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Psicología

Momentos de Decisiones

Viernes 29 de Noviembre de 2019

Lic. Mario Sarli/ Psicólogo

psicosarli@gmail.com

Uno de los atributos conocidos y estudiados del ser humano, es entre tantos, la condición de ser gregario. La cual alude a la capacidad y necesidad de desarrollarse en contextos sociales, donde los grupos se convierten en ámbitos que propician el desarrollo emocional y cognitivo. Desde una concepción aun más compleja, se suma a este concepto, un aspecto que pareciera contradecir lo afirmado y refiere que, además de compartir en sociedad, el ser humano también tiene necesidad de estar a solas. Esto nos conduce a ampliar la comprensión de los comportamientos humanos y ahondar sobre las causas que expliquen cómo puede ser que necesite desarrollarse en contextos grupales pero que paralelamente, también necesite estar fuera de los grupos, en estado de soledad.

Aristóteles afirmaba su certeza que la naturaleza de los seres humanos era su condición gregaria y lo sustentaba con la idea que necesitaba a la sociedad y la cultura que ella aporta para realizarse junto a las propias capacidades. Por cierto es comprobable científicamente la afirmación que las personas necesitan grupos sociales donde referenciarse, sean estos familiares, religiosos, sociales o empatías de todo tipo. Ello es así y lo comprobamos con más claridad al apreciar las condiciones del primer grupo humano que todos integramos: la familia. Ella es portadora no solo de una cultura que transmite principios, valores, costumbre y tradiciones, sino que ofrece modelos de identificación que se inscribirán para siempre. Poder referenciarse en grupos con los que alguien se identifica, nos muestra como la subjetividad se afirma y desarrolla al sentir pertenencia e identificación con ellos. El concepto que subyace al expresar que alguien se siente representado por un grupo o contexto social específico, nos muestra la intima vinculación que enhebra a las personas y los grupos. En esa conexión tan especial e invisible, circulan afectos, amparos, registros de contención que otorgan fortaleza individual, al mismo tiempo que afianza la trama grupal.

La presencia de terceros en la vida de cada ser, tiene origen en la propia concepción. Sabido es que nacemos por deseos de otros. Fuimos deseados y así formamos parte del proyecto que nos dio presencia en este mundo. Además de ser originados biológicamente, también fuimos inscriptos en un universo socio-afectivo que da nacimiento y también cause al desarrollo de una subjetividad impregnada de esa multiplicidad deseante de otros que moldea la estructura psicológica y afectiva de cada niño.

Émile Durkheim en su libro “Las reglas del método sociológico” (1895) define hecho social como las maneras de obrar, sentir y vivir exteriores al individuo, que ejercen un poder coercitivo sobre su conducta orientándola en todo su desarrollo. Es interesante pensar como cada uno de nosotros, somos condicionados (para no usar la palabra coercitivo, que emplea Durkheim) para que los caminos que transitemos, estén signados por aquello que fue establecido por otros. Demás está decir las huellas que deja la educación, mucho más cuando se desarrolla en contextos institucionales específicos, sean estos religiosos, públicos o privados. Los niños no eligen estas Instituciones, sino que es resultado de una decisión familiar que aún expresada con la mejor sonrisa, debemos reconocer que con la mejor intención, avalar el tránsito por esas aulas. Claramente la función de padres es instalar un patrón de cultura, principios y valores y es legítimo desde sus posiciones, elegir ciertas escuelas, imponer o no las prácticas religiosas que creen, así como marcar los límites de lo que se acepta o no en cada casa. Así crecemos. En el mejor de los casos siendo respetados y estimulados por las atracciones que cada niño/a manifiesta. Gracias a eso, deportistas o artistas que alcanzaron brillo, reconocen el temprano apoyo de sus padres a sus pretensiones.

Pero además de estos intercambios entre persona y grupos que nos constituyen, nos hace falta, bajo ciertas circunstancias distanciarnos de lo social, de lo grupal para detenernos en las esferas íntimas para que así, alejados de otras voces, lograr escuchar la propia. Aquella voz que emana de emociones profundas y pueden no coincidir con lo que se viene haciendo y construyendo. Todas las personas, bajo ciertas condiciones, necesitamos estar solas para resolver aquello que nadie más que uno puede decidir. Escenas tan personales como la elección vocacional, de una pareja o también una ruptura, son algunos ejemplos donde nos necesitamos “sin otros”. Para decirlo mejor, recurrimos a la propia y sentida voz que exprese lo que genuinamente deseamos. Es un momento en que debemos interrumpir las apreciaciones o valoraciones de otros y más que nunca, requerimos hacer lo que surja de lo más profundo lo que subyace en cada uno. Hay caminos que lo debemos recorrer a solas. Hay momentos, que son aquellos de grandes decisiones, que la buena asociación con uno mismo debe estar presente y dispuesta, de manera serena y abierta a escuchar lo que de ella emane. Nadie más que uno sabrá si el amor que se siente por alguien es capaz de determinar una convivencia. También una ruptura o un divorcio. Es tan hondo y a veces intransigente el camino conceptual, que solo las emociones otorgarán las palabras clarificadoras. Se trata de una amplia y solitaria asamblea societaria con uno mismo.

No escuches las razones, escucha a tu corazón dice uno de las tantas frases que circulan y a veces, nos ayudan. También Margarite Yourcenar nos dijo “hay que escuchar la cabeza, pero dejar hablar al corazón”. Allí, en esos precisos y complejos instantes de las dificultades personales, la propia voz se hará oír. Es un momento de transitoria ruptura con el mundo externo, del cual emergerá diáfana, clara y convincente la íntima voz que ayudara a continuar o inaugurar nuevos caminos.

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