Yo Cuento
Viernes 05 de Octubre de 2018

"El sueño de Ari"

Ari es una niña de diez años que irradia felicidad. Hace muy poco se cumplió el sueño que le había nacido desde muy pequeña.
Cuando nació fue la alegría de su familia. Menudita, simpática, vivaracha, desde el vientre de su madre bailaba al son de la música, herencia de su abuela materna que se baila todo. A medida que adquiría temprana oralidad, asombraba con su locuacidad, (a su abuelo lo bautizó "tatona", porque le dicen Tano.
Cuando hablaba por teléfono con su bisabuela, como un adulto, le preguntaba: ¿y tu marido qué está haciendo? Empezó a escuchar a los grandes de cuotas del terreno, cimientos, ladrillos, cal, arena. No entendía nada, pero más grandecita relacionó ese lenguaje y le nació un sueño "su casita". A su padre le dicen Negro, porque es bien morocho. En broma le decían: Tu papá es un negro. Respondía con altivez: No me importa, es bueno y yo lo quiero igual.
Quería un hermanito, rogaba a sus padres, pero ellos trataban de hacerle entender que querían para ella una vivienda propia, una vida con salud, alimentación, instrucción "y el horno no estaba para bollos". Lo que se denomina: responsabilidad paternal. Y pasaba el tiempo y veía que su papá, quitándole horas al ocio trabajaba en la obra, a veces con ayuda de familiares. Él es trabajador en el Parque Industrial y ladrillo tras ladrillo levantaba las paredes, sábados domingos y feriados. Muchas veces se quedaba en la construcción a dormir, tirado en el suelo con un cojín, para impedir que otros negros, pero de mierda, le robasen el material que tanto le costó comprar. Y seguía pasando el tiempo, las semanas, los meses, los años y crecía y mantenía el sueño de Ari, "su casita". Porque en la pieza que también construyó su papi, tenía limitaciones, por ejemplo, no se podía escuchar música por absurdas prácticas religiosas. Y la música es alimento para el espíritu ¿Cuándo estará terminada? preguntaba con ansiedad, siempre soñando con "su casita".
Poco a poco, con tesón y sacrificio, su papá, un trabajador argentino de los que hoy seguramente no abundan, terminaba "su casita", con baño instalado, pisos y aberturas.
Y ella también, rodillo en mano, ayudaba a pintar paredes. El Negro, sin subsidios, sin cigarrillos, sin chuparse, sin tatuajes, terminó por fin la obra y se cumplió el sueño de Ari, "su casita".
Hace muy poco, ella se despierta en "su casita".
Lo que en el futuro dirá con orgullo: la que hizo mi papá con sus propias manos. Sin piquetes, sin cortes de calle, sin quema de cubiertas. Sostenido con el apoyo de su compañera.
Con algo que los dirigentes gremiales, los funcionarios públicos, los políticos, nunca hicieron: trabajar.
Este fragmento de un cuento que no es cuento está inspirado en la vida de Ariadna Nahir Cóceres Gómez, alumna de 5º grado de una escuela privada Bº Gazzano. Hija de Mario Isaías y Yanina Alejandra, ambos pasados los 30. Su madre es la nieta mayor de Beatriz Alejandra Benítez, mi esposa. Si a los protagonistas les va a gustar o no, poco me importa, porque como libre pensador digo y escribo lo que pienso y pienso lo que quiero.
Este sencillo cuento no va a ser llevado al cine ni a la televisión. No hay tiros, asesinos, sangre. Ni tampoco explicitas escenas pornográficas. Porque historias como tantas otras, simples, no movilizan la morbosidad de la gente.
Robledo Puch, asesino serial, Maradona y Charly García, drogadictos; Monzón, asesino; joven que mata a palos a su madre y abuela, corruptos y sus familias, la tocaya Nahir que asesinó a su novio, todos esos, sus historias brillan.

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