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Diálogo Abierto

"La educación prepara el terreno para ir saliendo de la pobreza"

Indigencia y niños alimentados con "comida invisible". El poder del acompañar. La alfabetización y todo lo que falta.

Jueves 31 de Octubre de 2019

Mabel Zandomeni siempre pudo elegir sus destinos laborales como docente, de ahí que su experiencia se desarrolló en contextos favorables para el aprendizaje y no comparte la opinión sobre un “desmoronamiento del sistema educativo”. Sin embargo, cuando llegó como voluntaria a barrio San Martín (El Volcadero), de la capital provincial, para desarrollar tareas de acompañamiento escolar, la realidad le golpeó en la cara, se encontró con niños que comen “comida imaginaria”, con las consiguientes dificultades para el aprendizaje, marcados por la violencia, la desintegración familiar y un futuro más que incierto, y otros tantos que todavía no saben leer pasados los 10 años.

Un mundo feliz sin televisión

—¿Dónde naciste?

—En Sauce Pinto, a unos 25 kilómetros de Paraná, cerca de San Benito.

—¿Cómo era en tu infancia?

—Vivía en la zona rural y éramos dos hermanas. La casa estaba rodeada de durazneros rosados, azares, paraísos, el jardín de mamá y espacios verdes, lo cual era nuestro mundo y me hacía muy feliz. No había televisión ni energía eléctrica, aunque teníamos radio. Estuve allí hasta los 13 años.

—¿Qué se veía al salir de tu casa?

—El horizonte, campo sembrado, algún animalito y la casa de mis vecinos.

—¿A qué distancia estaban?

—Unas tres cuadras, mis tíos, primos, con quienes jugábamos, y otros vecinos. Íbamos a caballo a la escuela en Sauce Pinto, donde también íbamos cuando había fiestas patronales, como la de la Mujer Campesina. Y veníamos a Paraná.

—¿Tus padres eran agricultores?

—Sí, mi mamá cosía pero para la familia.

—¿A qué jugabas?

—A las escondidas, la rayuela, armábamos carpas, que eran nuestras mansiones, a la maestra, y todo lo que fuera creatividad.

Modelos a seguir

—¿Sentías la docencia como vocación?

—Siempre dije que sería maestra jardinera pero no estudié porque era privado. La secundaria la hice en la Escuela Almafuerte y luego fui a la Escuela Normal a estudiar el profesorado de Psicología.

—¿Qué materias te gustaban?

—Era muy buena en Matemáticas y todos pensaban que elegiría esa orientación, pero me gustaba lo humanístico y por eso elegí el pedagógico. Literatura también me gustaba mucho.

—¿Qué imaginabas sobre el enseñar?

—Era el modelo sobre los docentes que tuve y fueron excelentes ya que siempre me dieron la oportunidad de aprender y no censurarnos. Imaginaba una relación agradable con los chicos y luego descubrí otras cosas.

—¿Y durante la carrera?

—Aprender con mis alumnos, aunque luego tuve que acentuar lo de los roles de cada uno, más allá de la relación de amistad.

—¿Tuviste algún formador importante?

—El profesor Gangli tenía una metodología que rompía estructuras y me sirvió mucho, porque aprendí a ser crítica. Nos permitía manifestar nuestras vivencias, más allá del estudio, lo cual me sirvió para mi trabajo en el aula.

—¿Desaprendizajes?

—Vivo desaprendiendo. Desaprendí lo de ser la buena alumna, una mochila pesada que tuve marcada desde primer grado, cuando no es lo que importa. A través de los errores se aprende. Cuando estoy con mis alumnos, insisto en que es un ida y vuelta, hacés un trabajo, me lo entregás y vemos juntos cómo se puede mejorar. Por eso he adherido al constructivismo.

—¿Leías?

—Sí, mucho, lo que había: me compraban libros de cuentos para Navidad y los cumpleaños, como Mujercitas, y también libros que llevaban los evangélicos y adventistas. Luego novelas, pero me faltaba tiempo para leer porque era buena alumna y además trabajaba.

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El creer y las oportunidades

—¿Alguno influyente?

—El patito feo, porque me quedó la sensación de que aunque los demás no crean o no vean una cualidad en vos, no importa. Incluso algo muy simple, como decir una poesía en público, pero sé que puedo. Desde niña lo mantuve.

—¿Te resultaba atractivo algo de Paraná?

—Una vez me quedé en la casa de mi tío pero no me resultó extraordinario, salvo que había más autos que en el pueblo. De adolescente, la vida social.

—¿Sufriste el contraste?

—No, porque siempre miro hacia adelante y me gustan los nuevos desafíos, aunque extrañaba a mis compañeras de la Escuela Almafuerte. Acá me gustó el grupo y las oportunidades de cosas que podía hacer. Cuando me entraba la nostalgia, escribía mi diario y cartas.

—¿Cuánto tiempo mantuviste ese diario?

—Desde los 12 a los 18 años.

—¿Lo mostrabas?

—Muy poco, a mi hermana porque éramos muy compinches; ahora se lo mostré a mi marido y mis hijos (risas).

—¿Cuál fue el primer destino laboral?

—En Hernandarias, en el Instituto Privado, cuarto y quinto año, cuando tenía 24 años, 18 horas. Éramos varias docentes de Paraná que nos quedábamos en una casa que nos alquilaban.

—¿Cómo comparás la situación pedagógica de por entonces y la de la actualidad?

—Nos daban libertad para trabajar y no sentí que fuera tradicionalista; podía hacer algunas cosas que para entonces eran “revolucionarias”, como sacar los chicos al patio, hacer técnicas grupales y creativas, cuando todos estaban sentados en el aula. Pero por lo general, por entonces el enfoque era tradicionalista y conductista, que era la formación docente. Donde había autoritarismo, no me quedaba y pude elegir. Nunca tuve trabas en ninguna institución, ya que cuando se habla con el rector y se le dan argumentos, se permite. Allí estuve ocho años pero viaje 16 años, y mientras tanto también trabajaba en Paraná, a media cuadra de acá (calle Celestino Marcó), en el Instituto Evangélico (Enrique Marconi) y en Aldea San Antonio, también muchos años. En la zona rural, tenía entre diez y catorce alumnos por curso, así que la relación es más directa y como si fuera una familia. En total eran 50 alumnos en la escuela.

—¿Qué cambios destacarías en el sistema mientras trabajaste?

—Cada vez que venía un cambio lo tomaba como una nueva oportunidad, no obstante que éramos críticos. Cuando el Congreso Pedagógico podías no estar de acuerdo con un montón de cosas pero era una innovación y teníamos la oportunidad de participar. Lo del polimodal no fue lo ideal pero en el momento trabajamos en los proyectos y pensábamos que nos estábamos preparando en lo específico para una carrera. Lamentablemente fue ensayo y error, pero se aprende. Lo que me encantó fue un proyecto provincial en el cual se trabajaba y planificaba en equipo, por áreas y ejes problemáticos. Luego no se dio pero tengo muy buenos recuerdos.

—¿Pensás que la escuela está colapsada?

—Hace cinco años que no doy clases. Se habla mucho de desmoronamiento pero yo no lo haría.

—¿No está desbordada en cuanto a la realidad que tiene que enfrentar?

—No donde yo trabajé. Lo que escuchaba era que con el problema social tenían que ocuparse de la contención de ciertas necesidades. Hubo momentos de crisis entre 2001 y 2002, y fue difícil para todos. Pero no puedo decir desmoronar, sino lucharla ya que los docentes no bajamos los brazos, estamos al pie del cañón y se responde como se puede.

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Una realidad desconocida

—Convengamos que nunca trabajaste en instituciones de zonas marginales.

—Ahora lo elegí. En 2017 nos convocamos para hacer acompañamiento escolar y fue una realidad que no conocía.

—¿Fue la primera aproximación a la indigencia?

—Nunca había ido al barrio pero tenía ganas de ayudar y enseñar cuando me jubilé. La educación es lo que abre puertas, lo pude hacer y no sé si todos tienen la misma oportunidad. Es un equipo y no importa lo que pase, porque si llegás y te ponés llorar, como ha pasado, no ayudás. Ni siquiera vamos como docentes, estamos, acompañamos y compartimos la merienda con los chicos.

—¿Habías hecho actividad solidaria?

—No en una organización como Suma de Voluntades. Salvo una vez que fuimos con la escuela evangelista a un barrio a hacer actividades y Ana (Anabella Albornoz), una genia, nos contó sobre sus proyectos, la escuché, me pareció fantástico, me pregunté qué podía hacer yo, ya que hablaban sobre alfabetización de adultos, y me anoté. Me parecía hermoso que hubiera mamás que cuando terminaban su trabajo en el basural, las que habían aprendido a leer se sentaban a leer un cuento. Finalmente también convocaron para acompañamiento a los niños y me gustó.

—¿Cómo fue el primer día en el barrio?

—Fue en 2017, en barrio San Martín, donde me asombró lo gris y la falta de colores. Éramos tres, Mariana Polito, mi hija y yo, nos acompañó una voluntaria, nos dijo que teníamos que salir a buscar a los nenes y se fue. Era un día gris, con lluvia, barro, llegó un nene chiquito, descalzo, dijo “seño, seño, soy un fantasma y aprendí a hacer el té”. Lo hizo con agua fría (risas), le dijimos que teníamos que buscar a los chiquitos y fuimos con él, casa por casa.

—¿El impacto al ver esos hogares?

—Casas de chapa y cartón, donde no la pasan muy bien. Pero me sorprendió la amabilidad y confianza de la gente, siendo que no me conocían y nos entregaban los nenes para que fueran a hacer las tareas con nosotros. Se puede salir de la pobreza pero no solos, hay una responsabilidad de la sociedad y el Estado, y con la educación preparamos el terreno. Necesitamos muchos voluntarios con ganas de ayudar, como puede ser leer un cuento.

—¿Seguiste en contacto con aquel primer niño?

—No sabía leer, ahora tiene siete años y medio, y recién está aprendiendo. Pero “leía” los cuentos y era fruto de su imaginación. En ese momento se conectan con otra cosa, por fuera de sus tremendas realidades, no se lo olvidan más, es algo positivo como recurso interno, que no se lo quita nadie, y hasta le puede cambiar la vida. Es más el cariño que nos brindan ellos, que el que damos, porque aman a “la seño”.

—¿Por dónde comenzaste y a qué acudiste para adaptarte a ese contexto?

—No te puedo decir una cosa. Llegué, se sentaron, abrieron el cuadernito y no tenés tiempo de pensar. Hacés lo que podés. Me tuve que sacar la idea de “aula”, lo cual me costó, porque se parece a cuando estás en tu casa con tus hijos, vienen los amiguitos y les ayudás a hacer la tarea. Otra idea que tenía era que sobre determinadas no se podía hablar porque no es su realidad, como lo de “irse al mar de vacaciones”. Alguien me dijo que podía hablarles de todo porque tienen derecho a saberlo, entenderlo y tal vez algún día puedan ir al mar.

—Lógico, qué derecho tiene uno para limitar la imaginación.

—Claro, pero sentía que podía herirlos. Hay una chica, Elin Rodríguez, que nos da un taller de narradores. Yo había elegido para los chicos un cuento llamado Ventanas, pero dudaba porque los chicos casi no tienen ventanas en sus casas de chapa y cartón. Entonces Elin me dijo que no los limitara. Ahora elijo cualquier cuento que les permita soñar otras realidades, lo cual es fantástico e invalorable. Una vez, una voluntaria me contó que una mamá a la noche les hacía comer “comida invisible” a los nenes, que yo conocía, porque no tenían qué comer. Ese día me vine llorando. De todos modos, se ayuda, pero nada alcanza.

—¿Una situación conmovedora en cuanto a tu rol como docente?

—Varias, que me hicieron dudar sobre lo que estaba haciendo allí. A veces no saben, les cuesta y se enojan con quien tienen al lado, tiran o rompen algo, porque escriben al revés, a los diez o doce años, o no pueden aprender las tablas. Conmigo no se enojan tanto porque soy “la seño”, aunque igualmente hay que manejarlo y a veces se sale de control. No es fácil. Hay niños que no van a acompañamiento escolar y quieren llamar la atención, y lo hacen no de la mejor manera, así que tiran con la gomera… Una vez, los nenes que estaban afuera y no van, me rayaron el auto y casi dejo. Pero no fue un rayón por bronca.

—¿Un caso que destaqués como motivador o de resiliencia?

—Varios, pero que tienen algo en común. Hay chicos a quienes no les devuelven el “vos podés”, cuando sólo basta con darles la oportunidad y creer en ellos. Algunos están “marcados” porque no aprenden o son rebeldes, pero he tenido la intuición de que lo pueden hacer y les doy el lugar frente a los demás. Cuando alguien cree en ellos, es fantástico.

Acciones sistemáticas y nutrición

—¿Qué denominador común detectás en cuanto a lo estrictamente pedagógico?

—Están en aulas de 40 chicos y las maestras no pueden hacer un seguimiento personalizado. Hay nenes que con ayuda como la nuestra, pueden encaminarse hacia aprender a leer y escribir, pero hay varios que tienen diez u once años y no lo saben hacer. Hacemos lo que podemos, pero no tenemos un sistema o método, y muchas veces están desanimados y tienen vergüenza.

—¿Qué factores son determinantes?

—Si no estás bien alimentado, el cerebro no se desarrolla y llevás las de perder, más allá de que podés aprender y hacer un montón de cosas, pero hay otras que les cuesta mucho más. Los más grandes dejan de creer en que pueden y abandonan la escuela o nuestra asistencia. Duele un montón.

—¿Se puede subsanar esa situación?

—Es una falta desde nuestro lado, no hemos podido. Siempre estamos a tiempo pero no hemos encontrado la forma. Nos hemos organizado pero falta mucho más. Si las mamás han estado en alfabetización y aprendieron a leer y escribir, por qué no un chico de 14 años. Siempre se puede y no creo que estén perdidos. Incluso hay un papá, que ahora está preso, pero había comenzado a estudiar, y aprender a leer y escribir, y me dijo que era para poder enseñarle a su hijo. Eso es muy valioso y hay muchas mamás que van a alfabetización y a escuelas, lo cual para los chicos es muy importante por la motivación y marca un camino.

“Los programas son limosnas; hay que tomarlos en serio”

Zandomeni marca la década de 1990 como un punto de agravamiento en materia de deterioro social, proceso que se ha mantenido sin solución de continuidad y que hoy muestra aristas lacerantes para la condición humana. “Hay que ayudarlos a ayudarse, sin hacer asistencialismo, lo cual es un proceso”, destaca.

—¿Cuántas generaciones hace que estas familias comenzaron a caer al nivel actual de pobreza e indigencia?

—Se acentuó mucho en la década de 1990, por relevamientos sobre población que han hecho compañeras mías. Igualmente venía de antes. Hay épocas en que la gente se quedó sin trabajo. Yo lo viví en la zona rural y observé mucha migración del campo hacia la ciudad, porque no veían futuro allí. Por eso uno de los objetivos de las escuelas secundarias rurales era retener a los jóvenes en la zona. Ese proceso continuó. Hay casos de dos o tres generaciones que no saben leer. En general, los padres, por alguna razón, valoran la educación, al igual que los nenes.

—¿Cuál es el factor socio cultural que obtura la posibilidad de desarrollo en estos contextos?

—Varios: a veces se piensa que por provenir de estos sectores, no pueden. También está naturalizada la violencia como forma de educar por parte de los padres. Y el no tener fe en ellos mismos.

—¿Cómo funcionan los distintos programas sociales?

—No llegan… no sé… Si yo que voy ahí no lo veo, es porque es muy poco. Algunos hacen un poco más que otros, son limosnas, pero hay que tomarlo en serio, sino esta realidad sería de otra forma. Sin hacer asistencialismo, ayudarlos a ayudarse, lo cual es un proceso. Suma y otras organizaciones sociales están trabajando en varios proyectos, y es lo que más se nota.

—¿Cuál debiera ser la prioridad?

—Todo, porque si no comen, no aprenden. Es básico. Y la vivienda. Hay cooperativas en las cuales las mamás aprendieron a hacer pan y otros productos, pero eso debiera extenderse mucho más, enseñando profesiones y oficios, como en el caso de los cartoneros, que los están organizando. Desde el Estado se necesita más presencia porque las organizaciones trabajan a pulmón.

—¿Qué aprendiste?

—A no juzgar. Es fácil hablar cuando no estás en esa realidad.

—¿Qué días trabajan en el barrio?

—Con acompañamiento escolar, los lunes, miércoles y viernes, en el salón comunitario. Quien quiera sumarse, esos días salimos desde la sede de calle Libertad 272 hacia los barrios.

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