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La Novena

"... toda persona debería escuchar en vivo al menos una vez en la vida la Sinfonía Nº 9 en re menor opus 125 de Ludwig van Beethoven, conocida también como la Coral ..."

Martes 23 de Julio de 2019

Mi viejo era un hombre sabio. No abusaba del refrán ni del consejo no solicitado, tan común en los hombres de su época; o quizás se murió relativamente joven, a tiempo para no desarrollar ese berretín por el énfasis salomónico que afecta con la edad a tanta gente, como si el mero paso del tiempo otorgara –por añadidura– la sabiduría.

Sacando sus sutiles consejos literarios, dados más por su ejemplo de lector que por la palabra, recuerdo haberlo escuchado decir una vez, enigmático, que toda persona debería escuchar en vivo al menos una vez en la vida la Sinfonía Nº 9 en re menor opus 125 de Ludwig van Beethoven, conocida también como la Coral, y una vez al año en disco; quizás para cargarse de energía positiva, insuflarse de heroicidad, de épica, para conectarse con algo profundo, insondable, inspirador, quién sabe. Su concisión, sumada al paso del tiempo, hicieron que este asunto de la Novena estuviese siempre rodeado de un halo de misterio.

Cuenta la leyenda que cuando la obra se tocó por primera vez en el Teatro de la Corte Imperial de Viena en mayo de 1824, Beethoven ya era sordo como una tapia, y aunque no la pudo dirigir, estuvo presente en el escenario junto al director siguiendo la música en la partitura y en su cabeza.

Cuando terminó la interpretación el público estalló y uno de los solistas le tocó el brazo haciéndolo girar para que apreciara el delirio de la gente que, de pie, agitaba vivamente sus pañuelos: la máxima forma de aprobación de aquella época.

De lo que no tengo dudas es que Beethoven en general, y la Novena en particular, eran algo especial para mi viejo. No es para menos. Esta obra es como un gran castillo, construido con una arquitectura poderosa, heroica, que se va elevando hasta alcanzar momentos de fuerza arrolladora, para luego acariciarte con pasajes de absoluta belleza y lirismo. Nadie, por menos entendido que sea, puede quedar indiferente a esa lucha de fuerzas de pura materia musical que genera Beethoven con la Novena.

Al respecto, Hermann Hesse escribió en El Arte del Ocio que las obras de los grandes maestros de la música tratan de la vida humana en su faceta más elevada. No necesitan apelar ni a la inteligencia ni a la cultura musical de quien las escucha, sino al dulce impacto que producen en nuestro corazón. Sea pasión, sea nostalgia, alegría, melancolía. O amor filial.

Los expertos musicólogos afirman que el volumen de la última sinfonía compuesta por Beethoven era brutal, excesivamente alto para los cánones de la época: una rápida vuelta al “Sturm und Drang” (“tormenta e impulso”), al sentimiento y la pasión como fuente de inspiración creadora. Un adiós al racionalismo y una poderosa bienvenida al hondo romanticismo alemán.

¡Y qué decir del final?, de la inclusión de An die Freude –la Oda a la Alegría– de Schiller musicalizada de forma sublime y como lo que es: la apelación artística más poderosa a lo que hay de noble y bueno en el corazón del hombre.

Fue entonces que en torno a la Coral, constituimos un pequeño ritual de complicidad casera entre mi viejo y yo. Era mi época de estudiante en la universidad a finales de los años 80, él ya estaba muy mal de salud, había casi perdido la voz y le costaba muchísimo hablar, lo que agudizó su introspección e hizo que se ensimismara aún más en su gran pasión: los libros.

La rutina era la siguiente: cada vez que yo partía –entre nervioso y angustiado– en el colectivo del Transporte Fluviales hacia la facultad en Santa Fe para una cita con la mesa examinadora, él me esperaba en casa con una botella con forma de caramañola de vino San Felipe blanco, y el plan de estudios de la carrera pegado en un cartón, que aún conservo.

Al regresar, si me había ido bien, tachábamos juntos la asignatura de la lista consignando la fecha del logro. Luego se abría la botella y brindábamos por el éxito escuchando el vinilo de la Novena de Beethoven, con su hora y nueve minutos que dura la versión grabada por Herbert von Karajan en la noche de Año Nuevo de 1977 con la Orquesta Filarmónica de Berlín.

Pero si la jornada no había sido victoriosa (por suerte fueron pocas), también llevábamos a cabo aquel el tierno rito paterno-filial; ya que después de todo, la derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no conoce, como solía decir Borges.

En fin, pasaron ya casi 30 años de la última vez que llevamos a cabo esa ceremonia, intacta en mi memoria. Aún hoy siempre encuentro un tiempo cada mes de mayo para sentarme tranquilo una hora y pico para escuchar la Novena. Completita, con el mismo vino y con mi viejo en la memoria.

Y así fue que una tarde, revisando los libros de la que fuera su biblioteca, –ya muerto él– encontré una biografía de von Karajan, en la que di con esta frase del afamado director, subrayada por su mano: “El verdadero arte de dirigir consiste en saber cuándo dejar de hacerlo para que la orquesta siga tocando sola”.

Quizás un módico legado, un cálido mensaje para nosotros, sus hijos, por entonces ya haciendo todos nuestros propios caminos en la vida.

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