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Diálogo Abierto con Evangelina Schiro

La salud mental desde lo saludable y no desde lo patológico

La promoción comunitaria del dibujo, el muralismo y los títeres frente a la abulia, la apatía y la violencia cotidiana.

Domingo 22 de Septiembre de 2019

La psicóloga Evangelina Schiro admite que su afición y exploración con distintas disciplinas artísticas modificó su forma de asumir la terapia. “El arte posibilita encontrarme en lo diferente de cómo te dicen que es; me paro en la promoción y la prevención, desde lo saludable y las potencialidades, no en lo patológico”, especifica la integrante del equipo interdisciplinario del Centro de Atención Primaria en Salud Mental Mercedes De Giusto –de barrio Paraná V, de la capital provincial.

Barrio y una abuela del corazón

¿Dónde naciste?

—En Paraná, calle Tratado del Pilar.

¿Cómo era en tu infancia?

—Casas de techos bajos, terrenos largos y algunos con dos casas que lo compartían.

¿A qué jugabas?

—A la rayuela, el elástico, a la casita, saltar la cuerda, patinar y dibujar sobre el piso o el asfalto, en el hipódromo y en la calle –todo el tiempo. Todos los adultos te cuidaban y retaban. En los carnavales jugábamos todos, hasta los adultos.

¿Había un límite del lugar que no podías trasponer?

—Una casa por la cual no podíamos pasar (risas), porque era de unos vecinos que se enojaban mucho y les teníamos miedo. En la cuadra jugábamos libremente y si queríamos ir al hipódromo o a dos o tres cuadras, teníamos que avisar.

¿Leías?

—Mis padres no eran lectores y mi mamá comenzó a leer novelas cuando fue más grande. Yo tenía necesidad de lectura y mis primeros libros –de mi papá– fueron de Economía, después –a los once años– comenzaron a llegar los de una tía, como la Colección Billiken y Plaza Sésamo.

¿Alguno influyente?

—La lectura me acompañó con la estructura que me rodeaba, así que no hubo nada que me rompió la cabeza –hasta la adolescencia, cuando leí libros sobre hinduismo y autoayuda.

¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?

—Mi papá era administrador del Hospital San Martín y mi mamá trabajaba en PAMI. Íbamos a la Escuela Mercedarias, caminábamos hasta el hospital y cuando mi papá se acordaba dónde había dejado el auto, nos llevaba a casa.

¿Desarrollaste alguna afición durante bastante tiempo?

—Siempre dibujaba y fui a un taller, pero la vida era de juego en el barrio. La abuela de una amiga era Antonia Lobariñas –mi abuela del corazón, un ser hermoso–, quien nos llevaba a ver obras de títeres en Luz y Fuerza.

¿Personajes del barrio?

—Ella, porque todo el mundo la quería, también una señora muy cómica que todo el tiempo le gritaba al hijo y el panadero –Pelusa– quien nos llevaba de una punta del barrio a la otra. Cuando me regalaron la primera bicicleta, iba a la despensa de los Casco, que también eran mis referentes.

¿Hasta qué edad viviste allí?

—Hasta dos días antes de cumplir quince, cuando nos fuimos a calle Alem. Fue muy doloroso –aunque era el sueño de mis viejos y que la casa la encontré yo. Volvía al barrio porque tenía una amiga, por la “abuela” Antonia y por los Zuazaga –una pareja de viejitos que también me cuidaban.

El dibujo, no habilitado

¿Aprendiste dibujo o te fluía naturalmente?

—Me gustaba, era un escape y un espacio no habilitado familiarmente. Lo ayudaba a mi hermano mayor a hacer los trabajos de Plástica. ¡Pobrecito! (risas); hasta hoy le pido perdón, porque lo torturaba. En el taller también trabajé con arcilla.

¿Se cortó en algún momento?

—No me lo incentivaban. Luego estuve en pareja con un chico que es diseñador gráfico, entonces lo ayudaba haciendo maquetas, hasta que comencé Psicología. No le daba lugar porque seguía los mandatos.

¿Qué materias te gustaban de la secundaria?

—Fui al Nacional. Me gustaba Historia; había una profesora que me marcó, vio mi interés por el dibujo y en vez de darme la currícula, y como yo diseñaba ropa y dibujaba, me exigía colecciones.

Lo que dice papá

y las animaciones

¿Te imaginabas haciendo eso profesionalmente?

—Imaginaba muchas cosas (risas), arquitectura… el arte no lo pensé… abogacía –porque quería mi papá–…

¿En función de que elegiste?

—¡Ah! Elegí Odontología –para cumplir el mandato familiar– y porque me gustaban los chicos –ya que trabajaba animando fiestas infantiles y hacía teatro. Fueron años increíbles. Cursé medio año y me di cuenta que no tenía nada que hacer ahí, comencé una búsqueda y me decidí por Psicología –mientras continuaba con las animaciones.

Ética y un cimbronazo

¿Lecturas en esta etapa?

—Tenía una formación muy religiosa y una búsqueda espiritual. Iba a la misa de un cura bastante progre –el padre Mario, en Luján. Después de estudiar en la UCA ya no comulgué más con la iglesia. El primer cimbronazo fue con un cura que nos daba Ética cuando yo estaba leyendo a Nietzsche –Genealogía de la moral, que luego releí. Hablábamos de Platón, le comenté sobre Nietzsche, se armó una hecatombe y reprobé muchas veces la materia (risas). Por esta cuestión hice 25 sesiones de análisis. No hice terapia siempre con el mismo terapeuta y también fue una búsqueda según las necesidades. Hay un modo en que uno se planta frente al otro –más allá del marco teórico que te guía– por lo cual todo mi recorrido de rupturas tiene que ver con eso. Y llegué a lo comunitario también por eso, por un proceso personal.

¿Sentiste que no encajabas más en tu antiguo “formato”?

—Claro, ya no encajé más.

¿Qué pensabas – antes de estudiar– que hacía un psicólogo?

—Que trabajaba con los problemas de los otros y los solucionaba (risas). Así me fue y me llevó 30 años solucionar algo de lo mío (risas).

¿Tuviste algún formador que te resultó importante?

—No; fui ayudante de cátedra, pero algo circunstancial. Lo que me hace un clic son encuentros con sujetos o situaciones que me permiten preguntarme algo diferente.

¿Qué enfoque tenía la carrera?

—Sistémica, hasta que entré al centro de salud a hacer las prácticas, estaba Gustavo Aranda, me dio para leer y adopté el psicoanálisis. Hice una suplencia como administrativa, me recibí y me nombraron. Laburar en el Estado es hermoso.

Indigencia y un pantalón

¿Cómo fue cotejar conocimiento con realidad en un ámbito como el de un centro de salud?

—Había una gran distancia. Estuve en el Centro Carillo haciendo otras prácticas, íbamos a un barrio muy humilde, había situaciones terribles y fue el primer encuentro con otros modos de vivir. Justo estaba ahorrando para comprarme un jean de marca y cuando vi eso, nunca más me lo compré. Fue un impacto, por la lógica de la religión en cuanto a la culpa.

¿Ahí descubriste la marginalidad y la indigencia?

—No, porque en mi barrio había gente muy humilde que vivía en casas de chapas, donde jugaba. Fue el impacto del sufrimiento del otro, totalmente desprovistos de todo –hasta subjetivamente– y deshabitados. Me chocó mucho.

Convengamos que no tenía nada que ver tu deseo del jean con esa realidad dramática.

—Claro, totalmente, pero estaba mi formación religiosa. Tenía que desarmar eso porque si te quedás ahí podés ser una psicóloga “por la culpa”. Ahí fue cuando entró el análisis personal.

El arte y lo comunitario

¿Qué revisaste en esas primeras sesiones de terapia?

—Se relacionó con el arte; al acercarme a mí misma y romper ese camino rígido de mandatos, comencé a dibujar, y sentir que lo necesitaba para estar bien y desplegarme. También otras formas de pararme ante la realidad.

¿Comparaciones entre lo que dibujabas por entonces y antes?

—Pasé muchos años en que todo lo que dibujaba, lo regalaba a quien le gustaba. Por eso no tengo nada. O pintaba algo para determinada persona. Tenía que ver con las texturas de la naturaleza y fui sumando técnicas. Por ejemplo, estaba con el lápiz y tomando café, entonces terminaba dibujando con café. O iba caminando, encontraba una corteza y la utilizaba en algo, o juntaba cosas de la calle y por eso comencé a trabajar con cartón. Lo que es desechado, para mí es otra cosa.

¿Te enriqueció la escuela de arte?

—¡Sí, sí! Pero digo que no soy artista porque estoy en el proceso de construirme. Me dio el encuentro con otros. En ese tiempo, Silvina Fontelles –con quien también me formé como titiritera– me sacudió no sólo con el bagaje teórico, sino que de la escuela me llevé relaciones importantes.

¿Cómo te cambió en cuanto psicóloga, el redimensionar tu faceta artística?

—Me modificó en el pararme frente al otro, la clínica en el consultorio me fue incomodando y fui necesitando lo comunitario. Siempre me fui formando –aunque como hobby– ya que hice cinco años de teatro y títeres con Silvina. Cuando le di lugar a la necesidad, fue otra cosa.

Alienación cotidiana y posibilidades

¿Qué era prevalente en aquellas primeras prácticas en el centro de salud?

—Fueron en 2010; hacía consultorio, luego comenzó a trabajar Germán Yujnovsky –artista plástico–, hicimos un taller de pintura para los usuarios del centro –entre quienes había psicosis y neurosis, con distintas estructuras. Seguimos dos años, luego comencé a hacer títeres, un mural con Lucía Solé –quien fue mi profesora de muralismo– y otro en la Escuela Moreno. Lo que vivía en el taller trataba de traspolarlo al centro de salud. Además, estaba como referente de una cátedra de la Facultad de Psicología y con tres chicas con mucho entusiasmo pintamos un mural en el barrio. Continué, armé un proyecto que se llama Barriarte, en el cual hay artistas que van una vez al mes, y se trabaja según lo que proponen los chicos.

¿Qué verificaste que resultaba eficaz en términos terapéuticos?

—Primero, la posibilidad de crear por fuera de los lineamientos sociales y de lo cotidiano, desde la producción subjetiva, darle representaciones de otro tipo al barrio. No solamente en el papel o lo que pueda hacer con títeres, sino que el arte posibilita encontrarme en lo diferente de cómo te dicen que es. Es dejar de reproducir, parar, hacer algo diferente o que el otro te diga que hay una posibilidad de experiencia.

¿Eso facilita la terapia?

—Me paro en la promoción y prevención, y entendiendo la salud mental desde ese lugar, no desde lo patológico, sino desde lo saludable y las potencialidades. Todo el tiempo busco implicar al sujeto, para la ruptura, entonces todos los talleres son abiertos, en la plaza. Originalmente, el Barriarte estaba destinado a encontrar los intereses en común de los vecinos, en una plaza que estaba muy abandonada –y ahora lo está nuevamente.

¿Qué se percibe actualmente, comparado con aquellos problemas?

—Durante los dos primeros años partí con un taller de arte que era cerrado, con usuarios que ya tenían un diagnóstico del centro de salud. Y pasó a ser abierto en todos los sentidos, lo cual me exigió muchísimo, porque a veces había situaciones de violencia, por ejemplo, de dos nenes y terminaba en sus casas, hablando con la mamá. Al cambiar la propuesta, fueron apareciendo otras cosas ya que los propios sujetos decidían qué se hacía. Lo que aparece a grandes rasgos es la diferencia entre los sujetos que están en esa abulia, apatía, el día a día, cansados de limpiar “la basura de todos los vecinos”, situaciones de violencia y los que quieren hacer algo, los lazos entre vecinos, quién quiere laburar con otro…

¿Hay nuevas formas de violencia?

—La violencia se ha rigidizado. Hay quienes no se acercan a preguntar qué estamos haciendo. El taller lo sostienen los niños y nos preguntamos qué sucede entre la niñez y la adultez para que se pierda la espontaneidad y el deseo de hacer. Si laburas doce horas…

¿Te genera impotencia o pensás que algo, igualmente, queda?

—Si seguiría pensando que como psicóloga voy a resolver el problema del otro, sentiría impotencia, pero lo pienso desde el producir representaciones nuevas y buscar experiencias en el otro –no solo en los usuarios sino en el centro de salud. El último mural lo hice con los profesionales y administrativos. Es a lo que apunto y lo que me conmueve, ubicarlos en otro lugar.

¿En algún momento el problema de las adicciones cobró otra dimensión?

—Cuando pienso en las adicciones lo hago desde cómo se piensa la salud mental ahora, como consumo problemático, para cada sujeto. Pueden ser sustancias o también el señor y la señora que no salen de su casa, no se relacionan y no tienen familiares.

¿No es un cuestión que sobresalga por sobre otras?

—Cada uno goza según su estructura, entonces trabajás por ese lado, desde lo que hay. El sufrimiento y el padecimiento están en distintas medidas y cuestiones en cada uno. Si hay un consumo problemático y situaciones graves de violencia, y eso emerge, está la asistencia del centro de salud. Trato de no atenderlos yo, para preservar el vínculo de analista.

¿La abulia es dominante; la gente está abatida?

—Adormecida. Es en todos los ámbitos, una reproducción de lo que te dijeron que es la vida: laburar, comer, dormir, levantarte, ver un rato tele… No está mal, pero está bueno que el sujeto esté implicado en lo que hace, que haya un deseo o necesidad de cómo quiero vivir.

Lugar para el juego

¿Hay emergentes de vulnerabilidad distintos, comparados con los de, por ejemplo, hace una década?

—El eje es el amor, a uno mismo, a las familias y las relaciones. Los adultos reproducen inconscientemente el fantasma de la novela familiar, sobre el cual podrían “escribir su propio texto”. No todo son las adicciones y lo problemático. Busco proveer representaciones para despertar a los otros, generar incomodidad y darse cuenta de que hay algo más.

¿Qué hay en el barrio que no había en tu infancia, y que no hay que antes había?

—¡Ah, son lugares muy distintos! Me hacés pensar… El lugar de mi infancia era el juego y las relaciones desde el afecto, y en el trabajo comunitario que hago, busco darle lugar a eso y estimular para que siga sucediendo. Como agente del Estado soy responsable de algunas cuestiones que no hay en el barrio y en el centro de salud. Cuando entré al centro de salud, yo llevaba la pila para que el reloj funcione y cada uno su birome; hoy somos más de 30 personas laburando, quiero acrílicos y los tengo, por ejemplo. Cambió en cuanto a que hay un Estado más presente.

Recuadro

“Es poco psicoanalítico

reproducir lo que

propone una escuela”

Schiro sostiene que la vigencia del psicoanálisis –al igual que de su actitud artística– se centra en la pregunta y en el qué hacer, descartando la reproducción de técnicas y contenidos, pero no la formación constante. “Al psicoanálisis hay que vivirlo”, enfatiza.

¿Cómo te llevás con las nuevas revisiones del psicoanálisis?

—Así como cuando pinto uso texturas diferentes, me fui formando con distintas escuelas: cinco años en la SPP (Sociedad Psicoanalítica de Paraná), luego en Asappia (Asociación Argentina de Psiquiatría y Psicología de la Infancia y la Adolescencia), en Santa Fe, transité en la EOL (Escuela de Orientación Lacaniana) de Santa Fe y Buenos Aires, formándome siempre e intentando captar ese saber, al igual que con el arte. Pero reproducir lo que la escuela propone, no puedo y me parece poco psicoanalítico. Seguir transitando por la pregunta y el qué hacer es como entiendo al psicoanálisis, hay que vivirlo.

¿Entendés que ésa es la esencia del psicoanálisis en el siglo XXI?

—Si vas a una escuela de arte y el artista tiene una técnica, terminás dibujando como el otro te enseñó. El psicoanálisis se ha vuelto lo mismo, como pasa en la facultad. Terminás obturada. Hay que hacer con la falta. Hacer un taller abierto es angustiante.

¿Tenés otras líneas de búsqueda, por fuera de lo psicológico?

—De un viaje me traje un libro de Breton y Trotsky, un compilado sobre el arte desde una posición política, que me abrió mucho la cabeza en cuanto a irme hacia la Sociología y la Filosofía. Soy muy distraída y al mes no me acuerdo del título ni del autor, pero sé que me transforma.

¿Lo artístico también es un espacio propio, más allá de tu trabajo?

—Sí, siempre con otros. Es mi propia venganza contra el sistema. Eugenia Puigarnau me invitó con sus Palabras para volar a La vieja usina, donde hice los soportes de objetos artísticos de los cuentos que elegimos y que ella narraba.

¿Tenés alguna página en Internet?

—En Instagram, evass39, donde subí algunos dibujos y otras cosas.

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