Secciones
Salud

Medio millón de infracciones en un solo semáforo compartido

Cómo aprovechar el margen que da la cuarentena para cultivar otros criterios sobre la salud en el tránsito y salvar vidas, una a una.

Sábado 27 de Junio de 2020

El Estado nacional con sus tres poderes, el Estado provincial con sus tres poderes, los estados municipales de Paraná, San Benito y Colonia Avellaneda, y decenas de instituciones vinculadas a la salud y la seguridad de las personas no bastan, en la Argentina, para prevenir los riesgos de muerte en un semáforo. Ni en uno solo. El semáforo de la entrada a San Benito, frente a Colonia Avellaneda, cerca del arroyo Las Tunas (hasta donde llega el ejido de Paraná), registra medio millón de infracciones por año. Y es un botón de muestra.

Si el semáforo no estuviera plantado allí nos cuidaríamos de esa encrucijada, pero como está, nos confiamos en el verde, en el rojo, y la confianza mata al hombre, dice el refrán. Algo ha ocurrido, para que gran parte de la sociedad no le dé al semáforo la autoridad que dice la letra.

En cada cambio de colores se producen en ese punto dos o tres cruces en rojo, sea de motos y autos, vehículos viejos y unidades nuevas, sin distinción. Y eso en junio de 2020, en abril de 2019, en diciembre de 2018, y de seguir así, en 2021 lo mismo. Ese segmento de la ruta nacional 12 y aledaños cuenta ya con tantas víctimas, heridas, amputadas, y sepultadas, que resulta imposible para los gobernantes decir que ignoran su peligrosidad.

Lamentos y promesas

Según las reglas del azar, allí morirá un inocente. Una vez por minuto se hace jugar la ruleta rusa y en una se la van a dar a un inocente, como ya se la dieron a otros. Pero los distintos estados actúan como el perro del hortelano, que no come ni deja comer: los estados no se hacen cargo y a la vez, no dan intervención a nadie para que tome cartas en el asunto. Los gobiernos son altaneros, no se les ocurre pedir ayuda: se contentan con manipular la información para quedar bien parados.

Luego: alguien será atropellado ahí, y durante los días siguientes se escucharán lamentos y promesas para que, al poco tiempo, cuando la noticia se esfume como las ilusiones, alguien vuelva a ser atropellado en el mismo lugar.

El dolor por las víctimas queda restringido a madres, padres, hijas, hijos, hermanas, hermanos, novias, novios, el curso en la escuela, en el colegio, en la facultad, los compañeros de trabajo, la vecindad y poco más. El Estado, al quitarse de encima la responsabilidad que tiene en la muerte de unas 7.000 personas cada año en el país, entre ellas muchos niños, muchas niñas, también ha logrado que naturalicemos la muerte en ruta, como si fuera un terremoto. Es una mentira sostenida por gobiernos sucesivos.

Cualquier persona, mujer o varón, adulto o joven, que pase por la ruta nacional 12 en la entrada a San Benito, en el límite con Colonia Avellaneda, podrá azotarse contra un auto, o será chocado, porque los transgresores se aparecen por donde uno menos los espera. Y no son pocos: un promedio de 1.400 infracciones al día, 500.000 al año. Una locura. Propietarios de caros autos cero km, burlándose de la seguridad de las personas; y la sociedad como anestesiada, estupefacta, ante la impunidad total.

Mal calibrados

Allí transitan miles de familias de las tres localidades, y miles de afuera. No hay manera de que las comunas puedan ignorar el peligro, es su territorio. Pero además en esa ruta 12 (conocida como 18 por error) convergen caminos provinciales, vecinales, calles comunales, es un punto neurálgico y para colmo sin veredas ni iluminación.

Durante la pandemia hemos visto allí a policías provinciales y gendarmes sin diferencia controlando el acceso a Paraná. La autoridad allí es (o debiera ser) el Estado, en cualquiera de sus jerarquías. Y si uno de esos estados tiene mayor responsabilidad es obvio que los demás, al advertir su ausencia, pueden tomar distintas medidas pero no la de eludir o invisibilizar el problema sin convertirse en cómplices.

La Policía que intervenga en el accidente que viene sospechará que un automovilista venía a alta velocidad, que un colectivero se durmió al volante, que un motociclista cruzó en luz roja, que a Fulano no le funcionaron los frenos; que la lluvia, que el viento, que la noche, que el fantasma, que la imprudencia, que el perro, que el alcohol… Es obvio, la Policía es parte del Estado, principal responsable, y buscará mil excusas y desvíos para no apuntar al centro: la responsabilidad del Estado.

En toda la Argentina hay temerarios al volante que ponen en riesgo la salud de los demás y que a veces matan. Ahora: los argentinos y las argentinas cruzan por miles el túnel subfluvial y jamás cometen una infracción. ¿Entonces? Entonces, que hay que buscar la complejidad del problema y no quedarse en salvar la parte principal que le toca al Estado, en chuparles las medias a los sucesivos gobiernos.

No todos los viajeros son imprudentes, y muy pocos de los imprudentes son temerarios. No todo el mundo infringe las normas. Entonces, los ciudadanos pagan un organismo para que se ocupe del conjunto, y principalmente se ocupe en proteger a los inocentes. Si ese organismo instala un semáforo, los ciudadanos pueden confiar en que la luz verde les dará paso, pero he aquí que una serie de incongruencias del mismo Estado hacen que muchos viajeros no tomen en serio sus normas. Es decir: el Estado no evalúa la situación integral, actúa como si todo el mundo fuera la misma cosa, aplica recetas sin atender el contexto.

Por ejemplo, y hablando ya de la zona y no puntualmente del semáforo en cuestión: carteles que dicen “máxima 20” cuando todo el mundo viaja en ese lugar a 70 como mínimo y es imposible cumplir con eso sin recibir un “beso” de atrás o un insulto; carteles que se contradicen, sobreabundancia de semáforos que obligan a demorar el viaje más de lo razonable, etc. El ingreso a Paraná por Almafuerte puede llevar el triple de un tiempo razonable. Está recargado de semáforos, y algunos muy mal equipados, mal calibrados y mal sincronizados, parece que los colocaron como un juego; algunos dejan el mismo tiempo de paso a cien autos que transitan por la avenida que a uno solo que va a atravesar esa arteria.

Es decir: las desinteligencias, la falta de información y buen consejo y acompañamiento; el abandono (literal) de las rutas, la falta de demarcación adecuada e iluminación, la presencia de baches y banquinas en mal estado, y la ausencia de control constituyen un combo explosivo.

A lo que se agrega la burocracia de las instituciones que están presentes. Si hay veinte uniformados controlando el ingreso de personas para la prevención de la pandemia y un automovilista sobrepasa en sus narices a otro auto en doble línea amarilla, los policías se limitarán a pedirle la autorización para circular… ¿Son o se hacen? Nada de eso: les dan mandatos determinados, como si fueran robots.

Si el conductor de una camioneta 4 x 4 que vale más de 2 millones de pesos pasa en rojo y al lado hay un patrullero, sus ocupantes seguirán tomando mate como si nada, porque no se les encomendó precisamente esa tarea. La autoridad a veces está, pero sin margen de discrecionalidad, sin autoridad, sin una mirada integral propia de personas; entonces el efectivo hace la fácil: vista gorda. Esto que decimos es una evidencia, como las infracciones del semáforo de San Benito.

Fracasa el sistema

Así las cosas, el medio millón de contravenciones por año que contamos en un solo semáforo, multiplicadas en varios de la ruta 12 que sigue a la avenida Almafuerte y en otras muchas arterias de los estados nacional, provincial y municipales; esas infracciones son en verdad testimonios del fracaso del sistema. Las autoridades se contentan con echar culpas y cargar los vivos, con suerte, en la ambulancia. Pero ese cuento ya lleva décadas, y cuesta la muerte de unas 7.000 niñas, niños, jóvenes, mujeres y hombres en todo el país cada año. Son 21 vidas por día perdidas bajo tortura y cientos de amputados, heridos, y miles de personas cada día llorando a sus deudos. Es el sistema el que no da respuestas y ese sistema tiene un responsable, ¿hace falta que repitamos quién es? Pues bien: el sistema debe ser revisado.

Felizmente, la pandemia y su hermana, la cuarentena, reducirán el número de accidentes en 2020. No hay mal que por bien no venga. Claro que no es necesario vaciar las rutas (obligados en este caso por el Covid) para evitar choques: bastaría con bajar la velocidad, mejorar la educación vial, reparar las calzadas, hacer las terceras vías necesarias para evitar los sobrepasos riesgosos, y quitar de la red vial a los temerarios. No mucho más.

También es cierto que el mismo Estado que no da pie con bola en las rutas es el que cerró los ferrocarriles y mandó las cargas pesadas en pesados camiones por las mismas rutas donde viajan las familias de vacaciones y los obreros en sus autitos y motos. ¿No fue una decisión criminal?

Las veces que propusimos que la velocidad máxima en nuestras rutas fuera, en emergencia, de 70 kilómetros hora, para evitar los sobrepasos, recibimos varias respuestas y no todas negativas. Así, una cola de autos y camiones no tendría mayores inconvenientes porque los camiones pueden viajar a esa velocidad.

Hoy vemos que viajar más lento es una bicoca al lado de la decisión de que nadie viaje para cuidarnos del virus. Y una pregunta adicional: ¿acaso es más muerte la del virus que la muerte bajo tortura por los choques?

Vamos a aceptar que con la cuarentena salvamos a miles de vidas. Con el mismo criterio, ¿aceptaremos que por no adoptar medidas adecuadas facilitamos la muerte de miles de personas en las rutas durante décadas?

Salud, pioneros

Nuestra inquietud por la seguridad en los viajes es vieja. Recordamos las noticias repetidas en un puente del ferrocarril en cercanías de Irazusta, porque los viajeros jóvenes, cansados y acalorados, sacaban las piernas para distenderse y eran guillotinados por las barandas. Eso pasó durante años. Una mínima imprudencia se pagaba con muerte. Tremendo, escalofriante. Bueno: se solucionó con la clausura del tren. Qué paradoja.

Luego recordamos la acumulación de muerte bajo tortura en las rutas 12 y 14 paralelas al río Uruguay, y también en la ruta 168 que da al Túnel, por ejemplo. Luego fueron autovías y autopistas, mucho más seguras, y sin embargo la velocidad, la neblina, algunos baches peligrosos en días de lluvia, todo conspira contra la salud en el tránsito allí también.

La salud, decimos, porque entendemos que las personas en tránsito deben ser atendidas por un ministerio de salud, de prevención, principalmente en la Argentina donde es tan frecuente que un viaje de placer termine en tragedia. Salud no es sólo hospital, la mejor salud gasta en consejos y educación y organización antes que en yeso, clavos y sillas de ruedas.

Y bien: la cuarentena nos da un respiro, pero en los puntos donde el Estado podría estar acentuando su atención para recuperar el tránsito con seguridad, de una buena vez, observamos con preocupación que las prácticas siguen sin diferencias.

Luchemos

Aquí paramos para cumplir con nuestro homenaje a la organización Luchemos por la Vida, que en sus 30 años de existencia ha generado conciencia en nosotros sobre el mundo de las redes viales y no se ha quedado en criticar, sino que aporta datos, estadísticas, ideas, normas, interpretaciones para protegernos. Mucho hemos aprendido de sus talleres, de sus documentos, de sus advertencias. No todo en la Argentina ha sido desidia, esto no es tierra arrasada, hay mujeres y hombres que estudian y conversan y comparten y proponen y educan.

Nobleza obliga: en los estados encontramos funcionarios responsables, lúcidos, pero (es posible que lo admitan) el sistema no funciona y ese embrollo no se desenreda con individuos ni con multas espasmódicas.

Porque hay que decirlo: esta columna no busca multas en un semáforo, busca señalar al Estado un problema de su incumbencia y preguntar para cuándo. Ese semáforo es un botón de muestra nomás.

Todo lo dicho pivota en un esquema que podría mejorar. En caso de que los responsables de los estados alguna vez bajaran el copete y admitieran que no dan respuestas y conversaran con las comunidades que dicen representar, entonces podremos admitir que el Estado en sus estamentos no es muy distinto de la sociedad misma apurada, ansiosa, impaciente. De modo que todos podríamos colaborar con algo, aceptar nuestros vicios, cultivar la serenidad, y no agotar nuestro aporte en pedir peras al olmo.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario