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Luz y Alejandro

Dos corazones perdidos, rotos, que se encontraron.

Sábado 30 de Mayo de 2020

Era ese año donde el Efecto Tequila seguía haciendo estragos y el presidente del país por aquel entonces también, dejando a miles de argentinos sin trabajo con el vaciamiento de empresas estatales. En ese tiempo concurría al Secundario a tan solo dos cuadras de mi casa. A la salida de educación física, que la realizamos en el club Echagüe, alguien dijo… “¡Vamos a los jueguitos!” Y todos arrancamos hacia la peatonal. Cuando estábamos ahí los que iban adelante trajeron el dato de que estaban regalando biromes. Eran dos promotoras de un banco cooperativo que regalaban biromes y entregaban algunos volantes. Cuando pasamos los últimos, el que estaba más cerca pidió pero ya no tenían, a los pocos metros un amigo me codeó y me dijo que vaya a pedir, tal vez me daban una; así lo hice… tenía 15 años, no importaba nada.

—¿Están regalando biromes? – pregunté sonriendo con mis rulos largos sacudidos por el viento.

Eran dos chicas de pollera una con una visera, y una con cabello rubio bien largo y la otra solo lo tenía un poco más corto.

–¡No!… se nos acabaron, tomá un volante.

–Bueno gracias –les dije– y puse carita triste.

Di media vuelta y la chica con el cabello más largo me dijo ‘esperá’, y metió la mano en un bolso y sacó una birome y me la dio. “¡Gracias!” le dije con una sonrisa grande, le di un beso en la mejilla y me fui con mis compañeros… “¡Se enamoró Alejandro! ¡Te dio una birome qué grande! ¿Para cuándo los confites?”, me decían alborotados y seguimos camino a Fascinación. Una vez que me aprendí el camino al centro me iba a la peatonal para verla, solo para eso, y muchas veces pasaba, me daba el volante, nos sonreíamos y seguía solo unas cuadras y me volvía.

Después de eso mi vida se complicó mucho, casi me echaron de la escuela y para finales de ese año lo que era mi familia ya no era tal. Al año siguiente me cambié de colegio y pasaba todos los días por la peatonal, pero a ella ya no la vi más.

Pasaban los años y siempre la buscaba en cada mirada, en cada sonrisa y en cada sensación; incluso me recorrí el país buscándola porque tenía esa sensación de que estaba lejos. Muy equivocada era mi percepción, vivía cerca, a solo veinte cuadras.

Pasaron 20 años y las casualidades me fueron llevando a buscar un nuevo trabajo, cuando ingreso me encuentro con un conocido de la facultad y me lleva a conocer un sector, cuando la vi no escuché más nada de lo que dijo mi compañero. Días más tarde cuando podía me acercaba a ella y tomábamos unos mates lavados, a veces ella cebaba, a veces yo, y cambiaba la yerba. Trataba de mirarla a los ojos y engancharla con la mirada, pero ella no quería saber nada. Hasta ese momento no sabía qué me atraía de ella, solo que no quería irme de su lado, pero tenía en claro que a ella no le pasaba lo mismo.

Pasaron tres años más y de la nada un mensaje de texto… me llega antes de finalizar el ensayo del coro, el número me parecía conocido, la previsualización del mensaje decía algo sobre “que no la bloquee” los nervios me llevaron a equivocarme en lo que cantaba y sentir miedo al imaginar que la persona que enviaba el mensaje estaría en mi casa esperándome. Al salir y leer los mensajes la tranquilidad regresó y me di cuenta de quién enviaba los mensajes, se trataba de la persona más amable y hermosa que había conocido. Ante mi contestación ella me dijo “esperame y tomamos algo en compensación”.

Me quedé esperando, escuchando un poco de música y por momentos cantaba tan fuerte que la gente me miraba raro, pero no me importaba porque estaba contento. Cuando la veo venir, apago tranquilamente mis auriculares bluetooth y la miro venir, vestía un pantalón ajustado y una elegante blusa, unos zapatos tipo sandalias negras altas con unos brillantes o algo parecido. Yo andaba con la misma ropa de toda la tarde… una bermuda negra, una musculosa y encima de esta una remera azul de la selección nacional de fútbol, y mis zapatillas negras con unas medias blancas. Cuando íbamos por la mitad del trayecto a no sé dónde, me toma la mano y me dice…

–¡No… No! necesito ponerme unas alpargatas, no puedo estar de tacos. ¿Me acompañas y me cambio?

–Si dale vamos– le dije pensando que su casa estaría por ahí cerca.

Comenzamos a caminar por calle Córdoba y luego hasta Santa Fe, creía que estaba ahí cerca, pero ella al cruzar la calle me toma del brazo y me señala el auto. Desconcertado la miro y le digo:

–¿No vivís por acá?

–No, no, vivo lejos, bien lejos… ¡vamos!

Con mi crotera a cuestas me subí al auto y nervioso sin saber qué iba a pasar ni por qué se daba esto. El auto fue avanzando tan tranquilo que no se sentían los baches ni el ruido exterior. En un cerrar y abrir de ojos estábamos en una zona que me era conocida. Cuando llegamos a su casa me dio la impresión de que no iríamos a ningún lado. Entro, cierro la puerta y antes veo unas luces sobre el horizonte nublado. La espero en la antesala y me llama, pasamos por la cocina e inmediatamente me mira y me dice…

–¿Te preparo una pizza querés?

Me rendí ante su sonrisa y sus bellos ojos, y asentí con la cabeza y con las palabras también. Dejé mi bolso recostado sobre una pared de ladrillos blanca, iluminada por un arbolito blanco con luces intermitentes. Me senté y mientras hablábamos de todo, hasta que de pronto comenzó a llover y entró a su perra. Cuando estuvo la pizza, comí mientras ella me miraba, le pregunté por qué no comía y solo me dijo que ya lo había hecho, que tuvo un día tipo “Bridget Jones” y había comido de todo. Cuando terminé de comer cuatro porciones deliciosas me quedé mirándola, de pronto me dice de tomar mate, ‘sí dale’, le dije. Mientras lo preparaba comía unas gomitas de frutilla que ella había estado comiendo. Cuando lo trae se sienta justo en frente mío, y cada cuatro frases tiraba algún chiste, de esos que no sabés si reírte, prestar atención o ponerte triste. Sentado ahí me buscaba con la mirada y yo buscaba las palabras para decirle en todos lados como siempre lo hago, pero cuando las dejé de buscar caí en sus ojos, profundo, bien profundo. Y la lluvia hacía todo más romántico… solo estábamos nosotros dos en el mundo.

En un parpadeo me levanto para ayudarla a lavar los platos…

–No, dejá, cantame algo…

–Pero yo canto heavy metal– se lo dije con toda la intención de que desistiera, pero siguió insistiendo.

–Dale, quiero escuchar cómo cantás– y en ese momento la casa brilló con su sonrisa.

–Cesó el clamor… la magia se desvaneció, tus ojos siguen fijos sobre mí…

–Más, otro poquito...

Y lo hice y después una que habíamos ensayado con el coro, y mientras se calentaba el agua para el mate de nuevo me enseñó unos pasos de baile y nos fuimos al sillón.

–¡Vení! –me dijo con una sonrisa y una mirada que nunca antes había visto en ella.

Me senté y no me quería levantar más, no solo por el cansancio que tenía encima sino por lo cómodo que era. Ella me guió para que me acueste de costado y se acostó junto a mí. Me hablaba con susurros y yo igual, pese a que éramos los únicos ahí. A las pocas palabras pensaba en la locura de estar ahí y lo que me encantaba. Nunca lo imaginé ni lo pensé, pero era como si fuéramos amigos de muchos años que hacían eso siempre. Los minutos pasaban y notaba cada vez más que su temperatura subía y la mía también, así de costado como estaba le di un beso y otro y otro. Sin querer el destino nos llevó a encontrarnos casi 23 años después y nos quedamos mirándonos, mimándonos, besándonos, acariciándonos seguros de que esta historia iba a continuar, porque nuestros corazones rotos encajaban perfectamente.

(Relato enviado por Alejandro)

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