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Sábado 05 de Octubre de 2019

El día que la joven Nuwa recorría la vera Mar del Este del territorio del imperio chino, pocos podía imaginar que con el correr de las centurias en la alejada costa de la tierra donde el sol se demora en iluminar, comprenderíamos la significancia de la perseverancia.

Quizás como un mismo sentido a la palabra, como un contenido al concepto que trasciende la apenas contemporánea visión religiosa católica o la acepción de algunos pocos filósofos de la Antigüedad. Y si bien algunas citas aristotélicas remiten a esta expresión, es claramente la Summa Theológica de Santo Tomás donde el tema se trata con dedicación y puntualmente. ¿Es una virtud? ¿Coincide con la paciencia? ¿Perseverancia y fortaleza deben concurrir mutuamente? Dejemos esos interrogantes y sus respuestas a la filosofía tomista, cuyas complicaciones de estudio son particulares. Pero no perdamos de vista que siempre hay otras explicaciones, otras formas de ver las cosas o las realidades de la vida y de las personas. En definitiva, historias. Como la del ave JingWei.

La Joven Nuwa y el ave que vuelve

Habíamos dejado a la joven Nuwa caminando ensimismada en poemas y contemplaciones, recorriendo el mar del Este del Imperio Chino. Es difícil encontrar las traducciones correctas y también, evitar situaciones comunes pero no nos van a someter a argucias ni tampoco a engaños: era tan joven como bella y solitaria, parsimoniosa y ocurrente. Tal vez por eso fuera la debilidad de su padre el Emperador Yandi, de quien se ha dicho que es uno de los cinco emperadores.

La posibilidad de observar conlleva a una inmediata posibilidad que es la de valorar cada vez más la belleza. Sin demasiados estruendos sino simplemente la ejecución plena del verbo: observar. Ahí donde el ser humano nada puede alterar y donde la conciencia y razonamiento pierden la necesidad de su existencia, ahí también puede subsistir la belleza.

En el mar, en el poniente. En la calidez y en el frío, o también en el rigor de las aguas tortuosas o las nieves infinitas. Todo suele estar allí, en la simpleza de lo naturalmente impuesto y solo es dable ejecutar la acción: observar.

Y también pueden combinarse las sensaciones, sin mayor aspiración a esperar que sucedan como tales. Por ejemplo los grandes vientos que se ocupan de revolver las nieves; o la torridez implacable del sol de enero que calma los ímpetus. O quizás la poderosa virilidad de los árboles que nada sería sin el contraste verde de pequeñas hojas apenas animadas y del contraste con el cielo azul magnánimo. Cosas que pueden pasar solamente con detenerse unos segundos o bien poseer la sensibilidad naturalmente divina de la hija del Emperador Yanti, que era la princesa Nuwa.

Digo todo esto porque aquella joven mujer decidió profundizar la beldad, admirar lo más profundo que la naturaleza pueda proveer a los seres humanos y entonces emprendió en su barca, una leve navegación al interior del mar.

Pero no todas las cosas bellas son siempre sanas o pacíficas, como aquel mar que exasperado devoró para siempre la barcarola, la bella Nuwa y la hermosura de la juventud.

El Emperador Yanti era uno de los consagrados líderes imperiales. Más allá de sus aptitudes militares sus capacidades de persuasión y negociación en la diplomacia le habían permitido justamente, el lugar que la mitología y la historia le preservarían. Con todas esas virtudes y con todo el poder de un desesperado, habló con el Dios del mar rogando le retornara la joven hija. Los negocios diplomáticos suelen ser crueles, como en este caso cuando el mar apenas accedió a devolverle los restos de madera de la barca hundida. Confrontado y vencido, así fue el retorno de Yanti tan estéril frente al poder real.

Y fue cuando el gran ave surgió del mar del Este

Insisto con las explicaciones. Con la forma de cada cultura para entender los sucesos de la historia y los acontecimientos de la vida. Y que cada uno, en su proceso reflexivo termina (ya sea al principio o con tardanza) simplemente creyendo. Creer quizás no sea una virtud ni en términos teológicos ni mitológicos, pero es inevitable. Porque dicen que sobre el pico del monte del Oeste vive un ave, un ave enorme de colores múltiples cuyo nombre es el mismo sonido que emite: JingWei.

Y que el ave, reencarnación de aquella princesa tenue de rasgos orientales, solamente tiene la firme eterna determinación de evitar que alguien vuelva a sufrir lo que ella misma. Y es así que por la eternidad, pacientemente pero con absoluta perseverancia acarrea troncos, piedras y otros elementos para arrojarlos al mar. El objetivo es claro: en algún momento de algún día de algún año de los milenios, el ave JingWei logrará tapar el mar.

Dicen que es apenas una leyenda, por supuesto. Y que tiene casi 5.000 años. Pero sobre el mar del Este y en la ladera de las montañas del Oeste el graznido del JingWei continúa anunciando el sempiterno sepulcro del Mar del Este Chino.

Historias chinas

Está oscuro, oscuro y negro

Retumban, retumban los truenos

Me acuesto y no duermo

Deseo verte, como un suspiro

Cantos del Sur de Zhou. Canto 30

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