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Melissa Scuri: "Los programas sin acompañamiento son puro asistencialismo"

Trabajo infantil y narcomenudeo como factores deletéreos de una socialización saludable. Adicciones prematuras en aumento

Jueves 02 de Enero de 2020

Acostumbrada desde niña a entender la necesidad ajena, la profesora de Educación Especial Melissa Scuri admite, no obstante, que descubrir el barrio San Martín, en la capital provincial, “fue impactante”, pues distaba grandemente de su concepto de pobreza. La joven integrante de Suma de Voluntades remarca las dificultades para el aprendizaje en dicho contexto y señala prioridades.

Bailar y “cosas más realistas”

—¿Dónde naciste?

—En Paraná, el 29 de noviembre de 1996.

—¿En qué barrio?

—Vivo en Jardines del Sur, por Miguel David y Artigas.

—¿Cómo era en tu infancia?

—Muy tranquilo, con mucho verde, familiar y comíamos en la vereda. Son casas iguales construidas por el IAPV, a las cuales se les hicieron refacciones.

—¿Lugares de referencia?

—La plaza, con el salón de la comisión vecinal y una canchita de fútbol, en la esquina de mi casa y donde nos juntábamos. En el salón hacíamos fiestas para los más chiquitos.

—¿Sentías una vocación en la infancia?

—No muy puntual. A los 15 años pensaba estudiar algo con lo que pudiera cambiar la realidad de algunas personas.

—¿Qué materias te gustaban?

—Lo artístico, música, educación física… en la Secundaria, Lengua, Historia, y Ética y Ciudadanía. Hice bailes urbanos desde chica en el Gimnasio Vértigo, luego danza clásica, desde los 18 años, comedia musical, y probé deportes como patín artístico y gimnasia artística.

—¿Imaginabas ser bailarina?

—Sí, sí, ser actriz, famosa… pero no… (risas) Luego encontré otras cosas más realistas. Además no estaba en un estudio o academia, sino que era recreativo.

—¿Leías?

—Un montón, en mi casa son muy lectores y me leían mucho.

—¿Alguno influyente?

—De niña, El Principito y clásicos como Hänsel y Gretel, luego, novelas policiales (risas).

—¿Qué actividad laboral desarrollan tus padres?

—Mi mamá es enfermera, trabaja en Diálisis, y mi papá en la administración del Colegio de Farmacéuticos.

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Una amiga, discapacidad y derechos

—¿Por qué estudiaste Educación Especial?

—Comencé Ingeniería Ambiental, hice el propedéutico, rendí los cursos de ingreso, comencé a cursar pero a la semana me di cuenta de que no era lo mío. No me gustaba el ambiente y me tocaron profesores que no nos animaban mucho a continuar. Dejé en abril, quería estudiar Trabajo Social, que actualmente curso, y estaban cerradas las inscripciones, así que me decidí por Educación Especial. Me anoté en el Instituto Sara Faisal, de Santa Fe, y me enamoré de la carrera.

—¿Una cátedra determinante?

—La carrera entera. Por ser un instituto éramos pocos, muy personalizado, teníamos prácticas desde 1º año y fue un primer contacto profesional con la discapacidad, aunque ya lo había tenido cuando niña. La que más me impactó fue Educación Especial, en la cual trabajamos con chicos de Educación Permanente, adultos con discapacidad que ya terminaron la escolaridad pero siguen en el instituto haciendo talleres y otras actividades. Fue un aprendizaje muy importante porque es gente mayor, con quienes trabajamos sobre la Convención Internacional de las Personas con Discapacidad, sus derechos, y dimos juntos charlas en escuelas.

—¿Tenías relación con este universo?

—Por una vecina con Síndrome de Down, amiga de la infancia. Luego ingresé a una ONG, íbamos al Hogar San Camilo de Lelis, para mujeres con discapacidad, hacíamos voluntariado y me encantaba. El voluntariado se disolvió y continué yendo por mi cuenta.

—¿Cómo fue el vínculo con tu amiga?

—No continúa por cuestiones de la vida. Cuando se es niño está bueno ese contacto con la discapacidad porque elimina prejuicios y barreras. Era una amiga más. Tal vez mi error, cuando fui mayor, fue ver esas diferencias y establecer una distancia.

—¿Qué revisaste sobre la discapacidad al cursar la carrera?

—La concepción de los derechos. Me enamoró, más allá de la docencia, para lo cual hay que tener una vocación muy grande, poder visibilizar a personas que en muchas ocasiones y ámbitos están invisibilizadas. Me sorprendió. Al principio nos dijeron “a partir de ahora verán en la calle a muchas más personas con discapacidad y le darán una identidad”. Y es cierto, no para marcar diferencia sino para incluirlos. Trabajamos esa mirada, que tomo para todos los contextos, teniendo en cuenta la historia de la persona, su familia y gustos. No es solamente para personas con discapacidad sino también para quienes necesitan otros tiempos, ritmos, recursos y aprendizajes. Darle respuesta a la diversidad.

—¿Otros “descubrimientos”?

—El prejuicio de poner un techo a las personas con discapacidad, decir “hasta acá podés”, “hasta acá no podés”. Me sorprendió conocer gente mayor con discapacidad y todo lo lograron, casados, con hijos, en una casa propia… cuando la sociedad instala que no es posible.

—¿En qué ámbito trabajás?

—Maestra acompañante por obra social, en la Escuela Héroes de Malvinas, con un niño en Nivel Inicial. Pero trataba de que no se marque que era “la seño de fulanito”, sino de todos.

—¿Hay impedimentos para aplicar aquellas ideas?

—No, es bastante positivo, sobre todo porque tuvimos prácticas desde 1º año, así que nos sentimos bastante preparadas a la hora de trabajar. He podido aplicar lo aprendido en el instituto, sobre todo en cuanto a mis concepciones y ser creativa con distintos recursos.

—¿Dificultades con las obras sociales?

—Demoran tres meses para pagarte un mes, no reconocen los aumentos… es muy complejo. Iosper no cumple el nomenclador nacional.

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Barreras, tabúes e inclusión

—¿Una definición actualizada de discapacidad?

—Son aquellas personas con una condición de salud que claramente no se cura, y que por las barreras que la sociedad pone les impide acceder a derechos y desarrollarse en su máximo esplendor. Son barreras arquitectónicas y de salud, entre otras.

—¿Cuáles son las más complejas de remover?

—En las docentes comunes hace falta mucha formación porque no tienen ninguna herramienta relacionada con la discapacidad, entonces cuando les toca incluir a un niño se sienten agobiadas y no saben qué hacer. Las arquitectónicas son las más visibles, las encontramos todo el tiempo y no solamente influyen en las personas con discapacidad sino, por ejemplo, en una mamá con un cochecito. Sucede con las veredas rotas o edificios públicos sin rampas ni ascensores. Quedan limitados a determinados ámbitos.

—¿Los tabúes más enraizados?

—Los de la sexualidad. Muchos creen que las personas con discapacidad no tienen relaciones sexuales o masturbación. Está el tabú de que son “niños eternos”, “angelicales”… y no se les da la posibilidad de explorar su propio cuerpo como todos, tener una relación sana y hablar de métodos anticonceptivos. Todos tenemos que tener una preparación previa en el mismo nivel y haciendo una selección de contenidos sólo por la edad, no por la discapacidad.

—¿Cuál es el enfoque del sistema educativo?

—Queda trabajar mucho la inclusión en escuelas comunes. No debiera estar por obra social sino reconocido por el Consejo General de Educación o el gobierno. La figura de maestra orientadora depende del CGE, pero hay una sola para toda la escuela, de mañana y tarde, no está con el niño en el aula sino a cargo de las adecuaciones, y apoya a los docentes. Falta refuerzo de cantidad y hacer una integración verdadera. En Santa Fe las escuelas especiales tienen un equipo de maestras dedicadas exclusivamente a la inclusión, y me parece que funciona mejor.

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Solidaridad e infancia

—¿A qué edad fue tu primer trabajo solidario?

—A los 15 años. Sumaba a chicos de mi escuela para ir a hogares de niños, festejábamos sus cumpleaños, juntábamos donaciones y las organizábamos.

—¿Qué te motivaba?

—Los chicos. Ver a un niño en estado de vulnerabilidad me produce la esperanza de que puede salir de allí, estar mejor, y uno puede guiarlo. El cariño que te dan es impresionante; valorás más lo que tenés y no te das cuenta. Lo hice hasta los 18 años, cuando ingresé a Suma de Voluntades.

—¿Por qué?

—Se disolvió esa ONG, con la cual tuvimos contactos con Suma de Voluntades. Fuimos con mis papás a un camping organizado por ellos y al sábado siguiente a barrio San Martín, y también me acompañaron porque tenían miedo y prejuicio. Nos terminamos quedando los tres, y ellos trabajan en Antártida Argentina. Los llevé a ellos (risas).

—¿Una vivencia conmovedora, considerando que eras muy jovencita?

—Las historias de los chicos en los hogares, sacados de sus familias por cuestiones de violencia. También hay experiencias muy lindas porque algunos vuelven con sus familias y otros se van en adopción. Una vez fuimos a la escuela Francisco Soler a hacer un taller y jugar, y fue muy gratificante.

Pobreza impactante

—¿Imaginabas la realidad de los hogares?

—Sí, aunque no me pasó con el barrio San Martín, porque tenía un concepto de pobreza que no es el que encontré. Fue muy impactante y al llegar a mi casa me quedé pensando sobre todo lo visto en los ranchos y casas de lona, madera y cartón, a pocas cuadras del centro. Nunca lo imaginé.

—¿Y lo humano?

—La gente te deja con la boca abierta porque son muy amorosos. Llegás, no te conocen y te reciben con abrazos y besos. Es una relación muy positiva.

—¿Siempre has trabajado en barrio San Martín?

—Sí, primero en la construcción de casas con pallet, luego el primer comedor, los sábados, ahora en acompañamiento escolar y participo de las recorridas nocturnas, con mis papás, los viernes a la noche, con raciones hechas en la cárcel.

Motivaciones distintas

—¿Con qué te encontraste como acompañante escolar?

—Por suerte las escuelas a las que asisten los chicos los contienen bastante bien y creamos un nexo, trabajamos en equipo y coordinadamente. Al estar en una vulnerabilidad tan grande hay que entender otras cosas, previas a aprender a leer y escribir. Son chicos que trabajan en el volcadero, comen de la basura, sufren violencia en su casa… por eso buscamos trabajar la Educación Sexual Integral, el abuso infantil, las emociones y cuestiones importantes para ellos.

—¿Ser una docente especial te proporciona más recursos?

—Sí, sobre todo en cuanto a la mentalidad de cómo ubicarme frente a la persona. No es una persona con discapacidad pero está en un contexto con muchas necesidades y distintos intereses. Hay que adaptar los contenidos del sistema educativo.

—¿Qué motivaciones detectás?

—Me chocó lo de la identidad: había chicos que no sabían cuándo era su cumpleaños. Se trabaja eso para que se reconozcan como personas valiosas y dignas de respeto. No tienen una autoestima muy alta porque son excluidos y discriminados de muchas actividades, incluso por sus propios compañeros, por la carga de sus historias familiares.

—¿Cuáles son los factores retardatarios del aprendizaje?

—El trabajo infantil, se acuestan tarde…

—¿Chicos de qué edad?

—Desde 8 o 10 años, que trabajan en el volcadero rescatando cartones y latas para vender. O salen los padres a trabajar y cuidan a los más chicos. Más la droga y el alcohol, que se ve cada vez más en chicos más chicos, en un contexto que los lleva a eso. Trabajamos con una mirada que no juzgue al adulto, porque hay una cuestión de cultura e identidad.

—¿Qué te cuesta asimilar?

—Me causa gracia porque se pelean mucho pero después siguen amigos como si nada. Me sorprende la solidaridad: estuvimos en un cumpleaños, llegaron tarde un par de chicos, no había más torta, una nena había llevado un pedazo a su casa, lo buscó y se los dio. Ven y entienden la necesidad del otro.

La asistencia y lo ausente

—¿Cuán eficaz son los programas sociales en estos contextos?

—En ocasiones son los adecuados y en otras no. Hay personas muy desinformadas y no hay quien se acerque, salvo durante las campañas políticas. Son un apoyo muy grande pero debiera haber acompañamiento porque si no es puro asistencialismo. Faltan muchas viviendas; hay familias completas en un solo ambiente, o no tienen conexión de agua.

—¿Lo más angustiante y lo feliz?

—Lo más triste es cuando perdés a los adolescentes porque comienzan a consumir, dejan la escuela o hay violencia. Somos como una familia. Lo más reconfortante, cuando dejaron la escuela y se logra insertarlos nuevamente. Incluso mamás que ahora estudian en la nocturna. Una mamá era adicta y decidió rehabilitarse. Con la intervención del Copnaf, mi familia y otra voluntaria llevamos los chicos a nuestras casas. Hoy están muy bien y yendo a la escuela. No viven en el barrio, y la mamá está totalmente recuperada, al igual que el papá. Fue duro entender que se iban.

—¿Este caso es minoría?

—Hay muchos, sobre todo quienes tienen hijos pueden entenderlo. Pero no encuentran la forma y en quién confiar para salir. Trasmiten que no quieren estar en esa situación pero reciben durante generaciones castigo, malos tratos y puertas cerradas, hasta que se resignan. Falta apoyo y acompañamiento para sostenerlos.

—¿Recursos necesarios?

—Faltan psicólogos, trabajadores sociales, psicopedagogos y fonoaudiólogos con vocación y mirada amplia. Con el Copnaf hemos trabajado bien.

Narcomenudeo y salida laboral

Scuri describe el narcomenudeo, convertido en una creciente alternativa laboral, y los efectos de una ley que no hace foco en los responsables jerárquicos de las estructuras narco. “Debiera haber más escuelas donde los chicos puedan pasar mucho tiempo, con talleres y formación en oficios”, también reclama.

—¿Cuál es el consumo dominante?

—Alita, los restos de la cocaína. Hay mucho narcomenudeo. Buscan a niños para vender y guardarla, porque no pueden ir presos.

—¿Se convirtió en una salida laboral?

—Sí, rápida, da mucha plata y no exige desgaste físico como el revolver basura en el volcadero.

—¿Efectos de la Ley de Narcomenudeo?

—Estoy en contra porque lamentablemente caen estos chicos, que son víctimas y amenazados, y no los narcos y quienes manejan toda la plata. Hay chicos presos.

—¿Se nota mucho desde que opera la ley?

—Sí, sí, muchos chicos y cada vez de menos edad.

—¿El “soldadito” más pequeño que conocés?

—Tiene 15 años.

—¿Se desvinculan de las actividades que ustedes realizan?

—Sí, es redifícil, como el caso de chicos y adolescentes voluntarios que les gustaba la actividad. Tratamos de que vean que tienen apoyo y que entiendan que la educación es lo principal para tener la vida que quieran. Debiera haber más escuelas donde puedan pasar mucho tiempo.

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