Mi literatura es nada, mi boxeo es todo

Emulando a Hemingway. Párrafos apenas éditos

Hemos mencionado en otras oportunidades a Jack London, escritor. De estilos diferentes, atemporales y no contemporáneos Hemingway tenía 16 años cuando London dejaba las historias para la supervivencia en las imprentas. Agreste uno y citadino otro, solitarios, talentosos, miembros del mismo mundo en épocas diferentes sucede que al repasar algunas de sus historias surgen espacios en común ante realidades del momento. De hecho entonces que ambos, tanto London como Hemingway, han visto la conmoción de sus espíritus ante la presencia de situaciones emanadas de una misma vertiente: el boxeo.

Como dijimos, el mismo mundo en diferentes momentos. Lo suficiente para que los boxeadores de Hemingway vivieran la presión de un negocio inminente mientras que los de London enfrentaban además del desafío deportivo las desigualdades raciales. No mencionamos como componente las diferencias económicas o sociales...esas siempre existieron en forma transversal a este oficio, y a pesar de la magnitud de los negocios todavía persisten. Eso sí, los desiguales son siempre los mismos.

En Hemingway como en los demás, sin embargo, la narración de las contingencias boxísticas tiene protagonistas solitarios, a veces maduros, en general abandonados por la suerte y en su mayoría en soledad. Casi una constante, quizás un semblante ineludible. Seguramente el viejo Ernest.


Viviendo con Hemingway

El viejo Ernesto amaba el boxeo. Sus artilugios, sus protagonistas, sus historias, sus declinaciones y el ring al cual subía con asiduidad. Su forma de vivir sesgaba el límite con la misma precisión con la cual un noqueador arriesga el desarrollo de la pelea a la exposición de su propia mandíbula, en la instintiva búsqueda de una trompada que resolviera a su favor una contienda.

No vivía Hemingway con los atributos del boxeador científico, paciente, cerebral, preciso. Al contrario y a pesar de sus habilidades como cazador podríamos invocar las almas de los grandes puños de la historia para explicar algunas de sus propias excentricidades, llenas de apasionamientos y avidez. Viviendo con poderosos golpes, aun a riesgo de su propia mandíbula así mismo en la guerra civil española,en el desembarco en Normandía, en su estancia en Cuba.

En pose, Ernest Hemingway tenía todo el aspecto de un semipesado. Cercano a los 90 kilos y con los guantes puestos era sin dudas uno de los estereotipos de los rings: descuidado, fumador, mujeriego, alcohólico y glotón. Lejos de un atleta de alto rendimiento deportivo pero asimilado a los talentosos incontenidos.


Dos de sus cuentos y una anécdota

Hemingway vivía alimentado de sus vivencias y sus actividades, indudablemente las cuales motorizaban los personajes y situaciones motivo de sus historias, novelas y cuentos. Las menciones al boxeo en ellas son bastante frecuentes y cabe decirlo, no necesariamente utiliza el sentido metafórico para plantear el conflicto binario de ideas. Mucho más allá de eso asimila circunstancias asiduas para explicar el abandono, la necesidad, el oprobio, el ostracismo y hasta justificar la mendacidad o la traición sin olvidarnos de algunos párrafos magistrales donde la ambivalencia de cualquier ser humano se circunscribe inexorablemente al riguroso plazo fatal de quince rounds de tres por uno minutos de duración.

Ya contemporáneo a las reglas modernas del boxeo (las del marqués de Queensberry), las épicas físicamente dolorosas e interminablemente romantizadas de los puños limpios no pertenecen al universo que observa Hemingway; sus contrastes emergen de la pasividad observadora y de la actividad misma. No en vano usaba los guantes, en el sentido más literal del término. Porque en cuanta ocasión sucediera aunque tal vez con algún influjo de mal carácter retaba a resolver litigios directamente a trompadas. También las disidencias en incluso los intercambios o los puntos de vista.

Dos de sus cuentos y una anécdota, pertenecientes distintas etapas de su vida y de su escritura, serían tal vez lo de mayor representación fidedigna. El primero de los cuentos pertenece a su etapa más novel y a sus primeras ediciones de cuentos cortos y se llama "El batallador", donde los contrastes conflictivos comienzan desde el origen. La juventud de Nick y la madurez golpeada del viejo boxeador Ad representan lo irrecuperable de la existencia, aún a costa de fracasos sin reparación. El ambiente de soledad esteparia, la intimidad de las fogatas y un equilibrio necesario a través de la figura de un preso liberto negro llamado Bugs intentan (y logra) armonizar una situación donde el fracaso y la demencia se encuentran al principio, al final y durante toda la vida de aquel triste viejo campeón ya loco. Cualquier semejanza con los ambientes de London son sin duda alguna, una extraña coincidencia.

En "50 de los grandes" la emergencia es diferente, el conflicto aparece pero ya no en el ostracismo del retiro. Si bien el boxeador allí prepara el desarrollo en base a su experiencia y a las aptitudes aprendidas más que en la energía y fortaleza, se debatirá cruentamente entre persistir en la idea de golpes, lastimaduras pero sobre todo claudicaciones o un retiro ineludible y también miserable. Todos nos preguntamos en algún momento, si cincuenta de los grandes valen la pena...nunca habrá una respuesta única a ese interrogante.


El recuerdo de las trompadas perdidas

Debemos imaginarnos al gran toro blanco, barbado, elocuente y vigoroso. Hábil y sapiente de los golpes letales, de los movimientos que había estudiado de los grandes de aquellos tiempos. Su porte arrogante y la prepotencia socarrona...ese era Hemingway cuando se ponía los guantes y subía al ring.

Hemingway y el por entonces joven periodista Callaghan trabajaron juntos en un periódico de Toronto, en esos días de manutención obligada. Pero ya en el año 1929 y estando en París, el norteamericano insistía en que Callaghan lo visitara. Y así sucedió en París, en ese mismo año y donde uno quisiera imaginar cortesías y hasta modales prejuiciosos y ceremoniales pero bastante lejos estaba eso de la conducta del viejo Ernst. Dicen que cuando llegó Callaghan, simplemente le preguntó qué tal se vería boxeando.

El joven no atinaba a responder hasta al menos interpretar el carácter de la aseveración: una broma, un deseo, una maldición o una pregunta desubicada. Lo cierto es que Hemingway hizo traer un par de guantes, se calzó los propios y más temprano que tarde lanzó un jab. Callaghan esquivó, retrajo la vista y se corrió a un flanco. Vaya uno a saber si por miedo, por cautela o por astucia pero fue quizás la mejor de sus decisiones; una trompada de aquel búfalo mañoso habría dado por el suelo con su humana figura. Pero ese hecho casi pueril sin embargo resultó para ambos el sellado de una fraternidad enorme. A partir de allí se consolidaron en sus intercambios y consideraciones mutuas. Cosas que pasan.

Sin embargo, las pasiones no terminan en esas sencilleces. Cierto día, junto a Scott Fitzgerald y el mentado Callaghan en una salida de licores por París ambos sellaron un desafío: un combate real con reglas de box, entre ambos escritores y con el cronometraje de Fitzgerald.

En un taciturno club donde Hemingway pecaba de habitualidad, se desarrolló el encuentro. El viejo le facilitó un reloj a Fitzgerald, con las indicaciones de tres de pelea por uno de descanso. Y comenzó la contienda donde un ágil Callaghan esquiva en un bailoteo propio de su escaso peso a las trompadas fabulosas y potentes de aquel enorme(en términos físicos y de literatura) sujeto. Hace relativamente poco tiempo, fueron publicadas las cartas que se intercambiaron Callaghan y Hemingway, incluso aquellas donde se narraba esta pelea. Y si bien nada dice en cuanto al desarrollo, si lo hace sobre el resultado porque en un instante desfavorable y apetecible al asombro del canadiense, un flanco debilitado del yanqui y un cross preciso dieron con la humanidad de Hemingway contra el piso. No se levantó, allí culminó la pelea. Hemingway culparía todo el resto de su vida a Fitzgerald quien (entusiasmado) nunca cortó el round e iba por el minuto trece.

También sostuvo que la noche anterior se había comido varios platos de langosta y un impreciso número de botellas de vino blanco. Retó regularmente y eso surge del epistolario, a la revancha clarificadora.

El tiempo pasó y los hechos se sucedieron inefablemente.

Cercano al año del Señor de 1961 una determinación extrema alejó para siempre a Ernest Hemingway de los rings, de los libros y de los gatos de su casa en Cuba. La revancha, ya nunca podría concretarse.

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