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Descubriendo Entre Ríos

Jubileo del tekohá: la grieta sanadora y la reciprocidad

La mutua cooperación como principio compatible con un retorno del ser humano a la armonía en la Pachamama

Lunes 26 de Agosto de 2019

Evaluamos la posibilidad de una vuelta de la mirada, y también del cuerpo, a la tierra, con fundamentos en nuestra propia cultura. Y empezamos con una metáfora muy sugerente, que nos regalan los suelos entrerrianos, arcillosos en su mayor parte. Los llaman “vertisoles”, es decir, invertidos, revueltos, constituidos por granos finos con predominio de montmorillonita. El agua los expande y con la seca responden a la manera de un jabón: se rajan. En esas crisis que provoca la seca ocurre un fenómeno pleno de mensajes para la vida: las profundas grietas del suelo dejan que las capas superiores caigan en pequeños abismos. El viento y las pezuñas acompañan esa mezcla. Cuando todo el sistema se humecta con las lluvias, vuelve a hincharse pero la masa ya no es la misma: lo de arriba está abajo; lo de abajo, arriba. Hay en el suelo de los panzaverdes una suerte de jubileo que se repite, dictado en el libro de la naturaleza.

Esa plasticidad que pudieron aprovechar por siglos los alfareros orilleros, hoy nos sugiere otras respuestas para modelarnos. Las arcillas se baten, y resulta que los que estaban últimos pueden ser los primeros (si queremos ver la alegoría). Nada como los suelos vérticos, la greda negra, para convencernos de la vida propia de la tierra. Los expertos dicen “capa activa”.

Vertisol tiene origen en voces latinas y significa “con fuerte tendencia a girar”, a darse vuelta (vertere), a revolverse.

Grieta= cielo

Las definiciones de grieta, hendija, se refieren a un sólido afectado por un corte. Para las academias, y también para los hablantes, la grieta es una hendidura, una raja. Aquí proponemos mirar la grieta como una recuperación del cielo. Estamos ante lo permanente que vuelve a manifestarse ante la fragilidad de lo que parecía sólido.

Somos una región sedimentaria, un plato colmado de polvos. Hallamos vestigios del antiguo mundo marino del mar Entrerriense a veces al ras del piso (en Paraná, por caso, miremos las barranquitas en la costanera alta y hacia el túnel subfluvial); a veces los restos de ostras están a cuatro metros de profundidad y en algunas zonas a mayor hondura, a decenas de metros. Pero digamos esto: las arcillas, las arenas, fueron ocupando lo que para un argyrosaurus (lagarto de plata) de hace 100 millones de años era el cielo. Entonces cabe preguntarse si en las grietas no recupera el cielo su lugar.

Grietas: lo que a primera vista se diría transitorio y efímero puede ser lo que está y queda; puede ser un lugar.

Mundo económico

Decíamos de entrada “jubileo”. Y viene al caso, porque en el jubileo que conocemos a través de libros antiguos la tierra descansa, y en el caso del suelo entrerriano saca al sol lo que parecía sepultado. En el espíritu del jubileo las cosas recuperan su lugar. Allí una ley superior le pone peros a la propiedad absoluta. Así, el que ha quedado sumergido puede respirar, y la promesa misma nos despierta a todos una sonrisa.

Lo que estamos señalando entra de lleno en el mundo de la economía. Más adelante veremos, con el autor Sebastián Castiñeira, que la economía “no debe ser reducida, como de hecho suele suceder, a un problema de cosas o de bienes materiales”. Lo dice al analizar el don y la reciprocidad en nuestros pueblos antiguos y vigentes, con referencias a estudiosos como Rodolfo Kusch y Bartomeu Melià, conocedores de tradiciones del altiplano y la selva.

Dice Antonio Ruiz de Montoya, en su estudio de hace cuatro siglos: “teko: ser; estado de vida; condición; estar; costumbre; ley; hábito; che reko mi ser; mi vida, condición”.

Interpretan Bartomeu Melià y Dominique Temple: “tekohá es el lugar donde se dan las condiciones de posibilidad del modo de ser guaraní. La tierra, concebida como tekohá, es ante todo un espacio sociopolítico”. Y agregan un comentario de Melià esclarecedor: “tekohá significa y produce al mismo tiempo relaciones económicas, relaciones sociales y organización político religiosa esenciales para la vida guaraní… sin tekohá no hay tekó”. (Ellos escriben tekohá y tekó sin tilde).

En retirada

Desde hace casi un siglo, las mujeres y los hombres de Entre Ríos sufren el desarraigo y el destierro. Puede comprobarse fácil en los censos, y a campo con los pueblos fantasmas y las taperas. En paralelo, los hijos del territorio son sometidos a un distanciamiento. Hemos constatado en reiteradas pruebas a campo que estudiantes de los últimos años del secundario e incluso docentes ignoran datos sobre las aves, los mamíferos, los árboles, las corrientes migratorias, los alimentos, los pueblos antiguos, las artes de su propia región; y es común que, en una provincia con 41.000 kilómetros de ríos y arroyos, solo uno de cada 10 jóvenes sepa nadar, por caso.

Los desterrados pasaron de las zonas campesinas a las urbes, y no pocos cruzaron los límites de la provincia. Ello fue provocando poco a poco el debilitamiento de las culturas campesinas, por achicamiento poblacional y pérdida de oficios y vínculos; y a la vez el debilitamiento de los barrios, donde los emigrados no pueden desenvolver sus conocimientos heredados y se ven expuestos al amontonamiento, con las familias en riesgo de contraer enfermedades potenciadas mutuamente (problemas de nutrición, de acceso a servicios, de expectativas laborales, precarización, discriminación negativa, violencia, adicciones, ausencia de vínculos comunitarios estables, falta de condiciones adecuadas en los edificios, etc.).

Existen departamentos como Tala y Nogoyá que en décadas han tenido crecimiento demográfico cero. Entre las provincias con mayor número de pobladores en el país, Entre Ríos pasó de tercera a octava. Hubo lapsos en que nuestra provincia se estancó en su demografía mientas provincias vecinas crecían el 30%. En proporción, Entre Ríos tenía el 5% de la población del país hace siete décadas y hoy el 3%.

Si la cantidad es importante, qué decir de las culturas afectadas por el éxodo, es decir, de la condición o idiosincrasia de cada comunidad. Si la sociedad campesina y la sociedad urbana pueden considerarse opuestos complementarios, la ruptura de la sociedad campesina produjo un desequilibrio, una pérdida de dimensiones inconmensurables, y una pérdida de vínculos con el entorno. Y el daño se multiplica cuando vemos las condiciones de vida de millones en las villas miserias y otros barrios no necesariamente indigentes pero sí apretujados, con reducidas o nulas posibilidades de producción de alimentos sanos y cercanos, y de recreación.

Las dos sociedades están heridas, lo cual involucra una tercera pérdida: la destrucción del equilibrio entre opuestos complementarios, de ese círculo virtuoso que entró en cortocircuito.

Visión comunitaria

Los principios de vivir bien y bello o buen vivir: armonía en el paisaje, complementariedad, comunidad, reciprocidad, que comparten las culturas antiguas y vigentes del continente (que resumimos en los conceptos sumak kawsay, suma qamaña, yanantin en el altiplano; ñanderekó, tekó porá, tekohá, jopói en el litoral; küme felen, küme mongen en el sur); esos principios se corresponden con la mujer y el hombre viviendo en comunidad en relación con el resto de la naturaleza, y no con la extirpación de la sociedad humana y su alejamiento del paisaje y de los alimentos. De ahí que, a las enfermedades a la vista, fermentadas a fuerza de aglomeración, hay que agregar una pérdida de relación del ser humano con sus compañeros de espacio y con el conjunto, en una descomposición de las relaciones.

Una primera observación de la Encuesta del vivir bien y bello y buen convivir, realizada por organizaciones sociales de Entre Ríos durante 2018, nos permite constatar la paulatina pérdida de sintonía entre las familias y los alimentos, con numerosos testimonios coincidentes. Hemos estado en un barrio donde, entre 27 consultados, nadie tiene una gallina o una huerta, por caso, y no es un secreto que muchos de los que hoy ignoramos el cultivo de frutas o verduras tenemos sí abuelas y abuelos chacareros, cuyos conocimientos se desvanecieron en pocas décadas.

En el ensayo titulado “Segunda libertad de vientres” alertamos sobre el racismo por desarraigo y hacinamiento que subyace en muchas villas afectadas por la indigencia. Principalmente en Entre Ríos, por el contraste con vastas zonas despobladas dentro del territorio. Y señalamos la necesidad de remediar ese mal desde la niñez. A esa vía destinada a la atención del sector más vulnerable entre las víctimas inocentes del sistema (la libertad de vientres para evitar la incorporación de nuevas camadas de hacinados, y para generar expectativas de emancipación en todos), estamos añadiendo aquí otro camino paralelo: el jubileo del tekohá.

Visualizamos un quiebre del sistema con un jubileo, medida extraordinaria para dar otra oportunidad a la biodiversidad, y en ella a las familias. Nos focalizamos para ello en la relación del ser humano con la Pachamama (madre tierra en equilibrio); con el suelo, el resto de la naturaleza, las alternativas de trabajo en grupos y producción de alimentos; recuperando tradiciones comunitarias, símbolos, conocimientos y modos que el sistema menospreció por siglos.

En nuestra región confluyen actitudes para la vida comunitaria y la armonía en el ambiente, lecturas en torno del jubileo, y una corriente de medidas políticas clave sobre la tenencia y el uso de la tierra: en la historia reciente, Tomás de Rocamora advirtió hace más de 230 años que si combatíamos al latifundio para dar lugar el pobre vecino, Entre Ríos sería “la mejor provincia de América”; José Artigas experimentó la devolución de tierras a través del Reglamento de 1815, bajo la consigna “que los más infelices sean los más privilegiados”. Desde entonces se cuentan por decenas las advertencias y denuncias contra la concentración de las propiedades y el destierro. Gastón Gori, Arturo Capdevila, Juan L. Ortiz, Marcelino Román, Bernardino Horne, José Francisco Felquer, César Blas Pérez Colman, son algunos de los que nos alertaron.

El hombre es de la tierra

El Jubileo está explicado en Levítico 25, en la Biblia. Es un rescate, cada medio siglo. Se presenta a la manera de una oportunidad, una luz de esperanza, con la participación de vecinos y familiares, para aquellos que fueron despojados. Así como deben descansar la tierra y la vid, también deben descansar las comunidades, regenerarse.

En la Biblia leemos que la tierra no se venderá a perpetuidad porque la tierra es de Dios y sus habitantes somos inquilinos. Nuestros pueblos originarios, antiguos y vigentes, coinciden en que la tierra no es del hombre: el hombre es de la tierra. Nos bastan esas dos vías de conocimiento (y hay muchas otras), para cambiar la concepción, en lo que se refiere a la propiedad de la tierra. Principalmente para lograr un lugar, garantizar los presupuestos mínimos para el tekohá (el espacio donde la comunidad puede desarrollar su modo de vida, ñanderekó entre los guaraníes). Y para devolver a las mujeres y los hombres una vía de sustento, un espacio para el trabajo decente y para desplegar un modo de vida. ¿Podemos vivir en libertad sin dar? ¿Y qué daremos, desde el encierro?

Ayni y jopói

Hay claros ejemplos de nuestros pueblos milenarios, antiguos y vigentes, del trabajo comunitario y la celebración del trabajo. La relación del guaraní con la tierra se basa en el jopói (yopói), en el sentido de las manos abiertas mutuamente; el potiró, la ayuda mutua; el pepy, el convite; y lo mismo en el altiplano se celebra a la Pachamama en las corpachadas. Bartomeu Melià señala las coincidencias entre el jopói guaraní, el nguillatun mapuche, el ipaamu de los aguaruna, encuentros para practicar el don, el intercambio festivo con especial consideración del otro. Algunos autores muestran signos de vida en reciprocidad y trabajo en comunidad y reunión festiva en distintos pueblos del Abya yala (América).

Pensadores de nuestra región han sintetizado los pasos del acceso al vivir bien y buen convivir. Se refieren al saber beber, comer, danzar, dar y recibir, amar y ser amado, saber escuchar, etc. En ningún caso conciben respuestas individuales sino de a pares, en comunidad; tampoco respuestas sólo humanas sino del conjunto, es decir: el ser humano en la cuenca, en el paisaje, bajo este sol, compartiendo el suelo, el agua, el aire. Y no es muy difícil para los argentinos que pintamos el sol en la bandera,

“La economía no debe ser reducida, como de hecho suele suceder, a un problema de cosas o de bienes materiales”, dice el autor Sebastián Castiñeira al analizar el don y la reciprocidad, y toma expresiones de Rodolfo Kusch. “Kusch pone de la mano de la economía no sólo el carácter social sino el hábitat, la ecología y la cultura, con lo cual complejiza mucho más la comprensión de la misma”. Y luego agrega un ejemplo sobre la comunidad alfarera de Cochabamba en donde “la economía –y cita a Kusch– se resolvía sobre la base del tradicional sistema de trueque, los bienes eran producidos por el sistema de prestación o ayni... En el ayni se da el trabajo de mutua cooperación, es por ello que el sistema se denominara ‘ayni ruway’, que significa trabajemos juntos”. Y aclara Castiñeira: “Trabajo que inclusive era acompañado en oportunidades por danzas colectivas”.

Más adelante dirá Castiñeira sobre el don: “Hemos observado que la no necesaria devolución del don se presenta en repetidas oportunidades”. Esta aclaración nos remite a una práctica común en nuestra región: la gauchada.

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