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Miseria

"El día que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo" (Gabriel García Márquez).

Domingo 08 de Septiembre de 2019

El gran contenedor plástico emplazado a la vera del cordón de la vereda se zarandea solo, vibra misteriosamente como poseído por algún demonio invisible, o un fenómeno paranormal.

El hecho atrae mi atención inmediatamente mientras espero a un amigo en la puerta de su casa, rociado cada tanto por una llovizna intermitente entristecida por la luz amarillenta de la calle.

Entrecierro los ojos instintivamente para ver mejor y diviso, parada al lado del socotroco municipal de la basura, una figura. Está inmóvil. Es una chica joven con dos criaturas que giran a su alrededor. Todo muy extraño.

Escucho voces apagadas, susurros, cuando de repente cesa el movimiento del contenedor, se abre un poco la gran tapa y del oscuro intersticio se asoma una mano y una cabecita encapuchada, que ordena furtivamente:

—¡Sosteneme la tapa, negra!

Para mi total asombro había alguien metido adentro, un muchacho, entero, una persona, que asumo sería el novio o la pareja.

Acto seguido el hombre comienza a alcanzarle cosas a la mujer, las que son debidamente analizadas y luego son introducidas en unas bolsas: negra de consorcio, si es reciclable; y una blanca, más pequeña, para los restos de lo que parece ser comida.

Así van emergiendo de ese ataúd de pestilencia, cartones, latas, botellas de plástico, un tubo de metal en los que vienen los vinos caros (que observan con curiosidad extraterrestre), una percha rota, trapos y una pluma. Si, una pluma, limpia e inmaculada, fuera de lugar, que origina el único comentario que salió de la boca de la chica en todo el patético episodio:

—Mirá negro, una pluma, ¡qué lindo!

Ese discreto drama urbano dura varios minutos y me rompe el corazón en cámara lenta, en vivo y en directo. Me laten las sienes de impotencia, de nulidad, de furia, de vergüenza, pero vergüenza de mi mismo porque no puedo dejar de presenciar ese espectáculo atroz de la miseria humana en su versión más vil, más dolorosa.

Lo peor de todo es que esa situación parece ser desgarradora solo para mí, no para los transeúntes que pasan indiferentes, ni para el tipo de la rotisería de enfrente que, parado en la puerta de su negocio, habla y ríe a los gritos por el celular. Y lo más loco: tampoco lo es para ellos los protagonistas, que realizan su rutina de cirujeo sin el menor acuse de pudor, con la indignidad completamente naturalizada, exentos de todo resentimiento o enojo con la vida.

Pobreza y degradación por generaciones, indisolublemente amalgamadas en su prematura fatalidad, seguramente vitalicia.

En un momento los nenes, como diminutos Oliver Twist del siglo XXI, pegan sus caritas contra el vidrio empañado de la puerta del gimnasio de al lado y, usando sus manos como pantallas, miran fascinados hacia adentro a dos chicos que saltan alegres en una cama elástica sobre el piso de parquet.

A esa altura a mi ya no me queda saliva por tragar. Cuando termina el espectáculo de la exhumación de su sustento se unen todos en familia a contemplar, divertidos y excluidos, desde afuera, a los saltarines. Recién en ese momento el joven se percata de mi presencia, y sonriéndome con inocencia, casi con bondad, me dice:

—¿Cómo le va, don?

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