Muerte en las rutas
Sábado 25 de Noviembre de 2017

La feliz locura de viajar a 70 salvando niños y jóvenes

Apagarnos los genes del apuro, encendernos los de la relajación: el remedio para prevenir de la tortura y la muerte a miles de gurises

No hemos perdido la esperanza en que un buen día se alinearán los astros y empezaremos a desaprender, para curarnos el vicio de la velocidad en la ruta que tantas vidas tritura. Veintiuna por día, solo en la Argentina. ¿A quién le toca hoy? Las rutas son una ruleta rusa con 21 balas en el cilindro.
En estas semanas nos llegan noticias espantosas. Todas nuestras rutas son testigos de la muerte.
Los 44 tripulantes de un submarino equivalen al promedio de dos días de muerte en rutas argentinas. Claro que ese tristísimo accidente ocurrió una vez en décadas, y las víctimas fatales en ruta son una constante, día tras día, durante décadas, con un agregado: en las rutas mueren esos papás con sus hijitos.
¿Qué ocurrió con el ARA San Juan? No sabemos. ¿Qué pasa en las rutas? Sí sabemos: lo que mata es la velocidad, y como ya tenemos el diagnóstico desde hace mucho tiempo, la verdadera causa de la muerte de más de 7.000 personas cada año en las rutas se llama desidia.
Bastaría con cuidarnos un poco y nos salvaríamos. El remedio está al alcance, no es complejo ni costoso.

Luchemos
La fundación Luchemos por la Vida informó esta semana que en los últimos 25 años murieron 190.000 personas en accidentes de tránsito en la Argentina, a razón de 7.600 muertos y 120.000 heridos por año.
Con eso diremos que de 1982 a 2017, en 35 años, murieron más de 260.000 personas. Es decir, desde la guerra de las Malvinas hasta hoy ha muerto en las rutas el equivalente a 400 guerras de las Malvinas, y los heridos suman casi 4 millones.
A esas víctimas hay que sumar millones de personas destruidas en su psicología, en su comunidad, en su familia, como consecuencia de la muerte trágica de hijos, hermanos, padres, amigos, amores, y sumas astronómicas en pérdidas materiales (calculan 10.000 millones de dólares por año).
¿Qué falta para hacer algo? ¿Qué falta para advertir que los programas que existen no alcanzan?
Los estudiosos aseguran que si viajamos en la ruta a 110 kilómetros por hora tenemos que mantenernos a una cuadra de distancia del vehículo que nos precede, para darnos tiempo de frenado en caso de un imprevisto. Es que en la reacción se nos van 30 metros, y otros casi 60 metros en el frenado.
Los vehículos que se agolpan detrás de un camión esperando la oportunidad de sobrepaso, y se ponen todos a 10 metros cada uno, marchan regalados, arriesgando la vida. Y si van a 30 metros, lo mismo.
Ahora, ¿cómo mantenernos a una cuadra e iniciar el sobrepaso, si el tránsito que viene de frente no nos dará tanto margen? La pregunta no tiene respuesta a estas velocidades, con las rutas angostas y recargadas, y con la convicción de los automovilistas de que su derecho es pasar o pasar. Razones prácticas, materiales y mentales nos empujan a la muerte.
Adictos a la velocidad
La distancia total de frenado si marchamos a 70 kilómetros por hora es de 43 metros, porque se nos van 19 metros en la reacción y otros 24 metros para frenar.
Todo eso si viajamos con atención plena y en rutas excelentes. Porque en caso de días de lluvia, baches, zonas pobladas o vehículos precarios, las precauciones deben ser mayores obviamente.
Máxima 70 es la norma que nos garantizará la paz en el tránsito. 70 por hora, como máximo, cuando somos adictos a la velocidad de modo que, para sanarnos, necesitamos medidas drásticas. Con el paso de los lustros esa velocidad podrá variar, aunque confiamos en que será tal el éxito que terminaremos rindiendo culto al 70. ¿No es el 7 el número perfecto?
Reconocemos que vivimos en un mundo de tensión y estrés, y cargamos de urgencia las valijas, con las horas contadas para llegar a destino y tomamos el volante como si estuviéramos libres de esa tensión, de ese estrés, sin considerar que esa inconsciencia nos matará.
A los números que estamos danto los tomamos de la revista Luchemos por la vida, dependiente de una organización clave en la prevención de los accidentes de tránsito.
Ahí mismo leemos que, si reducimos la velocidad en ruta 10 km/h, es decir, si en lugar de viajar a 100 lo hacemos a 90, en promedio, el número de accidentes será un 20% inferior, los heridos serán un 30% menos, y los muertos un 40% menos. Ese es un dato obtenido por investigadores de Suecia.
Ahora probemos trasladar eso a la Argentina: si cada año mueren más de 7.000 personas en nuestro país en accidentes de tránsito y la principal (y no exclusiva) razón es la velocidad, entonces podría calcularse que una disminución de 15 km/h en promedio podría salvar a no menos de la mitad de las víctimas fatales.
Esa reducción debe darse de dos modos: con el cumplimiento de las normas de tránsito (hoy no se cumplen ni se controlan) y también con el cambio de esas normas, es decir: que las señales indiquen máximas menores. Vale insistir: Máxima 70.
Los que nos acusarán de locos será porque no toman conciencia de que los que mueren son sus hijos, sus hermanos.

El formulario espera
Estamos en noviembre. De seguir las cosas como van hasta ahora, debemos prepararnos para 2018 con un formulario de 7.000 casilleros, que iremos llenando a razón de 20 nombres por día en promedio. Así ha sido en los últimos 30 años y no escarmentamos.
Lo mismo advertimos hace años, y no le erramos. Ya llenamos los formularios de 2016, ya llenamos casi completos los de 2017, todo está cantado, falta elegir los nombres de 2018. ¿Será el mío? ¿El suyo? ¿Los hijos de quién?
Dejamos un margen para los muertos por el estado de las rutas, el alcohol, los temporales, que pueden no tener relación con la velocidad. Pero lo central es la velocidad, y con este adicional: en todos esos casos, una reducción en la velocidad disminuirá el efecto de los otros factores que nos ponen en riesgo, y que también debemos atender, obviamente, sino que esta columna enfoca uno de los problemas: el apuro.
Ahora la pregunta: si con una sola medida, la de disminuir la velocidad, salvamos a 3.000 o 4.000 personas cada año en la Argentina, ¿cuál sería la razón para no hacerlo? La pregunta no es retórica: sinceramente no sabemos.
Hagamos una sola excepción: las ambulancias, pero el desafío es pensar en la fórmula "Máxima 70" y calibrar sus beneficios en el índice de felicidad.

Levantar el pie
La tecnología ha caído en nuestras comunidades como un cuerpo extraño. La tecnología se independizó, allí no mandan humanos, manda el mercado, el dinero, la propaganda, nadie se hace cargo de sus efectos. La tecnología nos invadió como si fuera un ejército extraterrestre, y nos exige una adaptación. En biología, nuestra condición se llama plasticidad fenotípica. Ante un ambiente ya de por sí apurado, a lo que se suma el aumento de la peligrosidad en las rutas por la potencia de los vehículos, el estado de las rutas, los fenómenos meteorológicos, etc., entonces la especie humana puede responder con un aumento de la capacidad de serenidad, calma, lentitud, relajación.
En vez de presionar sobre nuestra capacidad de resiliencia, en vez de medir nuestro grado de resistencia a las perturbaciones, proponemos dinamizar nuestra capacidad de respuesta al ataque del sistema de consumo y apuro sostenido en la propaganda y su constante generación de valores ficticios en orden al mercado. Es decir, nuestra capacidad de retraernos de las invitaciones del consumismo y el apuro y el deseo de vértigo y adrenalina, todo bien orquestado para hacernos estúpidos consumistas. Solo saliendo de esos vicios lograremos lo buscado: levantar el pie del acelerador.
Tal vez convenga practicar lentitud, ejercitar nuestras neuronas, aceitar las conexiones para que la relajación vuelva a darnos felicidad, paz, vivir bien. Y recuperar en las comunidades el prestigio de la lentitud, como promover el desprecio al apuro y alteraciones similares. "volver al tiempo del sin apuro", dice el poeta.
Aprender lentitud, es la consigna. Estimular los mecanismos del cerebro para amar la moderación, la mesura, el cuidado, para admirar el freno, apreciar la espera, hacer agradable el encuentro en el mientras tanto.
Necesitamos la adrenalina para estar en alerta y responder con rapidez, pero no para vivir en forma permanente en riesgo y tratando apenas de sobrevivir.
Los pensadores del vivir bien/ buen convivir señalan en los caminos a esa vida plena de armonía el saber escuchar y el saber caminar, es decir, marchar con los nuestros, nuestra comunidad, nuestro montes, el trino de los pájaros, el silencio de una lomada, y nada de eso es posible a más de 80 capota baja. Sí lo haremos a 70 y menos, cómo no.

Elogio de la lentitud
La lentitud podría entonces generar un círculo virtuoso: a mayor lentitud, menor estrés, a menor estrés mayor lentitud.
Si el ambiente nos da rutas estrechas y con baches, nieblas, probabilidades de encharcamiento, sujetos violentos y apurados, autos con alta potencia; si ese es el ambiente donde vamos a ingresar, entonces como seres humanos debemos aguzar nuestra plasticidad y nuestra primera respuesta debe ser la desaceleración, la serenidad, el cultivo de la capacidad de espera y paciencia.
¿Tenemos esa plasticidad, o es que somos naturalmente rústicos? ¿Estarán dispuestos nuestros representantes a facilitarnos el vivir bien, el equilibrio, y salvar la vida de nuestros hijos? ¿O serán medio cobardes nomás?
El ser humano no se ha chocado por milenios. El problema de la muerte en rutas es actual y obedece a un cambio de las circunstancias. La tecnología se impone y nos encuentra impreparados. Pero es tal nuestra improvisación que ni siquiera respondemos con indignación a este flagelo. Es decir: aún no organizamos una casilla en nuestro cerebro, ya que estamos enfermos de compartimentos estancos, donde interpretar la magnitud de este flagelo llamado muerte en ruta mediante tortura.

Pena de muerte
Como hemos dicho en este espacio, las penas de muerte por inyección letal, horca, guillotina o fusilamiento son más humanitarias que la muerte en ruta. Primero, porque esas penas de muerte en general se aplican a personas juzgadas por algún tipo de delito, mientras que en las rutas mueren inocentes elegidos al azar. En segundo lugar, porque la pena capital en general trunca la vida de una persona mayor, mientras que las rutas trituran a niños, jóvenes, mujeres embarazadas. Y en tercer lugar, siempre los métodos usados son más benévolos en las ejecuciones que en las rutas, donde las maneras de morir configuran una nómina de atrocidades que superan el suplicio de las y los tupamaristas.
Si la pena de muerte a una persona que violó y mató fuera mediante una estaca en el ojo, la humanidad pondría el grito en el cielo por la perversidad. Y bien: así mueren nuestros hijos a diario en las rutas, y cerramos los ojos.
Ahora, ¿Cómo iniciar ese proceso, cuando hoy las rutas exigen velocidad? En muchas rutas se torna imposible cumplir siquiera con la señalización porque todo el mundo infringe. Si alguien va a 40 en orden al cartel, y todos van a 80, entonces el que quería cumplir para evitar accidentes será expuesto a un mayor riesgo: todos querrán sobrepasarlo en un lugar peligroso. Le conviene, así, seguir la corriente, ser un infractor más, si quiere salvar el pellejo y librarse de todo tipo de insultos y otras violencias.
Ese es el extremo del despotismo del tránsito. Los automovilistas se ven compelidos a incumplir las normas, ante la desprotección.

El cascabel
¿Y quién le pone el cascabel? Si en un partido de fútbol ingresan dos pelotas a la cancha, el árbitro se encarga de sacar una. Si una tribuna para 10.000 personas está llena, no entran más. Si en el teatro se apaga la luz, alguien se ocupa de encender, de revisar las instalaciones. Si en un restorán está prohibido fumar, no se fuma. Si el cura está dando misa es muy difícil, casi imposible, que alguien venda la coca o el diario entre los fieles, o remate una vaca. Todo eso es obvio, y lo contrario sería medio ridículo, pero en las rutas está naturalizado.
Las rutas son espacios con delimitaciones y responsabilidades, y allí la autoridad no se ejerce, por eso los inocentes que ingresan allí van regalados.
Cuántas veces nos ocurre, por caso, que el cartel dice máxima 100, nosotros vamos a 100, y de atrás nos enloquecen con señas para el sobrepaso... Es decir: nos molestan para infringir la norma. Y en el 99% de los casos eso quedará para la anécdota, cuando sabemos que el conjunto de esas infracciones da como resultado las 7.000 muertes de inocentes por año. ¿Puede entrar un tarado a una clínica y violar sin más a las embarazadas? Sería un hecho absolutamente inusual, y controlado. Y bien: en las rutas, los tarados mandan.
El abandono de los espacios públicos llamados rutas es política de Estado en la Argentina. Hoy incumple el gobierno nacional del PRO, el gobierno provincial del PJ, el gobierno municipal de la UCR, y lo mismo ocurría ayer y anteayer, en gobiernos de distintos signos políticos.
Claro que, aunque cumpliéramos, aun así estaríamos en problemas, porque las velocidades permitidas son altas.

Neuroplasticidad
Nosotros tenemos genes para actuar apurados o serenos. Las circunstancias actuales, la pérdida de vidas en la ruta, debieran activarnos los genes de la calma. Así como las hormigas son todas iguales pero una serie de circunstancias las convierten en obreras o soldados, por factores externos, así nosotros debiéramos responder con una adaptación, pero ¿qué factores nos impiden colocar esta bisagra en nuestras conductas? Lo ignoramos.
Tal vez nos falte tomar conciencia, informarnos, hacer carne la experiencia de estas décadas, para que entre a jugar nuestra neuroplasticidad. Tal vez no podemos adaptarnos porque no relacionamos, no nos damos cuenta. Podríamos reconfigurar el cerebro, pero por ahora no lo hacemos porque no hallamos motivos, es decir, no logramos tomar nota de que esas 7.000 personas muertas bajo tortura en las rutas son nuestros hijos, nuestros hermanos, y se salvarán con solo levantar la pata del pedal.
Claro, un viaje de 300 kilómetros entre Paraná y Gualeguaychú que hoy nos lleva tres horas nos demandará cinco. Entonces la pregunta, ¿y cuál es el problema?
Así como hace 80 años no había vehículos tan veloces, hoy existen tecnologías que permiten la concientización y el control inmediato de las normas. Los autos podrían llevar, por caso, un registro de velocidades para que la autoridad controle de tanto en tanto.
Sumemos a eso la experiencia de estas tres últimas décadas, en las que podemos dar fe de que la velocidad mata, de manera que una vez logrado el consenso social, los que infrinjan las normas serán considerados criminales, por el delito de peligro que nos recuerda el fiscal Antonio Gustavo Gómez. Son delitos, dice, pluriofensivos. Porque ponen en riesgo a nadie en particular, y a todos, como los estupefacientes o los residuos peligrosos.
Si un fulano viaja a alta velocidad en la ruta no está cometiendo una infracción, está en un delito grave porque pone en riesgo a todas las familias que cruce. No es difícil darse cuenta, pero vemos a diario esta modalidad y la autoridad pública no toma nota.

Carne en toneladas
Viajar lento no es perder el tiempo, es ganar conciencia. Un viaje entre Paraná y Mendoza que hoy nos lleva 12 horas y hacemos de un tirón, quizá convenga hacerlo en 20 horas con un descanso a medio camino. E insistimos, ¿cuál es el problema?
Si viajamos a un promedio de 70 kilómetros por hora como máximo, para salvar quizá 4.000 de las 7.000 víctimas fatales de cada año, es decir, para salvar a nuestros hijos, nietos, hermanos, amigos, sobrinos, vecinitos, madres, abuelos, compañeros, etc; si viajamos a 70 y menos, podremos darnos en el camino diálogos muy felices. Podremos conocer localidades intermedias. Podremos incluso ahorrar combustible y contaminar menos los centros urbanos, porque claro, si vamos a 70 en la ruta andaremos a 30 en las ciudades, y no a 80 como se anda en Paraná.
Si todos vamos a 70 no habrá necesidad de sobrepasar, respetaremos las distancias; podrán andar autos, colectivos y camiones en la misma vía (mientras recuperamos los ferrocarriles). Haremos un trencito largo, en el que el conductor no estará pendiente para el sobrepaso porque no será necesario. Nos emanciparemos del apuro, de la histeria colectiva.
¿Cómo se lograría? Muy fácil: con una legislación adecuada, durante un mes la autoridad será tolerante para que todo el mundo se entere, y realizará una amplia campaña de conocimiento y concientización. El mes siguiente secuestrará los vehículos a los primeros 10 infractores, y difundirá adecuadamente la medida. Santo remedio.
Tolerancia cero con la velocidad, y vida a los viajeros. Ya no iremos a llorar a los velorios sino al patio de los autos que nos secuestraron por conducir como criminales.
La pérdida material sería un lindo shock individual y social que podría activarnos el cerebrito para recuperar el valor de la lentitud, de la paciencia.
Lo interesante de esta revolución de la vida radica en que puede ser desarrollada por gobiernos de cualquier signo político. La lentitud no perjudica a nadie. Las familias gozarán del paisaje, el diálogo, la vida. Las empresas tendrán menos riesgos para los artículos que transportan. Las aseguradoras podrán bajar costos porque cubrirán menos accidentes. Las clínicas y los hospitales se sentirán aliviados, las mujeres y los hombres que ejercen la Medicina y la enfermería ya no se volverán locos por presenciar estas masacres.
Quizá el Estado debiera atender a las casas de servicios fúnebres, es cierto, sobre todo aquellas que construyen ataúdes para niños. Podríamos pagarles el mismo costo para que construyeran hamacas y toboganes para las plazas ¿no?
Para no sembrar falsas expectativas, aclaramos aquí que el plan de "Máxima 70" no ha encontrado objeciones pero no se pone en práctica porque la sangría en las rutas es lenta y dispersa. Si los intendentes, gobernadores, presidentes, legisladores, jueces, fueran reunidos un día en un gran galpón y rodeados con los 30.000 cadáveres destrozados en las rutas de los cuatro años de una sola gestión de gobierno, entonces podrían tomar conciencia de la expresión, en toneladas de carne, de la desidia.

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