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UNO de Corazones

Flavia y Mariano, una amistad que se convirtió en algo más

Una historia de amor, amistad y encuentros en Paraná. Vos también podés compartir la tuya.

Sábado 17 de Octubre de 2020

Nunca me consideré linda, aunque tuve varios enamorados. Alguien alguna vez me dijo que mi belleza era exótica; vaya manera rebuscada para decir lo que en el barrio se llama “fea”. Y Mariano estaba, como suelen decir en las películas yanquis, “fuera de mi liga”. Definitivamente yo estaba peleándola en el fondo del Nacional B, y él jugaba en la Champions. La primera vez que lo vi fue en una peña universitaria, de esas que eran cita obligada los jueves en Cream. Hacía calor, yo estaba borracha y casi me caigo encima de él al trastabillar con un desnivel del piso. Me agarró de la muñeca y me ayudó a restablecer el equilibrio, le agradecí avergonzada y me fui mientras sentía la mirada burlona de sus amigos a mis espaldas.

A pesar de mi estado de intoxicación y el bochorno que me nublaba la vista, recuerdo como si fuera ayer ese rostro masculino pero de rasgos delicados, los dientes perfectos, los ojos azules, el pelo castaño claro ligeramente largo, sus hombros anchos…

Nunca imaginé que alguna vez ese chico pudiera entrar en mi vida por alguna circunstancia más linda y afortunada que un simple tropezón de borracha. Pero la vida tiene la costumbre de sorprendernos. De vez en cuando, para bien.

Un par de jueves después, con mis amigas fuimos al mismo lugar. La noche iba fantástica, pero se estaba por poner mejor: una de las chicas del grupo se agarró una borrachera y no podía mantenerse en pie. Decidimos que había que llevarla hasta su casa, así que salimos a la calle decididas a encontrar un remís. En la puerta del boliche, nos encontramos con un grupo de chicos, entre los que estaba Mariano. Resultó ser que uno de sus amigos era conocido de una de mis amigas. Ella le explicó la situación y él le ofreció acercarla hasta la casa. No sé cómo pasó, pero en un momento me encontré siendo la acompañante designada, viajando en un auto junto a tres desconocidos y mi amiga al borde del coma alcohólico. En el asiento trasero, sentado junto a mí, iba Mariano, que parecía no acordarse del pequeño incidente de un par de jueves atrás. Yo, agradecida.

El viaje era bastante largo –mi amiga vivía cerca de la Toma Vieja– así que había que conversar para que la cosa no se tornara más incómoda de lo que ya era. Así que empezamos a charlar sobre música, bebidas alcohólicas que jamás deberían mezclarse, nuestras respectivas carreras universitarias, aspiraciones en la vida y posibles consecuencias de la borrachera en la salud de mi amiga. Al llegar a la casa de ella, era como si con Mariano nos conociéramos de toda la vida. Él me ayudó a bajarla y a hacerla entrar a su casa sin despertar a todo el mundo, afortunadamente me topé con su hermana mayor, que tomó la posta en los cuidados de mi amiga y yo pude regresar a mi casa. De vuelta en el auto seguimos conversando hasta que llegué a casa. Hubiera querido que el viaje no terminara nunca, me despedí resignada a no volver a verlo.

Una siesta de invierno, tomando unos mates en la plaza en un intervalo entre clases, unos dedos fríos me taparon los ojos y una voz masculina me preguntó: “¿Así que te rateaste?”, me di vuelta y ahí estaba él, con una sonrisa resplandeciente que opacaba al mismísimo Astro Rey. Se quedó tomando unos mates conmigo y mi amiga, y me prometió pasar por mi casa a dejarme unos discos que quería que yo escuche. Mientras lo veía seguir su camino, yo pensaba que estaba viviendo en una realidad paralela donde el primo de David Beckham me saludaba en la calle, se acordaba mi nombre y se autoinvitaba a pasar por mi casa.

Días después cumplió su promesa. Mi mamá le abrió la puerta y cuando lo vio se quedó boquiabierta, haciéndome señas de aprobación por detrás, orgullosa del nivel del pretendiente de su hija. Yo sabía que Mariano no pretendía nada más que una amistad, aunque no podía evitar ilusionarme de a ratos. Él me saludó con un abrazo y me extendió unos CD de Incubus, que desde esa tarde se convirtió en una de mis bandas favoritas. Nos instalamos en mi habitación, puse la música fuerte para que mi madre no husmeara y conversamos largo y tendido; yo notaba que él se sentía en confianza conmigo, típico de los hombres cuando no se sienten atraídos por una. Pero a mí no me importaba, me bastaba con verlo un par de veces a la semana y sentir sus abrazos fuertes y tibios cuando se despedía de mí.

En una de sus visitas con novedades discográficas, me contó que estaba conociéndose con una chica. De pronto, un ardor me brotó del pecho y empezó a subir por el cuello hasta instalarse detrás de mis ojos. Invertí todas mis energías para contener las lágrimas y esbozar una sonrisa, fingiendo interés por los detalles que me contaba.

A partir de ese día empecé a alejarme, a actuar un poco más fría, a poner excusas para no verlo. Tenía que hacerlo por mi propio bien; y él entendió.

Pasaron los meses, y nos encontramos en alguna que otra peña, pero ya no era igual. Hasta que una noche coincidimos a la salida del boliche y él se ofreció a acercarme a casa. En el camino me contó que las cosas con su novia no habían resultado y que habían cortado. Yo hice como si el dato no fuera la gran cosa. Al llegar a mi casa, cuando estaba por bajarme del auto, pasó algo que no hubiera esperado ni en mis sueños: me besó. No me dijo ni una palabra, ni yo a él. Descendí del coche, sorprendida y confundida, y entré a mi casa.

Días después, me llamó para hablar y esa misma tarde pasó por casa. Me explicó que me extrañaba y que quería que le diera una oportunidad. Y así empezó para mí una de las historias de amor más lindas que viví en mi vida; y aunque hoy ya no estemos juntos, seguimos en contacto. Ya no intercambiamos discos, pero seguimos teniendo charlas interesantes y nuestros hijos son mejores amigos.

Esta historia fue enviada por Flavia G. Vos también podés compartirnos tu historia de amor o desamor; redactarla o contactarnos para contárnosla. Podés escribirnos a unodecorazones@uno.com.ar, para compartirla con nuestros lectores.

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