Secciones
Historia

"He conocido el mundo y la Historia por las historietas"

El camino de un psicólogo renunciado que asumió como proyecto vital en su historia la guía de "Los 1.001 comics que hay que leer antes de morir".

Domingo 10 de Mayo de 2020

Por su formación, el “ex” psicólogo Juan Pablo Moreno tiene el conocimiento para analizar lo que los personajes de historietas trasmiten con su apariencia, generalmente atractiva, lograda por las manos mágicas de los dibujantes y con los subtextos de los guionistas. “Me gusta leer, llorar, cagarme de risa o decir ‘qué bueno el dibujo’”, exclama para dejar en claro que su pasión excede con creces esa pretensión intelectual e invitar al fascinante viaje que ofrece este género.

Códigos en común

—¿Dónde naciste?

—En Paraná, en calle Alsina, entre Feliciano y Luis Agote, donde viví hasta unos meses antes de casarme, a los 28 años. A la vuelta está la escuela Santa Fe y el Club Quique a una cuadra y media, cuyo portón saltábamos cuando estaba cerrado.

—¿Cómo era el barrio?

—Realmente barrio. Cuando vinimos acá (calle Arroyo Cazuelas) me gustó la plaza pero no era como la que había vivido en la infancia. Detrás de la mía había una casa gigante abandonada donde jugábamos, al igual que en la de mi abuela, en calle Maciá. Mi abuelo tenía un campo enorme en Piedras Blancas, donde íbamos los fines de semana.

—¿Había un límite de tu barrio que no podías trasponer?

—No. Mi abuela nos asustaba con la solapa y la vieja de la bolsa, a la siesta. Había un personaje, el Pavo Villagra, a quien primero le teníamos miedo y después lo tomamos para la chacota. Mis padres nos hacían quedar en casa para poder dormir la siesta, porque los tres éramos bravos. Papá era un tipo habilidoso y a las figuras de los frascos de Colonia Pibes les ponía un cartoncito y hacía unos muñequitos con los cuales jugamos al fútbol. También jugábamos a los soldaditos, en la casa de mi abuela a la pallanca y a las figuritas. Hicimos mucho deporte desde chicos, básquet, al cual más tiempo le dediqué, fútbol, vóley, tenis, paddle, full contact y rugby, donde más me destaqué.

—¿Otros personajes?

—Roberto, del Quique, a quien también tomábamos para la chacota.

—¿Tuviste en la infancia una aproximación a las historietas?

—Leía lo que me daba mi papá pero no tenían nada que ver con esto (señala su colección) aunque influyó porque los cuatros hermanos teníamos con él un código común a través de Obélix y Astérix, de René Goscinny, cuya colección tenía, leíamos en el baño y era un problema (risas). También Mafalda, que se relee en todas las épocas. Teníamos las camas en la misma habitación y papá nos traía por las noches revistas de Pato Donald, Tío Rico, Billiken y Anteojito, que tenían a Pelopincho y Cachirula, Calculín y Pío Pío, lo cual representa mucho de la historieta nacional. Luego comenzamos a leer Lucky Luke, El Eternauta, papá era loco de Corto Maltés, y en la preadolescencia Robin Wood, Dago y Or Grund, de Editorial Columba. En cuanto a libros me influyó Sandokán, porque las ilustraciones me apasionaban, la primera novela gráfica que leí y me sedujo.

—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?

—Mamá, trabajadora social, estaba en el gabinete de Psicometría y era docente en la Facultad de Trabajo Social; papá fue director de Despacho en la Caja de Jubilaciones, dio clases de Filosofía en la Escuela de Enfermería y en Trabajo Social. Estudió mucho.

—¿Sentías una vocación?

—Ser naftero y bombero, para ayudar al otro. Mucho tiempo viví sin esa preocupación, aunque sabía que estudiaría.

—¿Qué materias te gustaban?

—Educación Física y Biología, pero la Secundaria… ¡uh!

—¿Pensaste en hacer una carrera profesional con el deporte?

—No, es como lo que me pasa con el comic, sólo quiero leer historietas, sin cruzarlo con nada. El deporte era mi descarga.

1.001 comic que hay que leer

—¿Por qué elegiste Psicología?

—No tenía la más pálida idea sobre qué estudiar pero mi hermano gemelo se iba a Rosario con quien era mi cuñado. Busqué en una guía de carreras las que no tenían ciencias exactas y que fuera en esa ciudad. Me anoté, me dieron unas fotocopias sobre Epistemología, lo leí y me gustó.

—¿Cuándo te convenciste para continuar?

—No tuve profesores que me marcaron, pero cuando leí otros artículos me quedé tranquilo, no pensaba en trabajar como psicólogo sino como guardaparques. Faltando dos materias tuve una crisis por eso, abandoné la carrera, busqué los papeles de inscripción en Tucumán, fui al Palmar de Colón para hacer una residencia, me di cuenta de la estructura militar y de que no era lo mío, así que terminé la carrera y comencé en el Copnaf. Tuve formación psicoanalítica, en Psicología Social, clínica en Educación Sexual y terapia familiar.

—¿Continuabas leyendo historietas?

—Hubo un paréntesis enorme y no leí nada, salvo algún libro de misterio, Clara de Noche, una prostituta, en Página 12, y las “lecturas necesarias” para las grandes discusiones en las cuales nos masturbábamos cambiando el mundo (risas). Pero una vez bajé en la terminal de ómnibus de Rosario, vi, compré el original de El Eternauta, lo leí, se lo traje a papá y me picó el bichito. Salí a buscar revistas Fierro y estando en Gualeguay, en 2000, encontré una revistita Lo mejor de Robin Wood, en el cual estaba Nippur, que leí mientras venía a Paraná. A partir de ahí no sé qué me hizo clic, leí Batman, comencé a comprar colecciones y ahora ya no sé dónde poner los libros porque compro todo. Tengo el libro Los 1.001 comics que hay que leer antes de morir, comenzó a ser mi guía, voy por los 360 (risas) y no deja de ser un proyecto de vida.

Disfrute sin aditamentos

—¿Es una forma de ver la vida?

—Es como ir volando con el paracaídas siempre preparado, porque en el mundo del comic siempre te caés pero nunca te lastimás, caés de pie. Más allá de la historieta argentina, que me fascina, he conocido el mundo y la Historia gracias al comic. En unos libros de El hombre araña encontré las Torres Gemelas voladas y se saca la capucha para ayudar. Ninguna historieta está alejada del mundo, como recorrido cultural y social. Leí un libro llamado Pionyang, escrito por un francés que hace dibujitos animados, lo llevan a esa ciudad, cuenta su historia a través de un dibujito y cuenta todo lo que pasó en esa sociedad militarizada de Corea del Norte. Así que cuando nombraban Pionyang por la cuestión de los misiles, ya lo conocía por el comic, como por ejemplo que por la noche se apagan todas las luces del país y queda iluminada la figura del tarado Kim Jong-un.

—¿No escribís o dibujás?

—Tengo tres guiones en la cabeza pero no sé dibujar y es un sueño.

—¿Cómo lograste solo disfrutar y no tener una mirada crítica o analítica?

—Me gusta leer, llorar, cagarme de risa o decir “qué bueno el dibujo”. Me jubilé como psicólogo en Educación Especial, vendí y regalé los libros, y salí del colegio, más allá de que me gustó la profesión y pude laburar en el Estado, con las facilidades que implica. Leo y automáticamente analizo, pero no me detengo en eso o en saber si Batman, de quien soy fanático al igual que de Nippur de Lagash, es un psicópata. Los dos tienen el ideal de proteger al prójimo, son honestos y leales, y no pasan determinados límites. Leo de todo, como The Boys, que son un par de tarados y se preguntan “quién nos protege de las súper héroes si un día dejan de ser buenos”, entonces organizan una banda para frenarlos. Dicen palabrotas, tienen sexo fuerte y es la antípoda de lo que habitualmente leo, pero me fascinó. Soy un enamorado de la buena historieta y el buen comic, conocer y descubrir autores, como me sucedió como los belgas, o en la Feria del Libro, de donde he traído un montón de historietistas independientes.

—¿Lees todos los días?

—No, y está bien que así sea. Como dijo (Jorge) Borges, cuando un libro esté aburrido, aunque sea un best seller, dejen de leerlo. Fue un alivio saber eso porque, sino, se pierde el disfrute. Tengo libros, algunos obras de arte, que no he leído o los tengo comenzados, y tal vez son para un momento especial.

Clásicos que hicieron historia

—¿Qué etapas marcás desde que comenzaste en cuanto a contenidos y los puntos de inflexión?

—Oesterheld, con El eternauta, marcó un antes y después, sobre todo sus relecturas, por la pelea contra el imperialismo, las historias de amistades y lealtades. Los libros de Quino, más allá de Mafalda, son imprescindibles siempre y se me caen las lágrimas. Obélix y Astérix lograron la comunión fundamental entre el dibujante y el guionista. Que sepas cuando das vuelta la viñeta qué pondrá el autor y que aunque el guionista no lo ponga en la viñeta escrito sino a través del mismo personaje lo sabés, es ser un master en historietas, como sucede con Quino y no pasa con todos. Puede haber una generación entera que lea una historieta, pero que tenga una comunión tan fuerte como decir una palabra y que se te venga toda la historieta entera, es un viaje. Goscinny, el guionista de Astérix y Obélix, y Alberto Uderzo, el dibujante, lo logran.

—¿Y en cuanto a estéticas?

—No recuerdo los años, pero con Nippur aparecen los héroes musculosos, mientras que hasta entonces sólo había sido Tarzán, no así El eternauta, si bien es un tipo grandote pero no tenía nada que ver con aquellos y la fuerza. Mafalda rompió un molde porque es una nena fea, graciosa y simpática. A veces me enojo con algunas chicas del pañuelo verde porque, por ejemplo, aplaudieron cuando murió Sandro, cuando nosotros recién estamos comenzando a hacer un cambio. Cómo querés que pensara Sandro en aquel entonces. Mafalda no era el modelo de ricitos rubios ni la nena linda que nos hicieron conocer. Tenía el pelo espinoso, es petisa, redondita, y muy inteligente, con el don de ser una revolucionaria y todo el mundo le da la razón.

—¿Los héroes siempre encarnan valores universales? ¿Asumen otros atributos?

—Hay un recorrido grande en los héroes de Marvel y DC Comics, desde Batman, el hombre araña y demás. Hubo una historia (en 1954) vinculada al comic y la sexualidad, y en la cual apareció un psiquiatra (Fredric Wertham) que vinculó las violaciones con los comics. Entonces los contenidos de las grandes empresas pasaban por una junta (Autoridad del Código de Cómics) que los aprobaba o no. Después de eso comenzó el héroe, sobre todo en la historieta americana, más humano. La gente se preguntaba ¿Batman no tiene sexo? y comenzaron los chistes sobre Robin. Entonces comenzó a tener relaciones con mujeres y en algunos comics se animaron a mostrar los senos, Batman desnudo arriba de la mujer…

—¿Un autor poco conocido y destacado?

—Marjane Satrapi, creadora de la historieta Persépolis, tiene un libro que es su historia relacionada con la tiranía en Irán.

—¿Te gusta el manga japonés?

—Sí… y no. Hay un autor llamado Osamu Tezuka, creador de Adolf ni Tsugu, que vimos como animé y es la historia de tres personas que se llaman Adolf, un austríaco, un judío y Adolf Hitler, la cual es muy buena. Es el creador de Astro Boy, cuya serie veía. Mi hijo me enseña y le gusta mucho, porque los últimos mangas salen como anime con dibujitos, como historieta y como juegos, lo cual no me termina de convencer.

—¿Qué valores encarna la historieta japonesa?

—No me animo a hablar de esta cultura porque es muy especial. Los autores no son boludos y han logrado entrar en el mercado americano, con lo cual, supongo, habrán tenido que resignar ciertas cuestiones. Si no, no entrás.

Digital, papel e imaginación

—¿Cuáles fueron las principales transformaciones a partir del mundo digital?

—Soy viejo, aunque tenga 48 años. Generalmente quienes aman la historieta son coleccionistas, mientras que hay gente que sabe mucho pero no le interesa el papel. Éstos hacen análisis que a mí no me gusta hacer, aunque los puedo leer. Mi papá tiene, sin saber, muchos de los 1.001 comics que presupongo serán para mí.

—¿No ves nada en Internet?

—Investigo y busco, por ejemplo, el mejor comic de Austria, pero si no está en formato papel, no lo compro. En Internet puede haber comics viejos que se han recuperado, como El niño amarillo, que encontré en un mercado de Estados Unidos pero cuesta muuuchooosss dólares. También muchos que solo están digitalizadas y, seguramente, alguien los tiene en papel. Pero prefiero todo en papel. En cuanto a las películas y series, el superhéroe es difícil de llevar a la pantalla, porque, por ejemplo, cuando leo a Batman yo le pongo la voz, sé por qué va vestido así y cómo piensa. En la película ponen otra voz y el personaje se va a la mierda, más allá de que se siga el guión del comic.

—¿Qué mensaje le das a los padres o adolescentes?

—El chico no tiene que comenzar leyendo (Julio) Cortázar, ni el niño hace una interpretación veloz o filosófica, entonces la magia y el viaje comienzan por los colores y las formas de la viñetas. El comic y la historieta, incluso las más boludas, son una entrada accesible y luego vendrán los libros supuestamente importantes, más si ven la pasión de un papá o un tío. Te abre la cabeza, por la imaginación que se desarrolla.

Un millón de dólares y los costos de una pasión

Moreno se refiere al ejemplar que mayor esfuerzo material y de búsqueda le demandó para completar una colección, descarta ponerle precio a la misma e imagina alternativas ante el supuesto de contar con un millón de dólares.

—¿Es un hobby caro?

—Sí y complicado, me gustaría tener más posibilidades porque casi todos son precios en euros, más lo que le aplican acá.

—¿Qué es lo que más te costó, monetariamente y conseguir, y de lo cual nunca te desprenderías?

—De nada me desprendería. El número 40 de Batman, Tierra de nadie (lo muestra) nunca llegó a Argentina, al punto que llamé a la editorial para decirles que los demandaría. Quienes reparten se guardan colecciones para venderlas en el mercado negro. Buscaba todos los días hasta que lo encontré y lo compré a 5.000 pesos.

—¿Vendés todo por un millón de dólares?

—No, no. Me asustaría tener un palo verde, ¿qué hago? Tengo que salir urgente a viajar a cualquier lado (risas). Les dije a mis hijos que si me muero no se queden con la biblioteca: o la regalan a quien realmente la valore o se meten en Internet y la venden por una fortuna.

—¿A dónde vas y a comprar qué si, supongamos, tenés ese millón?

—Recorrería las grandes comiquerías, por ejemplo en España o New York, algunas de cuatro o cinco pisos, pero no hay que estar tan loco porque te ofrecen todos los muñequitos que se te ocurran, cuadros, el Batman firmado por el autor de…, te gastás el millón de dólares y tenés que llamarlo a tu viejo para que te mande plata para el pasaje (risas). Compraría originales pero mi deuda es aprender Inglés, también un auto de Batman, una estatua magnífica y haría un museo temático.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario