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Diálogo Abierto

"Los pibes universitarios no saben leer y tienen muchos prejuicios"

Ana Ortiz habla de danza, el Colón y su ambiente. La herencia de una madre y de El Principito. Covid y control social. Luces y sombras del feminismo.

Domingo 17 de Enero de 2021

La antropóloga Ana Ortiz analizó la realidad de esta ciencia y desde ese enfoque puso la mira en temas de actualidad tales como el paupérrimo nivel educativo de quienes ingresan a la universidad, su cooptación ideológica, la tensión entre ciencias sociales y dura, y el confinamiento y el miedo, entre otros. “Pareciera que todo lo que no es occidental está re bueno, por más que sea violento y autoritario”, enfatizó la titular de la cátedra de Antropología de la carrera de Ciencias Sociales de la Facultad de Humanidades, al describir el clima de época académico dominante.

ana ortiz
"Pareciera que todo lo que no es occidental está re bueno, por más que sea violento y autoritario", dijo Ana Ortiz en la entrevista. 

"Pareciera que todo lo que no es occidental está re bueno, por más que sea violento y autoritario", dijo Ana Ortiz en la entrevista.

Subidas y bajadas, y el baile

—¿Dónde naciste?

—En Paraná, el 23 de septiembre de 1972, en la Clínica Modelo, circunstancialmente, porque la familia de mi papá, los Ortiz, son de acá, pero la de mi mamá es de Diamante, donde tenían el proyecto de vivir y donde me crié.

—¿Cómo era tu barrio?

—Vivía en el centro del pueblo; de subidas y bajadas bastante empinadas… jugaba y bailaba mucho en la calle… iba al río a nadar…

—¿Otros lugares atractivos?

—La barranca siempre me gustó y a los 2 años y medio fui a la academia de danza. Era “mi lugar”.

—¿Por qué te llevaron?

—Estaba haciendo cruz con la casa de mis abuelos. Mis padres se separaron cuando era muy chica, entonces me quedaba mucho allí mientras mamá trabajaba. Veía entrar y salir chicas, e incluso iban a lo de mi abuela. Al principio, en la academia, me sentaba en una sillita y miraba, a los 3 años me aceptaron.

—¿A qué más jugabas?

—Había juegos muy lindos en un parque donde pasaba mucho tiempo.

—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?

—Mi mamá es docente, jubilada del colegio y la universidad; mi papá falleció y tuvo actividad comercial.

—¿Seguían la tradición judía en tu hogar?

—No, había silencio y una cosa laica por la cual no se hablaba de Dios, aunque aprendí algunas prácticas con mis profes de danza, también judías, y quienes me decían que mi apellido podía serlo. Mi abuelo falleció cuando era chica y no lo supo. El apellido de los Santamaría conversos es muy antiguo.

El Colón y la competencia

—¿Cuándo sentiste la danza como una vocación?

—Siempre quise ser bailarina y lamentablemente Entre Ríos sigue siendo como cuando era chica: “te tenés que ir para…”. En clásico no había mucho más que el Colón y el Teatro Argentino de La Plata. Me iba bastante bien y logré hacer unos cursos en el teatro (Colón). Mis profesoras de Diamante, Betty y Raquel, tenían muy buen nivel, incluso mejor que en Paraná. Tenían contactos con Buenos Aires y al primer lugar de Entre Ríos donde llegaron coreógrafos y bailarines del Colón fue a Diamante.

—¿A qué edad lo asumiste más profesionalmente?

—A los 12 años.

—¿Te llevabas bien con la disciplina propia del clásico?

—Sí, nunca fue un problema, el tema es cuando el bailarín está cansado o tiene una limitación, y la relación con el maestro o coreógrafo. Por suerte, eso cambió para bien. Estaba acostumbrada a un ambiente muy amable, con amigas y compañeras, pero cuando llegué al Colón me sentí muy observada y en un ambiente muy competitivo. Tenía 15 años y no me gustó, no obstante que no tenía problemas de entrenar de lunes a sábado.

—¿Quiénes eran tus referentes?

—Cuando yo tenía 6 años vino a Argentina Maya Plisétskaya y fuimos a verla con una de mis profesoras y mi mamá; fue la época del triunfo en el mundo de Julio Bocca, Raquel Rossetti y Silvia Bazilis, y en el ámbito mundial todavía tenía una fuerte presencia (Mijaíl) Baryshnikov.

La marca de El Principito

—¿Leías?

—Sí, comencé la escuela sabiendo leer, por el contexto familiar. En mi casa materna había muchos libros de Filosofía, Historia y Literatura y mi abuelo materno tenía una biblioteca importante.

—¿Los primeros influyentes?

—Varios, desde cuentos infantiles hasta argumentos, que son las historias de los ballets, con las cuales me maravillaba. A los 8 años leía poesía y cosas de Historia.

—¿Un “descubrimiento” en esas bibliotecas?

—Depende de la edad, pero me marcó El Principito, que leí a los 8 años.

—¿Qué entendiste?

—Lo entendí perfectamente; luego lo leí en francés, porque hay una historia familiar de por medio, ya que parte de mi familia Ortiz vive en Francia. En la casa de mis abuelos paternos, acá, El Principito era algo importante y había pósters. Cuando mi mamá nos lo regaló, comencé a leerlo a la noche y no lo dejé hasta terminarlo. Conectaba con la fragilidad humana y me resultó un cuento triste. También me emocionó, porque tengo sensibilidad con los animales, el diálogo de El Principito con el zorro, cuando le pide que lo domestique.

—¿Materias predilectas en la Secundaria?

—Fue problemático por lo institucional-social, pero me iba muy bien y no me llevaba materias. Me gustaba Literatura, Filosofía, Historia y algo de Biología.

—¿Lo principal era la danza, por sobre el estudio?

—Pensaba que podía hacer las dos cosas, y cuando a los 15 años llegó lo del Colón, aposté a eso, pero pasó lo que te conté. No pude hacer las dos cosas y terminé estudiando, aunque no dejé de bailar.

—¿Te enojaste con el clásico?

—Conmigo; me angustié y hubo una época en que no podía mirar ballet. Después retomé, de a poco… con una renovación técnica de maestros como Alfredo Gurkel.

Lo diverso y los universales

—¿Por qué estudiaste Antropología?

—Tenía el problema de que no me gustaba una sola cosa, así que busqué los programas de varias carreras y el de Antropología fue el que más cerró en función de mis intereses.

—¿Tenías una idea previa?

—Sí, algunas lecturas en el colegio y en mi casa, de Levy Strauss, Marx y Sartre.

—¿Te inquietaba alguna cuestión existencial en particular?

—Sí.

—¿Cuál fue la primera respuesta que te dio la Antropología?

—Que hay cosas que son universales, lo cual me dio cierta tranquilidad, y también se me abrió la cabeza al ver cuántas formas posibles, dentro de esos elementos universales, hay para organizar el mundo y relacionarse: los distintos sistemas simbólicos, la forma de relacionarse con la naturaleza, de entender el parentesco, de habilitar o prohibir casamientos… Cosas que contrastan mucho con lo que uno conoce y te abren la cabeza por la diferencia pero también porque la Antropología las estudia y encuentra ciertos patrones comunes a la humanidad. Hay un nivel donde podemos encontrar universales y ahí Antropología y Filosofía se pueden dar la mano.

—¿Tuviste maestros en la carrera?

—Algunos fueron compañeros y otros profesores, y también fuera de la carrera. En la carrera, un profesor de Antropología Económica, al punto que una vez me paré para aplaudirlo. A mi vieja la considero una maestra, como también a un compañero, amigo y colega que falleció, Gustavo Lambruschini; mis profes de danza y maestros de Buenos Aires… Aprendí y trabajé mucho con Mónica Tarducci y Carlos Reynoso, dos antropólogos.

—¿Una cátedra novedosa?

—Análisis Matemático, dada por alguien quien también era filósofo. La fundamentación matemática es lógica, y a la vez esa forma de entender el tiempo y el espacio es una representación del mundo. Hay una relación entre las cosmovisiones filosóficas y las Matemáticas. Aquellas clases terminaban con una formulación matemática y te emocionaba.

—¿Qué trabajaste en la tesis?

—El fenómeno emergente de la bajada en canoa de (Luis) Cosita (Romero) y Raúl (Roco) cuando el proyecto de represamiento del Paraná Medio, un trabajo de Antropología ambiental y simbólica.

—¿Qué pensabas hacer como antropóloga?

—Mi idea no era vivir de la docencia sino investigar, pero no encajaba porque la carrera en el Conicet (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas) es bastante siniestra. Hace 12 años volví a Paraná y lo laboral es muy pobre.

—¿Qué tema te resulta recurrente para analizarlo?

—La relación entre los humanos y lo que definimos como mundo natural, que no necesariamente desemboca en perspectivas ambientales sino que hasta tiene que ver con cuestiones existenciales. También funcionamos como especie biológica y ese elemento es constitutivo de universales. Esto, por ejemplo, permitió desde la ciencia voltear el racismo y la creencia en razas, al considerar que hay poblaciones genéticas mientras que la especie humana es simétrica y tenemos las mismas capacidades psicofísicas, con diferencias socioculturales.

—¿Hay una producción de conocimiento según las realidades del siglo XXI?

—Se aggiornó mucho y hay Antropología de cualquier cosa, y cambiaron teorías aunque en el país no hay mucha producción teórica. Solo microestudios y pequeños trabajos de campo, descriptivos, mientras falta más trabajo comparativo y pensamiento de conceptos.

—¿Alguna de estas nuevas miradas te amplió el enfoque clásico?

—No sé si me lo amplió. Las cosas no pueden ser regresivas. Las críticas a las disciplinas en sus posicionamientos clásicos son bienvenidas siempre y cuando sean para algo mejor, no para regresar a un estado anterior a la ciencia. Hay un nuevo oscurantismo de que “no hace falta que esté probado por los hechos”, de la mano de las perspectivas posmodernas en las ciencias sociales. Lo de que todo es relativo, pero Bertrand Russell decía que hay un punto, un hecho atómico, del que podés afirmar verdad o falsedad. Hay un prejuicio fuerte de las ciencias sociales hacia las ciencias duras y el conocimiento de la historia occidental, de lo cual no podemos renegar. Más la ignorancia, con pibes de 1° año que en la universidad no leen de corrido o no pueden sacar ideas centrales.

Pandemia e hiperconectividad

—¿Cuál es la consecuencia más preocupante del confinamiento sin fin?

—Es un problema grave para todos los países, pero tratar de controlar o lograr el cuidado de las personas a través del miedo me parece terrible, más allá de que la información certera te pueda preocupar. Lo primero es autorrepresión por miedo. ¿Cómo vas a pedir luego libertad y responsabilidad individual si vas caminando por la calle y te chocan porque no miran? No se puede construir ciudadanía en seis meses. Seguramente cambiarán formas de vida y lastimará mucho a las economías pero, como varias pestes, mutará, tendrá su curva “natural” y pasará. También está la paradoja de que hay miedo instalado y mucha gente no se cuida, con lo cual se potencia el control y el encierro. No sé qué hubiese pasado si nos encerraba otro gobierno. ¡Hubiese volado por los aires! No hay debate científico y una ministra dice una cosa un día y al otro día otra, generando confusión, escepticismo y falta de cuidado.

—¿Qué escenarios posibles pueden derivar de la tecnocracia y la hiperconectividad?

—No sé; me parecen herramientas fantásticas y poderosas. El problema no es la herramienta sino el uso. Hay cuestiones que estaban irresueltas o retrocediendo antes del coronavirus, así que no se puede pedir responsabilidad individual cuando en Argentina se dejó de construir ciudadanía hace décadas. Es “pecado” la libertad y por lo tanto las obligaciones individuales. Hay confusiones conceptuales muy básicas y los pibes llegan a la universidad “formateados”, fruto, también, de una bajada de línea y prejuicios que han calado muy profundamente. Como los cuadernillos del Consejo General de Educación, propedéutico de Uader (Universidad Autónoma de Entre Ríos)… como cuando te dicen que la historia argentina “de verdad” comienza en 1945, o pasan sin solución de continuidad la conquista de América, sin saber el contexto europeo, o hacen la romantización del imperio inca. Todo lo que no es occidental “está re bueno”, por más que sea violento y autoritario.

—¿Qué estás leyendo?

—(Risas). Releyendo los textos sobre Estética, de Kant; sobre lo abyecto e inmundo en Mary Douglas y algo que tiene que ver con el conocimiento del propio cuerpo en términos históricos, asociado al ballet.

“La ignorancia e instrumentación política deterioran al feminismo”

Ana Ortiz se refirió críticamente al movimiento que integra desde hace varias décadas, y valoró conquistas, aunque las ubicó en el contexto de ausencia de un Estado verdaderamente laico.

—¿Te aproximaste al feminismo desde la Antropología?

—En mi época, en la UBA, se hablaba algo en algunos grupos pero yo tenía un acercamiento por la Filosofía y por mi mamá. En Buenos Aires conocí algunas feministas pero era muy distinto a lo de ahora.

—¿Tu lectura de los avances de las últimas décadas?

—Es paradójico. La reciente aprobación de la legalización del aborto es una conquista histórica y participé de la comisión en 1994. Me alegra, más allá de algunas cuestiones de la ley. Pero sucede que es aprobada en un Estado que no es laico del todo. En la Constitución sigue estando que el Estado sostiene las estructuras político-eclesiásticas como arzobispados, obispados, diócesis, etc. En 2000, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, cuando se aprobó la Ley de Salud Reproductiva, el primer lugar donde se hizo, estábamos con amigas feministas, llegaron dos combis, pusieron sonido con discursos del Papa y cantaron el himno, y aparecieron chicos de colegios católicos y la Policía. El discurso era muy similar al de ahora, pero contra la anticoncepción. En cuanto al feminismo, por entonces no tenía grietas político-partidarias ni sindicales, y era lo central, aunque en determinados temas no estuviéramos de acuerdo. Ahora, si bien conseguimos la ley, hay un deterioro por la instrumentación política de los grupos político-sindicales.

—¿Conlleva un empobrecimiento intelectual del movimiento?

—Claro, hay chicas que están a favor del derecho al aborto y no saben lo que es la Declaración de los Derechos de la Mujer de la Revolución Francesa o que el primer libro feminista impreso lo escribió Mary Wollstonecraft, en Inglaterra, en el siglo XVII. Tampoco cosas de acá sobre los primeros movimientos de las sufragistas y que antes de Eva Perón hubo un proyecto de ciudadanía plena para las mujeres, hecho por una feminista radical y Alicia Moreu de Justo, y presentado a través de Alfredo Palacios. El divorcio y la patria potestad compartida recién vino con (Raúl) Alfonsín, y estaba en ese proyecto. Para la Iglesia fue más caro el divorcio que el matrimonio igualitario, porque hay cosas que jaquean la institución social y son un corte, como el aborto y el divorcio, en nombre de la libertad individual. El matrimonio igualitario es bienvenido, pero reproduce una institución, mientras que el derecho individual más puro y duro es al aborto y a la eutanasia.

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