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Diálogo Abierto

Julio Blanco: Una vida viendo y registrando la realidad a través del visor

El revelado y el cuarto oscuro que provocaban "la magia". La cámara, una amante incondicional a toda hora. Los gajes del oficio en la palabra de Julio Blanco.

Sábado 12 de Septiembre de 2020

Conozco al entrevistado desde 1986, compartí varios años de trabajo y me resulta muy difícil recordarlo en alguna circunstancia sin su cámara, una especie de prótesis que dominó con una rapidez digna de un vaquero del Lejano Oeste y con el visor siempre puesto en el momento oportuno. Cubriendo un hecho noticioso casi no hacía falta pedirle nada, porque su mirada vibraba al unísono de la del periodista, con el plus de que en algún momento de la jornada laboral pasaba por la Redacción y dejaba una media docena de fotos, resultado de su propio andar, que por sí mismas tenían valor periodístico para una nota. Algunas vivencias de Julio Blanco, un ex gran reportero gráfico.

Un padre ingenioso

—¿Dónde naciste?

—En la Clínica Modelo, en 1950, pero mi mamá y mi papá vivían en Lucas González, de donde era un desastre llegar hasta acá. Así que estuvimos en lo de la familia Lorenzón, de calle Santiago del Estero, quienes eran muy amigos de mi abuela.

—¿Hasta qué edad viviste en tu pueblo?

—Hasta 1958; allí era amigo de Mario Negri.

—¿Cómo era el lugar?

—La casa la hizo mi papá, en una esquina, no muy grande pero tenía 600 metros de terreno. Hay plazas de cuatro manzanas y vivíamos frente a una de ellas. Vivía andando en bicicleta.

—¿A qué más jugabas?

—Aventuras, a la bolita, las figuritas y algo de fútbol, de dos, porque era gordito.

—¿Lugares de referencia?

—Ir a la casa de mi abuelo Benjamín, un negocio de ramos generales donde trabajaba mi papá.

—¿Cuál era su oficio?

—Radiotécnico pero hacía de todo porque era muy ingenioso. Se dio cuenta de que la gente no tenía nada, entonces hizo generadores, una dínamo con una pala grande, para cargar baterías. Iba al campo, les vendía el cargador, la batería y la radio; luego anexó cocinas y heladeras a querosén, y se fue agrandando, hasta que conoció a la vieja Siam y le dieron la concesión, desde Lucas González para Paraná, porque acá había un viejo medio naboleti.

—¿Tu mamá?

—Ama de casa. Mi abuelo materno tenía un campito a una legua de Lucas y lo más lindo era ir en su carro ruso o en sulky.

—¿Sentías relación con el campo?

—Era urbano por ser del pueblo pero tenía un gran afecto por el campo y lo vivía intensamente. A mi viejo le dieron tractores para vender, fuimos a probarlo, mi abuelo no tenía y mi viejo le aró el campo en dos horas, siendo que lo único que sabía era dónde estaba el volante.

—¿Qué deseabas ser?

—No tenía ningún futuro pensado. Esto (señala la cámara) se dio por accidente.

—¿Te gustaba leer?

—No, nunca.

—¿Vinieron a Paraná por el negocio de tu papá?

—Cuando yo comencé 2° grado. Mi papá puso una concesionaria, nacen los Di Tella y se pone a vender. Todo lo que hacía era con éxito. Compró un jeep y aprendí a manejar a los 8 años, con un tío que era médico, director del (hospital) San Martín y quien visitaba los pacientes. Con mi primo manejábamos juntos, porque no llegábamos a los pedales o al volante.

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Julio Blanco: Una vida viendo y registrando la realidad a través del visor

Julio Blanco: Una vida viendo y registrando la realidad a través del visor

Un auto y un motor

—¿Por eso la pasión por el automovilismo?

—Sí.

—¿En qué época corriste?

—En 1973 cuando ya estaba en El Diario. En esa época había tenido un accidente y salí de perdedor porque el abogado, con intenciones raras, me mandó de cabeza.

—¿Pensabas en una carrera deportiva?

—No, nada que ver. Me gustaban los autos y me la rebusco manejando. Con el primer sueldo que pude manotear pagué la deuda del juicio y gracias al viejo Federik tuve facilidades para hacerlo. Junté unos manguitos, compré un auto para andar, un día lo dejé frente a El Diario, fuimos con el director a Concordia y cuando volví los vagos me dicen “conseguimos un motor para hacerlo de carrera”. Armamos la Asociación de Pilotos de Turismo pero después se degeneró en “las cuatro horas”, “las seis horas”…

Las cámaras y la amistad

—¿Cómo fue el ingreso a El Diario?

—Nunca lo pensé; era amigo de la familia por el lado de Arturito (Etchevehere), aunque no lo trataba, pero sí a la esposa porque vivíamos a la vuelta. Fue cuando se mató (Nicolás) Cicchitti, en 1971, aunque ya había comenzado a hacer fotos con un amigo, Roberto Peyrou, quien una vez me invitó a la casa a revelar, me mostró un libro de 500 páginas y aprendí cómo era lo de los componentes (para revelado).

—¿Tenías algún antecedente?

—Uno de los concesionarios de mi viejo era de La Paz, un exaviador de la Luftwaffe, quien tenía una cámara Agfa. Veía que con eso no se podía hacer nada, entonces me compré una Miranda, con una linda óptica. Lo conocí al Flaco (Augusto) Larrea, quien también tenía una, y nos hicimos amigos. Uno establecía relación a partir de que alguien tenía una máquina.

—¿El Flaco te motivó a dedicarte profesionalmente?

—Yo trabajaba en el negocio de mi viejo, en un entrepiso que daba a lo Santini (Mundo Fotográfico) así que veía todo y conversaba, me hice amigo, fui al laboratorio, vieron que sabía revelar y comencé a hacer fotos, de laboratorio, a diestra y siniestra, e interiorizarme más sobre lo técnico, a través de revistas. Era todo manual.

—¿Las primeras cuestiones claves que entendiste?

—Revelar y que si sacabas mal, no había cómo arreglarlo. El tema era la exposición porque había que medir la luz y las películas no tenían la latitud de ahora, así que no te “perdonaban” nada.

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Ganas y limitaciones

—¿Qué tomas hacías?

—Al aire libre, cosas que pasaban y autos de carrera, años 1968 y 1969. Saqué unas a un amigo que corría, quien tenía un amigo que trabajaba con Manuel Arrías en El Diario. Le pasó las fotos y le dijo “haceme otras”, así que comencé a seguir automovilismo por la provincia, luego comencé a cubrir las temporadas internacionales en Buenos Aires, donde me encontré con grandes fotógrafos que me dijeron que con mi cámara no iba a hacer nada y que tenía que tener una Nikon, volví y me compré esta, usada (la señala), a un amigo. Empecé a hacer mejores fotos y colaboré con muchas revistas de automovilismo y para Vosotras.

—¿Cuáles eran las posibilidades técnicas?

—Lo único que tenía era esta cámara y sin un flash como la gente, así que todo era con luz ambiente y hacer las cosas bien, como lo hacía Cartier Bresson. Saqué miles de fotos, entré a El Diario cuando murió Cicchitti, junto con el Flaco Larrea, de quien era el ayudante, y armé el laboratorio, aunque teníamos otro afuera que le llamábamos Penumbra, porque nunca lo pudimos oscurecer del todo (risas).

—¿Cuándo te diste cuenta de las condiciones que tenías para el oficio?

—Con mi familia vivíamos re bien, se enfermó mi viejo, perdimos el negocio y tenía que vivir de algo. Podría haber seguido vendiendo pero era una negación. Me gustó y El Diario me dio la posibilidad, aunque antes trabajé en Expansión.

—¿Cambios tecnológicos de aquella época?

—Me mandaron a Buenos Aires a hacer cursos en Kodak y estuve en grandes talleres de offset.

—¿Cuándo entendiste la diferencia entre fotógrafo y reportero gráfico?

—Ni bien entré a Expansión. Quería hacer más, pero no se podía por las limitaciones técnicas. Varias veces me echaron de la cancha por meterme adentro (risas), porque tenía un (lente de) 35 mm.

—¿Cómo se articulaba el trabajo con la Redacción?

—Estaban acostumbrados a hacer clichés, así que el intercambio con los periodistas era poco y la fotografía era muy secundaria en los diarios, hasta que uno fue creando la necesidad. Había pocos periodistas y hacían de todo, como don Carlos Lerena y Jorge Campos, una maravilla, (Rubén) el Flaco Franchini. Fui corrector y encontraba errores porque era joven y veía más que ellos (risas), aunque siempre estaba con la cámara al lado. El primer día que estaba corrigiendo entró don Arturo Etchevehere y dijo “cada vez sale peor corregido” (risas). (Moisés) Jarupkin, quien era corrector, fue la persona más maravillosa que encontré, con un conocimiento extraordinario del idioma, aunque era polaco. Como reporteros trabajábamos muy independientes, encontrábamos lo que parecía que podía ser una nota, llegábamos a la Redacción con la foto hecha y contábamos la historia de lo visto, sobre lo cual escribían. En los juicios siempre me quedaba porque había cosas interesantes y a veces discutíamos con el cronista. Totalmente distinto a lo de hoy, que te piden algo.

—¿Fuiste corrector y no te gustaba leer?

—No me gustaba sentarme a leer pero no tenía alternativa. Era fácil porque había linotipistas que escribían muy bien y corregían, y los errores eran porque la máquina fallaba.

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—¿Fotos que te dieron mucho placer?

—Nos compramos un 200-500 mm, de siete kilos (risas) y yo hacía las fotos para (Martín) Bustamente, que relataba carreras. Saqué una y se publicó a ocho columnas, de un auto doblando con una rueda, deformada, en primer plano. Yo estaba del lado que no se puede estar, pero la tomé con el 500. ¡Me llenó de gozo! Hice una de Ronnie Peterson, que la amplié a casi cuatro metros. ¡Una maravilla, impecable! Otra, la de un Fitito “volando”, invertido. Una tanqueta en calle Carbó, y justo una madre con su nenito cruzando la calle. En el teatro, a Los Plateros, y a Julio Bocca. Hay que encontrar el momento justo, es solo una foto, que hay que esperar. Y para eso hay que estar todo el día.

—¿Una guardia larga?

—La del 24 de marzo (de 1976). Nos llamaron de Buenos Aires y dijeron que a la noche era el golpe. Hicimos una edición para el interior, recibíamos la información por teletipo, Jorge Campos me dice “¿acá no hay nada?”, bajo una cortina que daba a la calle y del otro lado me ponen un FAL en la frente, y le digo “están acá”. Al rato comenzaron a sentirse algunos tiros.

—¿Entraron?

—Nunca; estaban en la calle. Al otro día hubo conferencia de prensa, temprano.

—¿Alguien molesto por alguna toma?

—Un invierno hice una foto de un hombre en la plaza y cada vez que hacía frío la publicaban. Un día me encuentra y me dice “te voy a matar, soy el que sale en el diario”. Encima, de pie de foto escribían cualquier cosa (risas). Cuando (lo de) la (Resolución) 125 todos preguntaban dónde estaba Urribarri, entro a la casa de gobierno y pregunto en broma en la guardia “¿dónde está Urribarri?” y me dicen “está acá, ¿querés hablar con él?”. Les dije “bueno”, fui e hice un par de fotos.

—¿Situaciones peligrosas?

—Durante el Proceso. Decidimos hacer rollos cortitos de dos o tres fotos, entonces yo se lo daba al Flaco o él me lo daba a mí, nos íbamos y hacíamos las copias. Un día teníamos fotos de reuniones, iba en colectivo y un tipo me dice “quiero las fotos”. Le dije que no tenía nada que ver y que fuera a El Diario. Entonces decidimos que al hacer el negativo para fotomecánica lo sacábamos de foco para que no se distinguieran los rostros.

Photoshop y la pelota

—¿Cuáles fueron los principales hitos tecnológicos mientras trabajaste?

—El más importante, para mí, fueron los celulares (risas) porque lo más grave en un medio es la falta de comunicación, aunque teníamos handy y antes buscapersonas.

—¿Y en cuanto a lo específico?

—Comencé con la Nikon pero también hacía otras cosas como sensibilizar y revelar vidrio, fuimos probando y haciendo reveladores. Conseguir una óptica era una conquista tremenda, porque no había. Las máquinas eran propias y recién cambió todo, en El Diario, en 1994, con la Convención Constituyente, cuando nos pagaron lo que correspondía y nos dieron todos los elementos. Hubo una época en que comprábamos el papel y cobrábamos por foto, ¡una locura! Otro problema era que nos querían hacer archivar, pero yo no quería, porque hay una función específica que es la de archivero. Por eso El Diario no tiene un archivo, otra locura, está todo tirado…

—Vuelvo a las cámaras.

—Con las porquerías que había, unas Agfa, sólo hacías seis u ocho fotos porque, además, te quedabas sin pilas. Y tenían un retardo de más de un segundo. Para hacer foto estática estaban bien, pero deportes (risas)… aunque lo logramos. Luego compraron equipos nuevos y mejoró mucho. Cuando aparecieron los escáneres de negativos revelábamos y hacíamos cualquier cosa, así que manejábamos “el Photoshop” 10 años antes de que se popularizara (risas). Cuando vinieron las cámaras actuales se solucionó todo y cualquiera saca fotos (risas).

—¿Qué te significó el paso de lo analógico a lo digital?

—Antes, si no encontrabas la pelota, no había foto, mientras que ahora se puede acomodar. Una noche fuimos con el Flaco a Patronato, sacamos, fuimos a revelar y la pelota no estaba. “Pusimos” una, en la oscuridad del laboratorio, y al otro día cuando vemos el diario, había dos pelotas (risas).

—¿Una aparición “mágica” al revelar?

—Ovnis. En Claromecó me metí al mar para hacer una foto, saqué hacia la costa y no vi nada raro. Cuando revelo una, encuentro tres marquitas, en otro plano, que no supe lo que eran, y en la foto siguiente ya no estaban.

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—¿Algo que no entregaste para publicar?

—En algunos accidentes, como el de un camión tanque que pisó a un hombre mayor. Levanté la máquina, vi cuando lo pisaba y el camión siguió. No quedó nada. Cuando lo de (Alfredo) Yabrán no nos dejaron entrar, vine a revelar a Colorama y justo llega la cana con los rollos para revelar, me las ofrecen pero no las acepté. Me impresionó cómo le había quedado la cara.

—¿Recomendaciones para quienes comienzan?

—La única premisa es “gastar rollos”, comprar varias tarjetas, sacar todo el día y encontrar justo el momento. Es un instante, lo mismo para un casamiento, un desfile…

—¿Hacés una foto si te la piden?

—No, no hago más.

Sergio Urribarri y el día que murió “El Diario”

El exreportero gráfico trabajó en El Diario durante 47 años, desde la época de la férrea dirección de don Arturo Etchevehere hasta la cooptación y destrucción en tiempos del exgobernador Sergio Urribarri. Blanco revela detalles de esta última etapa.

—¿Cómo viviste la cooptación y destrucción de El Diario?

—El Diario nació como un órgano de expresión del partido radical, hasta que don Arturo tomó el comando, se defendía al radicalismo pero había absoluta libertad y nadie te decía “eso no”, salvo por algunas locuras personales. Romper eso fue el grave error. Cuando se adueñó gente del gobierno no dejaban publicar nada. Le pedí a quien estaba de director que hablara con el gobernador (Sergio Urribarri) porque “nos íbamos a fundir y morir”, al desconocer la realidad y por el descrédito de la gente. A los dos días me dijo “no quiere, porque le costó mucho llegar acá”. Ahí murió El Diario.

—¿Lo más indignante?

—Eso; hicieron cosas insólitas. ¡Y la venta! Que fue un sainete. Antes de que hubiera problemas económicos lo reventó un administrador. Llamaron a una consultora, dijo que había que hacer unidades de negocio, “la que anda, anda, y la que no, se cierra”. En ese momento El Diario no pasaba por una situación excepcional pero se manejaba “a lo bolichero”, porque había mucha plata en la caja, en dólares, lo cual hacía que tuviera solvencia. Vino ese administrador e hizo un desastre porque sacó esa plata, dijo “esto es de ustedes”, a los seis meses no quedaba nada y nadie quiso volver a poner. Comenzaron a pedir plata y… cuando pedís es un ancla que se va al fondo. Todo fue intencional. En 2017 me salió la jubilación, quería seguir pero nadie empujaba y todo era problemas. Así que colgué la cámara y no la usé más.

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