Reloj de arena
Miércoles 08 de Agosto de 2018

Memorias del año de la peste

Viruela en Paraná. Alarmas, vacunas y dioses protectores

De cuando hubo viruela en Paraná
A veces el reloj de sol nos depara infrecuencias. Notas inesperadas, historias impensadas y realidades de otros tiempos que nos parecerían improbables en cualquier circunstancia. Pero es esa la plenitud de las mediciones como en este caso donde el tiempo y los segundos se transforman en un espacio en la ciudad de pre-mediados del siglo pasado. En efecto, antes de la década del 50 la situación del mundo era de posguerra y en el país se consolidaban los nuevos aires políticos.
Pero la historia no reconoce ni negocia con las ansiedades de los hombres. Solamente transita, inevitable e ineludible... como el progreso, como el destino mismo. Y queda a los hombres el análisis de aquellos hechos, la persistencia de la memoria e incluso (cuando no logra explicar lo que ha sucedido) hasta la apelación de fuerzas superiores ininteligibles.
Por eso, en la instancia en que el olvido quiere hacer su trabajo más oscuro, es cuando nuestro reloj de sol detiene el tiempo. Lo clausura, anula su transcurrir, lo domina aunque sea por el breve plazo de estas líneas. Y allí, en esta instancia en el universo es donde nos ha dejado hoy, contemplando una situación que había quedado sepultada en los años ya vividos: cuando hubo viruela en Paraná.

La diosa de la viruela y la diosa del parto
Una antigua leyenda coreana cuenta que había una diosa de los partos y otra de la viruela. Estando la primera de visita en el inframundo pudo leer en un libro cómo veinte mil niños (que ella había engendrado) serían afectados por la enfermedad de la otra diosa.
La del parto, afligida y llorosa, suplicó al rey de los dioses que evitara esta situación. Pero siendo el monarca absolutamente insensible y enojado por la debilidad lacrimógena dispuso que sea el doble de niños afectados...y a otra cosa.
La viruela es una de las enfermedades más letales del mundo, causante de innumerables pestes que culminaban siempre con la muerte de millones de personas. Así es el caso de la portación del virus que hicieron los colonizadores españoles insertando la viruela en América, diezmando los pueblos originarios en su densidad poblacional a límites casi extintivos (amén de la guerra de la conquista, por supuesto). Sumado esto a los diferentes datos medievales sobre su presencia en Europa, algunos relatos sobre la enfermedad en la China precristiana y otras apariciones estadísticas y literarias tan solo describen lo que es: un virus mortal.
Su contagio es sencillo y superficial ya que al simple contacto se puede transmitir, generando por cierto una cadena imposible de detener y sin posibilidad de cercarla. De allí que las narraciones siempre acusan miles y miles de muertos en forma indiscriminada. Pienso en ese calificativo y creo que es el más cruel que le puede caber a un sustantivo fatal como "muerte". Porque la indiscriminación tiene eso: el apósito de lo insensible. Ancianos, niños, mujeres, hombres, desvalidos, ricos, pobres... la muerte a veces no elige y goza.
Fue la muerte por viruela el epílogo de María Estuardo en 1660; Guillermo de Orange en 1650, del emperador de Japón en 1710 y de una médica británica en 1978. Letal, impredecible, fatal, mortal, irremediable: esa es la viruela.

La peste en Paraná
El mundo sucedía la bestialidad de la Guerra. Porque siempre (y a pesar de todo) la vida suele superponerse a los agravios. Y en ese 1949 en esta ciudad de tranvías lentos, de siestas calurosas e inviernos marcados y aislada del resto del mundo por encontrarse entre enormes ríos (casi como insular) una noticia del mes de abril de ese año causó pavor.
Sin menospreciar los adjetivos se trataba de eso, ya que nada menos que la aparición de casos de viruela se mencionaban como sucedidos en la ciudad y sin posibilidad de control de las autoridades sobre ella.
El rumor es un reguero siempre. Se origina en un punto y no se sabe dónde termina ni tampoco con qué volumen lo hace. Pues bien, sucede lo mismo con las epidemias y los infundios, exactamente igual. El 2 de mayo de 1949 uno de los matutinos de la ciudad informaba que "La existencia de nuevos casos de viruela, confirmóse oficialmente".
Se trataba de la presencia de varios casos certificados en el Hospital San Martín, que se sumaban ahora a otro fatal ocurrido en los suburbios de la urbe. La situación era amenazante y la inquietud en los pobladores (que no eran tantos como hoy día) era verdadera pues ya lo dijimos: la muerte es indiscriminada cuando lo desea.
La Dirección de Salud Pública actuó de la mejor manera posible. Aseguró haber vacunado a 120.000 personas en el resto de la Provincia pero además se puso de inmediato a reforzar los procedimientos de vacunación en la planta urbana, escuelas y lugares de trabajo. El temor a semejante peste hizo de la obediencia civil una necesidad cumplida.
Los días pasaron y la enfermedad estaba al acecho. Una noticia definía la situación quizás como un sintético brillante: "La viruela es una enfermedad que en la sociedad moderna significa una vergüenza. Evitar su aparición y sus consecuencias es un deber que a todos corresponde, para bien de la raza". Se refiere a la raza humana, justamente porque la muerte y la viruela no discriminan.
Se sumaron informaciones desde la provincia de Santa Fe (San Cristóbal, San Justo, Cacique Ariacaiqui), Salta y Provincia de Buenos Aires que preanunciaban el desastre. Quizás porque las cosas a veces tienen un lado bueno y otro no, esta vez el río y el aislamiento operó de barrera. La peste de la viruela no se propagó, los temores se fueron desvaneciendo y las vacunaciones dando su resultado.
La ciudad de Paraná veía cómo los últimos casos de viruela registrados en su historia se desvanecían en el tiempo.

Epílogo entre ciencias y místicas. Jenner y la Diosa

En el año 1796 Edward Jenner tomó un riesgo que hoy sería inaceptable en términos de protocolos inmunológicos: inyectó a un niño de 8 años con un suero de vaca. Ese fue el nacimiento de la vacuna, en este caso contra la viruela. Ese descubrimiento permitiría al mundo salvar millones de vidas, bajo el amparo del descubrimiento de aquel hombre a quien se lo considera el padre de la inmunología.
Pero en el folclore coreano las diosas del parto y de la viruela continuaban su puja, dando otra explicación. Habíamos dicho que el rey de los dioses no toleraba el llanto, y por eso mandó a infectar con viruela a los niños a quien la diosa del parto había hecho procrear.
Pero esta no era una diosa sumisa y sus llantos de súplica no significaban ninguna incondicionalidad. Así que tramó una estratagema y embarazó a la esposa del mismísimo rey de los dioses.
Extendió ese embarazo por 14 meses, con sufrimientos y resentimientos pero sobre todo con la posibilidad de que el príncipe real sufriera el mal promovido por el padre: viruela.
Dicen que el rey, apenado y lúcido, construyó un puente de cometas para que la diosa ayudara en el parto y prometió nunca enfermar a nadie con viruela.
Yo no sé qué cosas creer. Algunos han de preferir confiar en Jenner y otros, en las leyendas coreanas de diosas de diversa índole. Lo cierto es que la enfermedad desapareció hacia 1980 y solamente existen en el mundo dos cepas criogenadas, solamente para usar en caso de su reaparición.
Como fuera, en la ciudad de Paraná las vacunaciones masivas dieron resultado y sobre todo en ese 1949... aunque vaya uno a saber si la diosa de los partos no habrá visto (justo en esta ciudad) cumplidas las promesas benévolas de un rey asustado frente a la muerte que no discrimina.

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