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Ella y Él

Un amor en la tercera edad (parte 1).

Sábado 16 de Mayo de 2020

Incógnitas. Cierta vez Él preguntó si la libido en una mujer podía resurgir luego de un largo, pero largo, letargo debido a impotencia de su compañero. Le respondieron: Sí. Aparece como lógico el no abandono de una obra en construcción, con las consiguientes pérdidas, cuando se dispone de los medios necesarios para su continuación.

Para qué parlotear tanto acerca de este tema si están las mujeres que han sido libres siempre, aunque hayan tenido a su lado a un aplanador de ideas y de libertades y se las han arreglado para sobresalir.

En marcha. Todo tiene un comienzo, frase por demás trillada pero real. Fue en un caluroso día de diciembre del 20… que un timbre le hizo levantar el tubo a Ella y a continuación del clásico hola, recibió un “feliz cumpleaños”. Ni imaginaba que Él recordara ese día que nos hace sentir más seguros de sí mismos, como recordándonos que el paso del tiempo no lo podemos detener y menos cambiar. Luego de las clásicas preguntas, fáciles de inferir, entre dos personas que se aprecian. Y que llevaban más de cuarenta años de conocidos y amigos. Él le propuso reunirse, café de por medio. Ella viuda, liberada del antiguo yugo, Él con compromiso, no fue obstáculo para el Sí. Al aceptar, Ella no imaginaba que estaba demoliendo muros y compuertas de la gran represa de las locuras, pasiones y emociones que suele desatar la especie humana y que hacen echar por tierra lo que se había sostenido contra viento y marea. Luego de ese encuentro, por demás feliz, comenzaron a circular e-mail Y se repitieron los encuentros con el café como excusa y más y más e-mail. Fueron momentos de recuerdos, de hablar de los hijos, nietos, profesión, literatura, siendo todo en un acuerdo y goce mutuos de encontrarse. Verano caluroso pero placentero. “La vida es una gran aventura. No puede quedar encerrada en un circuito cerrado”, Nacha Guevara dixit.

¿Posibilidad? Ella, a pesar de sus nóveles 76, ya se había convencido de que era casi nula la probabilidad de que un hombre se le atravesara en su camino tanto como que estuviese dispuesta a un sí. La montaña de prejuicios, el qué dirán, tanto de sus hijos, como de sus nueras, nietos, amigos y la “gente”, habían construido una especie de invisible cárcel de Alcatraz.

A pesar de ello en el fondo de su corazoncito alguna grieta dejaba pasar una lucecita de esperanza. Ah, eso sí, no sería un camionero, ni albañil ni de otros oficios. Era alérgica a grotescas desproporciones y asimetrías de vida interior. Debía reunir condiciones intelectuales acordes con la suya. Exigiría cultura general amplia. Solía sentir una especie de desprecio hacia las amas de casa. Hay personas que fabrican relojes y otras que dan la hora. Ella había nacido para ser fabricante.

Se negaba a cerrar su vida sentimental y sexual de la inhumana forma por la que los acontecimientos bajo la órbita de ese tiranuelo, la habían sometido. Con ausencias de toda forma de manifestación de respeto, amor y acercamiento físico, aunque más no sea de caricias y algún perdido abrazo a los que era muy afecta. A fortiori, en su caso particular, porque gozaba de una cómoda situación financiera y con un patrimonio más que interesante, que era de público conocimiento, salud con buenos indicadores. Nada le impedía darse gustos de pequeña burguesa. Atrás habían quedado las órdenes de un psicópata prohibiendo operar el control remoto, tener celular, correo electrónico, control de las llamadas por teléfono fijo, y varios etcéteras.

Pero… faltaba la compañía masculina para compartir un café, una buena mesa y por qué no, eso que, en una persona llena de vida espiritual, resulta fácil de imaginar. Las instalaciones estaban allí. Era cuestión de ponerlas a prueba. Eso que el destino al lado de ese hombre le había sido negado, con el cargamento pesado del maltrato psicológico, que algunos especialistas dicen, que es igual o peor que la violencia física.

Entusiasmo. Ella y Él actuaban como jóvenes. Ella le solía decir: “parecemos dos adolescentes…”, cuando en realidad eran septuagenarios. Resulta oportuno recordar lo que se le atribuye a Horacio: “Está en celo el adolescente y exhala la doncella la fragancia de un narciso blanco en flor…” Verse les cambiaba la vida. Todo era alegría, momentos felices transcurrían en la confitería del Parque. Los encuentros se repetían y la tecnología del e-mail seguían su curso en ascenso, los mensajes de texto y alguna llamada por celular. Ella parecía dispuesta a ir hasta el final. ¿Pero, qué era el final? ¿Jurarse amor eterno? ¿Convivir? ¿Caer en la trampa, como le dijo en un e-mail, esto es, extrañarlo? Nadie lo sabía, ni siquiera ella misma. ¿Habrá un culpable y otro inocente? Pero estaba alerta para no perder la libertad de que gozaba, sin censuras de ninguna especie. El Catón había fallecido. Recordaba que la libertad también suele esclavizar. Para sus adentros se decía: ¡Vamos, adelante que vos podés! Así como Neruda escribió “Confieso que he vivido”, A Ella le parecía que afloraba “Confieso que no he vivido” Y como a la oportunidad la pintan calva y el tren de la vida pasa una sola vez, a esta edad no era cuestión de perderlo por aquello que antes llamaba principios no negociables. Era hora de arrinconarlos en la buhardilla. Dejar que se escape la oportunidad que no va a tener repetición era lo mismo que transformarla en recuerdo al minuto siguiente.

Él estaba eufórico porque la ocasión se le presentaba. Esa que tanto había deseado desde que eran jóvenes los dos. Ella estaba casada y con hijos chicos. Él deseaba poder hablar de igual a igual con aquella mujer cuya intelectualidad le despertaba fisgoneo. Las oportunidades, para poder intercambiar opiniones, estaban obturadas por el férreo control a que era sometida por su “media naranja”. Sólo eso.

Ahora que la trató sin censuras sus expectativas no habían sido defraudadas. Encontró a la mujer culta, inteligente, con salidas verdaderamente geniales. Nunca una mala palabra. Siempre haciendo un uso correcto de nuestro rico idioma castellano.

Pero después de descubrirla tal como las había imaginado… ¿Cómo seguiría la película? La notaba demasiado eufórica a Ella, pero ¿hasta dónde podía avanzar esta inesperada relación entre dos amigos? En un e-mail del 08-02-12, Ella le decía: “Me encantan tus respuestas. Ya llenaremos espacios en una mezcla de recuerdos, novedades y opiniones de este mundo que sorprende cada día. Y uno intenta no sólo saber, sino entender, madurar, aceptar de verdad, sin convertirse en un/a viejo/a esclerosado (de ideas). Un abrazo”

Él era un hombre con experiencias en esta especie de guerra de guerrillas de encuentros con mujeres, de touch and go. Pero a esta edad todo era diferente. Tenía presente que era casi un milagro tratar de conquistar y mantener una relación más o menos estable con una mujer con autonomía financiera. Estas están por encima de cualquier hombre porque no necesitan depender de nadie. Igual consideración con las que poseen alta academicidad o que por lo menos ellas así lo interpretan. Y para el caso sub-examen, exitosa profesionalmente. Sería por aquello que se le atribuye a Platón: “Quien tiene el discurso tiene la espada”. O tal vez eso de que “Quien dicta las reglas de oro es el que tiene el oro” de James Adams. Todo se presentaba como un campo minado dentro del cual puede resultar fatal el descuido mínimo.

Recordaba Él algo que le había llegado por Internet. ¿Qué le impide a una persona mayor el placer de tener sexo y de andar en bicicleta? ¿Enfermedad, tener miedo al fracaso o carecer de bicicleta? También recordaba un consejo de un abogado amigo, mujeriego al mango, que nunca se acostara con mujeres que habían sido “mal atendidas” o que su sexo estaba en el freezer. Era una de esas mujeres, según se enteró Él por boca de Ella. El tiranuelo había quedado impotente a mitad de carrera. Entonces Él comenzó a sacar cuentas y calculó en tres décadas el tiempo que Ella no conocía “una alegría”. Pero era un hombre con algo de orgullo que no le permitía fracasar cuando de conquistar se trataba y con mayor razón a los 72 años. Él no se animaba a dar el primer paso para la batalla que inexorablemente se avecinaba. Las cuatro estaciones del año se habían transformado en cuatro estaciones de placer y gozo en esos encuentros furtivos con el café como excusa.

Entretanto continuaban los e-mails. Él le enviaba versos de amor escrito por autores argentinos y extranjeros. Si hasta de Bertold Brecht le envió esto:

“La piel de no rozar la piel, se va agrietando,

los labios de no tocar los labios se van secando,

los ojos de no cruzar los ojos se van cerrando,

el cuerpo de no sentir el cuerpo se va olvidando,

el alma de no entregar el alma se va muriendo”

La Serenata de Schubert de fondo en un popurrí de fotos que comenzaba con: “En estos días tan especiales” y continuaba con hermosas frases, tales como “siento que hay muchas personas que sin estar a mi lado me acompañan siempre”…”a los que me quieren bien y me tienen en su pensamiento…a los que se alegran conmigo y a los que sufren mis penas… a los que siento aunque estén a kilómetros… a todos los que hacéis que sienta que mi vida tiene sentido…”

Ella seguía dispuesta a no perder, tal vez, la última oportunidad con este “negro” como lo llamaba y que le decía que ponía cara de pícaro cada vez que sonreía y hasta lo encontraba buen mozo (Él nunca se la creyó. Lo único que faltaba, negro, fanfarrón y engreído)

Él le escribió, el 15-02 un e-mail, titulado Reflexiones tuyas y mías, que decía: “No me molesta haber pasado los 70, sí me preocupa no disfrutar el resto. Y la clave es uno mismo. Esto que escribiste es genial. Ya no tenemos la vida por delante. Tenemos la vida por detrás. Y desconocemos cuánto nos queda de vida en las actuales condiciones. Poder desplazarnos y poder pensar, leer, estudiar, escribir. Claro está, como sabiamente lo dices, depende de nosotros gozar este “saldo y retazo” de vida que nos queda antes de la partida o del geriátrico…”

Continuará en la edición del próximo domingo.

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