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"Los médicos decían acostumbrate porque no vas a poder hacer nada"

Asma, desbloqueo y recuperación. Una exhibición deslumbrante llena de equilibrio. Distanciamiento social, angustia y respiración.

Domingo 28 de Junio de 2020

La profesora de yoga y gimnasia Sandra Alegre relató su proceso de superación de un severo cuadro de asma que la mantuvo imposibilitada de realizar actividad física durante dos años. Los voceros de la ciencia médica dominante la desahuciaron al punto de aconsejarle “que se acostumbrara” a dicho estado, pero la milenaria ciencia y su “motor interior” la impulsaron por su propio camino de sanación. “Al yoga le debo el 98% de mi bienestar”, aseguró la tallerista de PAMI y profesora de la Escuela Sol es Yoga, que en Gualeguaychú coordina Carmen Grand.

Cantar, bailar y el mandato

—¿Dónde naciste?

—En Quilmes este, calle Alvear, y después nos trasladamos a Berazategui, donde viví con mis papás y cuatro hermanos, hasta los 30 años.

—¿Cómo era esa zona de Quilmes y Berazategui en tu infancia?

—Estuve allí hasta los 5 años, donde alquilábamos una casa con patio, pero de golpe tuvimos que ir al campo, ya que Berazategui era totalmente despoblado y zona de quintas, así que me queda el recuerdo de la llanura pampeana. Mucho campo y pasto verde.

—¿Sufriste el contraste?

—Sufrí las incomodidades porque comenzaron a construir; al principio se vivía en forma muy precaria pero no fue una tragedia sino una aventura. De a poco se fue poblando y ahora es una ciudad muy pujante y linda. Éramos una familia tradicional, mi mamá en casa y mi papá trabajando todo el día de empleado administrativo en un frigorífico. ¡La heladera de casa siempre estaba llena de carne y no había otra cosa! (Risas)

—¿Cómo te considerás por esa influencia del medio rural?

—Lo rural fue durante unos años, luego comenzaron a dividirse las parcelas, hubo vecinos y chicos, andábamos en bicicleta, jugábamos a la pelota y cazábamos ranas (risas). ¡Una infancia maravillosa!

—¿Otros juegos?

—Todos los imaginables hace 40 o 50 años: la mancha, correr, a la bolita, las muñecas, la mamá y la maestra.

—¿Desarrollaste alguna afición?

—En ese momento Berazategui estaba muy alejado de la Capital, así que solamente íbamos a la escuela y jugábamos afuera.

—¿Leías?

—Mucho, me encantaba. Cuando mi papá cobraba salíamos a comer pizza al centro de Quilmes y comprábamos libros de cuentos, como los de los hermanos Green, y algún otro regalo.

—¿Alguno influyente?

—Me gustaba todo lo mágico, las princesas y brujas, también veía las películas clásicas de Hollywood, y me encantaba cantar y bailar.

—¿Pensabas en una carrera artística profesional?

—Sí, pero no había posibilidades. A los 15 años, cuando sentí qué era lo que me gustaba, en mi casa pensaban que había que estudiar y tener un título universitario. Era el mandato.

—¿Luego practicaste una disciplina?

—Después de los 20 años, cuando dependía de mí. Estuve un año en el Profesorado en Letras de La Plata, pero lo mío no era estar sentada (risas). Tenía que estar en movimiento.

—¿Cuál era tu vocación cuando niña?

—Ser bailarina y cantante. Hace un año y medio fui a la Asociación Verdiana porque quería cantar, pero me cuesta mucho estar en un grupo.

—¿Qué materias de la Secundaria te gustaban?

—Literatura y Latín.

—¿Por eso elegiste Letras?

—Sí, pero no quería ser profesora sino hacer investigación y corregir escritos. Me di cuenta de que la facultad estaba alejada de eso, más allá de que la carrera era hermosa y me gustaba Filología. Me desilusioné un día cuando observé el lenguaje de unos adolescentes (risas), pensé que eran como animalitos, que terminaría donde no quería y sería una mala profesora. Decidí trabajar y hacer otra cosa, hasta que descubrí lo deportivo y el movimiento, y que podía añadirle conocimiento y lo artístico. Así que hice tres años de gimnasia modeladora y rítmica en Capital Federal.

Asfixia y el poder del pranayama

—¿Tuviste un formador importante?

—La profesora hacía unos movimientos maravillosos, ya que tenía una base de danza clásica, y yo trataba de imitar su sutileza y posturas. Luego comenzaron las exhibiciones y campeonatos, gimnasia localizada, fitness y aeróbica. Tuve dos años con problemas terribles de asma y no pude hacer actividad. Hice muchas terapias hasta que mi actual marido comenzó a darme los primeros pranayamas (ejercicios respiratorios y de movilización de energía).

—¿La enfermedad se te declaró a esa edad?

—Sí, de golpe, a los 27 años.

—¿Él tenía relación con el yoga?

—Era profesor de judo y kung fu, y mi prima era alumna de él, y fue donde lo conocí durante unas vacaciones. Tuvimos un noviazgo a larga distancia durante ocho años y él me visitaba todos los meses.

—¿La enfermedad fue consecuencia de un trauma emocional?

—Me sentía muy asfixiada en cuanto a lo que hacía porque no encontraba el camino para desarrollarme y mostrar lo que hacía.

—¿Qué sentiste tras los primeros ejercicios?

—Fue un desbloqueo, lloraba sin querer hacerlo y a partir de ahí recuperé, lentamente, mi peso ideal, ya que con tantos corticoides lo había perdido. De a poco retomé la actividad física y un día me dijo que terminara el profesorado de Gimnasia. Un médico me dijo: “¿Por qué con tu problema no ayudás a otros?”, se me prendió la lamparita y comencé a hacer ejercicios de rehabilitación para personas adultas.

—¿Nunca le habías prestado atención a la respiración?

—No, en la gimnasia la cuestión de la respiración no existe. Es un déficit.

Médicos lapidarios y “un poema corporal”

—¿Cuándo sentiste una mejoría profunda?

—Luché durante tres años, a los 31 cambié de médico y me recibí de profesora de Gimnasia. Los médicos me decían que “no podría hacer nada” y que “me acostumbrara porque así sería mi vida”. Me enojé con una doctora y le dije que iba salir del problema.

—¿Cuánto influyó el yoga en la solución?

—El 98% (risas). Hoy estoy acá (plaza Sáenz Peña, día nublado, húmedo y frío) y más allá de que tomo recaudos, me baño con agua fría; si tengo un problema, hago respiraciones; no tomo medicamentos salvo esporádicamente. Me siento bien y joven.

—¿Cuándo llegaste a Paraná?

—A los 31 años, al terminar ese proceso ya estaba mejor; continué corriendo cinco kilómetros junto a mi marido, y comencé fitness, que no podía hacer.

—¿Te adaptaste a esta ciudad?

—Me costó mucho (risas), fue muy duro y pasaron 15 años hasta que cambié la dirección. Siempre quería volver porque estaban mis padres y hermanos. Acá no tenía amistades ni compañeros.

—¿Qué otra aproximación al yoga tuviste, más allá de aquellos pranayamas?

—Estando en el Cenard, haciendo una capacitación, fuimos con mi esposo a ver un campeonato de yoga artístico y deportivo, me enamoré y emocioné, y era lo que quería hacer porque me resultó un “poema corporal”. Hacen cosas maravillosas con el cuerpo, con una alineación perfecta y sin mostrar en el rostro el más mínimo esfuerzo. Me conecté con el maestro Maitreyananda y comencé a hacer el curso. Pero el destino me llevó a trabajar con personas de la tercera edad y otras personas que necesitan.

—¿No es un oxímoron yoga “deportivo”?

—Es lo que todo el mundo le critica. En realidad muestra ante jueces, incluso de India, y público, cómo manejan la respiración y el equilibrio en un estado de calma total, fluyendo en el movimiento y que se trasmita a los demás. Acá nunca logré incorporarlo pero me hubiera encantado.

—¿Por qué no pudiste desarrollarlo?

—Era distinta a los otros profesores que se veían, porque iba a dar clases en bicicleta y con calzas (risas), un poco hippie, y gustó. Trabajé con personas mayores en la Liga de Madres de la (iglesia) San Miguel, trasmitía que las personas no tienen edad, sino que uno tiene las limitaciones en la cabeza. Formé un grupo de exhibición, de tercera edad, con el cual logramos un premio.

—¿Cuál fue el balance de esa experiencia?

—Que así como salí de mi problema, puede salir cualquiera, la cuestión es creérsela, buscar la fuerza interna que tenemos, salir de las excusas y el estado de víctima. Sigo trabajando con personas de tercera edad y hay muchos mitos en torno a ellas que les generan miedos. Hasta el último día de su vida tienen que ser independientes por eso les enseño formas de movilizarse. El yoga enseña a no estar subido a las emociones y pensamientos negativos, por eso hay que trabajar con lo que cada uno tiene, con calma y tranquilidad.

—¿Revisaste la formación gimnástica al profundizar en el yoga? ¿Qué te aportó la gimnasia como yoguini?

—Analicé que no se considera lo emocional; voy al gimnasio y lo tapo, me adormezco en una bicicleta y no abordo el problema. A veces asusta reconocerse. La gimnasia me aportó muchos recursos didácticos, anatómicos y de biomecánica que utilizo para yoga. Incluso trabajo yoga fitness e incorporo pesitas de medio o un kilo, para tonificar los brazos y las caderas.

—¿El primer caso que te llamó la atención?

—Muchos: una señora con artrosis que no podía movilizarse para nada y hubo que buscarle la vuelta, más allá de los libros. Otra, con marcapasos, de quien tenía que recordar que no podía levantar el brazo izquierdo y que no podía haber nada electrónico alrededor; una paciente psiquiátrica, con quien había que tener cuidado con las ventanas porque se quería tirar… Mi mamá era enfermera y me ayudó mucho en lo anatómico y relacionado con los cuidados.

—¿Cuál es tu rutina?

—Me levanto muy temprano, y antes del amanecer y al anochecer trabajo con el Japa mala (sarta de cuentas esféricas) los mantras, meditando, hago un pranayama activante y una recitación mirando al Sol. Después comienzo con las asanas (posturas básicas).

Pandemia y mala respiración

—¿Qué observas como desequilibrios a partir del distanciamiento social?

—He estado muy bien (risas), pero observo mucha irresponsabilidad y gente muy aterrorizada. Veo la respiración de las personas: cuando trabajan con la zona superior están muy estresadas y bloqueadas. Los barbijos bloquean la zona de la garganta y tapan el centro de expresión. Hay más bloqueo mental que en otras oportunidades, porque no pueden hablar ni expresar. Es una especie de histeria y enojo que veo, por ejemplo, en los supermercados. Todo esto traerá más problemas.

—¿Por ejemplo?

—Mucha depresión y cansancio, que se notará en el tono muscular y la actitud corporal hacia abajo, estar “cerrado”, lo cual conlleva problemas respiratorios, de angustia y tristeza. Cuando cerrás la zona del corazón, el timo (glándula del sistema linfático) no funciona bien y afecta el sistema inmunológico.

Más que una gimnasia, un camino para la superación

La profesora Alegre reflexiona sobre la esencia de la disciplina nacida en la India, destacándola como filosofía e instancia superior de la gimnasia, y a la par critica el “mercado espiritual”.

—¿Un maestro?

—Mi maestra me va a matar, pero fue Swami Maitreyananda, por entonces Estévez Griego, junto con Claudia Sainz. Los tengo muy presentes. En ese momento la profesora formadora era campeona mundial y practiqué en el Cenard con los campeones de ese momento, quienes me dejaron “doblada”.

—¿Cuándo entendiste la esencia de la disciplina?

—El yoga madura con los años: al principio es todo corporal y visual, y lo espiritual, lo más importante, queda a un lado. Como toda disciplina holística, con el tiempo te habla con otro lenguaje, fruto de la práctica diaria, la meditación y de encontrar paz interna.

—¿Autores de referencia?

—Mi libro de cabecera es Pranayama, la dinámica del aliento, de André Van Lysebeth, que siempre releo.

—¿Por qué?

—Porque tiene todos los pranayamas y explicaciones de lo que es la energía, el prana, desde lo físico, el átomo y la función respiratoria, hasta la Anatomía esotérica. Aborda el prana desde el punto de vista científico y los distintos niveles que existen (prana del océano, del mar, de la montaña, la llanura, etc) al cual cada persona debiera ajustarse.

—¿Qué debiera permanecer, considerando los cambios que ha tenido en occidente?

—No tiene que perder el misticismo oriental de unión entre cuerpo y mente, y lo espiritual vinculado a la naturaleza en cuanto a que somos un pedacito de un gran universo. También el desapego hacia las cosas. No es una actividad física común, sino una filosofía, camino de vida y superación. Me considero una yoguini y siempre trabajo con los preceptos de Patanjali (sabio considerado el padre del yoga), la conducta ética hacia uno y los demás. Muchas veces se olvidan. Vemos al yoga y otras actividades como un “mercado espiritual” (risas), con muchas ventas incluidas, y no es así, hay que enseñar y hacer abrir los ojos.

—¿Le interesa a los practicantes este aspecto?

—Las personas quieren que otro los salve de algo y no quieren mucho esfuerzo (risas). A esa gente le falta un poco más para entender, y cada uno tiene su tiempo y su karma.

—¿Aunque no se considere eso igualmente genera un beneficio?

—Las posturas de yoga despiertan y trabajan cierta energía interna, y uno tiene que dirigirla. Si lo hago solo como un movimiento físico, la energía se traba en determinadas zonas. Cada postura tiene un mensaje y se puede practicar en cualquier parte, solo con una mantita y ganas. Vas a ver que no te enfermás, no tenés frío ni calor excesivo en verano.

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