Diálogo abierto
Viernes 05 de Octubre de 2018

"Hay que establecer objetivos y hacer las cosas según la edad"

La actividad deportiva como norte: "Lo hago porque tengo una juventud con experiencia y voy a dar la vueltita", dice Jorge Stopello.

Recientemente el veterano atleta Jorge Stopello participó de la tercera edición del Half IronPaz –la competencia de 1,9 km de natación, 90 km de ciclismo y 21 km de pedestrismo–, desarrollada en La Paz, habiendo cubierto la totalidad del tramo a nado y 53 kilómetros en bicicleta, cuando decidió abandonar "por la inseguridad, ya que la ruta estaba liberada", según manifestó a UNO tras la competencia. El deportista –quien comenzó a practicar dicha especialidad a los 67 años– describe sus cuidados, rutina de entrenamiento y aconseja no olvidarse del disfrute.

No tan bueno, pero perseverante
—¿Dónde nació?
—En Paraná, el 10 de diciembre de 1942, en la Clínica Modelo. Vivimos en avenida Echagüe y al año y medio de nacido, nos mudamos a calle Colón –donde estuve hasta los 14 años, con un grupo de amigos que algunos fallecieron y otros hasta hoy nos juntamos. A partir de ahí vinimos a calle Cervantes, pasando Catamarca.
—¿Cómo era la zona de calle Colón en su infancia?
—De adoquines. Mi casa estaba entre San Juan y Pasaje Baucis –donde jugábamos al fútbol. La mayoría íbamos a la escuela Sarmiento y fundamos un club –Defensores de Colón– cuando yo tenía nueve años y donde ahora está el sindicato –entre Corrientes y San Martín. Era un fondo muy grande del señor Lerena, donde teníamos nuestra canchita de fútbol. Vivíamos cerca del Club Belgrano pero éramos hinchas de Paraná. A los ocho años comencé a nadar –en verano– y competir en el Rowing, y aprendí a cruzar a la isla.
—¿Fue el primer deporte que hizo regularmente?
—No, también fútbol y básquet, en Recreativo –donde jugué con los Barbagelata y otros nombres que no recuerdo, hasta los 15 años, y luego pasé al Rowing. En Córdoba, jugué al básquet en Talleres –donde había un gran nivel. Nunca fui bueno, sino de la mitad para abajo y me defendí con la constancia. Si practicaban una hora, yo practicaba dos.
—¿Formadores importantes?
—En básquet, mi tío, Raúl Plana –quien fue preseleccionado para los Juegos Olímpicos de Helsinki. Mi padre no hizo mucho deporte pero le gustaba verlo, así que desde chico conocí las canchas de básquet de polvo de ladrillo y lo vi a mi tío jugar en el Club Estrella; tuve otro tío que jugaba en Quique y otro en la Unión Árabe. Recuerdo un campeonato entrerriano en Gualeguaychú, donde fuimos en tren. También nos llevó cuando vinieron los franceses al Club Estudiantes y nunca me olvido de un try que hizo Matías Avellaneda –quien se destacó en todos los deportes. En Rowing había un señor Díaz que nos enseñaba y entrenaba.
—¿Tengo entendido que los franceses lo quisieron llevar a Avellaneda?
—Así es.
—¿Pensó en hacer alguno de esos deportes en forma profesional?
—En Córdoba cobré aunque no era un gran pago pero ayudaba porque estaba estudiando, y además nos equipaban, buscaban en taxi y daban de comer. En tercer año de la facultad tuve que dejarlo de lado, porque tenía que recibirme. Aunque no pude hacer la carrera en cinco años, porque tuvimos la desgracia del golpe de 1966 y cerraron la facultad durante dos años.
—¿Le costó tomar la decisión?
—Mucho, mucho... pero seguí entrenando, corriendo, nadando en verano, jugando a la mano en el Rowing, luego comencé a jugar al paddle y conocí el Ironman (triatlón) –que nació luego de la Segunda Guerra Mundial, como entrenamiento para los grupos de supervivencia y marines en los Estados Unidos.
—¿Cuál era su vocación cuando niño?
—Siempre pensé algo relacionado con las Matemáticas. No tenía ningún referente familiar vinculado con la Arquitectura pero en tercer año del Colegio Nacional dije que estudiaría Arquitectura. Mi hermano me lleva dos años, se fue a estudiar Ingeniería, me gustaba, pero pensé que seríamos dos ingenieros, entonces opté por Arquitectura. Todo lo que fue cálculo de estructura, lo estudié con los libros de Ingeniería, y rendí libres las materias de construcción –aunque las cursaba, para estudiar más.
—¿Tuvo otra afición además de los deportes?
—Me gustaba mucho pintar y lo hice desde los ocho años hasta que terminé quinto año.
—¿Fue autodidacta?
—No, aprendí en el Instituto Palermo –que estaba en 25 de Junio y Tucumán, donde enseñaban dibujo y pintura.
—¿Qué materias le gustaban?
—Matemáticas, Física, Geografía e Historia; siempre me gustó estudiar, hasta hoy.

Disfrutar antes que competir
—¿Leía por fuera de los estudios formales?
—Siempre; ahora hace unos años que me he abandonado por el duatlón y el triatlón, ya que me lleva bastante tiempo el entrenamiento diario –menos el domingo. Hace nueve años que tengo un entrenador y el domingo a la noche me manda el programa para toda la semana –lo cual me ha ayudado mucho. Lo que pretendo hacer ahora (por el triatlón que se corrió en La Paz) venimos preparándolo hace cinco meses, en los cuales sólo dos días no pude entrenar. Estoy preparado y con los controles médicos hechos. Lo hago en La Paz porque hay que nadar en el Paraná, por su inmensidad que disfruto y soy feliz. En las primeras carreras, paraba y las canoas se me acercaban, pero era para disfrutar el paisaje. Cuando fui a correr a Londres lo hicimos donde se hicieron los Juegos Olímpicos.
—En el Hyde Park.
—Sí, hay una escultura muy grande al nadador y cuando pasé, paré y se vinieron las lanchitas para ver qué pasaba. Era sólo para disfrutar, tienen que haber dicho "qué bicho raro". Allí estuvieron Bruno Baldini –de La Paz–, otro chico de Mendoza y ver 5.000 atletas fue maravilloso. También fui a un duatlón en Canadá.
—¿Privilegia más el disfrute que la competencia y el logro?
—Muchos no lo entienden; entreno con seriedad y responsabilidad pero no descuido el disfrute. Mi dicho es "lo hago porque tengo una juventud con experiencia y voy a dar la vueltita". Si lo hago, soy feliz, y luego viene todo lo otro, ya que me hace bien para la salud. Me cuido mucho pero me doy mis gustos cuando me reúno con mis amigos y la familia.
—¿Qué libros le resultaron influyentes?
—La madre de un amigo nos arrimó muchos que tenían que ver con la historia de Egipto y siempre me gustó comprender cómo fueron otras sociedades, lo cual me sirvió para cuando estudié Arquitectura. Por ejemplo, los romanos tenían algunos caminos pavimentados y otros no, y éstos les permitían mover las tropas a escondidas. Darío –quien conquistó territorios impensables– siempre iba por los lugares que menos se suponía, principios que también conocía San Martín.

Ciudad sin rumbo
—¿Qué imaginó hacer como arquitecto?
—Tuve la suerte de desarrollar muchas cosas: a los 30 años fui director de Planeamiento y secretario de Obras, Servicios y Salud Pública de la Municipalidad; desarrollé la Toma Nueva y el Thompson, en los Arenales se hizo una zona de vestuarios –aunque luego se perdió–, el Patito Sirirí y cuando se habilitó el túnel, manejé lo relacionado con el impacto y el cambio de las manos de las calles, apuntando a una planificación que unificara el centro de la ciudad. Desde 1969 a la fecha no se volvió a planificar nada y todos los intentos, terminaron en negocios inmobiliarios. Será muy complejo darle una solución.
—¿Cuál es el mayor desequilibrio urbanístico que observa?
—Está distorsionado el espacio urbano, en el sentido de que no hay un equilibrio entre la densidad de población y los servicios –sobre los cuales toda la gente se queja. Es porque no se cumplen los códigos de edificación, lo cual, también, trae un gran problema hidráulico de inundación. Todo estaba codificado, pero no se cumplió más. Hice varios edificios y el 80 por ciento de las unidades habitacionales tenían que tener un lugar de cochera. Hoy hay torres enormes – con más de 20 departamentos– que sólo tienen dos o tres lugares, entonces los autos quedan en la calle. No sólo se distorsiona el planeamiento físico sino también los servicios y la salud –ya que no se pueden barrer las cunetas, porque están cubiertas de autos. Llueve, se estaciona basura y vivimos en la mugre. El auto nos taponó. Abren colegios en cualquier parte, sin tener en cuenta la densidad poblacional, y funcionan oficinas públicas en cualquier casa en alquiler –fuera del viejo centro cívico–, lo cual altera la movilidad de las personas y la racionalidad del sistema de transporte. El colectivo no puede pasar por la puerta de la casa de todos.
—¿Cuándo hubo un punto de inflexión gravitante en ese sentido?
—A partir de los 90, con el cuento de que el servicio doméstico tendría auto, entonces se priorizó el automóvil, al orden. En Europa hay una serie de servicios, por lo cual el auto no se necesita, incluso ya no se necesita el avión, porque están los trenes de alta velocidad. Acá todavía circulamos por la vieja estructura que terminaba en los bulevares y saliendo de éstos es tierra de nadie, con grandes densidades de población sin servicios de colectivo, salud, agua, iluminación y ni hablar de las cloacas –cuyo sistema data de 1890. La colectora principal que pasa por la esquina de mi casa es la instalada en aquella época. Cuando estuve en Planeamiento municipal –hasta 1983– éramos entre 98.000 y 110.000 habitantes, y hoy pasamos los 300.000, y la ciudad tiene las calles con el mismo ancho, las veredas iguales, incorporamos algo de tecnología aunque seguimos con una maraña de cables aéreos, los servicios no funcionan... y sin embargo pagamos impuestos altísimos.

Quebrado, pero siempre entrenando
—¿Cómo comenzó con el triatlón?
—En 1982 leí que acá se correría el primer triatlón, pero ese año me fundí con mi socio –por la Operatoria 1050– y perdimos 72 departamentos construidos en más del 80 por ciento. Así que, adiós triatlón, porque tuve que comenzar desde cero, pero seguía corriendo luego de venir de dar clases a las 12 de la noche, y me levantaba a las cinco de la mañana a dibujar. El deporte era de a ratos, hacía todo lo que podía porque me gustaba cuidarme, y luego jugué al fútbol y al básquet en el Interprofesional, y en las Olimpíadas de los arquitectos.
—¿Qué le atrajo?
—La combinación de deportes y que visualicé que para hacerlo había que mantenerse en tres deportes –lo cual no es fácil. Lamentablemente desde 1982 hasta 2009 quedé con eso latente, quietito y callado. Me jubilé de la docencia en 2001, comencé a hacer un poco más de actividad física, a ir al gimnasio, hacer RPM (programa de ciclismo indoor) y escuchaba nuevamente a la muchachada hablar sobre el duatlón y el triatlón, hasta que en 2009 –gracias a los puntos del Automóvil Club– saqué una bicicleta, para hacer triatlón. Cuando el profe la vio... no voy a decir lo que me dijo, porque era de hierro (risas) y tenía unos cambios muy precarios. Era invierno, así que comencé con el duatlón, me fui a Crespo con una mountain bike para ver cómo era y como sabía que iba ir a la cola, iba siguiendo a los de adelante. Tuve la sorpresa que por la edad, tuve un premio, que me lo trajeron a casa, porque terminé de correr y me vine a mi casa.
—¿Qué edad tenía cuando comenzó?
—67 años. Al principio me costó tener apoyo de los profes hasta que un chico del gimnasio me dijo que me buscara alguien que me entrenara, hablé con Fernando Hairala y comenzamos. Con el tiempo tuve satisfacciones enormes, porque hace varios años me dieron un premio muy especial –en memoria de un chico que se ahogó durante una prueba (se emociona).

Cuestión del corazón
—¿Cómo interviene el factor aeróbico en cada una de las tres disciplinas?
—El cardiólogo me dijo que tengo una capacidad aeróbica enorme. En los planes de entrenamiento durante un período hago solamente natación aeróbica, subo a la bicicleta y también hago aeróbico, salgo a correr y también es un trabajo aeróbico. Luego de varias temporadas de entrenamiento, con determinada cadencia, se logra no subir el ritmo cardíaco más de 90. También tengo una buena recuperación y la puedo lograr en dos o tres minutos.
—¿Cada uno de los deportes tiene un umbral de esfuerzo a superar o es uno solo en toda la competencia?
—A mí me cuestan los primeros diez kilómetros de bicicleta y me da ganas de bajarme –hasta que agarro ritmo–, con la natación me pasa algo parecido, por eso salgo lento, y en el pedestrismo, en los primeros kilómetros he tenido unos calambres enormes, pero camino, elongo, me recupero y puedo hacer 10 o 15 kilómetros más.
—¿Cuál disfruta más?
—Las tres, porque soy feliz haciéndolo.
—¿Qué prueba recuerda particularmente?
—Hace muchos años fue muy significativo correr una maratón en Jujuy, porque me tuve que entrenar especialmente para la altura, y mi primer cruce del Túnel, con la subida en el Parque, que me costó mucho pero fue una gran alegría poder dar toda la vuelta. Una sola vez abandoné –en 2012–, en La Paz, porque se pinchó una rueda. Después, siempre he llegado, rengueando, arrastrando un pie...

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