Miradas
Domingo 03 de Junio de 2018

Nisman y Cristina, para volver a creer

No hay mucho análisis que hacer, cada vez que la cosa se complica para el gobierno nacional, Cristina vuelve a la punta de la góndola para llamar la atención y para que la gente no se vaya a olvidar lo malo que era todo antes de Macri.


Y si no alcanza, refuerzan con la muerte del fiscal Alberto Nisman con toda una trama de corrupción y espionaje. El combo de los dos juntos es lo ideal. Es una fórmula que seguramente ha dado algún resultado en algún momento, por algo la siguen utilizando, pero daría toda la impresión que quienes sacan a relucir esta estrategia toda vez que peligra la imagen presidencial, no se han dado cuenta que ahora, precisamente ahora, la cosa no está marchando muy bien para el ciudadano común, que no es una situación cómoda económicamente, que los aumentos de los servicios siguen una marcha imparable, que el combustible vuelve a subir, que la canasta básica es cada vez más cara y que los sueldos no acompañan todos estos incrementos.


Si la tele repite que todo está bien, pero el bolsillo te insiste con que la cosa no es tan así, la mayoría, al menos comienza a dudar. "Si Cristina es culpable que vaya presa", te dice cualquier persona de a pie y con un mínimo sentido común. Lo cierto es que eso no le soluciona el problema a ninguno de los millones de argentinos que hoy ven complicada su economía.


Los despidos siguen sumándose en todo el país, y ya no son solo grandes empresas que echan por centenares. Se ve en todas nuestras ciudades, negocios que cierran, reducción de personal, comercios vacíos y temor generalizado a perder el empleo. "Es la Economía, estúpido", fue el lema y eje de campaña que llevó a Bill Clinton al triunfo ante lo que parecía un imbatible George Bush que insistió hasta lo último en meterle miedo a los estadounidenses con Saddam Hussein, sin ver que lo que realmente preocupaba era otra cosa.


No entender que hay momentos y momentos, es no ver la realidad. Y acudir a estrategias tan obvias, es atentar contra la propia credibilidad y sumar incertidumbre. Este gobierno nacional ha cometido tantos errores políticos propios que lograron, por primera vez, encolumnar a una oposición que no encontraba rumbo, sin ideas y con tantas miserias individuales que hasta la ambición de gobierno habían perdido. Cambiemos los ordenó, les dio un objetivo y les sigue mostrando el camino.


Pensar que por instalar a Cristina y a Nisman en los medios la gente dejará de pensar en su bolsillo es ridículo. Quizá desde el Gobierno piensan que en este tiempo, más todo el mes que durará el mundial, ellos lograrán revertir la incertidumbre económica y retomarán el rumbo hacia la revolución de la alegría que llegará el año que viene, cuando inyecten todo el dinero que nos prestará el FMI para crear un clima de tranquilidad que finalmente les haga ganar las elecciones.


Sigue siendo un pensamiento pueril. Si por un instante nos imaginamos en la final de Rusia y ganando el Mundial, al otro día, o a la semana, o al mes, finalmente la economía nos volverá a todos a la realidad si seguimos por este camino. No está todo bien, no hay que ser un genio ni un opositor radicalizado para sacar la conclusión.

Y por momentos es insultante que alguien crea que con spots televisivos y operaciones mediáticas la preocupación de las personas tomará otro rumbo. Claro que son importantes la situación judicial de la expresidenta y la investigación sobre la muerte del fiscal, claro que es necesario que se sepa la verdad. Pero nada de eso tapa ni tapará nunca la preocupación de cada trabajador que no sabe si su nombre está por ingresar a la próxima lista de despidos. Ninguno de esos temas ocupa la mente de los hombres y mujeres que abren su negocio cada mañana sabiendo que la venta del día no les alcanzará para pagar los gastos fijos. Ni Cristina, ni Nisman les preocupa a todos aquellos que leen los diarios esperanzados, o les preguntan a los amigos si no saben de algún laburo para vivir. Hace falta bastante más que Nisman y Cristina para volver a creer.

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