Bienestar psicológico
Viernes 30 de Noviembre de 2018

El sentimiento de culpa

El juicio moral que nos damos a nosotros mismos

La culpa es un sentimiento que integra una serie de elementos emotivos y cognitivos con juicios de valor negativos hacia uno mismo por un pensamiento, conducta o actitud que un ser humano ha ejecutado en relación a lo que se espera en un contexto social, religioso y legal específicos, aceptado en pactos explícitos e implícitos en los cuales se establecen los límites entre lo que está bien y lo que está mal. Es un sentimiento común de estrés emotivo que nos tiene que ayudar a señalar cuándo nuestras acciones o nuestras omisiones han causado o podrían causar un daño (físico, emotivo o de alguna otra naturaleza) a otra persona o situación.
Es una sensación desagradable que deriva de la convicción, aunque fuera injustificada, de haber dañado a alguien o a algo, por lo cual se relaciona con el altruismo y la empatía; y a un nivel más profundo se relaciona al miedo de un castigo interiorizado por nuestras figuras significativas (padres, jefes, directora, entrenador de algún equipo, amigos etc.). Pero al mismo tiempo el sentimiento de culpa puede ser reelaborado de forma constructiva, por ejemplo generando acciones socialmente útiles para reparar con alguna actividad individual de beneficencia.
¿Para qué nos sirve?
A todos nos ha pasado de haberlo sentido alguna vez, a veces con razón, otras no tanto y otras sin razón aparente. El sentido de culpa no es retenido por la psicología siempre como negativo, porque nos indica la presencia de un debate interior sobre el cual vale la pena reflexionar y nos ayuda a mantener las relaciones con los otros en un marco de respeto mutuo. Transformar el sentimiento de culpa en generosidad significa transformarlo en conciencia moral y también poder reconocerse como perteneciente a una "especie" altruista en la cual existe la capacidad de poder establecer relaciones sociales.
Todos nosotros tenemos una doble identidad: una individual, ligada a nuestros intereses personales y otra sistémica, que funciona en base a la relación en sí misma y hacia los intereses de nuestros similares. Tendemos a identificarnos en los otros, a percibir sus emociones; y es en este sentido que el sentimiento de culpa nos sirve para mantener las relaciones y en justas dosis, también a madurar.
Este sentimiento se vuelve negativo cuando, en cambio, se transforma en aotolesionismo o comportamientos autodestructivos, como sucede por ejemplo cuando los padres hacen sentir en culpa a sus hijos porque quisieran que fueran diferentes a los que son, o cuando una relación se transforma en posesiva de alguna forma, en donde un padre o pareja nos culpabiliza porque no los queremos lo suficiente. El componente empático de la culpa puede transformarse en un problema cuando se llega a determinados excesos que impiden de poder analizar la situación de forma lúcida y transparente.

Un sufrimiento prevalentemente femenino
En general, está comprobado que son las mujeres las que más frecuentemente tienen el sentimiento de culpa, en particular en cuanto a relaciones interpersonales se trata. Esta tendencia se relaciona con el hecho de que está comprobado que las mujeres tienen sus capacidades empáticas más desarrolladas. Y también se ha podido comprobar que las mujeres más jóvenes, como han crecido en un época en donde los métodos educativos rígidos instaban a una moral católica, han sido sustituídos por modelos más liberales.
Vulnerables también al sentimiento de culpa lo son aquellas personas que se dejan condicionar mayormente por eventos/pensamientos externos y los depresivos.

¿Una emoción narcisista?
¿Puede ser que el sentimiento de culpa nazca de una sobrevaloración de las propias capacidades o de la sensación narcisista de querer ser, de alguna manera, el centro del mundo? ¡Y sí, puede ser! Si me siento en culpa, por ejemplo, porque he hecho llorar a mi madre, voy a tender a minimizar todos los otros eventos que pueden haber desencadenado el llanto de mi madre y meto al centro del evento a mí mismo ("¡es culpa mía y listo!").
Muchas veces cuando se llega a la raíz del origen de este sentimiento aparentemente inmotivado, muchas veces nos encontramos ante la presencia de sentimientos hostiles en relación a algún componente de la familia o persona significativa. ¡A prestar más atención a esto!

¿Cómo sabemos si debemos sentirnos o no en culpa?
Para individuar la diferencia entre culpa subjetiva y culpa objetiva, es decir, entre nuestra percepción y la realidad de los hechos, deberemos evaluar las características contextuales de nuestro sentido de culpa y después ponerse a pensar que ha cumplido la función de "amigo" (el sentimiento de culpa") por lo cual nos ha hecho de alguna forma reaccionar en tomar conciencia. Si el sentido de culpa, en cambio, aparece como inmotivado, es probable que encuentren una serie de motivaciones para justificarlo y a llegar a la conclusión que no haya razón alguna para sentirse así.
Es necesario tener presente que la emoción de la culpa nos lleva a sobre-evaluar las consecuencias de nuestras acciones. Si en vez de esto buscamos razonar sobre el comportamiento de los otros, la emoción no interferirá con nuestros procesos cognitivos y podemos llegar a tener un punto de vista mas lúcido y menos sufriente. Es importante llegar a poder gestionar los diferentes sentimientos de culpa y saber "perdonarse" si las circunstancias lo favorecen o simplemente no dejarse utilizar por los otros.

Utilizarlo como una alarma
Es útil pensar este sentimiento como una pequeña alarma que tenemos en nuestro cerebro la cual nos activa a pensar sobre nuestras acciones y pensamientos en la relación a otras personas, al contexto que nos rodea y también hacia nosotros mismos. Nos permite "sentir" y debatir sobre lo que pensamos, de dónde viene, porqué lo necesitamos, a qué nos está sirviendo, qué nos quiere enseñar.
Nos obliga a detenernos y verificar nuestras ideas y sentimientos en relación a los otros, a prestarles atención para seguir evolucionando, madurando y buscar nuevas alternativas y recursos para aprender a ser más empáticos con quienes significativamente nos rodean.
No estamos solos y debemos seguir aprendiendo a respetar los límites que nos unan más con el resto de las personas sin autocastigarnos.

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