Diálogo abierto
Viernes 31 de Agosto de 2018

"Me fascina llevar al otro la historia que me conmovió a mí"

El libro, los nuevos soportes y los déficit de la escuela en un contexto atravesado por severas problemáticas pendientes de abordaje.

La licenciada en Filosofía Eli Rossa destaca la importancia de los espacios de escucha activos y artísticos en el ámbito docente –sobre el cual señala serios déficit de formación y vocacionales–, y reflexiona sobre el narrar como herramienta que "invita al silencio para dejarse impregnar por la historia que atravesó a otro y que te llevará a un lugar".

Campo, pueblito e introspección
—¿Dónde naciste?
—En Carrilobo, un pueblito muy pequeño al sur de Córdoba y cerca de Villa María.
—¿Cómo era en tu infancia?
—Un pueblo de llanura –actualmente sojero–, muy cuidado, de inmigrantes italianos –casi todos piamonteses–, con gente solidaria, trabajadora y con poco arte. Vivimos diez años en el campo – bastante aislados– y luego nos fuimos al pueblo.
—¿Quiénes fueron los ancestros que llegaron a la zona?
—Una abuela española y mis bisabuelos italianos.
—¿Qué se veía al salir de tu casa?
—Muchos campos, a lo cual debo mi inclinación por la Filosofía y la lectura, por la soledad y el silencio –aunque mis padres tenían inclinación por la lectura.
—¿Ibas al pueblo con frecuencia?
—Estudiamos ahí desde los cinco años, así que íbamos y volvíamos.
—¿Qué te atraía?
—La placita con las hamacas. En los pueblos se vive una infancia muy hermosa, porque sos un poco hija de todos, te conocen y conocen la historia de la familia. Es el lugar de mis afectos.
—¿A qué jugabas?
—Tenía inclinación por la introspección y la lectura pero generalmente jugaba con mi hermana a construir casitas (risas), mucho con la imaginación y pocos juguetes comprados. Mi mamá lo estimulaba y nos contaba cuentos, hacía dibujos de una casa enorme, dibujábamos en papelitos los personajes y creábamos la historia.
—¿Cómo accedías a los libros?
—Mi maestra jardinera fue una especie de hada madrina y me los regalaba.
—¿Los primeros influyentes?
—El libro del saber –que sabía de memoria– y los cuentos clásicos.
—¿Salían del pueblo?
—Tenía mucha familia en capital pero no íbamos tanto. Era bastante solitaria, tímida y tenía pocos amigos –que conservo– y voy mucho porque está mi familia.

Un profesor y lo diverso
—¿Personajes del pueblo?
—Me influyó mucho mi profesor de Literatura e Historia –con una formación excepcional–, que por cuestiones ideológicas se quedó en mi pueblo. Con él descubrí la diversidad y la biblioteca – donde comencé a colaborar.
—¿Sentías una vocación?
—Construir historias, que luego se convirtió en la narración oral y la actuación. La laguna para mí era el mar y "veía" a los seres marinos.
—¿Escribías?
—Algo, era muy para adentro. Mi madre es de apellido Di Fulvio y todos cantaban, recitaban y escribían.
—¿En función de qué elegiste la carrera?
—(Risas) Fue bastante caótico cuando dije que estudiaría Filosofía, aunque no sabía muy bien qué era. Mi profesor nos hacía preguntas y estimulaba, y desde siempre me pregunté sobre el bien y el mal, el infinito... Quería estudiar Arte pero en ese tiempo la facultad estaba cerrada. Estudié, me recibí pero me di cuenta de que me interesaba más la Psicología y el Arte, así que tuve muchas búsquedas. Tuve Didáctica y me fascinó dar clases porque me di cuenta de que se me iba la timidez, un conflicto muy serio. Cuando me recibí, trabajé, hice la carrera de maestra de grado y me anoté en la Escuela de Teatro Roberto Arlt, donde fui muy feliz y encontré que el escenario era un lugar de juego y libertad. Me enamoré de un paranaense, me vine a vivir acá e hice la carrera en la Escuela Carminio.

La intensidad de la palabra
—¿Cómo era por entonces tu relación con la palabra?
—Siempre fue muy intensa porque en Córdoba además de teatro hacía interpretaciones de cuentos y relatos en radio, y después me dediqué a contar cuentos. Acá –en la carrera de Teatro– Charo Montiel nos dio un ejercicio con la narración de un cuento y cuando lo preparé dije "esto es lo mío". Le debo el amor por la narración, ya que nos mostraba muchas posibilidades, mientras que mi gran maestro de teatro fue Mario Mezzacapo, con quien aprendí lo de jugar en serio, la disciplina y el trabajo teatral.
—¿Por qué sentiste que "era lo tuyo"?
—Ana María Bovo define la narración como el oficio trémulo y es lo que me fascinó: llevar al otro a la historia que a uno lo ha conmovido.
—¿Te resultó más fuerte que la acción teatral?
—Estaba más ligado a mi pasión de siempre que fue la Literatura escrita. Luego estuve en el Paraná te Cuento y con Marcela Sabio, en Santa Fe.
—¿Sufriste el desarraigo?
—Sí, mucho y me costó insertarme laboralmente, pero me enamoré de la ciudad y del río Paraná –y eso que Córdoba es bonita. Eran grupos muy cerrados, y los cordobeses somos más mundanos y cosmopolitas.
—¿En Córdoba ejerciste la docencia?
—Sí, a nivel secundario y a la par hice la carrera para la primaria.

La escuela y los espacios que faltan
—¿Cómo proyectaste todo esto a la docencia?
—Uno enseña lo que más le ha costado, así que siempre estaba atenta al chico hiperactivo, a quien le costaba y no se podía integrar, para lo cual los juegos teatrales me sirvieron mucho en la primaria como secundaria.
—¿Qué podría sistematizarse para incorporarlo al sistema?
—Desarrollar las inteligencias múltiples es fundamental –por respeto a la diversidad del alumno– al igual que los espacios de escucha activos y las terapias comunitarias. Ahí los niños y jóvenes pueden habilitar la palabra con la guarda del respeto, pero para eso se necesita tiempo y gente especializada. En la (Escuela) Jauretche y escuelas primarias en las cuales trabajé, los directivos tienen esa convicción. También hay que desarrollar la empatía, que se produce cuando se puede escuchar al otro. Hay que bregar por estos espacios.
—¿Qué atenta para que no se desarrollen, además del tiempo?
—La formación de los docentes ya que muchos estamos formados con otra concepción de lo que es la inteligencia. Hay que hacer un gran cambio para que cada chico pueda desplegar su capacidad, porque es muy manifiesto que quien no es brillante en Matemáticas (risas) o en Lengua... no es buen alumno.
—¿El docente tiene temor a habilitar dichos espacios?
—Claro, porque no estamos formados y porque se siente socialmente la falta de valoración hacia el trabajo docente, lo cual saca el incentivo. También, la problemática social –sobre todo la cuestión de la droga y la soledad de los chicos– a veces, está minimizada. El espectáculo que hicimos la semana pasada fue un homenaje a Eduardo Galeano, quien decía que en estos tiempos de plástico y de ruido, prefería ser de barro y silencio. El silencio es muy necesario en las instituciones, pero se le tiene miedo y lo tapamos.
—¿Qué etapas señalás en aquel proceso?
—Una crisis que viví como crucial fue la de 2000 porque también fue un quiebre en las familias, en su presencia respecto al rol de educadora, por lo económico y la irrupción de la droga. Nos adjudican el rol de hacer algo en torno a esto último pero es tan profundo que se siente impotencia.
—¿Una situación paradigmática?
—Volvía caminado de dar clases en la Escuela Casiano Calderón, un niño de la comunidad sacó una navaja, le pregunté qué hacía y me miró más asustado que yo. Me hizo un cambio muy profundo y comencé a ir a las casas, donde me encontré con madres analfabetas... En el secundario, un nene vino muy angustiado porque lo presionaban para que se drogara y no sabía qué hacer. Cosas muy duras... que nos desbordan... por eso no dejé de hacer arte. Son realidades muy fuertes las que los atraviesan y nos quedamos con las modas pedagógicas y superficiales, lo cual no sirve. Destaco lo que fue Educación Sexual en sus comienzos y la mediación –aunque no estoy de acuerdo en cómo se instrumentó, ya que es muy difícil. El problema es que la gente que está en las instituciones donde se toman las decisiones, no tienen experiencia en las aulas. Es algo básico pero sigue siendo así. Primero hay que formar al que forma. Si un chico viene drogado, hay que partir de ahí, no de la estrategia de mediación. Igualmente, soy defensora de la interdisciplinariedad, para lo cual hay que formarse mucho y no se puede imponer.
—¿Qué te resultó efectivo?
—Una experiencia muy linda fue un proyecto sobre los talentos de los chicos y todo lo que hacían fuera de la escuela –música, patines, rapear, deportes, etc– lo filmaban o hacíamos un espectáculo con eso.
—¿Cómo observás a los docentes frente a esta realidad?
—Desbordados y poco reconocidos. Gente grande y con mucha experiencia como nosotros serviría muchísimo para acompañar a los nuevos, en otro rol.
—¿Y los nuevos?
—No sé si hay tanta vocación mientras que antes era raro encontrar a alguien que siguiera la docencia sin tenerla. No puede ser una salida laboral –como le sucede a un actor–, porque se necesita mucho compromiso emocional con el otro y no se puede caer en el amiguismo con los chicos –que es nefasto.

El silencio necesario
—¿Qué importancia le atribuís al narrar en un mundo inundado de palabras hasta el punto del ruido?
—Es fundamental porque invita al silencio para dejarse impregnar por la historia que atravesó a otro y que te llevará a un lugar, como cuando lees. Crea un vínculo entre los humanos y el otro escucha desde la emoción que el otro está viviendo. Es un oficio trémulo porque sostenés ese vínculo y me parece más difícil que lo teatral, porque estás desprovisto de todo.
—¿Cuándo funciona ese mecanismo?
—Cuando te podés olvidar de vos. Un relato sobre la vida de Saramago me conmueve de tal manera que me voy a la historia y me olvido de mí. El riesgo es el dandismo de emociones, porque se pierde la historia –que es lo importante. Tiene que haber una transparencia e inocencia en la intención del narrador. Y el otro lo percibe como un niño que está escuchando un cuento de la abuela.
—¿Cómo verificaste que lo podías hacer bien?
—Con una experiencia muy fuerte en un festival en México, donde me invitaron a contar en un hospital oncológico de niños. Fue determinante porque todos mis recursos histriónicos fallaron absolutamente. Seguían la historia con la mirada y me di cuenta que la cosa iba por otro lado. Es un arte muy respetuoso del otro y hay una lucha constante contra el ego mal entendido.
—¿Qué síntesis hacés del concepto palabra en cuanto a las búsquedas desde las cuales la has abordado?
—La palabra tiene mucho poder, por eso los aborígenes decían habla sólo cuando sea más sustancial que el silencio y los guaraníes sostienen que las palabras tienen alma. Con la Filosofía, el Arte y la Literatura aprendí a escaparme de los dogmas, el respeto por el asombro y la duda, y la diversidad de todo tipo –que descuidamos.
—¿Cuál fue el mayor desaprendizaje que hiciste en esta búsqueda?
—Creer que uno es especial, distinto (risas); somos todos distintos. Dejé de hacer teatro por eso, por el dandismo –que empobrece mucho y no me dejaba ser auténtica. Me interesa el crecimiento espiritual y cuando algo atenta contra eso, no tiene sentido. Me fue muy bien en Córdoba y me querían llevar a Buenos Aires, me confundí mucho y tuve que trabajar para volver a la introspección.
—¿Desarmaste el personaje?
—Totalmente. En la narración encontré la conjunción de la necesidad de expresar y compartir, con la búsqueda de creatividad.
—¿Cómo llegaste a la pintura?
—Mi papá dibujaba, era autodidacta y jugaba con él, luego comenzó a gustarme la acuarela y hace unos años Ana Paiva estimuló mucho, así que comencé compartirlas.
—¿En qué consistió la muestra de la semana pasada?
—Fue un homenaje por el Día del Lector en la Biblioteca Popular para el cual convoqué a 53 amigos de artes visuales, narración oral, músicos y de la actuación de Córdoba, Santa Fe y Rosario, en el cual reconocimos a Jorge Luis Borges, Eduardo Galeano y María Elena Walsh. Me atrae mucho invitar gente con mucha experiencia y profesionalismo con gente que jamás ha pisado un escenario.


"Tenemos la obligación de saber cómo se lee hoy"

Rossa –con una larga trayectoria docente– manifiesta la necesidad de comprender los hábitos de lectura actuales sin dejar de revalorizar al libro en el formato clásico, ya que permite –al contrario de la demandante pantalla– "levantar la mirada" para la necesaria reflexión.
—¿Tu valoración de la palabra en la pantalla?
—Tenemos la obligación de conocer para comprender cómo se lee hoy, si no caemos en dogmas y cerrazones por miedo a lo nuevo. No es un problema, son alternativas. El libro, por su parte, permite mucho más levantar la mirada porque no estás tan presionado para interactuar, como en el caso de la pantalla –que es más demandante. Hay que tomar lo positivo de la intertextualidad, aunque hay un riesgo de caer en una gran superficialidad, porque se acostumbró a leer muy rápido y textos muy breves. No se puede leer la reflexión del budismo –de Borges– en frasecitas. Son fundamentales los tiempos para el silencio.
—¿Cómo te manejás con lo digital?
—Más o menos, voy aprendiendo (risas); en todos los espectáculos está presente lo virtual y llamo gente experta para que me ayude.
—¿Qué estás leyendo?
—Tengo una referente que es Clarice Lispector, quien me ayuda mucho a pensar, y estoy releyendo Free Play –de Stephen Nachmanovitch– quien habla sobre la improvisación y el juego, y que la creatividad existe en la búsqueda más que en el hallazgo.
—¿Textos o autores a los que volvés siempre?
—Varios: (Jorge) Borges, (José) Saramago, Griselda Gambaro y (Angélica) Gordodischer, el realismo mágico, Juan Arreola, Macedonio Fernández, Filiberto Hernández, (Gabriel) García Márquez, (Deepak) Chopra, (Eckhart) Tolle...
—¿Qué palabras te conmueven?
—Además de la palabra conmover, la palabra niñez –el niño interior. Hay que estar atento a lo que fuimos cuando todavía no estábamos impregnados de los deseos y necesidades de otros. El niño interior siempre nos guiará hacia donde queremos ir. Se ha comprobado que de lo que se arrepiente mucha gente es de no haber seguido lo que realmente quería hacer en la vida y lo apasionaba. Empatía es otra palabra, en tanto apertura al otro como distinto, y Wanda –el nombre de mi hija– cuyo significado ha ido variando y llenándose con el tiempo.
—¿Por dónde debiera comenzar quien quiere narrar?
—Aprender a escuchar a los otros me ha servido mucho, porque estamos rodeados de narradores espontáneos, un tío, un abuelo, que manejan los silencios mejor que alguien que lo ha estudiado. Hay que ser un gran observador. Luego, leer mucho y diverso, sin tantos prejuicios.

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