Diálogo Abierto
Jueves 09 de Agosto de 2018

Los pies y las manos como un claro reflejo de enfermedades

Una ciencia milenaria que trabaja sobre las extremidades para lograr desbloqueos, refuncionalización y bienestar general

A Graciela Sarmiento siempre le dijeron que se enfermó de hepatitis porque el agua del tanque de su casa estaba sucia, sin tener en cuenta que tanto sus padres como hermanos también la consumían. Hasta que –según sus palabras– la Reflexología se encontró con ella, y descubrió y entendió la función determinante de las emociones en el proceso neuroquímico del ser humano –y por ende en la salud y la enfermedad–. La directora de la Escuela de Reflexología Holística "Alma y Cuerpo" recuerda su alejamiento de la profesión de instrumentadora quirúrgica, fundamenta sus cuestionamientos a la Medicina alopática y describe cómo los pies reflejan la totalidad del cuerpo.

Salud, el tanque y la hepatitis
—¿Dónde naciste?
—En Paraná. Cuando se casaron mis padres fueron a vivir a la casa de mi mamá, en calle Villaguay al 700.
—¿Cómo era esa zona?
—Muy tranquila, familiar, de gente de clase media y trabajadora; enfrente de mi casa estaba La Vascongada, en la esquina el mercadito Sur y había verdulerías. Mis abuelos eran italianos –de la zona de Sicilia– y me crié con los Opromolla, de quienes adquirí la cultura del laburo.
—¿Estaba muy marcada esa cultura?
—Sí, era muy fuerte la tanada, lo cual quedó en mí. Estaban presentes los tallarines, ravioles, agnolotis y las pizzas. ¡Ah, qué rico! El pueblito de donde eran desapareció por un terremoto. De parte de mi papá era diferente.
—¿Contaban historias de su tierra?
—Era muy chica. Mi abuela –nació en 1912 y llegaron de grandes– me contaba que en la montaña, con la nieve (se emociona, llora) no hacía tanto frío, pero la vida era muy dura por la pobreza y la guerra.
—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?
—Mi papá –falleció– era bancario, mi mamá, docente, y tengo dos hermanos.
—¿A qué jugabas?
—Con mi amiga Norma, a las muñecas, a las doctoras –ya tenía arraigado lo terapéutico– y a las maestras, pero a las cinco o seis de la tarde teníamos que estar adentro. En la Primaria me crié en la casa de mis abuelos porque la escuela me quedaba más cerca, mi mamá trabajaba todo el día y también por mi capricho (risas). Cuando se mudaron, me enfermé de hepatitis y siempre creí que fue porque el tanque de agua estaba sucio, según me dijeron. A los 39 años –cuando comencé con las terapias complementarias– supe que solo me había pasado a mí, entonces me di cuenta de la relación entre emociones y cuerpo, ya que el hígado representa los enojos. Fue un despertar que me trajo la Reflexología.
—¿Desarrollaste alguna afición durante bastante tiempo?
—No, pero siempre me interesó la salud, decía que quería sanar a las personas y estudiar Medicina, aunque no me podían bancar. Entonces estudié instrumentación quirúrgica.
—¿Materias que te gustaban?
—Las humanísticas y siempre me llevé Educación Física, Manualidades y Contabilidad.
—¿Leías?
—Mucho, siempre, me encanta. En ese momento, novelitas, en la televisión miraba Rolando Rivas taxista y escuchaba música en inglés. Cuando fui mayor –ya era instrumentadora quirúrgica y mamá– mi referente fue Louise Hay, un antes y después.

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La escucha y las emociones
—¿Cómo elegiste esa carrera teniendo en cuenta que por entonces no era muy difundida?
—No lo sé. Buscaba algo referente a salud que no fuera enfermería, por mí sensibilidad. Amo la Medicina, es hermosa, pero la rama alopática no era para mí, porque sus estructuras son muy fuertes y se olvida del alma. Cuando instrumentaba, comencé a darme cuenta de por qué nos enfermamos. Veía gente que se cuidaba mucho, o no fumaba, y tenía cáncer de pulmón; chicas jovencitas, con cáncer de mama... Comencé a indagar y descubrí a Louise Hay.
—¿Tuviste algún formador importante?
—Estudié en la Cruz Roja y los médicos de antes eran excelentes: estaba el doctor Waldemar D'Agostino y la docente Eldi Castellani, que siempre confió en mí. Yo era muy cientificista en cuanto a ver para creer, y mientras estudié me interesó entender el cuerpo como una unidad anatómica funcional perfecta, que lo es. Siempre enciende lucecitas rojas pero no las observamos. Mientras trabajé en el sector hospitalario comencé a escuchar a las personas y te das cuenta dónde está la falencia. El no escuchar las emociones, necesidades y frustraciones es la gran falencia de la terapéutica. Los pacientes me contaban todo antes de ir a la cirugía y comencé a descubrir el valor de la escucha.

Mecanicismo y mercantilismo
—¿Por qué hiciste foco en eso?
—No me gustaban los abordajes tan mecánicos, sentía que había invasión hacia los cuerpos, y que escuchando más podíamos trabajar desde otra óptica. La Medicina es maravillosa pero también podemos ver qué pasa con nuestra alma y emociones. Fui mamá a los 24 años y cambié mi mirada sobre la ciencia, ya que un día mi bebé lloraba y el médico me dijo si lo había hecho curar del empacho. Lo hice y se le fue la fiebre. O por ver morir de cáncer a personas sin saber por qué. Estando en el quirófano, fui a instrumentar una cirugía supuestamente corta de biopsia de mama –de una chica de 12 años–, resultó ser una cirugía mayor porque tenía un carcinoma y al poco tiempo falleció. Lo que más me impactó fue ver a la mamá y la hermana más grande –lo cual también fue un antes y después.
—¿Qué fue lo más disruptivo que observaste?
—Tuve buenas experiencias profesionales con los cirujanos pero veía todo el aspecto comercial. Nunca hubiera servido para ser médica porque la verdadera Medicina viene desde el alma. Dejé mi profesión por una crisis personal ya que en el Sanatorio Rivadavia no nos pagaban –en la época de Menen, cuando había dejado el Hospital San Martín. Fue una experiencia hermosa –de doce años– aunque en lo económico un desastre. Ya estaba casada, tenía dos hijos y no estaba feliz ni plena, y la Medicina no terminaba de llenarme.
—¿Una situación que ilustre la mercantilización extrema de la salud?
—Muchas. Es muy triste ver lo relacionado con los estudios (diagnósticos), ya que se perdió la clínica. Hay todo un dispositivo de los laboratorios alrededor de la Medicina alopática, que no es responsabilidad de los médicos sino que se tienen que sumar para existir. Además, cuando una persona estudia Medicina lo hace sobre cuerpos muertos, que no tienen emoción, y ésta cambia los factores bioquímicos de nuestro ser. Hay estudios sobre la relación entre las emociones, el estrés y el colesterol: en una empresa hacen análisis a los empleados y los índices estaban normales, a las dos horas les avisan que los despiden, hacen estudios nuevamente y los índices están totalmente alterados. ¿Cómo no tener en cuenta las emociones –y los mandatos– en el proceso bioquímico? Pero está cambiando.

Aquella hepatitis y el enojo
—¿Cómo continuaste la búsqueda al dejar la carrera?
—La Reflexología me buscó a mí. Tuve una etapa de vendedora hasta que en 2001 la empresa entró en convocatoria de acreedores, comencé a estudiar cosmetología en lo de Rosita Schaffner –un ángel para mí–, luego masajes, vino una profesora de Buenos Aires a hablar sobre Reflexología e hice Reiki con Delia Katz.
—¿Qué fue lo primero que entendiste?
—Lo que te comenté de mi enfermedad en el hígado, lo cual fue un despertar. Fue mientras hablaba de los meridianos energéticos y cuando la instructora dijo que el hígado era el órgano de los enojos. Le comenté lo de la hepatitis, me dijo que le preguntara a mi mamá qué me pasaba en ese momento y era que estaba enojada porque nos íbamos de la casa de mis abuelos. Fue un desgarro y la única que se enfermó fui yo, mientras todos también tomaban agua.
—¿Y en cuanto al abordaje terapéutico?
—Al escuchar a mis pacientes encontré las falencias del alma.
—¿Qué desaprendiste?
—Tuve que desaprender todo y lo sigo haciendo, pero no me costó porque lo experimenté en mí. Durante el último año en el Hospital San Martín quedé diez veces afónica por no poder expresar lo que sentía. Pero eso lo vi después. Siempre tenía dolores de cabeza y también era por pensar una cosa y hacer otra. Hice un largo camino con la Reflexología, que no se conocía como una terapéutica de acompañamiento, aunque sí como una técnica para aliviar. Cuando asumí una mirada holística me di cuenta que no sabía nada sobre las personas.

Milenaria y diversa
—¿Dónde y cuándo nace la Reflexología?
—Es la madre de todas las terapias, pero después se diversificó en Digitopuntura, Shiatsu, Acupuntura...
—¿O sea que es de origen chino?
—No se sabe, aunque es oriental. Hay registros en la zona indígena de Estados Unidos e imágenes de los egipcios en las cuales se tocan los pies –época que coincide con los mayas, quienes también lo hacían, al igual que Cristo. No es solo podal.
—También en las manos y orejas.
—Claro, pero se hace más la podal porque tenemos 7.000 terminaciones nerviosas en los pies, que al estimularlas van directo al cerebro.
—¿Cuáles son sus fundamentos?
—La base es que a través de estímulos en manos y pies –donde está reflejado todo el cuerpo– producimos una homeostasis o equilibrio. Al nacer somos perfectos, nos vamos intoxicando no solo con la alimentación, sino con miedos, frustraciones... y todo eso queda en el cuerpo. La Reflexología –que es un proceso sutil– desbloquea esas barreras para reencontrarse con el equilibrio natural.
—¿Cómo es el circuito que se produce a partir de la presión?
—El estímulo es inmediato. El método Ingham (ver recuadro) tiene un formato de estudios perfeccionando por otros maestros. Mi maestra actual es Alicia Damiano –discípula de Alicia López Blanco, quien creó el sistema que difundo en mi escuela–. Con ella fue un volver a empezar y una formación de tres años, además de un proceso personal de sanación interna. Hay un protocolo de trabajo en el cual la persona dice "hasta acá llego". Hacemos una lectura de pie, la cual es fundamental para detectar la tipología del paciente, la coraza o huella vivida y según eso hacemos el abordaje. La zona de dedos, es la cabeza, la del colchón metatarsiano es el pecho, la de la bóveda, la intermedia o abdominal, y la del talón, miembros inferiores, zonas que a su vez están asociadas con los elementos Aire, Fuego, Agua y Tierra.
—¿Se hace una historia de la dolencia?
—Hacemos una ficha de datos que incluye eventos asociados con el origen de la dolencia, y a través de preguntas detectamos de dónde viene la causa del problema. Somos amigos de los médicos y los psicólogos, así que la idea es hacer un abordaje interdisciplinario.
—¿Qué tipo de presión se ejerce?
—Hay muchas escuelas, pero no trabajamos con abordajes invasivos, ya que al hacerlo también con el aspecto emocional, son toques sutiles. El umbral del dolor me lo tiene que marcar el consultante. En las zonas interfalángicas de ojos, oídos y dientes, se siente mucho cuando se estimula.

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Leyendo los pies
—¿Qué es lo más claro y lo más difuso de observar en los pies?
—Los desequilibrios se notan según la coloración, hendiduras, pliegues, callos, uñas, hongos en los dedos, desviaciones... Por ejemplo, una persona que tiene los dedos desviados, ya sé que tuvo que desviarse en un aspecto de su vida.
—¿Son simétricos en cuanto al mapa orgánico?
—Sí, los dos son el cuerpo, con la diferencia que en el izquierdo tengo órganos que en el derecho no, por la disposición corporal. Uniendo los dos, en el medio está la columna, en el derecho el hígado, el colon ascendente y transverso, y en el izquierdo el bazo, el transverso, descendente y el colon, el ano en los dos y el corazón es un poquito de cada lado, el estómago más en el izquierdo que en el derecho, la vesícula y el apéndice en el derecho.
—¿Según qué se interviene en pies, manos u orejas?
—Es mucho mejor los pies pero hay personas a quienes no les gusta que les toquen los pies. En las manos están las mismas áreas reflejas aunque hay menos terminaciones nerviosas, pero se producen excelentes efectos. En cuanto a las orejas, no soy especialista en Auriculoterapia.
—¿Qué reacciones posteriores puede haber?
—Varias: orinar mejor, ir mejor de cuerpo, alivio inmediato del dolor y sensación de bienestar irreconocible.
—¿Cuál fue el primer caso que te resultó revelador?
—Pacientes con ACV, desahuciados, por los importantes cambios anímicos. Tuve pacientes oncológicos en etapa terminal, quienes me dejaron mucha huella.

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