Diálogo Abierto
Domingo 28 de Enero de 2018

"Hay que volver a contar historias en vez de tantas noticias superficiales"

Los medios y la educación en tiempos de la vertiginosidad impuesta por las redes y los nuevos soportes tecnológicos

La edición del libro "Sobre la historia de la comunicación" –de Editorial Fundación La Hendija– resultó oportuna para un análisis crítico de su autor sobre ese campo de la vida social, al igual que del periodismo, el divorcio de la Universidad respecto a la realidad, la aceleración del tiempo histórico y el desolador panorama del sistema educativo.
El licenciado Ariel Vittor –docente de la Universidad Católica de Santiago del Estero, en la carrera de Comunicación, y en la Universidad Autónoma de Entre Ríos, en la de Turismo– realiza una fuerte autocrítica de su propia formación académica, con foco en las modas intelectuales y el papel de la clase media.

Del centro al "campo"
—¿Dónde naciste?
—En Paraná –en la Clínica Modelo– y viví en el centro –hasta los 9 años– en distintos domicilios. El "centro" era distinto porque en calle Urquiza –a dos cuadras de avenida Ramírez– andábamos en bicicleta.
—¿Cuál es el lugar más recordado de la infancia?
—Calle Urquiza. En ese momento la terminal de ómnibus no estaba donde está ahora, quedaban las instalaciones en desuso del mercado de abasto, y entre ellas y la plaza había una calle en la cual aprendí a andar en bicicleta –con mi viejo.
—¿Otras características de la zona?
—Una clara diferencia es la proximidad del vínculo con los vecinos ya que el vecindario era una especie de familia ampliada. Se conocía sobre la vida del otro e interesaba su salud y situación general. Se entraba y salía de la casa de los amiguitos como si fuera la de uno. Entre las casas había tapiales pero no implicaba que hubiera distancia con el vecino. Ahora me llama la atención por lo contrario, ya que no existe más y se extraña.
—¿Había un límite que no se podía trasponer?
—Bulevar Ramírez era casi ese límite por el mayor tránsito y la consigna era tener cuidado.
—¿Otros juegos?
—Teníamos un fondo bastante importante, nos subíamos a la higuera, jugábamos a los cowboys e indios, distintas formas de guerras infantiles, juegos de mesa, triciclo, autos de colección y otros juguetes que nuestros abuelos no tuvieron.
—¿Autos de colección Matchbox, ingleses?
—¡Sí señor! ¡Eran impresionantes y me fascinaban! Tenía un Lincoln cuyo techo semejaba de vinilo –como los Dodge Polara de esa época–.
—¿Travesuras?
—Escaparse a los baldíos –que había en la zona de la terminal y del colegio Don Bosco–. Para un chico actual de 10 años, la inseguridad es algo más presente, mientras que para nosotros no –salvo al cruzar la calle–. Nadie imaginaba que podían robarte la ropa a mano armada, porque no pasaba ni en las películas. Se crecía mirando el mundo con un horizonte de futuro y no había tantos resquemores –ya que no parecía inseguro–. La televisión te permitía ver una serie norteamericana –como Los duques de Hazzard– y dibujos animados, lo que te conectaba con el resto del mundo.
—¿Sufriste desarraigo con los cambios de domicilio?
—Cuando nos instalamos acá (calle Maestro Alberdino). Imaginate que si en aquella época había pocos autos en la esquina de Urquiza y Ramírez, acá era el "farwest". Había muy pocas casas construidas, terrenos baldíos y la mayoría de las calles eran con broza. Pero había un mayor contacto con la naturaleza y más posibilidades de andar en bicicleta sin la cautela por los autos.
—¿Un descubrimiento?
—Las perdices en el campo, arbustos silvestres y las lagartijas que cruzaban en verano –lo cual me da mucha nostalgia. Extrañé el centro durante mucho tiempo pero después ya no, porque al poco tiempo ingresé a la secundaria y me armé de otro grupo de amigos –con quienes cada dos meses todavía nos juntamos–. Fue una etapa alucinante porque tuve el privilegio de hacerlo en la escuela de Comercio N° 1, en la última etapa de la rectoría del profesor Orlando Rivabén.
—¿Por qué te influyó?
—Rescato su capacidad de haber armado un "dream teem" de la educación impecable, ya que mis profesores tenían un excelente nivel y trato con los alumnos, lo cual no quiere decir que eran cancheros y amigos. Tengo el mejor de los recuerdos por ellos.

El poder del ajedrez
—¿Desarrollaste alguna afición durante bastante tiempo?
—Dos que me acompañan afortunadamente hasta hoy: la lectura y el ajedrez –que me enseñó mi papá cuando era muy chico–. En esa época el Círculo de Ajedrez era un lugar nocturno, bohemio y donde se fumaba, entonces no era el lugar más apropiado para alguien de siete años. Comencé a ir cuando fui más grande y a los 14 años jugué mi primer torneo oficial.
—¿Fue tu maestro?
—Sí y después seguí aprendiendo con sus libros, y con otros que se compraron, al igual que con revistas. Me atrapó mucho en la adolescencia y mi vida era ir a la escuela y al Círculo de Ajedrez. Mi viejo, en su juego, es más táctico –virulento (risas)–, y yo soy de un estilo más posicional.
—¿Soñabas ser profesional?
—Un poco sí, porque se seguían las partidas internacionales de Kárpov y Kaspárov –con quien simpatizaba. En su momento tuve que decidir entre los estudios y el ajedrez, porque sentía que la carrera me demandaría más tiempo. Jugué el último torneo a los 19 años y suspendí por un tiempo. Cuando volví –a los 24 años– había pibes de 15 que te pasaban por encima.
—¿Qué te aportó en cuanto a formación?
—Muchísimo: me ayudó a disciplinarme en el manejo del horario, concentrarme en la realización de una tarea, pensar estratégicamente y evaluar las consecuencias de una acción, me entrenó en el pensamiento lógico –además tener componentes de arte, filosofía, ciencias exactas, informática y creatividad.

Dos ruedas y libros
—¿Otra afición?
—Andar en bicicleta: hasta hace unos años tenía la disciplina de salir por la ruta 11, pero me asustó el tránsito y fui recortando el recorrido.
—¿Cuáles fueron los primeros libros que te revelaron nuevos universos?
—Todos los de Emilio Salgari y Julio Verne, cuando era muy chico y me enseñó a leer mi vieja. Más adelante, los autores policiales, y luego clásicos, como (George) Orwell, (Franz) Kafka, (Ray) Bradbury, Homero, Esquilo... (Eduardo) Galeano y (Rodolfo) Walsh –cuando fui más grande.
—¿Estaban en tu casa o los compraste?
—Las dos cosas. Tengo el privilegio de ser el hijo de laburantes para los cuales la cultura tenía un lugar de privilegio y respeto. Se podía carecer de otras cosas pero la cuenta de la librería siempre estaba abierta. No pasé carencias extremas, pero hubo momentos con lo justo y no sobraba nada. Estaba el ideal de la cultura impresa.
—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?
—Mi mamá trabajó hasta que tuve 8 años, como empleada administrativa de la ferretería Arcioni y mi papá era técnico de laboratorio, en una farmacia y en la del Hospital de Niños, donde se jubiló.
—¿Cuál de los propios te resultó un gran logro haberlo adquirido?
—Muchos de los de Historia, como los de Eric Hobsbawn, Halperin Donghi, Rodolfo Puiggros, Romero –padre e hijo–, Félix Luna, Milcíades Peña...

Las historias
—¿Qué buscabas en la Historia?
—Siempre pensé que los seres humanos somos, fundamentalmente, históricos, que nuestra vida se explica por el pasado. No por nostalgia, sino para comprender el presente y proyectarnos al futuro. Desde muy chico me llamaban la atención los héroes y batallas, y más grande, las explicaciones más estructurales, sobre el esclavismo, la industrialización, la democracia republicana, el colonialismo y las guerras. En el secundario me iba muy bien porque leía, aparte, otros libros.
—¿Sentías otra vocación además del ajedrez?
—Pude decidir rápidamente que con las Matemáticas, nada que ver.
—¿El "juego-ciencia" no tiene un componente matemático?
—Sí, sí, pero nunca pude hacer ese pasaje a las ciencias exactas. Hubo muchísimos ajedrecistas que fueron ingenieros como Mijaíl Botvínni –campéon del mundo por la Unión Soviética–. Uno de los primeros –en los años 40– que comenzó a pensar en la posibilidad de una inteligencia artificial que jugara al ajedrez.
—¿Cuál era la materia que más te gustaba en la secundaria?
—Historia y las humanísticas, Literatura. Era el "traga" del curso pero Matemáticas era un suplicio.
—¿Relacionabas Historia con una posible profesión?
—Pensé en estudiar. Cuando llegué a quinto año decidí en función de los recursos. Me interesaba mucho la ciencia política, no pude por aquello –aunque luego me di cuenta que no me hubiera gustado– y estudié Comunicación Social. La Historia siempre me interesó y nunca ha desaparecido de mi vida; estoy leyendo Historia del pueblo argentino –de Milcíades Peña– y Fútbol argentino –de Osvaldo Bayer. Todo es susceptible de historizarse porque amplía el universo de conocimientos. A nuestra vida cotidiana le falta ese enfoque porque hemos dejado de preguntarnos de dónde vienen muchas cosas que utilizamos.
—¿Por la aceleración del tiempo histórico?
—No paramos a preguntarnos por qué estamos acá y de qué es el mundo que habitamos –lo cual es un riesgo. La humanidad "avanza" sin detenerse a aprender de sus errores y sin preocupación por saber a dónde va.
—¿Como si "avanzar" –a priori– fuera un valor?
—Se dice "tenés que estar avanzado" y anticiparte. Por supuesto que creo que en el progreso, pero reflexivo y no antihistórico. A nivel de los líderes mundiales tampoco está esa lectura.
—Convengamos que hay poca calidad en términos de liderazgos mundiales –independientemente de consideraciones ideológicas–, comparados con los de no muchas décadas atrás.
—Sin ninguna duda: en los 70 –en Europa– estaba claro que Valéry Giscard d'Estaing era la derecha y que en Italia Enrico Berlinguer era la izquierda, y tanto uno como otro eran líderes y estadistas. Hacían una práctica cotidiana de la lectura histórica del presente. Hoy –me parece– que eso no está.
—¿La carrera se concilió con tus expectativas?
—No era lo que esperaba. En los primeros años no sabés por dónde te están llevando (risas). Me interesaba la educación, el trabajo académico, escribir y también el periodismo.
—¿Escribías antes de estudiar?
—Sí; cuando tenía 15 años escribí una obrita de teatro y a los 17, me entretenía hacía pequeños textos referidos a personajes de la Historia. En la Universidad escribí algunas columnas para las revistas de la Universidad.
Universidad encapsulada
—¿Te atrajo particularmente alguna materia?
—Me resulta difícil elegir una, pero me interesaban las relacionadas con lo social e histórico. Otras me parecieron frustrantes y cansadoras –como Semiótica, Lingüística y Análisis del discurso.
—¿Modificaste tu mirada en torno a la Historia?
—En algún punto sí y me ayudó a ver la posibilidad de que se puede historizar la vida cotidiana y el lenguaje. Hoy pienso distinto, porque el saber académico tiene sus "yeites" y uno de los riesgos es encerrarse en torres de marfil cada vez más lejanas de la realidad. Pareciera que tenés que debatir la Teoría del poder –de Foucault– pero te perdés la posibilidad de hablar con el chofer del colectivo. Fue una gran pérdida que recuperé tras salir de la universidad. Es un logro haberla transitado sin haber quedado preso de los encorsetamientos mentales y rituales académicos. Hace varios años que la universidad no organiza mi canon de lectura ni de consumos culturales, ya que leo, miro, escucho y opino lo que se me canta.
—¿Cuándo fuiste consciente de ese "corset" ideológico?
—En los últimos años de la carrera, por la sensación de fastidio y hartazgo –cuando estaban de moda los ecos del giro lingüístico y la postmodernidad, y que la realidad son discursos y significantes que flotan, y nunca tienen nada que ver con algo concreto.
—¿Cuál es el origen de ese aislamiento?
—El discurso universitario es fundamentalmente endogámico, se reproduce a sí mismo y no da cuenta de la realidad. Hay varios factores: modas intelectuales en Francia que acá –como buenos cipayos intelectuales– se reproducen. Por otro lado, las condiciones políticas, ya que la actual situación es fruto de la deserción de sus tareas históricas de las clases medias. En otra época, era un espacio donde podían mostrar su potencialidad y capacidad para transformar la realidad. Ahora, exhiben su impotencia, entonces hablan de ellos mismos. Y cuando hace alguna referencia externa, es un discurso bastante opaco que no llega a las masas.
—¿La falta de pensamiento propio es por pereza o por incapacidad?
—Hay intereses creados con los premios, becas, subsidios y concursos, con lo cual no es una universidad democrática, transparente ni abierta. Es una institución de la cual viven quienes forman parte de esos acuerdos, entonces nadie que forme parte tendrá ningún motivo para cambiar nada. Son cuestiones estructurales muy profundas y no tengo claro por dónde desarmarlo, ya que la separación con la realidad cada vez es mayor –y me hago cargo de lo que digo porque trabajo en dos universidades.
Lentificar y contar historias
—¿A partir de qué surgió la idea del libro?
—Es una compilación de ponencias que presenté en jornadas y congresos universitarios, las cuales giran en torno a una mirada histórico-política de los procesos de comunicación. Fue una grata experiencia descubrir que no dejé de escribir a lo largo de varios años y que tenía un norte u horizonte de preocupaciones.
—¿En qué hacés foco, teniendo en cuenta la amplitud de la temática?
—Tienen que ver con el impacto de la imprenta en la cultura escrita, cómo se consolidó la edición profesional de libros en Argentina, qué implicancias tiene la videopolítica, algunos apuntes sobre lo que (Armand) Mattelart llama la sociedad de la información y la reconstrucción de una experiencia educativa en Entre Ríos (Crear).
—¿Por qué este último rescate?
—Me contrataron de un proyecto en el cual se investigaba esa campaña. Fue una campaña de alfabetización nacional de adultos dinámica y militante –entre 1973 y 1975. Me reuní con la gente que participó, quienes me mostraron los documentos y material que sobrevivió al tiempo y la persecución.
—¿Qué aspectos rescatarías teniendo en cuenta la actual crisis educativa?
—Lo que me llamó la atención fue el extraordinario afán de la sociedad por aprender cosas nuevas, contrastado con esta apatía y pereza. Hoy a un joven leer diez libros le parece un mundo, porque pareciera que el conocimiento tiene que ser rápido, vertiginoso, automático, digital y circular por las redes.
—¿La pantalla legitima?
—Claro, y la velocidad, El mayor tráfico en Internet es de imágenes, no necesariamente de textos. No es un nuevo modo de conocimiento, ya que éste implica tiempo, dedicación y disciplina.
—¿A quién le puede servir el libro?
—A un curioso, seguro; a lo mejor, a los docentes. Traté de expresarlo en un lenguaje más o menos llano más allá de datos duros y estadísticos.
—¿Ya fue presentado?
—No, porque lo terminamos en diciembre.
—¿Cómo considerás al momento actual de desestructuración y reconversión del sistema clásico de medios?
—En el libro hay algo de eso porque es un recorrido histórico, así que aludo a algunas de las transformaciones. La que me parece significativa y alarmante es la idea de que el periodismo tiene que ser vertiginoso, inmediato, automático y poco reflexionado, mostrar mucho, rápido y pasar de un impacto visual a otro. El periodismo es una forma de conocer el mundo e implica detenerse.
—¿Lentificar es el mayor desafío?
—Hay que volver a contar historias porque hay gente interesada, en vez de transmitir tanta cantidad de noticias superficiales. En las historias de vida de la gente de una cuadra, por ejemplo, está condensado un momento o parte de la historia de una sociedad. Esto implica salir de la dinámica de producción que consiste en la velocidad de la velocidad. Hay notas en televisión de 30 segundos. Creo que todavía podemos pararnos y pensar sobre nuestras vidas, más allá del vértigo.

Cantidad de información, videopolítica y lectoescritura
El volumen informativo que difunde cada día la televisión acaba saturando a la audiencia. El caudal informativo disponible no produce ciudadanos más informados, sino sujetos abrumados por una profusión de información de la que se torna imposible discernir qué es realmente lo importante y significativo y qué lo irrelevante.
Los videopolíticos delimitan y definen su figura de acuerdo a la imagen. Lo importante de una política así presentada se centra en la apariencia del candidato, en su figura, en la imagen que trasmite, en cómo está vestido, en cómo sonríe, en cómo está peinado, en cómo luce tu tez y otros aspectos centrales para la cultura de la imagen.
Cuando ya existe una generación entera que ha sido alfabetizada mediante soportes digitales, las evaluaciones de los aprendizajes muestran alarmantes falencias en lectoescritura, no solo entre adolescentes de la escuela media, sino también en jóvenes universitarios.
(Del libro Sobre la historia de la comunicación, de Ariel Vittor)

"La escuela dejó de ser una referencia para la gente"
Vittor describe la descomposición del sistema de enseñanza media –en el cual trabajó durante 11 años– y entiende que los docentes se sienten "perseguidos, acorralados y trastornados psicológicamente. Se les ha quitado todo resto de autoridad y legitimidad para el ejercicio de su profesión", enfatiza, a la vez que critica la ineficiencia de las asesorías pedagógicas.
—¿Cuál fue el mayor desajuste que percibiste al hacer una autocrítica de tu formación universitaria?
—Cuando comencé a dar clases en el nivel Medio, trabajando en escuelas de barrios carenciados y marginales. Cuando en medio de la tarde se duermen las gurisas que están en el fondo porque no morfan... volvés a tu casa y decís "¿qué mierda hago con todos estos libros?" ¿Qué les voy a hablar del significante flotante de (Eliseo) Verón a dos mocosas que se matarían por una factura, y que muchas veces compramos nosotros? Me sorprendió y hasta tenía sensaciones físicas por estas situaciones.
—¿A qué recurriste?
—A poder pensarme, tratar de entender cómo era la vida de nuestros estudiantes y sus familias, y volver a leer las cosas que pasaban en el país. Es una paradoja haber estado en la carrera de Comunicación Social y lo que menos se leía eran los diarios. Llegó un punto en que las discusiones eran "los aparatos ideológicos de (Louis) Althusser" pero no agarrábamos un diario, entonces no sabías cuánto cobraba un maestro o un jubilado en Entre Ríos. Una desconexión muy profunda.
—¿Qué desaprendiste?
—Un perfil con el cual me estaban formando porque no quería ser ese pichón de intelectual que querían hacer. Antes pensaba que la palabra intelectual era un elogio, pero ahora la siento como un insulto.
—Está muy devaluada, y con razón.
—Desaprendí un modo de aprender, reprogramar la cabeza para seguir aprendiendo, pero no de la misma manera como me lo enseñó la universidad –aunque sin renegar de lo anterior. Cuando lo logré, me sentí liberado, porque me reconecté con la gente común –como un pescador o un taxista–. Mi amigo de toda la vida es ferretero y he aprendido un montón de él, porque me saqué ese casete que te implantan en la universidad.
—¿Descubriste otros autores y textos a partir de esta mirada?
—Por supuesto: volví a leer crónicas de viajes y periodísticas, revisar lo que escribió Rodolfo Walsh... y encontrar el placer no sólo en la narración de lo que cuenta la gente sino en toda clase de textos. Cervantes decía "el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho".
—¿Al docente –en general– lo observás desalentado, incapaz, indiferente...?
—Ejercí muchos años hasta que me cansé. Guillermo Jaim Etcheverry –exrector de la UBA– tiene una frase extraordinaria: "El secundario se ha convertido en la una larga preparación para el viaje a Bariloche" (risas) porque todo lo que se hace parece que es para ese corolario. Al docente de nivel Medio lo veo perseguido, acorralado y no por casualidad hay tantos casos de psicosis y trastornos de ansiedad entre ellos. Se les ha quitado todo resto de autoridad y legitimidad para el ejercicio de su profesión. Están burlados y desconocidos por los estudiantes, desconocidos por los padres que abiertamente los golpean, olvidados de los directivos quienes –mientras no pasen cosas graves– prefieren no hacer demasiado escándalo para no atraer la atención de los medios y no se dañe el prestigio de la institución. También están acorralados por las famosas asesorías pedagógicas, que son productos de la universidad. Pueden discutir muy interesantes y abstractas teorías pedagógicas, pero no puede resolver el problema concreto de dos gurises que se agarran del cogote en el fondo de la clase. Esto está pasando y el docente es el último orejón del tarro, en un marco de desinterés del ministerio nacional.

Un depósito de chicos
—¿Cuántos años trabajaste en ese nivel?
—Once años y hace nueve que dejé.
—¿Observaste que algún momento particular de ese lapso fue un punto de quiebre en cuanto al agravamiento de la decadencia?
—No estoy seguro, pero en la escuela se notó con mucha crudeza la crisis de 2001-2002 –con la particularidad de los bonos en Entre Ríos– aunque ya había ciertas tendencias de violencia. Era un caos, como todo.
—¿Todavía inciden esos efectos?
—Sí, esa crisis es un hecho puntual de la historia reciente pero hay procesos más profundos, y el principal es que la sociedad no ve a la escuela como una institución de referencia para la vida pública. No es el lugar donde se formarán sus hijos y las generaciones nuevas, sino un depósito de chicos donde los padres los "monitorean" a través de las redes sociales, aunque lo que realmente les interesa es que los gurises no molesten mucho en la casa. Si aprenden algo de Literatura o las leyes de la óptica, no les importa. Los gurises crecen en un clima de ninguneo hacia la escuela y el docente, con épocas que mejoran o empeoran.
—¿Cuándo sentiste que no tenías nada que hacer allí?
—Cuando me cansé de no tener respuesta para esto. Me fui del secundario cansado de la violencia en el aula, la falta de apoyo de las autoridades, de los aprietes y presiones de los padres, y de un sistema en el cual era totalmente aleatorio que estuviera o no. En la escuela Normal planteé algunas cosas a las asesoras pedagógicas y me respondieron que "las condiciones de trabajo son así". Me consta que le pasa a todo el mundo y el que puede, se va. Hay sectores que eligen la carrera del magisterio para no caer en una pobreza más profunda, así que difícilmente ese docente se preocupe por saber las diferencias entre el teatro de Esquilo y el de Sófocles –y no es que yo lo tenga muy claro. El docente de primaria también está denigrado.

Comentarios