sentías una vocación?

—No; me interesaba todo, probaba y probaba.

—¿Qué decidiste estudiar?

—Idiomas, porque me gustaba mucho, decidí no hacer una carrera universitaria y comencé a trabajar como traductora en algunas empresas de espectáculos.

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Movimiento y consciencia

—¿Cuál fue la primera aproximación a un trabajo consciente con el cuerpo?

—Hice algunos años de sensopercepción, heterokinesis, un tiempo de danza terapia –en la línea de María Fux–, y continué explorando distintas danzas como la afro, circulares y árabes.

—¿Qué te motivaba?

—Pura curiosidad y búsqueda. Siempre era lo de colocar el cuerpo en un lugar disponible hacia lo que cada una de esas disciplinas convocaba de distintas maneras, más allá de tomar lo que la danza daba.

—¿Qué lograste “desarmar” con dichas prácticas?

—Tuve la sensación de que podía ser más autorreferente, antes de seguir la instrucción del afuera de un formato externo.

—¿Cómo definías por entonces al cuerpo?

—El verdadero desafío era que el cuerpo podía salirse de sus formatos y predeterminaciones, y encontrar que se integraba a la propuesta. Ya se me entrecruzaba la consciencia a través del movimiento, no como desafío de performance. Sentía que de alguna manera ese movimiento me representaba en una síntesis de pensamiento y emoción –lo cual se consolidó con el Método Feldenkrais. Cada una de esas experiencias tenían como común lo de sentirse más hábil y potenciado a través de la exploración y el auto reconocimiento.

—¿Cómo fue la relación con tu cuerpo en la adolescencia y la juventud?

—Buena y amigable. Me ayudó mucho vivir en una casa donde el concepto de libertad y de lo corporal era claro.

Una pedagogía somática

—¿Cuándo descubriste el método?

—Fue absolutamente casual, porque no sabía nada. Una amiga estaba haciendo la formación, la llamé, le pregunté qué estaba haciendo, me lo comentó, paré el auto al costado de la ruta y le dije que quería hacer eso. Enseguida la llamé a la coordinadora, quien habló con la directora, le dijo que sí pero que tenía que ir a Holanda a hacer un primer módulo. Le contesté que sí (risas) pero luego mandaron una entrenadora a Argentina. Era una gran decisión por el costo. Me formé desde 1998 a 2002, también en ese camino de búsqueda y fue como una coronación de todo anterior.

—¿Qué representa?

—Una pedagogía somática en la cual se fusiona el pensamiento, la acción, la emoción, la percepción y otros contenidos que se expresan.

—¿Las primeras sensaciones?

—Muchas. El primer día de entrenamiento me despedí de mi familia que estaba mirando televisión, estuve entrenando desde las 10 a las 18 con partituras de movimientos y cuando volví miraban televisión. Los miré y dije “todavía están ahí” (risas). Me parecía re loco, como que habían quedado estáticos desde que los dejé y yo venía con una transformación muy fuerte.

—¿Cuándo entendiste y vivenciaste la esencia del método?

—Ayer (risas); no sé cuándo, siempre me están cayendo fichas.

Experiencias y cambios

—¿Un momento especial?

—Hubo cosas claras y reveladoras: haciendo un módulo muy intenso me paré del piso y estaba con un síndrome vertiginoso. Tenía que manejar desde Capital hasta La Plata, sentía que todo me daba vueltas y no lo podía detener. No podía ubicarme en tiempo y espacio. Si decía que me vinieran a buscar, tiraba la toalla y me iban a decir “que dejara de hacer cosas raras”, así que achiqué los ángulos de los espejos del auto, bajé el retrovisor y llegué. Al día siguiente volví de la misma forma (risas), hasta que me estabilicé. En cuanto a experiencias de otra gente, los cambios –más allá del movimiento– comienzan consigo mismo, a través de los vínculos, con el entorno y la actividad. Se abre la capacidad de auto observación desde otra perspectiva. Mucha gente lo define como una meditación a través de la acción. Una profesora de Yoga me dijo que se sentía como después de haber hecho Yoga Nidra. Esas experiencias me consolidan en el enfoque y me modifican.

—¿Un caso que te corrió de la mirada que tenías hasta ese momento?

—El otro siempre te modifica y tenés que adaptarte. Trabajé con un chiquito de siete años con autismo y sin habla. Me tuve que acomodar a esa percepción y a que su lenguaje corporal ya lo tenía construido. Me preguntaba qué era lo que le llegaba, hasta que un día que se iba de la sesión, me miró y aplaudió. Más adelante la mamá me dijo que era feliz porque en la escuela un chico le había ofrecido una galletita, la recibió, la partió y le dio un pedazo a otro. Trabajé con una nena cuya madre fue cosechadora de tabaco en Misiones y que, por haber estado expuesta a los agroquímicos, su hija había nacido con una apertura desde el entrecejo hasta la boca. Tenían que hacerle varias operaciones. No hablaba mucho y los sonidos eran guturales. Pero hacía algunas secuencias de movimiento y a la sesión siguiente me mostraba lo que había aprendido en la anterior. En una escuela de teatro, con actores, había una chica muy tímida y se sentía siempre sobrepasada. Luego de una clase me pidió hablar, me dijo que cuando fue a hacerse una endoscopía se le cerraba la garganta y se hizo tan largo que la médica le dijo “bueno querida, aflójate”. Ella –me relató– se sentó sobre sus isquiones, giró la cabeza, la miró y le dijo “¿quién te crees que sos para tratarme así?”. La chica me preguntó si eso “había sido Feldenkrais” y le contesté “puede ser” (risas).

—¿Cómo te llevás vos con el método?

—Bárbaro (risas). Tomo clases con colegas y hago postgrados.

—¿Originariamente se creó con un fin terapéutico?

—No. Su riqueza es que no lo es, sino pedagógico y somático, ya que se reeduca el cuerpo a través del conocimiento propio, no desde afuera.

Mentes flexibles y cuerpos inteligentes

—¿El objetivo de las partituras de movimiento es recordarle al cuerpo su potencialidad?

—Hay una frase de Feldenkrais sumamente interesante cuando dice que “no busco cuerpos flexibles sino mentes flexibles, mentes flexibles en cuerpos inteligentes”. Y agrega que el propósito del método es devolverles a las personas su dignidad humana, que tiene que ver con el estar conectado con uno mismo y estar abierto a nuevas disponibilidades. Somos un sistema, y el cuerpo expresa en su acción y postura lo que somos y hemos sido.

—¿Generalmente ese sistema funciona “en automático”, por la cotidianeidad?

—A lo largo de la vida armamos como un repertorio y formato que nos sirve, aunque nos quita recursos de lo que podríamos experimentar. Entonces, se van reconociendo ciertos patrones para desarmarlos y poder ser reelegidos con nuevas perspectivas, en las cuales intervienen la percepción de la auto imagen.

—¿Cuáles son los “formatos” más condicionantes?

—Cada uno tiene los propios. Feldenkrais dice que el individuo forma mucho de su estructura en su período de dependencia de la infancia hacia adulto, por la necesidad de sentir aprobación ya que ésta se vincula con el afecto. Para eso nos encajamos dentro de formatos y mandatos, damos respuestas desde el sistema nervioso para complacer el afuera, más que reconocer el adentro. En esa historia, cada vez mejoramos lo que es la aceptación social.

—¿Eso tiene un registro en lo corporal?

—Claro, en las respuestas que hace.

—¿De qué nos olvidamos en torno al cuerpo?

—Que es nuestro, nos pertenece y que podemos desarrollarlo y ampliarlo en sus campos sensibles, tanto como nos permita salir del prejuicio de que no somos capaces.

—¿Qué le puede aportar a quien tiene un trabajo y cierta consciencia del cuerpo, a través de una disciplina deportiva, gimnasia, arte marcial o escénica, etc?

—Diría que esas personas tienen una dinámica corporal que les hace alcanzar una performance en un ámbito específico. Reconocerse a sí mismo y minimizar las construcciones que le llevan a ese desarrollo le permite, por ejemplo, no lesionarse.

—¿Qué sucede a medida que se tiene un mayor grado de conciencia del movimiento?

—Querés más (risas), y la vida pasa por otras perspectivas y reconocimiento de tus capacidades. Tal vez, de repente, no sigue pasando lo mismo y cambian las búsquedas, los objetivos, los permisos o las restricciones. Cambia.

Unas partituras nacidas de la propia experimentación

Libedinsky aporta datos históricos del creador el método, Moshé Feldenkrais, quien fue cinturón negro de judo –sobre el cual escribió varios libros, al igual que de autodefensa–, ingeniero mecánico y electrónico, y obtuvo su doctorado en la Sorbona.

—¿En qué contexto creó el método?

—Feldenkrais nació en Ucrania –Rusia (1904-1984)–, en una familia judía ortodoxa –con lo cual tiene ese componente religioso– y a los catorce años emigra, solo, a Palestina. Practica artes marciales, luego (en París) se convierte en el primer europeo en obtener el cinturón negro, estudia Física e Ingeniería, colabora con el matrimonio Curie en sus investigaciones y en la Segunda Guerra Mundial da entrenamientos de artes marciales. Además, fue un gran observador de la conducta humana. Vuelve a Israel y comienza a desarrollar el método a través de partituras de movimientos y usos no usuales del cuerpo, en los cuales intervienen el pensamiento, la sensación y la emoción.

—¿Variaron desde su creación?

—Creo que no; el método tiene etapas. Sus partituras de movimiento vinieron de su propia experimentación, no pensadas. Por eso se respeta la secuencia, más allá de que hay una interacción y devolución de cada persona durante el trabajo.

—¿Cuáles son los países con mayor práctica?

—Hay formaciones en muchos lugares del mundo: Brasil, Colombia, México –reconocida por la universidad–, Madrid, Barcelona, Francia, Inglaterra, Japón, Rusia, Grecia, Bélgica y Turquía.

—¿Qué actividad desarrollás en Paraná?

—Hace seis años que vine por una actividad en un espacio de Silvana Musso y Gabriela Perottino, que coincidió con un proyecto que se llamaba Feldenkrais itinerante y pensé en hacer unos “encuentros con un mismo”. Se armaron talleres y brindaba sesiones individuales. Ahora continúo en el Espacio Esencia desplegar y descubrir, al igual que en Santa Fe, donde me conectaron con Celeste Mazzadi, hablamos y comenzamos a organizar encuentros en el espacio Callejón de los Sueños.

—¿Tenés página en Internet?

—En Facebook, Feldenqué? Feldenkrais.

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