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¿Es esto ironía inmobiliaria o qué?

"El dinero en cuestión para costearse la suntuosa vivienda consistía en la suma de algunos buenos negocios ..."

Sábado 13 de Julio de 2019

Sonia y Flynn quedaron impresionados por el vestíbulo. Al instante en que entraron, vieron la enorme araña de cristal que los dos al unísono asociaron con aquella película ambientada en una época antigua donde dos hombres se batían a duelo dentro de una casa. Lo hacían a escondidas, porque en aquella comunidad hacía poco se habían prohibido los duelos a muerte y una araña que no tenía tantas lámparas como las que estaban viendo ni tampoco tantos niveles, se había desprendido del techo luego de que una de las balas disparada por uno de los contrincantes hubiese rebotado en una muñequera de metal del otro contrincante y en su nueva trayectoria hubiese impactado con la cadena que sostenía la araña colgante unida al techo. Algo que a Sonia y a Flynn les había parecido ridículo, ya que la cadena de la lámpara de la película, del grosor del brazo y medio de un hombre, parecía capaz de sostener tres lámparas como las que había en esta casa, además de ser más pesada y más compleja que la de la película, la cual estaba muy alejada en pretensiones estéticas de la pirámide circular que tenían sobre sus cabezas, con los brazos blancos que terminaban en unos capullos de color salmón desde los cuales vibraban llamas pequeñas que distribuían la conglomeración de fotones simétricamente por todo el recinto.

—El artista que la hizo fue también responsable de diseñar tres palacios y pintar retratos de condes y lores en el siglo dieciocho. Era un da Vinci desconocido cuyo nombre siempre se mantuvo en el anonimato. —informó Sully, la vendedora de bienes raíces que había respondido al llamado de aquella pareja, quienes, según lo que le habían manifestado por teléfono cuando concertaron la cita, habían caído rendidos ante aquella casa vista en la página web de la inmobiliaria, donde pensaban invertir una pequeña fortuna.

El dinero en cuestión para costearse la suntuosa vivienda consistía en la suma de algunos buenos negocios, ahorros bancarios de antigua datación histórica que habían engordado lo suficiente en una cuenta que el padre de Flynn le había abierto a los dos años del ingreso de su hijo en el mundo de los vivos y una herencia tan fresca como el pan caliente que el mismo padre especulador financiero del futuro de su hijo había dejado a la joven pareja luego de que un neumotórax a tensión le hubiese impedido a su corazón recibir la sangre necesaria para bombearla al resto de su cuerpo. La muerte lo había encontrado sin su esposa, activista fiel del consumismo en shoppings que estuvieran en un radio de tres kilómetros de su vivienda u hospedaje y sin su hija mayor, que en aquel momento se hallaba de visita pero había sido trasladada voluntariamente a una de las misiones de exploración mercantiles de su madre, esposa del padre enfisémico y muerto.

Sully les mostró el resto de la casa, como indicaba el protocolo expuesto en el manual del buen vendedor de inmuebles, pero con la seguridad interna de saber que aquella venta ya estaba cerrada después de colgar el teléfono y antes de atender otro llamado de alguien interesado en alquilar el departamento 3 F del edificio Pontiac en la avenida principal de la ciudad.

El dormitorio venía sin cama, pero el espacio era tal que podían trasladar tres dormitorios como el que usaban en su actual morada, y todavía les quedaba el espacio dedicado al guardarropa, cuyo interior vacío quedaría muy desproporcionado para la cantidad de prendas que usaban entre los dos.

Había otras tres habitaciones más de un tamaño menor al dormitorio principal pero aún así superior en metros cuadrados a cualquier sala de su actual vivienda pronta a deshabitarse. El patio trasero estaba rodeado por altos muros que serían la delicia de un escalador urbano aficionado, además de poseer un jardín con una flora tan diversa que a Flynn se le había despertado la idea de conseguirse una enciclopedia de botánica y aprender sobre el ecosistema vegetal del jardín trasero de su futuro hogar. Una biblioteca repleta de tomos que Sonia estuvo repasando por algunos minutos antes de continuar el paseo guiado por la vendedora y también antes de no poder evitar soltar un grito de euforia cuando Sully le dijo que la casa venía con los libros, cortesía del anterior inquilino, un filántropo altruista que creía que ahora se encontraba en algún lugar del Himalaya o Tierra del Fuego, o tal vez era la India.

Flynn y Sonia también contarían con tres baños, algo que les sonó tan atípico que se preguntaron al unísono, sin saber que el otro se formulaba la misma incógnita, si utilizarían los tres baños durante el día o escogerían uno o dos por razones de distancia/urgencia/necesidad y dejarían el último para los huéspedes.

Flynn tuvo que hacer una parada en el baño más amplio de la casa para hacer del número uno, indicándoselo a Sonia con el dedo índice derecho. Luego ella transmitió el mensaje con el índice de la otra mano a la vendedora en el segmento final de su viaje turístico.

Cuando Flynn salió del baño, Sonia, su pareja conyugal por más de seis años, notó en sus rasgos un cambio que no se condecía con el humor que él tenía antes de ir a desagotar el líquido ya usado de su organismo.

—¿Qué te pasa, cariño? —le preguntó Sonia.

—Es solo que pude ver con más detenimiento el muerto disecado en el baño.

—Sí, ya sé que esos nuevos adornos para los baños son demasiado corrientes para ti, pero no es necesario que esté en el baño. Luego podemos ponernos de acuerdo en dónde ubicarlo.

—Disculpen — intervino Sully, la vendedora con esa sonrisa propia de alguien que sabe que está metiéndose en una conversación donde ella no tiene ciudadanía—, pero escuché que pasa algo con el muerto disecado del baño. ¿Algo en lo que pueda ayudar?

—No es nada —dijo Flynn rascándose detrás de la cabeza—. Los muertos disecados que hemos visto en las otras partes de la casa no me molestan. Sé que a mi mujer le son indiferentes y que son un regalo de la casa. Incluso hay algunos, cuyos cuerpos están en posturas capaces de sostener vasos, libros o incluso televisores. Además, el trabajo de disecación y maquillaje de los cadáveres es excepcional, como todo lo demás en esta casa. Me acerqué a oler uno de los muertos y ni siquiera conservan ese desagradable aroma de piel humana. No quiero que traigan otros muertos para cambiar éstos. Si me gustaran estos adornos, los que hay en esta casa son los que yo escogería para adornar la mía. Es solo que…

—Vamos, Flynn, dinos qué te molesta —dijo Sonia.

—El muerto de este baño, pude verlo más de cerca. Su cara. Sé que sonará estúpido que me preocupe por algo así, pero, cariño, creo que es Mario.

—¿Mario? — preguntó Sonia y dejando que la sonrisa dibujada por el recuerdo se formara como una curva ascendente en la comisura de su boca—¿Quieres decir mi ex? ¿Mario?

—Estoy noventa y nueve por ciento seguro, cariño. Lo sé, ¿cuáles serían las chances? Pero ahí lo tenemos a Mario, desnudo, depilado, muerto y disecado con un botiquín de baño atornillado a su torso.

—Realmente es una casualidad de lo más divertida, cariño.

Sonia río, y la vendedora de bienes raíces no pudo evitar ponerse roja de vergüenza cómplice con ella.

—No te preocupes mi vida—dijo Sonia—, nos desharemos de ese cuerpo disecado. Te prometo que lo cambiaremos por el cuerpo disecado que tú prefieras, si es que quieres uno de esos.

—Bien, excelente —dijo Flynn borrando su anterior preocupación—. Mejor terminemos de ver la casa.

—Adelante, entonces —aprobó la vendedora volviendo de su acceso espasmódico de risa y aliviada de saber que la posibilidad de arrepentimiento de los clientes había sido una falsa alarma.

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