Yo Cuento
Martes 11 de Septiembre de 2018

La locura (primera parte)

Leandro Ruíz Díaz

Mis días no pasaban, demasiadas horas para mi gusto. Días y noches eran lo mismo; mi trabajo era basura; mis lágrimas ríos y mis manos... mis manos rotas, grises, dolidas, no me hablaban.
Cuando visitaba a mi vieja, ella hablaba, mientras que mi mente tejía enormes redes de sueños y fantasías. Todas ellas arruinadas por la dura realidad, odiosa y opresora; viajaba en las más altas nubes, caía en los más bajos fondos. Y nada, tan solo nada, eso era mi vida (de colores pálidos, de aromas con gusto a humo, a miedo a dolor...)
De tanto en tanto la soledad golpeaba a mi puerta, pero lamentablemente una de esas veces fue certera. Los amigos se esfumaron como los sueños más felices, en este mundo de cruel realidad, los amores que alguna vez tuve ya no estaban, estaba sólo como siempre lo había estado en una muchedumbre, pero no creía que alguien lo sabía (tal vez por mi fría personalidad). Es así éste dragón, te devora y no perdona, da escalofríos sentirlo así...
La verdad lastima y puede llegar a ofender, créeme que yo lo sentí así. En ese momento no rescataba nada de mi, de nadie (hoy tampoco) porque me di cuenta que todo es nada acá, en esta tierra parloteante y cruel.
Estaba desmoronado, las ruinas de mi no decían ni una palabra, la alegría había dejado este cuerpo devastado por el olvido (duro, durísimo olvido). A veces pienso que es una pesadilla todo esto, me ahogo en ella y todo desaparece, termino lastimado en cada lucha, es una característica de mí, la de un perdedor. ¿Cómo describirlo...?, mi corazón creía en algo que fue desmentido y las esperanzas no valen de nada...¡¡¡socorro por favor!!!
Esta depresión, este pozo, llegaba hasta lo más profundo de mí. Ya no quería hacer nada, estaba cansado aunque sea joven, no valía, mi destino terminaba siendo oscuro. La gente no mira a un herido como yo, que supo ser victorioso (el más grande) al que todos amaban y odiaban de igual manera, pero hoy me queda algo peor que el odio... la amarga soledad. No sé que será de mi futuro, tengo cansancio encima de mis hombros... ¿Qué puedo hacer?
Solía caminar, siempre a la orilla del río (amplio y majestuoso), pensando en cómo sería la vida debajo del agua; sin sonidos, sin humo, sin palabras. Donde las lágrimas no se ven, y en esos momentos sentía que el esqueleto se me escapaba del cuerpo, rompía mi piel, la desgarraba y dejándola tirada se iba, sin pudor... y con él se iban mis ideas, como si nada terminaba en el piso, borracho, corroído por el odio, por el asco, por la locura. Vomitaba mi alma a cada trago, imaginando que un supuesto héroe, un superhéroe, me rescataría y sería mi amigo, invitándome a volar y salvar gente. Fantaseaba con eso mientras tomaba, ese ácido amigo y confidente, en el que se transforma el vino barato para un borracho perdido.
En los mediodías, mi cerebro se abría y salían de él un sin fin de flores, flores hermosas, flores que se iban con el viento, flores hermosas pero de débiles... tenían el olor a la amargura. ¡Y yo!, miraba al cielo, en busca de mi amigo, ese héroe. En ciertas ocasiones, me sentaba en las plazas a ver a las personas hablar e imaginaba que charlaban conmigo, que las hermosas mujeres que pasaban se acercaban a besarme, que me miraban, que me amaban. Y que luego de declararme su amor incondicional, me dejaban sin motivo. Creo que eso me gustaba como se sentía, el amor perdido. Lo disfrutaba, me sentía identificado, me encantaba. Solo yo, yo y nada más que yo. Esa era la motivación. ¿Egoísmo?, puede ser. ¿Masoquismo?, no lo creo. ¿Autolástimas?, ¿Estupidez?, no lo sé, pero si sé que era LOCURA.
Comía imaginación y bebía alcohol.

El momento
Ya flaco, barbudo y con la imaginación seca, me recuesto en mi cama de espinas y el llanto me invade, la oscuridad (fría y demoníaca) empieza a apropiarse de mi cuarto, los pequeños crujidos se vuelven ruidos espantosos, la locura ya me murmura al oído, me envuelve, me come, me bebe, me hace parte de ella y la hago parte de mí. Es un momento mágico, cruel y mágico...En medio de ese éxtasis demencial, siento una mano en mi pecho, y con esa mano una cálida y tranquila luz. Así llegó por primera vez uno de esos bellos ángeles a mi vida, ese momento fue SUBLIME, sus ojos me aclararon mi oscuro rostro de miedo.
Intente hablarle, pero me puso una de sus manos en mi boca, luego me acarició la cara y me beso. Las palabras no fueron necesarias en ese momento, en esas horas en esos minutos (había perdido la poca y corrompida noción del tiempo). La cama de espinas se convirtió en el mejor y más fino aposento, la habitación se iluminó y ella se entregó a mi. Su piel, olía a jardín; sus manos curaban las heridas de mi alma; su boca me besaba y parecía que me asfixiaba pero nunca me quedaba sin aire; sus piernas me abrazaban, se enroscaban en mi cuerpo; y sus preciosas alas se abrían y se cerraban, se estiraban y se encogían, blancas como la nieve, suaves como una nube.
Cuando desperté ella ya no estaba, ¡¡¡me dejo!!! , ¡¡¡NO PUEDE SER!!!
¿Qué va a ser de mí? La angustia me había empezado a comer, no sabía si había sido real o no, si era uno de los tantos juegos de mi mente... trataba de plantar los pies en la tierra y razonar, pero era algo que hace mucho no hacía, era algo que había dejado en desuso. No era algo que me daba gracia, al contrario, me sentía tonto, un perfecto imbécil, porque no había sido parte de aquella ilusión, sino que había sido una víctima de ella.
Estuve así todo el día, preguntándome, haciendo cálculos, no sé, cualquier cosa que me pueda dar una razón para lo que pasó la noche anterior. Al mediodía, tratando de que no me sofoquen las preguntas salgo a la calle a hacer mi juego diario de las conversaciones con extraños, me siento en un banco de la plaza y espero a mi primera víctima, había salido a matar, afilado como un cuchillo, con mi cabeza hecha un arma, estaba totalmente sacado, raro, con energía, con ánimo. Y que veo, la primera mujer acercándose, era linda, pero las balas de mi imaginación no salieron, no respondieron, ¿Qué me está pasando?, ella era ese ángel, me quedé estupefacto. La muchacha pasó sin prestarme atención, y esa actitud fue como un puñal, ¿Pero cómo, si anoche estuviste conmigo?, ¿no te acordás?, y ella nada. Sentí que mi cuerpo me dejaba; veo más allá y pasa otra mujer (mi sangre se congela) también es ella, y otra mujer y ¡¡¡también!!!! ¿Por Dios que me está pasando?
Salgo corriendo y las calles se me hacen eternas, cruzo de una vereda a la otra, vuelvo a cruzar y así hasta que caigo rendido en un descampado. Las dudas me agobian, me taladran en la cabeza. Tomo aire, prendo un cigarrillo, y me repito una y otra vez que esto no es gracioso, que no quiero esto, que no es mío.
Después de un rato me calmo, me meto en un bar, pido el mismo veneno de siempre, y empiezo a tomar como si fuera la última vez, y en mi mente se pasan las imágenes de ese hermoso ángel, gimiendo, gozando, mirándome, como un lobo mira a su presa; estoy aterrado y eso me obliga a tomar y a fumar, un cigarrillo tras otro, un trago tras otro. Así el día se hace de noche, me echan como un perro pulgoso de aquel bar, y me voy a caminar, por esas calles negras y tan bien conocidas. Llego al rancho que es mi palacio, miro la heladera y no hay nada, solo un vaso con agua, hago una sonrisa, prendo otro cigarrillo y me voy a la cama. ¿Cómo poder explicar lo que vi?, ahí estaba recostada una hermosa mujer, morena de piel y de ojos negros penetrantes, me hizo una señal para que me acerque e hipnotizado fui hacia ella. Otra noche como aquella noche, gloriosa. Pero también tendrá el mismo fin...

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