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Frío, calor, amor y siesta son eternos mientras duran

Estoy en Milán y hace un calor de Paraná en enero a las dos de la tarde, cuando las horquillas de las motos se entierran en el asfalto convertido en dulce de leche repostero.

Sábado 13 de Julio de 2019

Pensaba hablarles de los máximos sistemas, explorar juntos alguna cuestión filosófica, vagabundear por antiguos recorridos de famosos pensadores. Pero hace calor.

Estoy en Milán y hace un calor de Paraná en enero a las dos de la tarde, cuando las horquillas de las motos se entierran en el asfalto convertido en dulce de leche repostero.

Las calles de Paraná en enero al medio día parecen el escenario de un éxodo descomunal, los autos van y vienen como hormigas a las que les llenaron de agua el hormiguero. Si fuera legal pondrían las sirenas y un objetivo estampado en el parabrisas: siesta.

Es la gente que corre a comer algo de parada y se encierra a dormir con al menos un aire acondicionado en casa. La habitación donde tirarán colchones los miembros de la familia que no tengan el rango para ser los propietarios de la suite refrigerante. Refrigerante. Qué palabra preciosa. La siesta es el corte en la mitad del día que te permite soportar la mitad restante.

Hace ese calor normal, devastante, de pleno verano. Pero uno, que mal que le pese forma parte de “la gente”, siempre se espanta. Somos animales frágiles. Basta un poco de calor o un poco de frío y se nos terminan los argumentos. Nuestras incomodidades nos resultan difíciles de soportar con dignidad. Una ampolla en el talón, un poco de nausea, las manos frías, transpirar, son pequeñas cosas que nos distraen de nuestra inmensidad. En mi casa se rompió el aire acondicionado. La historia de cómo se rompió es la siguiente:

Yo vivo en el quinto y ultimo piso de un edificio, quinto piso y el desván, que es la parte triangular abajo de techo a dos aguas. A dos aguas fue, más que nunca, cuando un invierno empezó a llover adentro.

Según las leyes vigentes, el techo es de todo el edificio, pero el agua que entra en casa es solo tuya. Lo que se suele denominar en círculos informales “un negoción”.

Se hicieron muchas asambleas para decidir si arreglarlo o no arreglarlo, cuándo, quién lo paga, quién paga más y quién paga menos. Hasta que finalmente el santo protector de los desvanes metió la cola y obtuvimos un sí, si bien no unánime, mayoritario.

Para arreglar el techo, sacaron de abajo los habitantes de los desvanes (es decir nosotros y los otros), y de arriba todos los motores de aire acondicionado (incluido el nuestro).

Terminados los arreglos, que tales no fueron porque el techo siguió con ganas de llover cuando afuera llovía, un Luis, del cual vine a saber a través del marido peruano de la hermana de una portera, vino a instalar nuevamente mi motor en el techo. Y para no desentonar con los trabajos que se venían haciendo, éste Luis (bermudas caídas y brazos tatuados robados al rap) lo instaló mal. Pero no mal a lo grande, rompiendo todo. Sino un poco bien. Disimuladamente mal. Ese mal que lo hace funcionar cada vez peor, que hace que dentro todo se vaya rompiendo, pero no de manera inmediata sino a lo largo de dos o tres veranos. Como un noviazgo cualquiera. Como comer dos cucharaditas de grasa de chancho por semana. Para cuando te diste cuenta que el aparto no tira como en los buenos viejos tiempos, el Luis de turno cambió ocho números de teléfono y si te he visto no me acuerdo.

Así que acá estamos, transpirando, perseguidos por alarmas catastróficas. Los diarios traen a cuento el gran calor de 2003, cuando en Francia murieron miles de personas. No sabemos cómo. No sabemos siquiera si tiene que ver con la ola de calor de Italia, pero lo importante es darnos algo interesante.

Lo importante es que mientras la gente toma el café en el bar a la mañana temprano antes de ir a trabajar (acá está lleno de bares, el café cuesta un euro, y es normal tomarse un café parado, una pausa, diez minutos, dos palabras, la moneda sobre el mostrador y adiós), y le suden las manos, y las axilas, las camisas, los sostenes, y todos los pliegues posibles, incluso el de los párpados, sientan que non son gente acalorada: son guerreros. Guerreros a la carga que si hacen todo bien, y toman agua, y no se ponen al sol al mediodía y no comen muy pesado -esos consejos para infradotados que nos dan sin distinción en todos los hemisferios cada santo verano- y llegan a la noche, serán sobrevivientes. Y la posibilidad de convertirse en un sobreviviente, no es poca cosa.

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Este año por primera vez, al menos que yo me acuerde, vi la palabra

“Infierno” e un título de periódico. Infierno me parece mucho, muchachos. Lo digo acá, a media noche, sentada entre una ventana y la otra, esperando que pase una brisa en algún momento y forme la tan temida “corriente de aire” (cosa que los ingleses sostienen que sea una invención de los italianos), después de la séptima ducha fría de la tarde. Si pienso en los infiernos que existen, la mía es una posición, banal, privilegiada, un sudor que preclude la más mínima queja.

Igual algo de sobrevivientes les reconozco, en esta ciudad. Porque no paran nunca, no existe el éxodo del mediodía. La siesta es una vergüenza en la ciudad de la productividad. Cosa de vagos, de fatigados, de desocupados, de gente que no tiene nada que hacer. Acá los teléfonos suenan a las dos de la tarde como a las 11 de la mañana.

La gente en Milán hace muchas cosas. Todas las que pueden.

Hoy a la mañana fui a la pedicura, cosa que hago así en invierno como en verano, porque al final son los pies los que me llevan a todos lados, y es realmente ridículo que una superficie tan pequeña tenga que cargar con todos estos huesos y humores y carne. Además en el centro estético chino tienen aire acondicionado.

Mientras estaba ahí, una señora abre la puerta, asoma la cabeza y pregunta si tenían un turno para cambiarle el esmalte de las uñas de las manos. La que comanda le dice que sí, si pasa dentro de quince minutos. ¿Qué hubiera hecho cualquiera de nosotros, considerando que afuera hacían cuarenta grados húmedos y con smog, y adentro diez y ocho y un sillón con cables para cargar el teléfono y un canastito con caramelos ácidos que no engordan? Ella respondió: “¡Perfecto! Entonces voy al súper, al cajero, me como algo rapidito y vengo.” Me cansó solo imaginar todo ese recorrido, pero además me dio ternura, tenés quince minutos, pensé, no quince días.

Pero por más pensamiento crítico, cuando la cosa te sobre pasa, la incomodidad se agiganta, y el cuerpo se hincha y te pesa, es inevitable, sino la queja, la constatación. La enunciación: ¡qué calor! La creencia que de verdad, muy pero muy en serio, ha hecho siempre calor en verano, pero como este año: NUNCA.

Uno defiende lo infernal de cada verano y lo frío de cada invierno como defendía cada nuevo amor adolescente. Yo creía que era, pero en realidad no era. Este, es. Este sí que es el único, el verdadero, el más grande, devastador amor. Destinado a alargar la lista de los Luises.

Después de quince minutos clavados la señora abría la puerta, con una bolsa del súper en la mano que tenía el ticket del cajero, y limpiándose la boca con una servilleta de papel en la otra mano. Entra y se sienta dos minutos en el sillón a cargar el teléfono, mientras tanto nos mira y dice “qué calor”.

Y yo que quería filosofar, termino pensando que somos iluministas, criaturas de un exuberante optimismo, que sostenemos, sin saberlo, que el presente sea el mejor de los mundos posibles, un tiempo único, especial, exagerado. Que un verano como éste nunca hubo, y que quince minutos son una muestra gratis de eternidad como eterno es el Luis de la temporada. Eternos mientras duran

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