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Suplemento Aniversario 2019

Mujeres rurales luchan por su porvenir y abrazan la esperanza

Realizan un trabajo duro y sacrificado, que muchas veces no es reconocido. Pero nucleadas hace 20 años en una asociación, se van abriendo camino

Miércoles 13 de Noviembre de 2019

Sandra Oviedo no nació en un hospital, sino en el campo. Su mamá, Lucía Yedro, vivía entonces en una zona rural del Departamento Feliciano, pero unos pocos años más tarde se mudó a la ciudad porque se enfermó una de sus hijas y necesitaba estar cerca del hospital o un centro de salud.

Ahora Sandra reside en San José de Feliciano, donde está a punto de culminar su mandato como concejala, pero durante varios años volvió a instalarse en el campo, a unos 40 kilómetros de Feliciano y a cinco de Federal, en inmediaciones de Laguna Benítez. De su madre heredó los saberes que se necesitan para vivir lejos de todo, sostener a una familia, criar a los hijos pero también a los animales que quedaron guachos, cultivar la huerta y otros tantos menesteres que hacen falta en un contexto en el que hay que arreglárselas con recursos limitados.

La mujer que habita en zona rural sabe lo que es el sacrificio y por lo general naturaliza el sobreesfuerzo. Históricamente se instaló la idea de que es ella quien debe ocuparse de la granja, los quehaceres hogareños, y atender al marido que llega del trabajo y descansa, cuando ella no puede porque tiene que abocarse a cocinar, lavar la ropa, zurcir alguna prenda, o ayudar a los chicos con las tareas de la escuela.

La jornada para la mujer de campo comienza generalmente antes de que asome el sol y se extiende hasta entrada la noche. Y no hay domingos ni feriados para relajarse después de una semana ajetreada. Tradicionalmente en su rutina el ocio está prohibido y brindarse un tiempo para el esparcimiento es un lujo que le es ajeno.

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Las mujeres campesinas se reúnen periódicamente.
Las mujeres campesinas se reúnen periódicamente.

Desde hace dos décadas Sandra integra la Asociación Entrerriana de Mujeres Campesinas, un movimiento que nació con una fuerza inusitada a mediados de los 90 de la mano del Programa Social Agropecuario (PSA), que en ese entonces estaba a cargo de Benjasmín Chiapino. Su esposa, Maris Rébora, fue quien tomó la posta y comenzó a hacer un valioso trabajo vinculado al empoderamiento de aquellas mujeres que hasta entonces difícilmente podían compartir con alguien más sus penurias, sus sueños, sus anhelos. “Tuve la suerte de encontrarme con Maris Rébora de Chiapino, como muchas mujeres, y fuimos trabajando en lo que hace a nuestra realidad, a nuestras necesidades y a pensar un poco más en nosotras. Ahí surge todo esto de la concientización, de la organización, de lo que estamos trabajando en pequeños grupos. Le dimos identidad a nuestra agrupación”, subrayó Sandra con orgullo.

Asimismo, expresó: “Nosotras nos empezamos a sumar con el PSA allá por el 98, cuando lo coordinaba Benjasmín Chiapino, y Maris Rébora era una referente del programa y acompañaba estas actividades que se iban haciendo. En ese tiempo se hacían reuniones de productores y en las planillas no existía la palabra ‘productora’. Esa es una lucha que hemos ganado con mucha perseverancia”.

Que también se las tenga en cuenta era una meta que necesitaban alcanzar, y sobre este punto, Sandra explicó: “Queríamos que se considere que las mujeres producimos y llevamos adelante la familia, que trabajamos a la par de nuestro marido, que él a veces viene y descansa y nosotras seguimos trabajando”.

“A veces somos las que producimos, pero no siempre las que vendemos. Porque criás un animal en el campo y si viene un comprador no hace negocios con una, los hace con el marido. Preguntan si está el patrón, o el jefe. Y si no está dicen ‘vuelvo cuando esté él’. Es como que la mujer no sabe nada, cuando a lo mejor sabe más porque es la que crió al animal”, comentó, y señaló: “Las mujeres por lo general llevamos esta tarea cuando las crisis, cuando hay sequías, cuando los malos tiempos aprietan y se mueren los animales y van quedando los guachos, sea carnero, oveja o chivo. Pero después de esos animales tampoco ella es dueña, o sea, no tiene autonomía para venderlo y luego de usar ese dinero obtenido con su trabajo”.

“No hay días de descanso para la mujer rural. Las tareas siguen, lo mismo la producción en la huerta. De ahí busca todos los días lo que necesita para cocinar y va juntando además los huevos de gallina. Y los días que se viene al pueblo se levanta más temprano para ordeñar y vender la leche y los huevos, o lo cambia por lo que le hace falta. Permanentemente la mujer va haciéndose cargo de las tareas de producir y de ser la proveedora a veces para la familia y pocas veces piensa en ella. Todas esas cosas las hemos ido viendo y capaz antes yo no me daba cuenta, para mí era algo natural”, reflexionó.

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Sandra y Maris contaron como es la vida campo adentro.
Sandra y Maris contaron como es la vida campo adentro.

Según rememoró, en los primeros tiempos de la Asociación llegar a las reuniones en las que podían encontrarse con sus pares y compartir su experiencia de vida no resultaba tan sencillo. Había que sortear la resistencia del marido, y también de la suegra, que observaban con recelo el movimiento que recién empezaba a gestarse: “Nosotras permanentemente vamos luchando contra el machismo del hombre, que está muy instalado en el campo, culturalmente aceptado y a veces naturalizado por nosotras. Y creo que si hay machismo también somos responsables las mujeres, como madres de esos machistas. Pero luchamos también contra el machismo, que golpea más fuertemente, que es el de la propia mujer”, reflexionó.

Acerca de la labor en la Asociación, comentó: “Nosotras hacemos un poco de todo y nos vamos reuniendo. Entre todas vamos trabajando y siempre tratando de implementar proyectos productivos que nos sirvan a las mujeres, no solamente para el autoconsumo, sino también para iniciar un microemprendimiento, generando recursos en las distintas etapas del año”.

En el marco de una extensa lucha por el reconocimiento de la labor de la mujer campesina, en la que se han conquistado derechos y cosechado logros, pero todavía hay mucho por hacer, observó: “La mujer del campo no tiene las mismas posibilidades que a veces tiene la mujer del pueblo, más allá de que todas somos luchadoras en cualquier lugar en que estemos. Nosotras siempre tratamos de salir adelante. A las mujeres nunca nos falta la esperanza, siempre nos levantamos pensando que este día puede ser mejor”.

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Muchas hacen su propio pan y también lo venden en feria
Muchas hacen su propio pan y también lo venden en feria

Conquistas y desafíos

Las mujeres campesinas enfrentan las mismas dificultades que muchas mujeres que habitan en las ciudades, pero son situaciones que se agravan porque se sobrellevan en soledad, debido no solo a un aislamiento geográfico sino social. Sobre la actualidad de aquellas que viven campo adentro, la fundadora de la Asociación Entrerriana de Mujeres Campesinas, Maris Rébora de Chiapino, evaluó: “Las crisis por lo general golpean mucho más cuando sos mujer, cuando sos pobre, y cuando vivís en el campo. No la están pasando bien, a pesar de que las mujeres siempre sacan fuerzas de donde sea para hacer frente a las adversidades, a la discriminación, a la falta de oportunidades que se le presentan a diario y también al no reconocimiento a lo que aportan a esta realidad. Pero son unas guerreras que realmente luchan y que a pesar de todo siguen adelante”.

Maris recordó los inicios del movimiento, en 1997, cuando las mujeres rurales comenzaron a exponer sus adversidades: “Aparecieron los problemas de violencia de género, de salud; también se habló de las dificultades para producir y comercializar lo que producen, los problemas de vivienda, la soledad y otros tantos aspectos que las afectan. Son problemas que se recrudecen mucho por el aislamiento, por no tener a otra compañera cerca o a quién recurrir”.

A su vez, indicó: “Entonces hicimos una serie de talleres y elaboramos una especie de los problemas que ellas reconocían, y empezó a gestarse un compromiso del PSA. Por otro lado articulamos con ONG y con organismos del Estado para gestionar con más fuerza soluciones a esas necesidades. Y en 1998 empezamos a festejar el Día de la Mujer Campesina cada 15 de octubre”.

En 2007 obtuvieron la personería jurídica y la agrupación fue creciendo y decreciendo: “A veces por falta de recursos tenemos dificultades para sostener la organización. El PSA fue cambiando la conducción y hubo personas que siguieron a cargo del programa y no reconocieron la importancia del trabajo que hacemos con las mujeres”, manifestó.

Entre las distintas actividades que realizan actualmente, llevan adelante tareas de capacitación para tomar conciencia sobre sus derechos, para que las mujeres campesinas los conozcan y se apropien de ellos; y desde allí tratar de aportar soluciones. “Hubo una fuerte línea de capacitación en distintas zonas de la provincia, pero sobre todo en los departamentos más carenciados, y en la medida en que nos fuimos encontrando con las mujeres y que fuimos participando, nos fuimos sorprendiendo, porque no esperábamos tantas”, dijo Maris, y recordó que fueron alrededor de 450 las mujeres que se habían congregado.

Periódicamente las referentes del movimiento se reúnen en Paraná, que es adonde llegan los colectivos de todos los puntos de la provincia, para evaluar la marcha de los proyectos y las inquietudes a resolver. Sostienen este proyecto que las dignifica y amplía sus horizontes de expectativas para un futuro mejor, y actualmente están trabajando con proyectos productivos desde el Ministerio de Desarrollo Social de la Provincia que les permite potenciar el espíritu de su labor y también producir más. Sobre este punto, la dirigente señaló: “En este momento, en que la realidad golpea tan fuerte, hace que se busque la forma de encontrarse y de seguir”.

Por otro lado, destacó: “Cuando miro para atrás y veo todo el camino transitado hemos avanzando muchísimo. Cuando escucho que una mujer dice ‘ahora reconozco que tengo derechos, que soy una persona, que no tengo que pedir permiso para salir ni tengo que depender económicamente de mi pareja porque yo también produzco y aporto desde lo que puedo llevar a la mesa o comercializar’, realmente emociona. Todo este caminar y estas luchas no han sido en vano. Son mujeres sumamente valiosas, profundas, y que tienen muchas ganas de salir de la situación en que viven”.

No obstante, en más de dos décadas de la Asociación Entrerriana de Mujeres Campesinas también hubo conquistas que se perdieron, y que hoy pugnan por recuperar: “Hubo cuestiones muy importantes que se lograron, que fueron bandera de lucha de los movimientos campesinos, como el Monotributo Social Agropecuario para que pudieran ingresar a los circuitos oficiales de la comercialización. Eso se consiguió hace unos siete años, pero este gobierno nacional lo eliminó, provocando un gran daño para quienes tuvieron la oportunidad de comercializar en blanco para vender a los comedores escolares en forma oficial y en otros ámbitos, como un productor merece”, lamentó Maris.

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La cría de animales forma parte de su rutina.
La cría de animales forma parte de su rutina.

Una vida de sacrificios

Susana Jaime es la actual presidenta de la Asociación Entrerriana de Mujeres Campesinas. Nació, se crió y sigue viviendo en el campo junto a sus esposo, en la zona de María Grande Segunda, donde día a día se levanta a las 6 o más temprano todavía, para ordeñar las vacas de su pequeño tambo. Luego elabora quesos y otros productos caseros que luego comercializa en una feria de María Grande, a unos 26 kilómetros de su casa, por camino de tierra. Cuando llueve se hace barro y queda incomunicada. Sin embargo, contó que por necesidad a veces igual lo recorre a pie, enterrándose en el pantanal que se forma para llegar a la ruta y tomar un colectivo hacia la ciudad.

Sus tareas son similares a las de otras mujeres rurales: “Hago la huerta, elaboro mermeladas caseras, también pan casero y quesos; y cultivo plantitas aromáticas para vender. Actualmente estoy yendo a la feria de María Grande los segundos sábados de cada mes. Gracias a Dios vendo todo y no tengo que volver a mi casa con las cosas. La gente busca lo orgánico más que nada y lo casero”, contó a UNO.

A su vez, subrayó: “Las tareas rurales requieren de esfuerzo y sacrificio, pero también tiene sus cosas lindas permanecer en el campo, como producir nuestro propio alimento. Soy productora, me crié trabajando, pero creo que todavía las mujeres campesinas no tenemos un reconocimiento”.

Susana también mencionó que tiene cuatro hijos que la visitan los fines de semana: la falta de trabajo y de oportunidades en los ámbitos rurales provoca la migración de los más jóvenes hacia las ciudades. “A ellos les gusta el campo, pero no tienen algo para poder quedarse. En el campo hay muchas limitaciones y se viene despoblando hace tiempo, porque cuesta contener a los jóvenes para que se queden”, confió.

Por su parte, Sandra Oviedo recordó que la zona donde vivía hay camino de ripio y debía recorrer un largo trecho para llegar a su casa. Coincidió en que muchas veces los habitantes de medios rurales quedan aislados, ya sea porque no hay transporte o porque no tienen recursos para trasladarse a alguna zona urbana si precisan. También es habitual que los teléfonos no tengan señal y resulta difícil comunicarse con una mujer que vive en el campo: “Donde vivía tenía que subir arriba del molino, cerca de la rueda, buscando señal”, rememoró.

Sus hijos crecieron a unos 1.500 metros de la escuela Primaria más cercana e iban caminando, pero muchos chicos llegaban a caballo. “Muchas familias, por la necesidad, se tienen que venir al pueblo. En el campo no hay escuela Secundaria y tienen que venirse a la ciudad para que sus hijos sigan estudiando, o si alguien en la familia tiene alguna enfermedad o debe hacer algún tratamiento”, observó.

Para comprar en el pueblo lo que no se produce en el campo, se tienen que organizar. “Si no tenés en qué andar, los remises son muy caros: para ir a la ciudad hay que gastar unos 1.500 pesos; y si no hay que hacer dedo y a veces no te levantan, y si no te colás con algún vecino”, mencionó.

Otro aspecto al que se refirió fue a los servicios esenciales que en el campo están ausentes: “Todavía hay mucha gente que no tiene luz eléctrica, y tampoco agua: no tienen una bomba y la tienen que acarrear desde la escuela o de la comisaría. A veces les queda cerca, pero en ocasiones están retirados. Y aunque parezca mentira, cuando uno no tiene agua parece que es cuando más gasta, más si hay chicos”, aseguró.

En este marco, indicó: “Nosotras empezamos a trabajar allá lejos y hace tiempo sobre todas esas problemáticas y esas realidades, y comenzamos a tomar conciencia de que teníamos que organizarnos para mostrar la realidad que vivimos y desde ahí buscar ayuda. Para que por parte del gobierno se tomen en cuenta las realidades de la mujer del campo, la mujer rural; y para que también se empiecen a proyectar políticas públicas de Estado que nos tengan en cuenta, que podamos visibilizarnos y salir de estas situaciones, porque a veces es todo difícil y las políticas que se piensan muchas veces no tienen nada que ver con la realidad de las mujeres o de las familias del campo”.

Frente a esta panorama, Maris Rébora concluyó: “Muchas familias se van a la ciudad por la condiciones de vida que hay en el campo, por las necesidades insatisfechas que tienen, como la falta de acceso a la energía eléctrica, al agua, a los caminos que no están en condiciones”.

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Mujeres Campesinas luchan desde hace 20 años por sus derechos.
Mujeres Campesinas luchan desde hace 20 años por sus derechos.

Apoyo

Con más de dos décadas trabajando por los derechos de las mujeres campesinas, Maris Rébora de Chiapino valoró el apoyo que les brindan distintos actores sociales e instituciones para poder desarrollar la valiosa labor que realizan. Al respecto, mencionó el acompañamiento que reciben desde el Instituto Autárquico Becario Provincial (Inaubepro), organismo con el que tienen firmado un convenio: “Desde hace bastante tiempo se viene trabajando mucho desde el sistema educativo para que existan escuelas agrotécnicas de nivel medio, que están funcionando en áreas rurales, y el Instituto Becario está aportando becas para que los hijos de los pequeños productores puedan llegar a las escuelas. Eso les permite que se queden en el campo, aunque después llega el desafío enorme de acceder a la universidad”.

Otro punto que recalcó fue el de los trabajadores de la salud que colaboran con esta loable labor: “Trabajamos mucho el problema de la salud en general y de la salud ginecológica de las mujeres con el apoyo de Claudia Enrique, una médica muy valiosa y muy comprometida que nos ha acompañado desde los primeros tiempos y siempre está presente con sus equipos cuando la convocamos”.

A su vez, Sandra Oviedo destacó: “Tenemos mucho apoyo de la ministra de Desarrollo Social, Laura Stratta; de la senadora Sigrid Kunath; de Cristina Ponce, directora del Instituto Provincial de Discapacidad (Iprodi), porque en el campo tenemos muchos problemas de discapacidad que atender”.

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