Diálogo Abierto
Martes 05 de Diciembre de 2017

Esa descuidada y valiosa afición de guardar cosas para saber sobre el pasado

Rescate y acondicionamiento técnico de antiguas placas de vidrio fotográficas ofrecen aproximación a detalles del Paraná de principio del siglo XX

No es extraño que la protagonista de la entrevista haya logrado que unos objetos familiares fueran puestos en valor y trascendieran esos límites para que se conozcan públicamente. Anatilde Betti –es obligatorio decir que prefiere que la nombren Nati– es una apasionada por la fotografía y por conservar. Por eso un día, del antiguo e impecablemente ordenado taller doméstico de su padre, surgieron a la luz unos prolijos trozos de vidrio –pertenecientes a su abuelo– que permanecían guardados hacía más de un siglo. Un tiempo lejano que dichas fotografías reflejan en vestimentas y en la fisonomía urbana de la capital provincial.

El otrora barrio del Ferrocarril
—¿Dónde naciste?
—En la clínica Modelo –durante un eclipse de Luna– y viví en el barrio del ferrocarril –el de la plaza Sáenz Peña.
—¿Qué características presentaba esa zona en tu infancia?
—Eran típicas casitas bajas de los italianos –que lamentablemente se han perdido–, con muchas habitaciones y fondo. Los vecinos se sentaban en la puerta; en calle Feliciano se hacían los festejos de San Juan –en lo de una familia japonesa– y se quemaba el muñeco, y hoy ahí se festeja Papá Noel. Había mucha cantidad de almacenes donde se compraba todo suelto, la leche la traía el lechero y el verdulero, la verdura. La fisonomía cambió por las construcciones y los problemas que conllevan.
—¿Cuándo comenzó a darse este cambio urbanístico de las edificaciones en altura?
—Estuve como secretaria en la comisión vecinal desde 2005 a 2015 y en aquel año –tal vez un poco antes– fue cuando comenzó el auge. Hicimos muchas notas para que no se ocupen determinados lugares, para que se respeten las ordenanzas y reglamentaciones, y para que no se edificara frente a la plaza –lo cual se hizo. En la gestión de Julio Solanas las ordenanzas se respetaron mucho. En Feliciano al 600 casi vuela toda la zona por un escape de gas, cuando se hundió el pozo que estaban haciendo. En general, a los funcionarios de los gobiernos –y a los que se autodenominan "de carrera"– no les interesa actuar ante la vulneración de los derechos de los vecinos. La zona ha perdido en paz y tranquilidad ya que ahora circula una gran cantidad de vehículos y faltan semáforos, además de que se hace necesario desviar los camiones que llevan combustible a la estación de servicio (Carbó e Irigoyen) porque pasan por calles muy concurridas y producen el deterioro del pavimento. Los gimnasios no respetan los horarios de descanso, y los motociclistas estacionan en las veredas y se desplazan sobre ellas cuando asisten a ellos. Faltan controles diarios y en distintas horas por parte de inspectores y funcionarios de la Municipalidad, al igual que en lo relacionado con la inseguridad y la presencia policial. Se ven policías pero cuidando las casas de fiscales, abogados y de otros funcionarios. No sé qué sucedió con las tres bicicletas con que contaban los agentes que custodiaban la plaza. En síntesis, la zona ha crecido, faltan controles y muchas personas han olvidado el respeto por el vecino, ya que, por ejemplo, en los contenedores se arrojan escombros, ramas e incluso colchones, y si están llenos, colocan residuos afuera. Falta educación vial, y ciudadanos y funcionarios que cumplan las ordenanzas vigentes.
—¿Cuando eras niña había un límite del barrio que no podías trasponer?
—No, era muy seguro. Con las chicas íbamos a hacer mandados por todos lados, lo cual ahora no se puede.
—¿Personajes?
—Muchos. Lolo –famoso– siempre venía en su "moto" (él mismo) y nos enterábamos por el sonido, era uno más de nosotros.
—¿A qué jugaban?
—Enfrente estaba Talleres, así que todas las chicas íbamos a patinar y los chicos, a jugar al básquet, también a Echagüe y a la plaza –donde había un placero que nos cuidaba y teníamos horarios para jugar. Esperábamos el feriado de carnaval porque jugaba todo el barrio y el que no, lo esperábamos para que recibiera un poquito de agua.
—¿Travesuras?
—Muchas (risas), pero sanas.
—¿Cuándo dejó de nombrarse al barrio como "ferroviario" o "del ferrocarril"?
—No sé. Se siguió llamando pero al desaparecer los trenes tal vez dejó de hacerse, aunque en los planos figuraba como sección Ferrocarril. Después de la vecinal del Parque, ésta es la más grande –aunque la primera por cantidad de habitantes– y abarca desde Racedo a Gualeguaychú, y desde Ramírez a San Martín.
—¿Tenía una identidad social particular por ser gran parte de la población, empleados y operarios del ferrocarril?
—Mi abuelo José Argarate fue jefe de estación y mi tío Rolando, también. En todas las familias había descendientes de ferroviarios. Otro tío comenzó como empleado y se fue a trabajar y estudiar a Córdoba –donde se recibió de médico neurólogo. El club Talleres nació en el ferrocarril y se juntaban y charlaban ahí, incluso íbamos como si fuera un paseo o a esperar la llegada del tren –aunque no llegaran familiares. Antonino Gutiérrez fue el último jefe que estuvo en el último coche motor que salió.
—¿Cuál era la actividad laboral de tus padres?
—Mi mamá fue maestra de primer grado, comenzó en la escuela de Viale y se jubiló en la Escuela Estrada. Mi papá creo Servicios Sociales de Seguro, y había sido empleado en una compañía de seguros. A mi papá le regalaron este libro cuando se jubiló (lo muestra; Paraná, dos siglos y cuarto de evolución urbana, de Ofelia Sors) y figura la farmacia Betti y su hermano, Enzo –que fue tenor en el Colón.

El abuelo y la farmacia
—¿La farmacia era de tu abuelo?
—Sí, del abuelo Renato.
—¿Quién fue el primer ancestro en llegar al país?
—Me parece que fue él; papi decía siempre que llegó desde la isla de Elba en 1905, durante el gobierno de (Manuel) Quintana, se instaló en Nogoyá –donde fue ayudante de farmacia–, cuando tenía 45 años conoció a mi abuela y aprendió el español en la iglesia San Miguel. Vivían en calle Nogoyá 85 y toda la esquina de Piccolino era la farmacia.
—¿Lo conociste?
—No, pero nos contaban cómo había sido y las costumbres que tenía. Cada año viajaba a Italia con un baúl y traía cosas para la farmacia.
—¿Mantuvieron costumbres típicas de la cultura italiana?
—¡Sí, toda la tanada! Las reuniones y mesas grandes... aunque ya no porque casi todos han partido, las pastas, la ópera, el tango.
—¿Se contaban relatos de tu abuelo?
—Sí, sobre todo mi hermano mayor tiene más registro. Papi nos contaba que fue un sacrificio venir, escapando de la guerra, estudiaron, formaron su familia, siempre tuvieron añoranza, viajaban, traían revistas y libros, y se seguían escribiendo con las hermanas.
—¿Lo conociste a tu tío tenor?
—Sí, René fue secretario del Colegio Nacional durante muchos años y funcionario en la época de Cresto; Elbio Betti fue marino y estuvo en Bahía Blanca, y Aida fue docente.
—¿Hasta cuándo viviste frente al club Talleres?
—Hasta mayo de este año y sigo yendo.

Lectura por doquier
—¿Sentías una vocación cuando niña?
—Al estar en mi casa rodeada de libros–porque mi papá fue un gran autodidacta– y mi madre docente, y que me hiciera buscar en el diccionario cómo se escribían las palabras, fue una impronta. Me fui a estudiar Fonoaudiología a Rosario y quedó pendiente, volví y estudié jardín, me fui a trabajar a Neuquén en 1981, volví en 1985 e hice el posgrado de maternales, y comencé a estudiar Bibliotecología. Nos dieron libertad, pero había que estudiar y trabajar –no como ahora.
—¿Libros influyentes?
—Sí, Platero y yo, Mi planta de naranja lima, Heidi... todavía no sabía leer y para los cumpleaños me regalaban libritos y colecciones de cuentos. Luego leí mucha poesía y algo de Borges. Mis hermanos fueron grandes lectores y nunca faltaron revistas: papi leía La Razón y traía D´artagnan, Intervarlo, Patoruzú y Patoruzito, al igual que álbumes. E íbamos mucho al cine Avenida –el cual quisimos recuperar con la comisión vecinal– los viernes. Ahora no voy porque no me banco los pochoclos.
—¿Alguna parte de la biblioteca era inaccesible?
—No, lo que descubrí en una biblioteca cerrada con llave fueron las tarjetas que se escribía el abuelo Renato, al igual que poesías y también las cartas de novios de papi y mami –que no las he leído, porque soy muy sensible. Y en el famoso taller de mi papá descubrí –el año pasado– fotos en vidrio y pensé que eso no podía quedar allí.
—Qué materias de la Secundaria te gustaban?
—Geografía, Historia, Literatura e Instrucción Cívica y nada que ver con las Matemáticas.

"Genética" fotográfica
—¿Tuviste una afición a la cual te dedicaste con regularidad?
—Artesanías y fotografía –que es algo casi genético. Viene del abuelo Renato y de mi tío René. Siempre tuve cámara de foto –desde chiquita– y ahora tengo una digital.
—¿Qué buscás registrar con la fotografía?
—Tengo muchos paisajes con los cuales debiera hacer una exposición, y también muchas Lunas y cosas que se ven en el cielo, tales como orbes –que debiera hacer analizar en el Observatorio de Oro Verde; tengo muchas de Bajada Grande y del Thompson... Siempre estoy mirando qué puedo tomar y veo algo que me llama la atención.
—¿Cómo te llevás con lo digital?
—Bastante bien, incluso he tomado con el celular y las he mando ampliadas a Canal 11.
—¿Por qué estudiaste Fonoaudiología?
—Me encanta y lo apliqué, sin querer, con los chicos. Cuando detectaba problemitas en los chicos, llamaba al SAIE (Servicio de Apoyo Interdisciplinario Educativo) y le daba determinada ejercitación. Desde chiquita nos mandaron a declamación con Inés Ghiggi y nuestra profesora era Elba Miró, y también actuábamos.

Las fotos del abuelo
—¿A qué se dedicaba tu papá en el taller que mencionaste?
—Hacía de todo porque había hecho cursos de electricidad y carpintería, y los sábados y domingos se dedicaba a eso. Tenía una Siambretta que la mantenía él, al igual que la huerta. En una caja de madera encontré las fotos, me asombré, le comenté a mi sobrino Ivo, me dijo que las había visto en la infancia y que le haría el proceso de acondicionamiento. Comenzamos a mirarlas, nos maravillamos y las llevé al museo (Martiniano Leguizamón) donde hablé con María Mathieu y el fotógrafo Federico Efron, quien me explicó el procedimiento que había que hacer y encargó a Buenos Aires las cajas y sobres para su conservación.
—¿Estaban relativamente bien conservadas?
—Sí, en trapos de cera, aunque tenían polvillo. Luego que hizo todo el proceso, quedaron muy lindas y las grabó en un disco compacto.
—¿Cuántas son?
—Treinta y seis.
—¿Quién hizo las tomas originales?
—Algunas están sacadas por el abuelo Renato en sus viajes –porque aparece la torre de Pisa– y otras son de acá –porque aparece la Catedral.
—¿Qué valor histórico tienen además del familiar?
—Está el Paraná de antaño, la Plaza de Mayo con adoquines, vendedores ambulantes...
—¿Se puede reconstruir una línea del tiempo y temática?
—Sí, pero hacer eso lleva tiempo. Traté de rescatar y comenzar con lo vinculado con la farmacia, los distintos lugares y dónde fueron quedando los muebles y otros objetos. Además escuché en un programa que en la galería FoLa se hace una exhibición de todo esto. A Fidel Poggi –que hace Genealogía– le di algunos documentos para reconstruir las dos líneas de mi familia.
—¿Qué fue lo que más te impactó de las fotos?
—Todo. Primero fue el descubrimiento, porque el proceso que hizo el museo llevó bastante y luego fui a verlas. En el museo se había hecho una exhibición de oficios antiguos, fui, entro al salón y en una gigantografía me encuentro "con mi papá" –aunque en realidad era mi abuelo (risas). En esa foto dice Farmacia Central, aunque primeramente se llamó Nogoyá. Y luego se llamó Del Pueblo. Todos los muebles y frascos que tiene la farmacia Biancolini –al lado de Dacol– pertenecieron a la farmacia Betti. Mi abuelo trabajó con otro hermano –Antonio– y murió joven, y tal vez cuando vendió cosas, las compró Biancolini.
—¿Por qué el nombre de farmacia Del Pueblo?
—No sé.

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