Lunes 31 de Mayo de 2021
La licenciada Mariana Páez describe la situación actual de la Educación Sexual Integral (ESI) y revela su propio proceso de cambio en torno a la sexualidad: “Vine de un pueblo donde las chicas que se iniciaban eran mal vistas, y fui a una escuela de monjas en la cual no se hablaba de nada y había mucha censura”, recordó. Así mismo, la docente y tallerista de la Escuela Normal y de la Universidad Autónoma de Entre Ríos destacó el valor del juego y la conversación, grandes ausentes en las estrategias pedagógicas dominantes. ¿Qué pasa con los jóvenes?
El juego de la escuela
—¿Dónde naciste?
—Tuve dos nacimientos: mi DNI dice en Capital Federal en diciembre de 1971, donde viví hasta los 14 años, pero toda mi vida estuvo muy vinculada con La Paz, porque mis viejos y abuelos nacieron allí, así que siempre iba de vacaciones.
—¿Cómo era tu barrio?
—Primero, viví en pleno centro de Villa Urquiza, en un mono ambiente alquilado por mis viejos, luego compraron un departamento, y luego nos mudamos a Villa Pueyrredón.
—¿De dónde tenés más recuerdos de la infancia?
—En Villa Urquiza vivimos más años y me encantaba: eran casas bajas, edificios de pocos pisos, muchos plátanos y una plaza donde aprendí a andar en bicicleta. La escuela estaba cerca e íbamos caminando.
—¿Había límites del lugar que no podías trasponer?
—Cuando era chica solo podía dar vuelta a la manzana.
—¿A qué más jugabas?
—Mucho adentro de casa: armábamos “autos” con sillas, bebotes, bolsos con ropa de bebés y “nos íbamos de viaje”, yo manejaba porque era la hermana mayor.
—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?
—En ese momento mi mamá, docente y que luego estudió Educación Especial, era ama de casa, y mi papá trabajó en la General Motors; ligaron las crisis de los 70 y 80, lo despidieron cuando se fue la empresa, y con la indemnización y unos compañeros pusieron un almacén. Cuando no dio para más por la (circular) 1.050 (de Banco Central, 1980) volvieron a La Paz.
—¿Sentías una vocación?
—¡Sí, hasta hoy juego a la maestra! En La Paz tenía mi pizarrón, mesita y sillitas, se sentaban las vecinitas del barrio y “les daba clases”.
La Paz y “ser Gardel”
—¿Cómo vivías el contraste entre Buenos Aires y La Paz?
—Hermoso porque en Buenos Aires no era nadie, mientras que en La Paz quien venía de afuera era “como Gardel”, así que era la más linda, inteligente, la que mejor cantaba y me adoraban.
—¿Qué más te atraía?
—La libertad y poder andar en bicicleta por la ciudad; siempre fui enamorada del río y del parque Berón de Astrada. Cuando nos mudamos estaba feliz.
—¿Leías?
—No, quería dar clases sin leer (risas).
—Algunas colegas tuyas lo logran…
—No todo el aprendizaje sale de los libros…
El arte y el trabajo
—Absolutamente. ¿Aficiones?
—En Buenos Aires iba a la Escuela Nacional de Danzas, donde hacía clásica, moderna, dibujo y música. Danza me costaba, mi mamá me obligaba, no aprobaba los exámenes, aunque sí los de dibujo y música. Ahora amo danzar y hago folclore.
—¿A qué le dedicaste más tiempo?
—Al canto y con el tiempo al teatro, que comencé en La Paz.
—¿Imaginabas ser actriz o cantante?
—No, aunque lo viví intensamente. Tenía que ver con el mandato de que en mi familia nadie vivió del arte, aunque no me lo dijeron expresamente. Uso permanentemente el arte para trabajar.
—¿Qué materias de la secundaria te gustaban?
—Las pedagógicas. Fui a escuelas de monjas, me enojé mucho con tanta religión pero luego me di cuenta de que mi parte espiritual tiene que ver con eso, por otros caminos, y lo agradezco. Todo deja enseñanzas. En la escuela me la pasaba tocando la guitarra, cantando y participaba de todos los actos. También animaba cumpleaños de niños.
La facultad, “otro planeta”
—¿En función de qué decidiste estudiar al terminar la secundaria?
—Quería estudiar Medicina y a mi mamá siempre la jodo de que no lo hice por ella, así que busqué en una guía de carreras y encontré Comunicación Social.
—¿Por qué?
—Fue azaroso e intuitivo, me llamó la atención la palabra y algunas materias.
—¿Algún formador o cátedra influyente?
—Fue “ir a otro planeta” y tuve una crisis. Cuando comencé a ver marxismo dije “mamá, papá, ¿cómo nunca me enseñaron que la realidad es así porque la crearon de esa forma, pero puede ser de otra manera?” Fue importante Antropología, con Laura Méndez, Sergio Caletti en Teoría de la Comunicación, Psicología Social con Pablo Yulita, con quien me enojé mucho, la hice libre y cuando rendí fue genial. Me preguntó si mi vagina tenía pensamientos, yo era muy estructurada, me desestabilizó por completo y le dije “por supuesto”.
—¿Cuál fue el mayor desaprendizaje?
—¡Ah, qué bueno eso! Lo de creer que existe la verdad; me di cuenta de que existen verdades, provisorias, y que la mejor pregunta es la que abre otras nuevas.
—¿Textos fundamentales?
—De (Michel) Foucault, Vigilar y castigar, y La historia de la sexualidad. Cuando comencé a trabajar en educación, (Paulo) Freire, y estoy leyendo a Jorge Larrosa (profesor español de Filosofía y Pedagogía). Tomo lo que los autores me pueden brindar y luego me desprendo de ellos.
—¿La facultad te clausuró el juego?
—Sí, fui mucha cabeza; recién ahora estoy reconectando con la niña más fresca e intuitiva y para eso la escuela es un laboratorio secreto, como el de los dibujitos animados.
Educación y comunicación distinta
—¿Cuándo tuviste claro hacia dónde enfocarte?
—Nunca, hasta hoy no lo tengo y espero no tenerlo (risas). Los momentos de mayor claridad son cuando reúno mis partes: jugar a la maestra, hacerme las preguntas de la facultad, cantar, contemplar, la Naturaleza, las palabras… Fui muy obediente y como me formaron para trabajar en los medios, lo hice, hasta que mi madre, quien se jubiló como maestra y profesora, me decía que probara con dar clases, por la seguridad, no le di bola hasta que lo hice en escuelas para adultos. Le encontré el gusto al igual que entendí que la comunicación podía ser distinta de lo que me enseñaron. En las materias que doy en la secundaria me alejo mucho de los medios y de la idea de cultura, para plantear qué me pasa a mí con mi propia cultura, y cómo me comunico conmigo y con los otros, aunque también cumplo con los programas. Me parece más útil.
—¿Te desencantaste de los medios?
—Sí, luego de que paso el tiempo de la seducción me pareció un embole, más allá de haber trabajado con distintas temáticas. Lo mixturaba con la escuela hasta que dejé los medios.
—¿Cuándo te reencontraste con lo lúdico, en términos pedagógicos?
—Cuando comencé a tener hijos: al nacer mi primera hija me quedé sin voz, no podía cantar, pasó el tiempo y hace diez años comencé nuevamente a tomar clases de canto, pero sentía dolor.
—¿Dolor asociado con?
—Con situaciones muy antiguas por un bisabuelo francés, cantante aficionado, que al comenzar la Primera Guerra Mundial lo eligieron para cantar a los jerarcas y se salvó por eso. Su mujer quedó embarazada, le llegó un telegrama, equivocado, de que había muerto, la alteró psicológicamente y luego volvió su esposo… Esta historia la he biodecodificado y constelado, ahora estoy con una fonoaudióloga que trabaja con ese trasfondo emocional y mejoré muchísimo.
—¿Qué sucede al jugar en el aula?
— En la tesis que hice para Ciencias Sociales, ESI, talleres de cuerpo en juego, volqué lo observado en cuanto a que cuando lo hacés, al igual que con la conversación, “se abre un portal” y el aula puede ser lo que quieras o lo que los pibes necesitan que sea.
—¿Por ejemplo?
—El lugar donde por fin un adulto mira a un niño por primera vez, un joven que nunca fue visto y se siente merecedor de la mirada y escucha de un adulto… con eso ya me jubilo, porque es muy fuerte.
VIH, sexualidad y autodescubrimiento
—¿Cuál fue tu primera aproximación a la temática sexualidad?
—Cuando tuve que hacer la tesis de Comunicación Social me hice preguntas sobre el VIH, me relacioné con pacientes, médicos y con la doctora Adriana Bevacqua, quien me invitó a un grupo de enfermos y fue maravilloso, por la generosidad de esa gente para hablar conmigo sobre sus sentimientos, dolores y aprendizajes.
—¿Qué descubriste?
—Aprendí de la sexualidad desde la enfermedad de esas personas que me abrieron su corazón. Gané una beca para ir a trabajarla en Valencia, donde me conecté con organizaciones de lesbianas y homosexuales varones, lo cual también fue una apertura muy importante al saber cómo vivían felizmente el erotismo, no obstante el VIH. Hoy pareciera que la enfermedad no existe pero está como una bomba de tiempo ya que los casos cada tanto aumentan.
—¿Cómo era tu sexualidad por entonces?
—Muy temerosa porque venía de un pueblo donde las chicas que se iniciaban eran mal vistas, más allá de que tuve novios. En la escuela de monjas no se hablaba de nada y había mucha censura.
—¿Qué fue lo que más te costó reelaborar?
—Si vamos a hablar de mi sexualidad… recién está empezando (risas), porque, por obediencia y estructura, conectar sexualidad con placer es un descubrimiento de los últimos años. A los gurises les digo que la sexualidad es un territorio de descubrimiento del placer, de autoconocimiento y de la comunicación conmigo mismo, algo que voy transitando con ellos, porque pareciera que el docente es el que sabe todo. Es un enseñaje, con roles diferentes, ya que el adulto acompaña, y también aprende. Ahora estoy conectando con la cuestión sagrada de la sexualidad.
—¿Cuándo retomaste la temática luego de aquella tesis?
—Me ofrecieron hacer una formación para trabajar como educadora sexual cuando Laura (Van Dembroucke) creó con María Celia (Alasino) el Programa de Educación Sexual Integral (Uader), lo cual fue maravilloso, comencé y no paré de formarme, como en Ludopedagogía, hacer talleres y escribir.
La conversación o la nada
—¿Por qué el juego está tan disociado de la escolarización formal en todos los niveles?
—Escucho a chicos de la primaria, secundaria y a mis hijos que cuando les preguntás qué hicieron en la escuela dicen “nada, estuvimos hablando, nada más”, o llegás a un aula de secundaria, preguntás qué hicieron con el profesor anterior y dicen “nada, estuvimos hablando” o “estuvimos jugando”. Para mí, la conversación y el juego son dos estrategias revolucionarias y transformadoras.
—¿Por qué la descoordinación?
—Tiene que ver con el ADN de la cultura occidental y cristiana: las dicotomías cuerpo-razón, cuerpo-alma, sexo-intelectualidad, la escuela dividida entre la hora de clase y el recreo… Pareciera que si aprendés es porque te vas del aula con una nueva información. En un sentido muy acotado, porque jugando también obtenés informaciones de otro orden: sobre vos mismo, sobre lo que te pasa en el encuentro con el otro, al tocar sus manos, abrazarlo… También hay dinámicas corporales que cuando los pibes logran conectarse son muy profundas y no sé si leyendo diez libros te llega esa información, que luego se puede intelectualizar.
—¿La primera experiencia que superó tus expectativas?
—Cuando estoy muy presente me pasa todo el tiempo. Recuerdo un ejercicio de teatro muy simple, con cinco personas alineadas que tenían que caminar a la par, buscando un ritmo común en conexión con los compañeros. Lo llevé a la escuela, los pibes se engancharon, hicimos un grupo que observaba y tomaba nota, y el otro hacía el ejercicio, y viceversa. Anotaron cuestiones como “fulano iba más rápido y los otros lo siguieron”, “fulano quería imponer el ritmo pero no le daban bolilla”… Le propuse pensarlo como una metáfora de una relación sexual y “explotó”, fue hermoso y comprendieron un montón de cosas, al igual que yo.
—¿Qué patrones dominantes y tóxicos emergen al trabajar con estas dinámicas en los talleres?
—Con respecto a la ESI, hay una parte que se le escapa a quienes la diseñaron en cuanto a que no es lo mismo que dar otra materia. Es un contenido con sus particularidades y primero tiene que pasar por mí, desmitificar, saber mis dolores y prejuicios vinculados con la sexualidad, qué entiendo por ésta, dónde la veo y dónde no, mi autoestima y miedos… Y luego este aprendizaje seguirlo con los pibes. Muchas veces los profes tienen resistencia a dar ESI porque no todo el mundo tiene ganas de ver sus propias vivencias. También veo en los pibes el fin de las inhibiciones y limitaciones, que están mutando en otra cosa, así que negarlas es una trampa. Los velos tienen que ver con el erotismo y la sensualidad, así que si no los hay, se termina la fantasía.
—¿Tenés algún espacio de difusión de contenidos?
—En El Diario y en El Litoral, y en Facebook e Instagram, Mariana Páez Y ESI talleres cuerpo en juego.
Niños y jóvenes con ESI y sin ESI: los unos y los otros
A la par que reconoce la relevancia histórica de la ley que estableció la Educación Sexual Integral, Páez cuestiona el desfinanciamiento oficial e incumplimiento de la legislación por parte de los establecimientos confesionales.
—¿Qué diferencias se observan en quienes acceden a la ESI y quienes no?
—Fue lo que hice en la tesis: es un abismo entre unos y otros. Quien la transita sabe que la sexualidad es parte biológica, cultural, espiritual, medios de comunicación, herencia familiar… mientras que el otro pibe no tiene ni idea, piensa que es algo con lo cual venimos y ve en Internet cómo encuentra información. Conviven dos imaginarios totalmente diferentes en el mismo tiempo e incluso lo observan los mismos pibes. ¿Qué pasa con los derechos? ¿Por qué el Estado no observa estos privilegios, para qué sirven las leyes?
—¿La influencia de lo confesional continúa siendo determinante?
—¡Por supuesto! Pero me sorprendió un chico de una escuela religiosa que me dijo que tenían ESI, lo cual me alegró, ya que la llaman “educación para el amor”.
—¿Qué “argumentan” para violar la ley?
—Todavía funciona el mito que dice que la educación sexual es responsabilidad de papá y mamá. Por lo general los padres tenemos las mejores intenciones, pero aun así la sexualidad es un territorio de la intimidad del niño y no siempre es bueno que estén los padres. Mi hijo no es mío, es de la vida, está bueno que en casa nos den unos lineamientos sobre el bien y el mal, pero no puedo ser invasiva sobre su esfera íntima si no me deja entrar. Aunque sí está bueno que lo haga quien se ha formado, para que no entre brutalmente y exclusivamente la pornografía de Internet y sea quien eduque a mi hijo.
—¿Qué dificultades hay para que sea una temática transversal en el sistema educativo?
—Por un lado, el Estado no cumple con la formación permanente a los docentes, establecida por ley. (Graciela) Morgade dice que “toda educación es sexual”, y ésa es la transversalidad, porque al aula voy con mi cuerpo, emocionalidad, prejuicios, dolores y deseos, o sea la sexualidad. Que no haya juego y conversación como lugares relevantes de aprendizaje también tiene que ver con esto. Larrosa dice que educación es entregar al niño o al joven algo que amás, más allá de los doctorados que tengás.
—¿Qué hitos marcás en lo social desde que comenzaste con la temática?
—Con las críticas que tengo hacia la ESI, es la noticia más revolucionaria y transformadora en la escuela pública en cien años, que se quedó a mitad de camino por falta de presupuesto y sueldos míseros de los trabajadores. Necesita crecer, capacitaciones, investigaciones y editar revistas. En la Uader la inversión quedó estancada.
