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Revista TUYA

Investigadora, Analía Cherniz y la curiosidad que le abrió un camino

En una feria de las carreras se enamoró de la Bioingeniería porque combinaba dos profesiones que le gustaban: la medicina con la ingeniería.

Jueves 01 de Agosto de 2019

Difundir las bondades de la Bioingeniería fue el disparador para entrevistar a una egresada en la carrera. Analía Cherniz es de Paraná y descubrió -a partir de su curiosidad- que “lo mejor de la Bioingeniería es la amalgama entre lo técnico y lo humano. Tiene 41 años y un extenso currículo de formación profesional que avala su trayectoria: desde investigaciones, artículos publicados en revistas internacionales, así como trabajos en eventos científicos tecnológicos”. Un recorrido por sus inicios en el estudio que van desde la elección de una rama universitaria hasta el gran despliegue de conocimientos y las ganas de contagiar el saber a nuevas generaciones.

—¿Terminaste la Secundaria y ya tenías decidido qué querías estudiar bioingeniería?

—Empecé a pensar qué es lo quería seguir estudiando más o menos en tercer año de la secundaria. Para entonces, mi elección principal era medicina, pero ya sabía que iba ser difícil para mi familia poder costearme una carrera fuera de mi provincia (en ese entonces, el lugar más cercano para estudiar medicina era Rosario). Entonces pensé en alguna de las ingenierías de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN), electrónica o electromecánica. La ingeniería era otra rama que me atraía, ya que yo quería saber cómo y por qué funcionaban las cosas (el televisor, la radio, etc.). Por ese entonces, estaba cursando la secundaria en la escuela de Comercio N°2 y barajé la posibilidad de cambiarme a cursar en la ENET N° 1, para estar mejor preparada para el ingreso. Finalmente, y por cuestiones organizativas familiares, me quedé donde estaba.

—¿Por qué te decidiste por esta carrera? ¿Qué sabías?

—Mientras andaba en estas cuestiones de decidir qué me gustaría estudiar, mi mejor amiga estaba terminando 5° (también en la Comercio) y la acompañé a una feria de las carreras (que si mal no recuerdo, en ese momento se llevó a cabo donde ahora es la terminal de ómnibus, no estoy segura). En esa feria había un stand de la Facultad de Ingeniería, donde dos alumnos nos contaron de qué se trataba la Bioingeniería. Y se podría decir que ahí me enamoré de la carrera. De alguna manera combinaba las dos cosas que me gustaban. Tenía relación con la medicina, pero también con la ingeniería.

—¿Qué encontraste cuando llegaste a las primeras materias de cursado?

—Al principio las materias eran más bien básicas, pero tratábamos de participar de las charlas y jornadas, organizadas por estudiantes, que se realizaban sobre la carrera o asistíamos con algunos compañeros a presenciar las defensas de los proyectos finales, de forma tal de ir viendo de qué se trataba.

—¿Te fue fácil el ingreso a la facultad o tuviste que esforzarte para llevar la carrera adelante?

—La Secundaria tenía una orientación que nos preparaba para seguir la carrera de Contador Público, no una ingeniería. Supe por compañeros que se anotaron en Ciencias Económicas que la preparación de la Secundaria les resultó muy buena y comenzaron con una excelente base. Cuando me inscribí en diciembre del último año de secundaria, nos entregaron unos cuadernillos de lo que sería luego el curso de ingreso. Así que durante las vacaciones empecé a estudiar para prepararme. Cuando arrancamos en febrero con el curso de ingreso, a la segunda clase de matemáticas ya estaba viendo temas nuevos. Así que me costó un esfuerzo extra ponerme al día con algunos conocimientos; algo que no tuvieron que hacer los compañeros que venían de escuelas técnicas, por ejemplo. Para compensar, a ellos les costaba más biología. Pero justamente el objetivo del curso de ingreso era ese, nivelar para comenzar a cursar todos con los contenidos mínimos necesarios. Para segundo año de la carrera ya estábamos más o menos todos al mismo nivel. A mí en particular, me costaron un poco más las materias electrónicas, pero porque era algo que veía por primera vez y no tenía nada de la experiencia previa. No obstante, una de mis primeras experiencias profesionales fue haciendo desarrollo en este área y sigo vinculada a la temática hoy en día.

—¿Cuánto tiempo te llevó?

—Cursar todo me llevó 5 años y medio, pero después me tomé un tiempo más para terminar de rendir, hacer el proyecto final y también comenzar a dar mis primeros pasos en el área de investigación, participando como adscripta y luego becaria en diferentes proyectos de investigación y cátedras. Así que finalmente me llevó 7 años terminar la carrera (por plan de estudios la carrera era de 6).

—¿Cuántos alumnos ingresaron con vos y cuántos finalizaron?

—Empezamos alrededor de 240 alumnos aproximadamente. De todos ellos habremos terminado alrededor de 60. Es un tanto difícil de calcular porque no todos hicimos la carrera en el mismo tiempo.

—Desde tu ingreso hasta hoy ¿aumentó el número de estudiantes? ¿Cuántas mujeres se vuelcan por esta carrera?

—Desde entonces, al día de hoy la matrícula de inscriptos fue bajando. Creo que esto coincide con el aumento en la oferta de carreras que existe actualmente en el país y en particular en la región. Actualmente, la cantidad de ingresantes se ha estabilizado en alrededor de 80 inscriptos para Bioingeniería. Para una carrera de ingeniería ¡es un montón! Cuando yo ingresé, la Facultad solo tenía la oferta de Bioingeniería, pero hoy nuestra unidad académica cuenta con Ingeniería en Transporte y la Licenciatura en Bioinformática, además de tecnicaturas a término. En cuanto a la cantidad de mujeres, cuando yo empecé éramos muy poquitas, pero hoy un poco más del 50% de la matrícula son mujeres. Esto es algo que es poco habitual en carreras de ingenierías, pero es un fenómeno que se da también en otras facultades que ofrecen Bioingeniería, donde hay una alta participación de mujeres.

—¿Qué es lo mejor de ser bioingeniera?

—Lo mejor de la bioingeniería es la amalgama entre lo técnico y lo humano. La potencialidad de poder comprender y ser capaz de aplicar la ciencia y la tecnología para resolver problemas en el ámbito de la salud y mejorar la calidad de vida de las personas. El campo de aplicación es muy amplio, desde la parte de equipamiento, biomateriales, ingeniería clínica, etc.

—¿Dónde volcás los conocimientos asimilados?

—Doy clases principalmente en primer año, en el área de informática y programación. Con nuestro equipo de trabajo planteamos actividades para los estudiantes, relacionadas con nuestras tareas en proyectos de investigación o con el campo laboral, a fin de acercarles un poco más la carrera y motivarlos. Esto representa un gran desafío, ya que es necesario realizar simplificaciones en las propuestas, pero seguir manteniendo cierto rigor científico para que tengan sentido.

—¿Qué te produce más satisfacción: el campo de la investigación o el de enseñar?

—Me gustan ambos. Siempre fui muy curiosa e investigar tiene mucho de eso. La docencia se nutre de la investigación y es muy valioso poder volcar los resultados y conocimientos adquiridos hacia el ámbito de la enseñanza.

—¿Tenés que realizar capacitaciones habitualmente?

—La investigación es un área en la que uno constantemente se está actualizando, ya que es necesario conocer el “estado del arte” actual de su campo de interés. En mi caso, actualmente participo como integrante de un Laboratorio que se dedica al análisis del movimiento humano. También trabajé mucho tiempo en el área de procesamiento de señales. Como parte de las actividades de investigación me ha tocado viajar para exponer o participar de congresos o jornadas, en diferentes lugares del país: Tucumán, Mendoza, Rosario, Buenos Aires, Córdoba, y también a Brasil. También tuve la posibilidad de viajar a España a hacer una estadía de tres meses en Reus, una ciudad cercana a Barcelona. En cuanto a la actividad docente, siempre nos estamos capacitando. La Facultad y la Universidad ofrecen constantemente cursos de formación docente, para mejorar nuestras prácticas de enseñanza. En mi caso, además, de una maestría en el área de Ciencias de la Computación, realicé la Especialización en Docencia Universitaria, que se dicta en la Facultad de Ciencias de la Educación, a fin de poder también crecer como docente.

—¿Qué hace falta para que desde edades tempranas los chicos se interesen por esta carrera?

—Creo que hay que hacerle ver a los chicos que la tecnología no es una caja negra. Las computadoras, así como los dispositivos electrónicos (entre ellos los equipos médicos) están formados por partes que funcionan bajo diferentes principios físicos. Que comprender estos principios permite entender cómo funcionan. Correr a los chicos del lugar de meros consumidores de los productos, para hacerles ver que, si uno conoce lo que hay detrás del funcionamiento de las cosas, es posible proponer cambios, mejoras o cosas nuevas. No es algo simple, pero hoy hay una revaloración de las ciencias y muchos divulgadores científicos de diferentes áreas que colaboran.

# AnalíaxAnalía

—Además de tu actividad profesional, sos mamá ¿Cómo son tus días?

—Mis días son bastante ajetreados. Tengo tres niños: Alexis de 11 años y Lara y Elián de 8. Además de las obligaciones escolares de los chicos, están las actividades deportivas, idiomas, cumpleaños y demás, así que por la tarde normalmente me dedico a acompañarlos en esto. Tenemos la gran suerte de contar con los abuelos que nos ayudan muchísimo, buscando los chicos a la escuela o cuidándolos cuando por cuestiones de trabajo se extiende la jornada laboral. Sin ellos sería bastante complicado organizarnos. Y en cuanto a las tareas del hogar, no existe una división tradicional; le toca cocinar, limpiar o hacer las compras, al que esté disponible.

—¿Cuál es hoy por hoy tu objetivo profesional? ¿A dónde apunta tu carrera?

—Mi objetivo profesional a futuro es poder realizar un doctorado para seguir creciendo como investigadora y, si es posible, realizar alguna estancia corta en el extranjero. Actualmente, además de la docencia estoy realizando tareas de gestión, así que, por el momento, el proyecto anterior está en pausa.

—¿Cómo describirías a tu universidad que es pública, gratuita y de calidad? ¿Tienen el presupuesto necesario para llevar adelante investigaciones?

—La comunidad educativa en su conjunto está comprometida con estos principios: educación pública, gratuita y de calidad. Los recursos disponibles se tratan de aprovechar al máximo para lograr estas premisas. Lamentablemente, en cuanto a la investigación, los presupuestos nunca son suficientes. La Universidad financia proyectos de investigación, pero los montos en general no alcanzan cuando se desea adquirir equipos para registro de señales o montar laboratorios. Por ser un área de trabajo altamente tecnológica es habitual la necesidad de contar con equipamiento especializado para llevar a cabo la investigación. Normalmente este tipo de equipamiento es muy costoso y cuando se logra adquirir es por medio de líneas de financiamiento a nivel nación. La oferta de fondos normalmente es escasa y se compite con otros centros de investigación más grandes. Una manera de poder contar con datos y registros es trabajar en conjunto con otros centros de investigación o grupos en el extranjero, pero esto también se complica por los costos que implican la movilidad. A pesar de estos obstáculos, tratamos de ser creativos para poder realizar investigaciones que sean relevantes, pero que también estén al nivel de poder publicarse en revistas internacionales.

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