Aguafuertes y relatos
Sábado 11 de Agosto de 2018

INQUINA

"Cualquier hombre, a la vuelta de cualquier esquina, puede experimentar la sensación del absurdo, porque todo es absurdo." (Albert Camus, "El primer hombre")

–¡Pendejo de mierda, cómo te vas a mandar así! increpó César Godoy al muchacho que seguía sentado con sus manos aferradas al volante, procesando el susto sin saber qué hacer.
Pero si yo venía bien, flaco. ¡Vos te pasaste en rojo! atinó a contestar aturdido a través de la ventanilla.
Godoy se había largado confiado en que la luz amarilla iba a durar dos segundos más y se equivocó. Calculó mal, o se distrajo, y en el medio del cruce el semáforo cambió de color y empezaron los problemas. No por el choque en sí, por lo que vino después. Con un certero volantazo bien coordinado con la frenada, había evitado colisionar de punta y su camioneta terminó impactando de costado al Golcito modelo 99 en el que Facundo Fernández cruzaba en verde por la perpendicular. Quedaron ambos vehículos en paralelo con algunos abollones laterales.
César Godoy era teniente de la policía bonaerense. Siempre fue un tipo arrebatado. De chico ya se mostraba impulsivo, rasgo agravado por una adolescencia difícil en un barrio difícil; situación emocional que una conflictiva década como policía en el Conurbano y con un arma reglamentaria en la cintura transformaron en un peligroso estado de furia permanente, de excesos y sumarios internos; de enojo con sus superiores, sus compañeros, sus vecinos y con la vida. Le decían "el Loco", apodo que en el ambiente de la comisaría 5ta de González Catán en pleno partido de La Matanza no era poca cosa. La dependencia policial ejercía desde su esquinita una inabarcable jurisdicción sobre uno de los territorios más pesados de esa parte del gran Buenos Aires.
El día del accidente Godoy estaba de franco y regresaba de ver a su novia. Habían discutido. Feo. Las cosas venían mal desde hacía tiempo. No había caso. Su carácter violento estragaba todas las facetas de su vida. A pesar de ser objetivamente el responsable de la mala maniobra, continuó acusando al otro muchacho en muy malos términos. Para colmo de males hacía meses que no pagaba el seguro contra terceros, lo que contribuyó a acrecentar su arbitrario enojo de saberse doblemente en falta. La catarata de insultos continuó y Facundo Fernández imposibilitado de dialogar se subió a su Gol machucado, puso primera y se fue. Cuando llegó a su casa le contó lo sucedido a su hermano Antonio.
Antonio Fernández también era policía, pero de la Federal. Revistaba como oficial en la Superintendencia de Drogas Peligrosas con el grado de Subcomisario. A diferencia de César Godoy, Antonio era un hombre tranquilo y racional, de hablar pausado y con esa serenidad ancestral que lleva en la sangre la gente del norte que no es sinónimo de mansedumbre, sino de aplomo. Era un policía aplicado y respetado dentro de la fuerza en la que había hecho una carrera luego de emigrar de chico de su Tucumán natal junto a sus padres y siete hermanos en busca de oportunidades. La gran urbe absorbió como un pulpo a la familia Fernández y luego la desparramó por sus extendidos tentáculos, excepto a Facundo el más chico quien junto con su hermano Antonio habían montado un pequeño lubricentro ahí mismo en González Catán.
Como suele pasar en la vida, cualquier hecho, cualquier circunstancia o entredicho por trivial que sea puede desatar una conflagración de inauditas consecuencias, hacer colisionar mundos, abrir abismos irreparables; y generalmente es la sangre el fluido que lubrica los engranajes de esa misteriosa maquinaria del devenir humano que algunos llaman azar y otros destino.
Comenzó entonces a escalonarse una densa secuencia que solo la mente enfebrecida de un genio perverso podría elucubrar. A pesar del mal momento que había pasado Facundo Fernández retuvo la patente y su hermano averiguó fácilmente quién era el titular. Supo además de su condición de camarada de la policía provincial y dónde prestaba servicios, al igual que la falta de pago de seguro automotor. Llamó por teléfono a la seccional de Godoy dejando dicho quién era y el motivo a fin de que le avisen a éste que Antonio pasaría a verlo. A los pocos días Antonio Fernández se presentó ―antes de ir a su trabajo en Capital― en la comisaría 5ta de González Catán buscando a César Godoy para solucionar el asunto del choque. Un chapista amigo le había presupuestado 7.500 pesos por el arreglo del Gol de su hermano Facundo, un valor más que razonable.
Cuando Godoy vio al Subcomisario Fernández impecablemente uniformado y aseado a las seis de la mañana en el hall de entrada de la comisaría, con buena apostura y la gorra bajo el brazo como indica el protocolo policial para lugares cerrados, lo odió. Lo odió con esa mezcla viscosa de envidia, resentimiento y pura sinrazón que atraganta en cuestión de segundos a ciertas personalidades. Él, por el contrario, venía sin dormir de una guardia que había sido complicada: varias horas de patrulla por calles de tierra poceadas y oscuras, los habituales encuentros con "zombis" del paco, dos accidentes de tránsito, un homicidio y la interminable búsqueda de dos motochorros por un asentamiento de Ciudad Evita, donde los regaron de insultos y alguna que otra piedra. Esta vez por suerte no había habido balazos.
Godoy no solo no respetó el rango superior de Fernández que si bien era de otra fuerza se lo debía, sino que no lo dejó hablar. No hubo ni un atisbo de conversación ante la mirada atónita de los agentes presentes. Prorrumpió en una serie de reclamos injustificados e incoherentes, llegando incluso a culpar al hermano de Fernández de la mala maniobra que produjo el choque, y que ellos eran quienes le debían pagar el arreglo de su propio vehículo. El tucumano, como hombre experimentado que era para tratar con tipos así, leyó la situación.
Cuando te calmes un poco, pasá y arreglamos le dijo serenamente. Dio media vuelta y se fue, dejando el presupuesto con un número de teléfono y una dirección sobre el mostrador de mesa de entradas de la dependencia policial. Ese fue el inicio de una disputa entre ambos que escaló demencialmente a partir de un casus belli insignificante, aunque en el fondo lo que retumbaba en esta lucha era el eco ensordecedor de la irracionalidad del mundo. Pasaron las semanas y Godoy no apareció. Antonio Fernández intentó entonces localizarlo telefónicamente con el mismo resultado: gritos, planteos absurdos y también amenazas. Lo habló con su hermano Facundo y decidieron que lo mejor era olvidarse del asunto. Tampoco era tanta plata. "Para qué meterse en problemas con un loquito", coincidieron. Paralelamente, Antonio había recabado más datos de los antecedentes violentos de Godoy, dentro y fuera de la fuerza, lo que terminó de decidirlo a dejar atrás el incidente. El otro, por el contrario, se obsesionó con Fernández. Tomó el reclamo como algo personal, como un agravio imperdonable, una injuria irreparable. Y el desencuentro empeoró.
Primero fueron mensajes de texto y luego llamadas telefónicas. Insultos y agresiones que Antonio Fernández optó primero por ignorar y luego por bloquear. Godoy montó de ahí en más un acoso sistemático. Comenzó a circular con su auto frente al lubricentro de los Fernández distante a veinte cuadras de su casa. Lo hacía lenta e intimidantemente para que vean que era él, con el brazo colgando totalmente fuera de la ventanilla de su camioneta con matonil indolencia. En una de las tantas pasadas vio al menor de los Fernández en la vereda y gritó:
¡Decile al hijo de puta de tu hermano que me pague el arreglo!
La saga bizarra continuó. Esta vez en el ámbito de trabajo de los dos antagonistas de este duelo, de este Abel con su incansable Caín a cuestas. Hubo un operativo antidroga conjunto entre las policías Bonaerense y Federal para desbaratar una banda que manejaba una cocina de cocaína en Puerta de Hierro, una de las villas más peligrosas del Conurbano. Confluyeron nuevamente los dos hombres, siendo uno de los oficiales a cargo el Subcomisario Antonio Fernández. Daba apoyo la bonaerense, y en uno de los móviles se hallaba Godoy junto a otros compañeros de su comisaría. Ni bien lo vio a Antonio Fernández de civil con el chaleco de la PFA se le fue encima y lo atacó. En medio del procedimiento ambos policías rodaron por el piso ante la estupefacción de los efectivos y los funcionarios judiciales. Un operativo cuidadosamente planeado en el que incluso se había previsto la participación del grupo de élite GEOF frustrado por una pelea entre camaradas, una desprolijidad que a Antonio Fernández le costó explicar satisfactoriamente a sus superiores. Semejante incordio le venía a suceder justo a él, que ostentaba un legajo impecable. Antonio se consoló especulando que luego de la sanción que le impusieron a Godoy, fue sumariado nuevamente y sancionado con arresto, iba a terminar su calvario. Se equivocó. Todo lo contrario.
Fue entonces cuando Antonio Fernández sintió miedo, pero no el miedo del cobarde, del pusilánime, sino el miedo natural que siente el hombre prudente, sensato, a verse envuelto en una guerra en la que no puede haber ganadores. No alcanzaba a descifrar la lógica nihilista y temeraria de Godoy, le resultaba increíble que esta pesadilla estuviese sucediendo por un estúpido accidente de tránsito. Cayó en la cuenta de que Godoy no tenía nada que perder, o peor, que aún teniendo mucho que perder, como su carrera en la policía, no le importaba. Antonio Fernández estaba siendo arrastrado a las turbulentas aguas de la alienación donde los violentos son diestros navegantes. Y eso para un policía con oficio como él era la certificación de que enfrente tenía al peor de los enemigos.
Luego de meditar el giro que estaban tomando los acontecimientos decidió dar un paso más e intentar cortar el problema de raíz. Le pidió a su amigo y camarada de la fuerza Martín Ledesma que vaya a hablar con Godoy de parte suya para ofrecerle el pago del arreglo de la camioneta, por el que en varios de los innumerables mensajes de WhatsApp le pedía 15.000 pesos. Una cifra exorbitantemente inflada.
¿Pagarle vos el arreglo a él? ¿Estás en pedo, Antonio? le dijo el amigo asombrado.
Sí. Ya sé, negro. Pero este enfermo no va a parar, y yo no me voy a cagar la carrera por quince lucas respondió con resignación. Antonio Fernández comprendió que muchas veces es preferible dejar que el otro tenga razón, aunque sea, como en este caso, una decisión táctica en un duelo demencial que le estaba comenzando a quitar el sueño. Sin embargo, la respuesta que Godoy le dio al emisario lo dejó mudo:
¡Decile a ese cagón que ahora me debe 30 lucas y que venga él a pagármelas!.
Las intimidaciones se multiplicaron. La plata que le pedía era cada vez más, lo citaba en distintos lugares para "cagarlo a trompadas", lo amenazaba que le iba a prender fuego al lubricentro. Antonio Fernández se decidió finalmente a denunciarlo penalmente por extorsión y amenazas; hubo cruce de llamadas de los jefes de ambas departamentales por el caso de este sordo enfrentamiento del que ya hablaba todo el mundillo policial, y que en el fondo era alimentado por viejas rencillas entre federales y bonaerenses. Entre "Patanegras" y "Federicos". Se les llamó la atención a ambos varias veces, pero el conflicto siguió su ominoso curso inexorable.
El escenario se volvió dantesco cuando César Godoy, este príncipe no declarado del Quinto círculo del infierno donde moran los iracundos, en una de sus tantas pasadas amenazadoras por el negocio de los Fernández decidió bajarse arma en mano esperando encontrar a Antonio. Estaba Facundo en cambio acomodando unos bidones cuando el puñetazo le llegó de atrás. Inmediatamente y sin darle tiempo a nada, Godoy lo agarró de los pelos zamarreándolo brutalmente y lo arrojó contra una estantería. Después se fue sin decir nada.
La agresión a Facundo Fernández no pasó de un corte en el cuero cabelludo y algunas contusiones, pero fue la gota que rebalsó el vaso, un vaso que hacía tiempo había rebalsado y que Antonio Fernández –en su apego a la cordura– se rehusaba a ver y a enfrentar definitivamente.
¡Esto se tiene que terminar. Este hijo de puta se pasó de la raya! le dijo a su amigo Martín cuando lo llamó para que lo acompañara a ponerle un punto final a esta locura.
Antonio Fernández se presentó en el domicilio de Godoy y discutieron. Hubo empujones, gritos, manotazos, y Godoy se metió en la casa y salió con un arma en cada mano. Un vecino llamó al 911 y se los llevaron a todos detenidos, por separado. No obstante, hubo tiempo para una última amenaza: "Van a morir". Les tomaron declaración en la Comisaría de la zona e increíblemente a Godoy no le retuvieron las armas.
Pasadas las 9 de la noche del jueves siguiente Martín Ledesma, padre de cuatro hijos, cerraba su negocio de panadería en una esquina sórdida de persianas bajas pintadas con indescifrables grafitis en González Catán norte. Lo acompañaba su amigo y camarada Antonio Fernández cuando llegó Godoy, que ni bien los vio se bajó de su camioneta con determinación. Se suscitó una nueva discusión, quizás provocada por el agresor como una torpe coartada para desencadenar una riña que le diera la excusa para ejecutar lo que iba decidido a hacer. Martín Ledesma intentó calmar los ánimos una vez más. La cámara de seguridad del locutorio de al lado registró a las 21:33 horas el momento en que César Godoy extrae su arma todavía reglamentaria y mata, primero a Ledesma y luego a Fernández. Tres disparos a cada uno. Los cuerpos quedan tirados y desarticulados en la sucia vereda. Se puede ver también que el asesino, antes de irse caminando, se da vuelta y le patea la cabeza a Antonio Fernández ya muerto.
Dos años después un tribunal condena a César Godoy a 25 años de cárcel por doble homicidio agravado por el uso de arma de fuego y por su condición de funcionario policial. El reo, sentado y esposado, no escucha la sentencia. Tiene la vista clavada al frente, mirando fijamente un punto de la nada. Y piensa:
¡Pendejo de mierda, cómo se va a mandar así!

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