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Hay que pensar cómo será el futuro

Un libro virtual intenta responder preguntas en torno de lo que vendrá luego de la emergencia sanitaria. Fragmentos destacados de la obra.

Martes 12 de Mayo de 2020

“La aparición de una pandemia es una bomba; sus esquirlas son los relatos apocalípticos esparcidos por todos los rincones de la aldea global. Parafraseando a autores de resonancia, es más sencillo y usual imaginar el fin de la humanidad que el fin de la injusticia. Películas, novelas y relatos periodísticos nos narran todas las distopías que no habíamos podido pensar. La crisis torna imperioso pensar el presente. Y torna impensable el futuro. Su triunfo cultural consiste en bloquear la imaginación de nuevos rumbos y de nuevos horizontes. Encorsetado el futuro a la catástrofe, a la imposibilidad, se despliega una maquinaria que erosiona la voluntad de acción. Que coloca el destino en cualquier factor ajeno a la voluntad y a la sociedad. Que pretende doblegar deseos, sueños y construcciones colectivas”.

De esta manera comienza el prólogo escrito por el reconocido antropólogo, historiador y escritor Alejandro Grimson –ahora asesor del presidente Alberto Fernández– para el libro virtual que acaba de lanzar el programa Argentina Futura, perteneciente a la Jefatura de Gabinete de Ministros de la Nación, y que estuvo a su cargo. Treinta destacados intelectuales participan de El futuro después del Covid-19, que se puede descargar en la red de manera gratuita en el link https://www.argentina.gob.ar/argentina-futura Compilada por Nahuel Sosa, Lila Siegrist y Federico Escribal, la publicación rastrea las condiciones políticas y económicas que hicieron falta para que un virus pusiera en jaque a toda la humanidad, explora e imagina escenarios inéditos. Lo que sigue es una selección de fragmentos destacados.

Roberto Follari

No poco han decepcionado los grandes intelectuales en esta circunstancia. Ningún esfuerzo por captar la enorme novedad del fenómeno de la peste: casi todos encontrando como conclusión su propia premisa, “hallando” la redundancia de sus presunciones previas. Un pensador sutil como Agamben hablando del estado de excepción, de lo que escribió hace casi dos décadas, reconfirmando lo siempre-ya-dicho. Zizek —otrora un teórico original y novedoso— buscando notoriedad con una insólita apelación a la reaparición del comunismo en gran reforma de su propia historia, contra cualquier evidencia y posibilidad efectivas. Según él, poco menos, el virus será revolucionario o no será. Byung-Chul-Han, con su módica posición de el-sistema-siempre-se-impone, advirtiendo otra vez sobre la llegada del mundo concentracionario e hipercontrolado, que se habría mostrado ya en su natal Corea.

Paula Canelo

La pandemia nos igualó; y acto seguido, también nos mostró la profunda desigualdad en la que vivíamos. Por ejemplo, entre algunos de nosotros parece haber crecido la conciencia del propio privilegio: el de tener una casa habitable, un trabajo, un sueldo asegurado (o ahorros disponibles), educación, alimentos, salud, seguridad. Otros, posiblemente, nos encontramos por primera vez compartiendo aquellos problemas que antes sentíamos lejos (no llegar a fin de mes, no poder pagar el alquiler, subalimentarnos, etcétera), aunque “normalmente” sí atravesaban a los sectores más frágiles o vulnerables de nuestra sociedad (trabajadores informales, desocupados, precarizados, pobres). Pero, ¿modificó la pandemia nuestro vínculo con la desigualdad? ¿De qué forma? Porque ante la expectativa concreta de “pagar por el otro” las actitudes varían entre la disposición a la solidaridad, por un lado, y la afirmación en el individualismo y la policialización en el vínculo con los demás, por el otro.

Horacio González

Es preciso observar con más detenimiento las cuestiones novedosas que se presentaron durante la experiencia de la gran reclusión. Abundaron las paradojas que es necesario desentrañar. Los llamados al cuidado y a la solidaridad convivieron con la desconfianza y el miedo. La aceptación de discusiones rigurosas por parte de los planificadores estatales del aislamiento se respetó con muy pocas excepciones, pero la expresividad que tuvieron recorrió varias instancias según los sectores sociales donde se protagonizó la experiencia. Por el hecho de cantar en los balcones, el empleo del streaming, el uso de tecnologías celulares de teleconferencias, el ámbito domiciliario, el domus, mostró la necesidad de expresarse fuera de sus paredes y con ella, instituía la necesidad de ciudad.

La necesidad de ciudad es un reclamo permanente no siempre bien satisfecho. Las ciudades amuralladas feudales han dado paso a megalópolis que son marcas del habitar técnico sobre amplios territorios, pero se refeudalizan continuamente con signos de clase social y segmentaciones distritales que producen una plusvalía que diseña artificiosamente espacios urbanos con criterios de diferenciación trazados por grandes fuerzas económicas que dominan la renta urbana y el lenguaje de los símbolos de una estratificación escénica. El “sistema de la moda”, como alguna vez se lo llamó, que se ubica como simbología consumista del capitalismo financiero, tipifica la banalización de las ciudades. La ciudad futura entraña un nuevo trazo de debates arquitectónico-habitacionales, desligados del capitalismo inmobiliario y la feudalización de la ciudad.

Ricardo Forster

Ese catecismo que impregnó el sentido común en las últimas cuatro décadas se ha convertido en letra muerta. Ya nadie lo recita. Ya nadie lo reclama. Ya nadie busca imponerlo, aunque sigan persistiendo los nostálgicos de la libertad absoluta, de la meritocracia y del sálvese quien pueda. Ni siquiera el americanismo más radicalmente libertario ni la ampulosa autosuficiencia de un Trump cada vez más caricatura de sí mismo, hoy pueden sostener argumentos que se los ha llevado el viento huracanado causado por un “bichito” invisible. Décadas de industria cultural y comunicacional, de publicidad subliminal atravesando todo tipo de fronteras reales e imaginarias han mostrado, de la noche a la mañana, que las certezas y las creencias dominantes han saltado en mil pedazos. Vuelve el Estado.

Atilio Boron

Nada indica que el mundo que emerja de las ruinas de esta pandemia, la primera realmente global en la historia, será la alegre continuidad del que le precedió. La Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial y la reconstrucción keynesiana de la posguerra detuvieron por un tiempo el primado de las ideas liberales. Fueron los “veinticinco años gloriosos” transitados entre 1948 y 1973, momento en que el ciclo keynesiano comienza a derrumbarse. Pero la restauración, ahora bajo el engañoso nombre de “neoliberal”, no pudo retroceder el reloj de la historia. Por más que se empeñaron los gobiernos surgidos del agotamiento del ciclo progresista de la segunda posguerra no pudieron regresar al pasado. El enorme crecimiento de los Estados y los avances en la regulación de los mercados no pudieron ser detenidos. Hubo sí una excepción porque el capital financiero, devenido en la fracción hegemónica del bloque burgués, se desmarcó de esta tendencia y, de hecho, se convirtió en el “gobierno invisible” en la mayoría de los capitalismos desarrollados. Fracasaron en su empeño restaurador nada menos que Ronald Reagan, Margaret Thatcher y los sucesivos gobiernos de centroderecha o derecha de Alemania y Japón.

Rita Segato

Veo el Covid-19 como Ernesto Laclau vio a la figura de Perón en la política argentina: un “significante vacío”, al que diversos proyectos políticos le tendieron su red discursiva. También lo veo como un evento que da origen a un “efecto Rashomon”, evocando aquí la forma en que en las ciencias sociales se ha usado el tema del clásico film de Kurosawa: un mismo crimen relatado desde cuatro perspectivas de interés diferentes. Pero sobre todo lo veo como una situación de lo que Lacan llamó “irrupción de lo real”, el imaginario que atrapa nuestra visión del mundo o grilla a través de la cual filtramos las entidades que formarán parte de nuestra percepción es una fina tela que nos envuelve. Más allá de ella se encuentra lo “real”, para usar el término de Lacan: la naturaleza tal cual sea, incluyendo nuestra propia naturaleza.

Julián Rebón

Debemos plantear la propia singularidad de Argentina en el marco de este escenario global. Nuestro país enfrenta este fenómeno en el contexto de la preexistencia de una crisis económica y social vinculada a la sobrecarga del endeudamiento internacional del país. Ya estábamos en crisis. La expansión de la pandemia le agregó un nuevo ámbito central para su desarrollo: el sanitario. Además, potenció los desequilibrios preexistentes. En primer lugar, nuestra situación de extrema vulnerabilidad fue rápidamente afectada por la volatilidad e inestabilidad de los mercados globales ante la pandemia. En segundo lugar, las políticas para ralentizar el contagio y evitar un descalabro completo del sistema de salud, alimentaron en el corto plazo diversas tensiones económicas y sociales. A diferencia de otras crisis de la Argentina reciente, esta transcurre con las calles vacías y con un gobierno que ejerce la conducción del Estado con amplia legitimidad.

Maristella Svampa

Vivimos una encrucijada civilizatoria, cuyo alcance y consecuencias todavía inciertas envuelve las diferentes esferas de la vida. Para comenzar, la pandemia ha desnudado y agudizado las desigualdades sociales y económicas haciéndolas más insoportables que nunca, y ha tornado necesario retomar aquellas alternativas que hace solo unos meses parecían inviables, para encontrarle una salida diferente a la crisis que vivimos. Como pocas veces visto, la pandemia nos impulsa a dejar de mirar el Estado, los mercados, la familia, la comunidad, con lagañas tradicionales, a la luz de nuestra vulnerabilidad social y nuestra condición humana, como seres inter y ecodependientes, a repensar en una reconfiguración integral, esto es, social, sanitaria, económica y ecológica, que tribute a la vida y a los pueblos.

Así, la capacidad del Estado, que hoy aparece como fundamental para superar la crisis a nivel global y nacional, debe ser puesta al servicio de un gran Green New Deal o Gran Pacto Ecosocial y Económico, para transformar la economía mediante un plan holístico que salve al planeta y, a la vez, persiga una sociedad más justa e igualitaria. Lo peor que podría suceder es que, en su propósito de volver a crecer económicamente, el Estado apunte a legislar contra el ambiente, acentuando la crisis ambiental y climática, así como las desigualdades norte-sur y entre los diferentes grupos sociales. Hay que entender de una vez por todas que las justicias ecológica y social van juntas, que no sirve una sin la otra.

Beatriz Sarlo

Los acuerdos son muy difíciles, porque suponen que alguien resigna una parte de lo que le ha tocado en suerte y, muchas veces, esos afortunados no están moralmente educados para resignar lo que obtuvieron en repartos anteriores de los ingresos, las tierras, los bienes simbólicos, o su propio trabajo, del que tienen la convicción que debe repartirse lo menos posible. Nadie está dispuesto a considerar, ni siquiera como hipótesis, que la riqueza nacional es un bien común colectivo, y que los impuestos deberían repartirla de modo más equitativo. En este sentido, expreso mi deseo. Lo mejor que puede aportar el futuro de la pandemia es una reforma impositiva, con un acento puesto sobre los bienes personales. Los empresarios pagarán más si son ricos, no si sus empresas son prósperas e invierten productivamente sus ganancias. Si la pandemia nos convierte en un país impositivamente más justo, podremos decir que hemos vencido y que habrá un futuro.

Todo depende de nosotros. Debemos eso a los muertos y a quienes están sufriendo.

Dora Barrancos

Todo se ha puesto patas para arriba con la pandemia. Y no deja de llamar la atención que sean especialmente los liderazgos de derecha del mundo los que se hayan opuesto a tomar medidas en tiempo oportuno para paliar la peste, a sabiendas de lo que estaba ocurriendo en las cercanías. El obcecamiento negacionista de Boris Johnson, Donald Trump y Jair Bolsonaro se nutre de la necesidad preminente de no consentir en el estrépito de la economía, de no obstruir la mano invisible del mercado porque hay algo que se pone dramáticamente en evidencia, y es el desvanecimiento, la inconsistencia y el estallido de la mercantilización, sobre todo de los bienes sanitarios. ¿Pero no habría que pensar que están asistidos por el deseo de que finalmente la pandemia contribuya al conocido dispositivo de la selección eugénica, que se lleve a los indeseables, a los imperfectos que no han sabido usufructuar los beneficios del sistema? Habría que explorar este lado oscuro de la razón capitalista.

Silvio Waisbord

Byung-Chul Han, filósofo influyente en ciertos círculos intelectuales, observa astuto que Zizek se equivoca al inferir que el virus es la estocada final al capitalismo. Han predice un capitalismo recargado y el surgimiento de formas alternativas de movilización. La revolución se hace con personas más allá de situaciones particulares, dice con acierto. Han avizora más de lo mismo (o peor). La razón es sencilla: no hay evidencia concreta que ayude a imaginar una trayectoria diferente. Sin embargo, se apura al sentenciar sin evidencia que “el virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte”. Hay ejemplos cabales de solidaridad y unión canalizados por plataformas digitales, como también movilizaciones para que los gobiernos sean sensibles y atiendan de forma urgente la situación de los más excluidos. El aislamiento físico no necesariamente individualiza cuando se pueden mantener y recrear formas de comunidad. De hecho, expertos en temas de sociabilidad digital, como Sherry Turkle, vienen anticipando nuevas formas de construir y mantener lazos sociales. Varios ejemplos durante la pandemia confirmarían esta idea, en tanto personas a lo ancho del planeta se han replegado en la vida social digital para combatir la separación, ansiedad, miedo, depresión, y soledad.

María Esperanza Casullo

El 4 de abril pasado el diario londinense Financial Times, baluarte mundial de la ideología extrema proempresas, decidió que tenía algo muy importante que comunicarle al mundo. Supimos que era algo importante porque lo publicaron bajo la forma del editorial institucional; es decir, la nota que expresa la posición oficial del medio, de sus editores y de su board editorial. Tan importante fue esa editorial que, de manera excepcional, decidieron ese día liberar la editorial para que pudieran leerla aun aquellas personas que no pagan la suscripción de la publicación. (Al menos, la liberó por un rato: unas horas después ya era imposible entrar a leerla sin pagar.) Evidentemente el board entero del Financial Times decidió que lo que tenía para decir ese día era realmente muy importante que el mundo.

Lo que el Financial Times sentía que tenía que comunicar imperiosamente era esto: hay que dejar atrás cuarenta años de neoliberalismo y aceptar mayor inversión pública, más impuestos y mayor distribución.

Sandra Valdettaro

Una nueva experiencia se instaló en los modos de vida a nivel global. La pandemia actual del coronavirus Covid-19 colocó, de repente, a la humanidad en esa frontera siempre inestable entre naturaleza, biología y cultura que nuestro inocente imaginario cientificista suponía controlada.

A pesar de la profusión de diagnósticos de todo tipo que desde hace décadas vienen anunciando la inminencia de la catástrofe, la humanidad quedó, sin embargo, en un estado de estupefacción y con un sentimiento de imprevisibilidad y suspensión del sentido común, esto es, de suspensión de ese simulacro de naturalización de la existencia de la realidad que la fenomenología plantea como necesario para el desarrollo y mantenimiento de la vida social.

Más que la invisibilidad y la atribución de letalidad y contagio del virus, lo que perfora de manera radical nuestra existencia es la erosión de la confianza en nuestra propia capacidad, en tanto especie, de conservar la vida. Se ve que no bastaron, para nuestros propios recursos adaptativos, ni las lecturas atentas de Virilio, de Beck, de Luhmann, entre otros, ni nuestros imaginarios formateados en la literatura y el cine distópicos de ciencia ficción; no bastaron, parece, todos los productos de la cultura mediática que década tras década intentaron prepararnos.

María Moreno

No future decían los punks. Pero la craneoteca intelectual del mundo mundial salió a conjeturar el futuro, calcularlo, promoverlo, aunque no se sepa que va a pasar con el bautizado bichito –seguramente para que el diminutivo achique el pánico–. Caída del capital, ya nada será como antes, solidaridad global como primeros auxilios, salud-mata- mercado, tecnototalitarismo y lo más loco, “técnica del corazón explosivo de la palma de cinco puntos” (Zizek citando Kill Bill).

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