Hoy por hoy
Martes 21 de Noviembre de 2017

Esa costumbre de encubrir abusadores

Los casos por abusos sexuales de niños y adolescentes que han sido públicamente conocidos en los últimos años en Entre Ríos, tienen el común denominador de que los violadores actuaban a la vista de muchos que sabían o podían presumir la conducta delictiva, pero prefirieron callar o mirar para el costado.
La semana pasada la atención se centró en Oro Verde, con la denuncia a un docente de la escuela parroquial. La repercusión se amplificó por la desaparición del sospechoso y su posterior presentación ante la Justicia. Pero mientras se informaba sobre la búsqueda, no fueron pocas las personas del ámbito de la institución educativa que mencionaron que hacía más de un año que las autoridades de la misma habían sido notificadas de conductas de profesor que ameritaban más que un llamado de atención. Sin embargo, llevó mucho tiempo que los hechos salieran a la luz y fue porque una víctima pudo contarle a su madre lo que sufrió.
A esta altura, no parece una casualidad que en el ámbito de las instituciones vinculadas a la Iglesia Católica, ante un caso de abuso sexual surja una historia de vista gorda. Se trata de una práctica común ante las atrocidades que a lo largo de los siglos tuvieron como partícipes a integrantes de esta religión. El silencio como modus operandi para lograr impunidad. Abusadores hubo, hay y habrá en todos espacios de esta sociedad, sin distinción de clases sociales ni cultos. Sin embargo, en la Iglesia con sede central en Roma, quieren mostrarse impolutos a este mal, pese a los miles de ejemplos que, tarde o temprano, demuestran lo contrario.
El caso Ilarraz evidenció una trama oscurísima de personas con mucho poder, aún al día de hoy venerados por miles de fieles, que pusieron un manto de silencio al ultraje sufrido por niños. El recientemente condenado Escobar Gaviria perpetró los abusos de menores durante cuatro años. Resulta inverosímil pensar que en tanto tiempo nadie haya visto nada como para, al menos, preguntarse acerca de la conducta del violador que llevaba monaguillos a su habitación. La investigación del cura payador Marcelino Moya llevará al juicio las pruebas que demostrarían un procedimiento similar en Villaguay. Se trata de un hombre que se codeó con sotanas de peso en el poder eclesiástico, pero acá tampoco nadie vio nada.
En este contexto, las monjas de Lucas González que denunciaron a Escobar Gaviria parecen la excepción que confirma la regla. Su presentación ante la Justicia al escuchar a la madre de una víctima merecería un per saltum al Vaticano para la canonización en vida con trámite exprés.
Un mundo de adultos que cada vez menos quieren escuchar a los niños y prefieren respuestas represivas a sus demandas, es un terreno propicio para los depredadores sexuales. Y las instituciones oscurantistas que tienen a su cargo la guarda y la educación de niños son para los corruptores el paraíso en la tierra.
Hace casi 10 años que en Entre Ríos se implementó el Protocolo Interinstitucional de Actuación en casos de abuso sexual infantil, que claramente establece las pautas a seguir ante la posible detección de un hecho. Sin embargo, parece que esta herramienta no ha llegado a algunas escuelas, casualmente, dirigidas por la Iglesia Católica. Si en el caso de Oro Verde, donde hay una incipiente investigación de la Fiscalía para establecer qué sucedió, hubo advertencias de padres que fueron tapadas por las autoridades, tal vez deberían existir vías de denuncias más directas al Copnaf o al CGE.
Por último, se trata de la misma Iglesia que presiona y triunfa ante funcionarios dóciles al oponerse a la educación sexual integral con perspectiva de género en las escuelas. El citado Protocolo sostiene que "un niño, niña, adolescente que ha recibido educación sexual, tiene menos probabilidades de ser una víctima, debido a que posee conocimientos que lo habilitan a diferenciar situaciones abusivas, y ha adquirido las habilidades conductuales para reaccionar frente a esto".

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