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Ella y él: un romance que le hizo abrir los ojos

Pasaron más de 35 años, pero no hay un solo día en que ella no se acuerde de esos ojos verdes gracias a los cuales conoció al amor de su vida.

Sábado 03 de Octubre de 2020

“El desgaste en la relación era evidente: ocho años de noviazgo que parecían más una misión por cumplir que un compartir en el amor. Él le había sido infiel en al menos tres oportunidades. Ella sabía los detalles –con quiénes, cuándo y dónde, en el pueblo esa información vuela– y decidió perdonarlo. Habían planificado casarse al cumplir los 23 años y esa promesa para ella estaba marcada a fuego; él también estaba dispuesto a llevarla a cabo, al fin y al cabo, sus “deslices” eran algo pasajero y no cambiaban nada. O, al menos, eso es lo que le hacía creer su machismo: las mujeres esperan, perdonan, entienden. Ella, por su parte, había invertido mucho tiempo como para tirar por la borda tantos años de relación, sobre todo cuando faltaba menos de uno para el casamiento.

Sin embargo, a medida que se acercaba la fecha, su mal humor iba en aumento; y el sentimiento de tristeza era algo que la acompañaba desde el amanecer hasta el momento de acostarse, inclusive en sus sueños. Tanto era así que uno de sus sueños le quedó grabado para siempre, porque era el único sueño hermoso que tuvo durante los últimos años de noviazgo: estaba en una fiesta, era su fiesta de boda, y bailaba feliz con su flamante marido, que era un completo extraño. “Qué suerte que no te casaste con él”, le decía el muchacho desconocido, sonriente y engalanado en un frac, mientras la guiaba en la pista al compás del vals.

Pero al despertar de ese sueño, cayó en la triste realidad: se casaría con su novio, al cual había dejado de amar hacía tiempo, el que seguramente no la había amado nunca. Todo era cuestión de inercia.

Llegó el cumpleaños de su hermana del alma, su mejor amiga, a falta de consanguíneos. Y aunque estaba al borde de la depresión, reunió todas sus fuerzas para ir a la fiesta, decidida a pasar un buen momento. Y así fue, en especial porque allí se encontró con un grupo de muchachos que había llegado desde otro pueblo, amigos del primo de su amiga. Cualquier novedad era refrescante, en especial cuando ella también resultaba ser novedad para los nuevos. Uno de los muchachos, alto, morocho y de ojos verde esmeralda –nunca había visto una de esas piedras, pero no podrían ser de un color más bello que el de esos ojos– la sacó a bailar. En la pista de baile, le vino a la cabeza el sueño que había tenido semanas atrás. El contexto era distinto, el chico no se parecía para nada al que recordaba de su ensoñación, pero la sensación era la misma: de alegría, de liberación, de alivio.

Llegaba la hora de volver a su casa y el muchacho insistió en acompañarla. El trayecto no era más que de cinco cuadras, pero lo exprimieron al máximo y se besaron antes de llegar al frente de la casa de los padres de ella. Ese beso fue todo lo que necesitó para tomar una decisión: no se casaría. Al menos, no se casaría con su actual novio.

Al día siguiente, después de almorzar, fue hasta la casa de su prometido para comunicarle su decisión. No fue nada fácil: del otro lado la bombardearon con ruegos, insultos y zamarreos. Estuvieron discutiendo durante más tiempo de lo que ella hubiera deseado; él la siguió hasta su casa e incluso habló con los padres de ella para que la convencieran. Pero nadie pudo hacerle cambiar de opinión.

La semana siguiente fue difícil; tuvo que soportar algunas otras apariciones de su ex, y hacerse a la idea de que su vida no iba a ser como la había planificado desde que tenía 16. Pasó las tardes refugiada en lo de su hermana del alma, tratando de ordenar sus pensamientos. Le preguntó por el chico que había conocido en la fiesta y, para su sorpresa, su amiga tenía información fresca: “Se quedó enganchado con vos, pero le conté por lo que estabas pasando. Van a volver el fin de semana que viene, así que aprontate porque te va a querer ver de nuevo”.

Las palabras de su amiga le alegraron el día. Después de tantos años de noviazgo, en una relación que hoy se definiría como tóxica –aunque en ese entonces no se había acuñado el término–, ella tenía la autoestima por el suelo. Saber que un chico buen mozo había puesto sus ojos en ella le levantaba el espíritu.

Llegó el fin de semana y se reencontró con los ojos más verdes que había visto en su vida. Fueron dos días intensos y divertidos; con la ayuda de su amiga, pudo escaparse de sus padres y pasarlos en la quinta de otros amigos en común, donde también estaba el muchacho del pueblo vecino.

Quedaron en volver a verse, y así lo hicieron. Varios fines de semana, sin embargo, el interés de ambos se fue diluyendo y cada uno siguió caminos diferentes. Sin embargo, para ella, él fue su salvador. Si no lo hubiera conocido en esa fiesta, si no la hubiese sacado a bailar, ella hubiera cometido el peor error de su vida.

Pasaron más de 35 años, sin embargo no hay un solo día en que ella no se acuerde de esos benditos ojos verdes gracias a los cuales su vida dio un giro. Gracias a los que, años después, conoció al amor de su vida.

Esta historia fue enviada por M.I.S. Vos también podés compartirnos tu historia de amor o desamor; redactarla o contactarnos para contárnosla. Podés escribirnos a unodecorazones@uno.com.ar, para compartirla con nuestros lectores.

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