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Laura y Tirso. Cuando las diferencias no son incompatibles

En esta primera edición de Uno de Corazones, traemos la historia de una pareja que se conoció en la facultad, hace más de tres décadas.

Sábado 04 de Abril de 2020

Viven contando y redactando historias ajenas porque están en los medios masivos de comunicación desde hace décadas, y sin embargo reconocen que les cuesta narrar en primera persona, entrar en la historia propia, de la pareja.

“Nos conocimos en la Facultad, él era un campechano y yo era hermosa”, se anima Laura con una sonrisa.

“No eras, sos”, interviene Tirso como buscando cómplices con un piropo muy gastado. Así hemos roto el hielo y hablamos con ella y él de las parejas un tanto raras, esas que resisten al paso de las décadas y siguen firmes al pie del cañón, más allá de las dificultades, los desacuerdos y, en ocasiones, el hastío.

“Conocemos varios noviazgos como el nuestro, nacidos en la Facultad, no somos muy innovadores. Con el tiempo siempre nos hemos propuesto metas distintas, temas que nos tienen expectantes, por el laburo, la casa, los proyectos de los chicos”, dice ella.

Entonces comentan sobre el trabajo, los cinco nietitos, los oficios y estudios de las hijas y los hijos y sus compañeras y compañeros, cuestiones del aquí y ahora. Pero nosotros insistimos con aquellos días inaugurales.

“Él era un plomazo, nuestras primeras salidas fueron a misa”. ¿A misa? “¡A misa, el domingo! Entonces por ahí un chico me invitó a salir y yo no sabía qué hacer, porque no había definiciones”.

Él, cordial y conversador. Ella, desparramando carcajadas y siempre atenta. Con cincuenta y pico, Laura y Tirso guardan buenos recuerdos de su juventud universitaria en Paraná, amistades, fiestas. Ella confiesa que le encantaba que él, venido de chacras del Departamento Gualeguaychú, usara camisetilla como en los años veinte del siglo pasado. Se burla de que en sus primeros días urbanos él no supiera lo que era andar en colectivo. Él agrega que ella usaba un conjunto que por alguna razón le ha quedado en la retina, y reconoce que el cambio del campo a la capital le hubiera resultado mucho más duro si no fuera por los amigos que encontró en el camino.

La elección

Tirso jura que tuvo una sola novia en toda su existencia, y no hay por qué dudar de su palabra. Laura admite que previo a esta relación tuvo una sola… docena, pero a simple vista no se observan reproches de ningún lado.

Los años y alguna desilusión, incluso tras un embarazo frustrado, los fueron alejando de aquel punto inicial de encuentro. Hoy, cada tanto se reúnen con compañeras y compañeros de la Facultad, cultivan amistades en el trabajo, en la vecindad, y con familiares porque ambos cuentan parientes por montones.

“Somos un poco anticuados –apunta él–; practicamos el poliamor porque hemos sido muy familieros; ahora incorporamos a cuatro nietitas y un nietito que viven en Seguí, Guaymallén y Santa Rosa de Río Primero, todos un poco lejos pero somos abuelos muy presentes como la mayoría”, comenta Tirso.

“A mí me dicen abuela, a él le dicen ‘cheche’, estamos pendientes todo el tiempo; en estos días comunicados por WhatsApp; son niños que nos matan de amor”, añade Laura, y no esconde su orgullo por haber llevado adelante una familia con cinco hijos.

—¿Por qué lo elegiste a él?, le preguntamos.

—Porque era lindo y cantaba. Ahora solo canta…

—¿Y vos, por qué la elegiste?

—Bueno, no era difícil enamorarse de Laura. Pero sin dar muchos detalles digamos que es un conjunto de condiciones que se dan, una manera de hablar, de decir las cosas, de relacionarse, de caminar, de mirar.

—Pero seguramente hubo momentos clave.

—Yo recuerdo —dice él— que en un acto de adhesión a los combatientes de Malvinas en plena guerra ella llevó una pulsera para regalar, ese día fue tremendo; yo la acompañé para que la entregara. Claro, quienes no vivieron esas jornadas no sé si se podrán imaginar lo que sentíamos los jóvenes, principalmente los que nos habíamos tragado la propaganda, en fin. A muchos estudiantes nos pegó fuerte la guerra, principalmente a mí porque me había salvado, como se decía, del servicio militar por el número de sorteo, y los que iban a pelear tenían mi edad. Por eso incluso me anoté para que me llevaran a la guerra, estaba loquito. Entonces eso de acompañarnos unos metros para dar algo a los combatientes fue algo que salía de las bromas diarias, de la joda que es habitual en los jóvenes.

—¿Cómo se sostiene una pareja por mucho tiempo?

—Habrá mil maneras de seguir o separarse, sin dudas. En nuestro caso, siempre encontramos motivos para alimentar la relación, con buen ánimo, con ideas a veces descabelladas para crear momentos nuevos, dice Tirso.

—Tuvimos la experiencia de vivir en distintos barrios, en distintas ciudades, donde siempre hicimos amigos y recuerdos imborrables. Incluso participamos en el mismo sindicato con amigas y amigos que están en los medios. Y ni hablar de los familiares. Hermanos, hermanas, cuñados, cuñadas, padres, tías, tíos, primos, primos segundos, sobrinos, yernos, nueras... Tenemos muchos temas en común.

—¿Quién cocina en casa?

—Cocina Laura. Aquí el sistema es patriarcal al mango. Yo adhiero en teoría al feminismo pero no lo practico. Un defecto tenía que tener —ríe Tirso.

—Tan patriarcal que yo no lo dejo entrar a la cocina. Prefiero hacer las cosas yo antes que aguantar el enchastre que hace para lavar dos platos.

—En las comunidades más antiguas de nuestro suelo hay todavía una paridad, le llaman opuestos complementarios. Cada uno tiene una cierta jerarquía en determinado lugar, no es que uno se impone sobre el otro. No toda distribución de roles es un vicio. Pero por ahí las fronteras son difusas, entonces los varones nos aprovechamos.

Compartir amigos

—¿Cómo es un día de la pareja?

—Tomamos mate temprano, peleamos porque él no sabe poner la bombilla, no nos gusta la misma yerba, pero siempre llegamos a un acuerdo. Yo estoy más conectada con las redes, con el celular, él lee libros y trabaja en una oficina siempre despelotada. A veces hacemos trabajos más físicos, a mí me gusta pintar los muebles, él conoce distintos oficios, en estos días les ayudó a los chicos a hacer unos portones de madera, plantar unos tejidos.

—Sí, en casi todos los horarios clásicos estamos juntos, el almuerzo, la cena. Preparamos el mate diez veces por día, y no exagero. Bueno, en tiempos normales ella se va a trabajar afuera. Pero siempre surgen comentarios del trabajo de uno o del otro, estamos al tanto de los problemas, compartimos amigos. Solemos hacer juntadas muy seguidas.

—¿Leen temas parecidos?

—No, somos muy diferentes en los gustos. Muy diferentes, pero no incompatibles.

—A ella le gustan más las novelas policiales y el cine, las series, yo me siento mejor con los temas de la biodiversidad, la música, los documentales; pero por supuesto, ninguno de los dos está cerrado.

—¿Y qué tienen para decir de la cama?

—Que la tiendo yo —responde Laura.

—Diría que he olvidado un poco los temas del siglo XX —remata Tirso.

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