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Argentana

No eran celos, era hambre

"...El hambre no ayuda. En mi mente pasan escenas de violencia prohibida para menores de veinticinco..."

Martes 16 de Julio de 2019

La mujer europea ha evolucionado, se emancipó de ese sentimiento de pudor, de esa necesidad de perfección que es como una morsa para la mujer argentina, y vive el verano y la playa con libertad y desparpajo. Hacen topless aún si el principio de gravedad ha dejado evidentes huellas y usan bikini a todas las edades, con poca o mucha panza que tengan.

Parecen haberse desarmado también de ese sentimiento primitivo que son los celos patológicos, y salen a comer con el, la ex de él, el ex de ella, los hijos de todos, en paz y armonía. Nadie es propiedad de nadie, y en las reuniones a nadie se le ocurre sentar los hombres de un lado y las mujeres de otro sino intercalados, así la charla se hace dinámica, variada y compartida. Es la aspiración de cualquiera: la paz consigo misma, con la propia grasa y con todos los fantasmas del pasado y del futuro. De ser posible, antes de cumplir los 90, cuando se empieza a sospechar que nada era TAN importante, que la vida no era TAN larga, que ciertos dramas no eran TAN dramáticos, y que como dice siempre mi amiga, picante escritora y periodista Roberta Denti, citando el Corán: la vida es un juego y un pasatiempo.

Esporádicamente sufro de estos restos de juventud, que se expresan en inhibiciones estéticas o salvajismo emocional, con gran displacer. Recuerdo una vez que estábamos de vacaciones en un rincón perdido de una isla, camino de curvas, calles de ripio, un mar poco amigable si el viento no venía del lado justo, cuando con el socio y la progenie salimos del pequeño supermercado de la zona (desierta) y escucho una voz de mujer que dice:

—¡Pero mira quién se ve! ¡Hola, querido!…tanto tiempo, ¿cómo estas?

—¡Pero qué sorpresa, hola!— dice él, beso beso (en Italia son dos y se empieza por la izquierda)— te presento mi familia.

El socio nos presenta a su examigovia (me imagino que este termino ya no se debe usar, pero se entiende), empezando por las nenas. Yo cierro las presentaciones dándole la mano y buscándole los ojos detrás de las gafas. Sin suceso. Se habrá dado cuenta porque dice (cola de paja): “No me los saco porque son con aumento”. Yo también soy miope de nacimiento, se dieron cuenta en primer grado, sino el mundo me hubiera gustado también así: nítido de cerca y todo el resto esfumado. Poco seguro para manejar, pero muy cinematográfico. La progenie abandona la escena y se va a jugar por ahí, y quedamos nosotros en una ronda apretada: el socio de un lado, la amiga del otro, y el hombre que estaba con ella, frente a mí.

Todos de pié bajo el sol a jugar a la ronda alrededor de uno de los momentos más aburridos de la vida social: ser de los que acompañan a dos que se encuentran. Que sean compañeros de la escuela, viejos amores, o primos de tercera generación, te sentís de nuevo un quinceañero que quiere evadir de la hora de religión, y mientras finge estar presente, mirando con ojos de vaca al pastoreo está pensando cómo escapar y adonde ir.

Desde ese momento la amiga cierra su visión periférica y se concentra en el socio. Yo la observo y veo los huesos que se le salen de los hombros, y la piel de las rodillas bronceadas un poco floja, típicas de una cierta edad. De joven debe haber sido linda.

Y flaca, pienso.

Y me viene en mente que desde hace días, de vacaciones en un agriturismo, he comido y tomado como dos camioneros, entonces deslizo la mirada desde sus rodillas hacia mi panza. Tengo que hundirla inmediatamente. Hago una gran inspiración nasal, lenta, para que no se note, pero muy profunda. Contraigo todos los músculos abdominales que encuentro, y ya que estoy, aprieto un poco también los glúteos, tiro para atrás los hombros y contraigo también los brazos que tengo al costado del cuerpo con las bolsas del super colgando. Por último relajo los pies para que no se note el esfuerzo.

Suficientemente contenta de mi lipoaspiración no invasiva, de urgencia y hecha en casa, me dedico de nuevo a la ronda. La amiga habla con el socio exclusivamente y en singular: cómo estas, qué lindo verte, ¿venís siempre acá?, ¿qué te hiciste al brazo?

Ok, perfecto. Estoy completamente afuera de la conversación. Puedo aguantar la respiración tranquilamente y esperar que todo termine rápido. El tipo está bastante aburrido también y se bambolea como el quinceañero de más arriba. Tengo hambre, eso no me ayuda. Me enojo, cuando tengo hambre. Mientras tanto se me prende el radar antihumo. Me señala que ella no tiene el fuego del todo apagado. No es que sea el incendio de la Roma de Nerón, pero unas brasas, sí; de esas que basta tirarles un ticket, dos sopladas, y capaz que un bife no muy alto, jugoso, te lo hace. Entonces miro el socio. Le brillan los ojos, pero es normal en él, por lo demás lo veo tranquilo, no despliega la cola real y sintetiza al máximo el accidente del brazo, que contado con mínimos detalles hubiera causado sensación y ternura y compasión y preguntas y todas esas cosas que a las chicas sensibles que encuentran un ex les encantan.

La conversación se agota y llegan los saludos finales. Entonces chau nenas desde lejos, y chau a mí, que mientras pongo la mano me gano dos besos (qué suerte). Se ve que ignorar a alguien por diez minutos te da lo mismo una cercanía que elimina el apretón de manos y pasamos a la segunda base social.

Cuando va a saludar al socio, arrastrando las sandalias le pone los pies muy cerca y se le desparrama encima como un gato, como una mosca (muerta), y mientras le da el beso doble le hace una rascadita en la nuca. Una rascadita. En la nuca. Parada como una tarada al sol con las bolsas del super en la mano, sin respirar y toda contraída, veo los dedos que bailan en la nuca del socio, y todo el aire comprimido que tenía adentro se prende fuego y explota, esta vez sí, como la Roma de Nerón.

El hambre no ayuda. En mi mente pasan escenas de violencia prohibida para menores de veinticinco.

Llegamos al auto, el socio desde al asiento del copiloto hacía sandwiches con una mano, me pasó uno, lo mordí, mastiqué la lechuga crocante mezclada con el jamón y el queso y las rodajas de tomate, y me sentí mejor. Manejaba por los caminos de tierra entre los árboles, una especie de jungla atrás de las dunas, y comía, y le tomaba el pelo al socio por la rascadita de la mosca muerta. Y me tomaba el pelo a mí misma por todo ese fuego.

Alguien dijo que no somos islas, pero un poco lo somos, como esa isla donde estábamos, con lugares fáciles y superpoblados, y rincones salvajes, difíciles de alcanzar, lugares incómodos pero imponentes. Isla que cada tanto es azotada por el fuego, basta una chispa y un día de viento, y arde llevándose todo por delante hasta llegar al mar. Nos compartimos, tendemos puentes, y antes de dormir, cuando cerramos los ojos, estamos solos con nosotros mismos. Nadie es de nadie, pensé al tercer bocado. No eran celos, era hambre.

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