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Historia de un héroe anónimo

Martes 21 de Mayo de 2019

Jacinto, a quien los amigos lo llamaban "Paraca", era un joven hombre alegre, que amaba la vida, voluntarioso, hasta renunciar a sus propios deseos para beneficiar a otras personas.

Su mamá Carmen y su papá Eliseo lo adoraban, según ella nunca les trajo problema alguno, a diferencia de los otros, rebeldes pero de nobles corazones.

Jugador del club de sus amores, "Patronato", club que conoció de la mano de un sacerdote, que a la edad de 6 años lo invitó a jugar, ¡eso sí! después de la misa obligatoria de los domingos, allá por el año 39.

El club, no era más que apenas una cancha de tierra, con algunos palos que oficiaban de arco pero para la cabeza de "Paraca" era un estadio monumental.

Pasaron los años y el niño se hizo un hombre, con ello llegó el amor de la mano de Blanca, una bella mujer de cabellos rizados y entre rojizos. Se conocieron en la famosa "Vuelta del perro", costumbres de la época de los años 40 hasta el 50, que consistía en que las damas circularan alrededor de la plaza, en sentido contrario a los caballeros, si el flechazo de cupido funcionaba en esas "Vueltas" se formaba una pareja, previa cita con la chaperona, familiar de la futura novia.

Así fue que cupido con arco, flecha y aljaba en mano disparó en esa plaza al corazón de Paraca y Blanca, uniéndolos para toda la vida.

Se casaron a los pocos meses de aquel flechazo, en la iglesia de su barrio "Santa Teresita" y su carroza nupcial, fue la flamante moto "Puma" del padre de Blanca, uno de los primeros motoqueros de Paraná.

La fiesta fue muy popular por la buena fama de aquel joven y la cantidad de parientes que asistieron de buen trato. La orquesta que estaba presente tocó en vivo la canción que el muchacho dedicó a su flamante novia, sin desafino y con mucho sentimiento.

Esta noche voy a confesarte todo lo que siento, esta noche tomaré tu mano te hablaré de amor, esta noche voy a decidirme te hablaré de amor.

De esa manera se fue dando esa mágica noche entre canciones de Palito Ortega y Leo Dan, mezclado con algún que otro tango de Julio Sosa "el varón del tango" y de "el Polaco" Roberto Goyeneche.

El folklore traído de la mano de un tío de Blanca no se hizo esperar, entre copas, risas y bailes la fiesta siguió hasta el amanecer.

Al principio la joven pareja se "acomodó" en una casita al fondo de la casa de Doña Carmen, mamá de Paraca, pero ya se sabe el dicho que dice"el casado casa quiere". y muy pronto la feliz pareja se trasladó a una casa de alquiler.

"Paraca" era un hombre trabajador y muy inteligente en las matemáticas, al menos así lo recuerdan sus amigos de la escuela primaria. Le encantaba armar y desarmar artefactos eléctricos y se había especializado en eso, aunque era muy bueno en la construcción de casas.

Blanca era la mujer perfecta, todo lo hacía bien, modista de profesión, bordaba toda tela que cayera en sus hábiles manos, también era conocida por cocinar y decorar tortas de cumpleaños y casamientos.

Ambos se hacían tiempo para la huerta y la granja.

Un día llegó la noticia del primogénito, y de ahí en más la familia se llenó de hermosos niños, ocho en total. Miguel, María, Rosario, Celina, Alfredo, Claudia, Lucía y Javier.

Corrían los años 70, tiempos complicados, para el país y para la economía familiar de Blanca y Paraca, a duras penas el "jefe de familia" acepta una oferta laboral con un buen sueldo y un cargo importante en una empresa del estado en una ciudad distante de su hogar a 282 km. No podía llevar a su familia a Feliciano, al menos en lo inmediato. Como todo lo que prometía, Paraca cumplió y en seis meses todos estaban lejos de su terruño, pero juntos.

En poco tiempo y con mucho esfuerzo laboral había logrado tener su casa y un campo con unas cuantas vacas. El comisario del pueblo, muchacho joven y soltero, le había propuesto poner una carnicería a medias. Todo era esfuerzo y progreso.

Pero también necesitaba estar con su familia y disfrutar de ella y una tarde de verano marcharon todos a pasear y a recorrer el río que baña la tranquila ciudad, allí entre juegos y risas se hizo el famoso almuerzo campero.

Descansar bajo los frondosos árboles les pareció a todos una excelente idea después del almuerzo.

Quiso, Dios o el destino, que todo cambiara y entre gritos de horror de sus hijos Paraca se despierta de aquella siesta y de inmediato se lanza al agua ,lo hace hasta rescatar a todos sus hijos ,aunque desesperado aún no encuentra a Rosarito.

El tiempo corre como un jinete enloquecido y con él la terrible angustia que estruja y hace llorar el alma.

Encuentra en el agua a su pequeña hija y la toma de la cintura con un brazo con el otro nada hasta la orilla y se aferra a una raíz de un sauce llorón, esperando el rescate.

A la noche de ese mismo día las noticias anunciaban la triste historia de un joven padre abrazado a su hijita de 10 años, encontrados sobre un camalotal, entre las sumergidas y quebradas raíces de un sauce, que nada pudo hacer para sostenerlos.

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