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Uno de Corazones

Marcos y Juani

Un amor nacido de un encuentro en Plaza 1° de Mayo (Parte 2)

Sábado 13 de Junio de 2020

—Buenas tardes –dije al ingresar.

—Buenas tardes –contestó la mamá ofreciéndome sentarme, y agregó– Me dijo Juani que se han conocido en la Plaza de Mayo.

—Sí, exactamente. Es un lugar al que asisto desde apenas nacido, o sea que hace 88 años que voy una o dos veces por semana.

—¡No me diga que usted tiene 88 años!

—Sí, señora, los tengo.

—Créame que parece menos.. le daba 86 u 87 como mucho ¡Qué bien se conserva!

—Gracias señora por su halago, le diré que usted sí que parece mucho más joven y no es por devolver cumplidos.

—Ay, gracias, señor… me pone muy contenta que me vea más joven porque yo me siento más hermana de mis hijas que madre.

—No lo dudo señora, si tuviera yo su juventud me ocurriría lo mismo.

A continuación me invitó a beber algo, y me pareció apropiado optar por unos mates. Terminó de retirarse la señora Filomena y en el mismo instante –como si se tratara de una escena teatral– ingresaron por otra puerta las dos hermanas de Juani, Clotilde y Severa. —Buenas tardes, señoritas, es un gusto conocerlas. Son muy parecidas las tres –me apresuré a saludar.

—Ah, sí, todos nos dicen lo mismo y eso que a Severa, siendo la más bajita, también se lo dicen. ¿Y usted tiene hermanos? –preguntó Clotilde.

—No, lamentablemente fui único hijo y he soñado desde siempre con tener una gran familia, pero no es dable en esta época tan particular.

—Sí, tiene razón Marcos, se han perdido los valores morales y familiares –agregó Juani.

Dentro mío sentía una sensación extraña, tal vez por las miradas tan escudriñadoras de esta gente; y más sabiendo que en cualquier momento de la mateada intimista surgirían las preguntas que no siempre se pueden responder. Tal como lo temía, así ocurrió.

—Bueno, Marcos –me interpeló la madre con el amargo servido– disculpe pero el primero lo tomo yo porque es el del zonzo, de acuerdo a las costumbres de antes.

—Para usted dejaremos el último, ya que usted es soltero, ¿no? –añadió Clotilde.

—No, Clotilde. De alguna manera, se lo dije a Juani, soy divorciado conviviente. Responde simplemente a que no tengo dónde irme a vivir y la única propiedad que tenemos es esa casa en calle Martiniano Sosa al 100. Y como ya no soy joven no puedo salir a buscar dónde vivir. Virtualmente soy divorciado, no tengo más relación que un saludo respetuoso con mi conviviente.

—Ah, claro. Y dígame, Marcos ¿tiene hijos?

—Sí, tengo 9 hijos y 22 nietos.

—Ah, ¡qué familión! ¿Y es usted es jubilado?

—Sí, soy jubilado nacional de la Dirección de Controles Municipales.

Pasó la tarde y, entre preguntas y más preguntas, sentí descorazonarme poco a poco ante las miradas prejuiciosas que intercambiaban las mujeres ante cada una de mis respuestas. No obstante, mi incipiente atracción por Juani seguía intacta.

Me fui a mi casa a paso lento, como tratando de descongestionar el pecho oprimido, y comencé a evaluar si valía la pena someterme a un conjunto de familiares mujeres tan imperativas y dominantes, pero recordaba la mirada de Juani, su porte, su encanto, su simpatía sin igual, y me surgía el deseo de no renunciar a nada con tal de formar una pareja con ella.

Pasaron los días como a lomo de mula, lentos y duros, entre preguntas y más preguntas se iba terminando mi ferviente pasión octogenaria, se llenaba de nube mi sueño y mi paciencia poco a poco estaba entrando en un túnel sin salida. Me sentía decepcionado y triste, cuando sonó el teléfono de mi habitación y era Juani. Comencé a temblar como un niño en noche fría, y al sentir su voz melodiosa y tierna comencé a escalar la montaña del amor desesperado.

—Hola Marcos, he soñado con usted. Me gusta y me hace sentir joven. Disculpe que le diga esto pero no duermo pensando en su educación, nunca me ha pasado de estar tan ilusionada y agradecida con la vida por haberlo conocido.

Sus palabras me elevaron y todo lo que haya respondido tras su declaración tan sincera y directa, no tuvo comparación y no merece ser reproducido aquí.

Pasaron algunos meses y luego de vernos en la plaza, cierto día decidimos intimar nuestros sentires en un lugar privado. Llegamos al lugar pautado y nuestro abrazo tan fuerte, sostenido y cálido nos mantuvo enajenados del tiempo y de todo lo que nos rodeaba. Puse mis manos en su espalda y Juani rodeó mi cuello con ternura cósmica. Entramos en silencio, el silencio que habla por sí solo a través de aquello que nos deleitaba entre caricias y pudores que ninguno habíamos vivido en tanto tiempo. Desprendí su solera, y entre temor y sollozo me confesó que nunca se había acostado con un hombre. Le respondí que yo no hacía el amor desde los 60, así que 28 años sin hacerlo era como volver a foja cero. Nos miramos a los ojos el uno al otro, y volvimos a abrazarnos con ternura infinita.

—Juani, nada importa más que sentirnos bien, aunque no podamos revertir el paso del tiempo.

Nos acostamos semivestidos, y sin mediar palabras nos mirábamos angelicalmente y a cada instante se sumaba más y más un amor incandescente que emergía desde las honduras de nuestras almas. Juani, con sus ojos llorosos y tiernos, me llevó a las cumbres de los cielos, y desde allí, comenzamos a volar en nuestras alas del más puro y sagrado sentimiento. Las horas eran cortas y sublimes, los latidos de nuestros corazones se unían al unísono percutiendo con fervor la música más bella, más sublime, más hermosa que hayamos escuchado en nuestras vidas.

Pasaron las horas y el tiempo no existía, posé mis manos en sus pechos, que aun con tímida turgencia irradiaban bienvenida a mis palmas sudorosas, pero nada en Juani me hizo sentir incómodo o geronte sorprendido. No esperé nada de mí, respeté sin vacilar el transcurso del tiempo en mi sexualidad, y sentí orgulloso de reconocer que haría lo que pudiera hacer, pues contaba con la más absoluta seguridad de que mi nuevo amor no me censuraría.

Esta historia fue enviada por uno de sus protagonistas, que prefirió usar su pseudónimo, Edgar Lima. Vos también podés enviarnos tu historia a unodecorazones@uno.com.ar.

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