Diálogo Abierto
Domingo 22 de Julio de 2018

El reciclado como recurso creativo ante la necesidad

Desidia y falta de políticas pedagógicas en los jardines municipales. Cuando la imaginación y la voluntad superan a la carencia.

Las manos de Leticia Mas parecen las de una destacada ilusionista, aunque su profesión es la de maestra jardinera. Cualquier material u objeto descartado que para la mayoría es sólo digno de ocupar la bolsa de residuos, puede ser reciclado y convertido en algo útil o decorativo, atractivo y bello. Esa habilidad no la desarrolló por ninguna veleidad artística o esnob, sino por la falta de recursos para el desarrollo de su actividad en los jardines maternales municipales, ámbito que describe como circunscripto al asistencialismo y sin propuestas pedagógicas –fundamentalmente en zonas periféricas y marginales, o sea donde más se necesitan.

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"Lo del reciclado surgió porque en los jardines municipales no teníamos nada. Solo nos daban la revista Alfabeto ".

Un libro, un tesoro

—¿Dónde nació?

—En Paraná –calle Carbó y Belgrano– donde viví hasta los 17 años, luego se compró acá (calle Río Negro) y vinimos.

—¿Cómo era aquella zona en su infancia?

—Era barrio, calles con adoquines y la dirección de la calle era hacia el cementerio. Jugábamos en la placita Sáenz Peña –tal cual como es ahora–, en la vereda y en la casa de mis amigas. En verano, se dormía con las puertas abiertas, poniendo sólo una cadenita. Después vino el asfalto, cambió la dirección de la calle y hubo más tránsito.

—¿A qué jugaba?

—Al elástico, la payana, la rayuela y el pisa pisuela; la televisión recién llegó cuando tenía doce años. Los domingos íbamos a nadar al club Echagüe o Estudiantes.

—¿Qué actividad laboral desarrollaban sus padres?

—Mi mamá, ama de casa y bordaba para Modas Ross, y mi papá, administrativo de la colonia de enfermos mentales, de Diamante.

—¿Sentía una vocación?

—No; estudiaba guitarra en la Escuela de Música, porque a mi mamá le gustaba mucho. Nos cansaron porque fueron muchos años y en la secundaria dejé.

—¿Materias predilectas?

—Todas y nunca me llevé ninguna... geografía y viajar me gustaba mucho.

—¿Leía como hobbie?

—No, sólo diarios y revistas porque los libros no estaban a nuestro alcance. Tuve uno solo, que fue Simbad el marino y lo guardaba como un tesoro. En Buenos Aires trabajé en la Editorial Tres Américas –cuando comenzó la época de la computación– y tuve un contacto más directo con los libros. Me gustaba mucho Elsa Bornemann y Gustavo Roldán, y luego comencé con la historia de Montessori. Cuando vine a Paraná estudié para maestra jardinera, ingresé como auxiliar docente en la Municipalidad –en el área de jardines maternales– y me gustó. Me encantan los cuentos infantiles, me los devoraba y soy narradora. Hasta hoy leo y busco.

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<b>Patético. </b>"Ver a un docente con un "machete" para dar clase me parece horroroso".
Patético. "Ver a un docente con un "machete" para dar clase me parece horroroso".

Docencia y decadencia

—¿Qué estudió al terminar la secundaria?

—Fui a Buenos Aires y comencé Kinesiología, pero era la época de los militares... más que nada fue para irme y trabajar. Luego lo conocí a él (el esposo), nos casamos, vinieron los chicos, dejé todo y vinimos a Paraná. En 1997 me recibí de maestra jardinera, aunque ya había trabajado en los jardines.

—¿En qué paradigma pedagógico se formó?

—En ese momento fue un gran cambio porque comenzaron los contenidos básicos comunes, la Ley de Educación –con cambios muy rechazados y cuestionados– y la carpa blanca. Fui la última generación y luego se cambió todo, de vuelta y comenzó la debacle. Quedamos... descolocadas y nos hicimos con la experiencia.

—¿Cómo evalúa la situación durante sus once años de trabajo?

—¡Un desastre; la docencia en este momento deja mucho que desear, no se enseña y no se educa! En los jardines municipales no teníamos nada y por eso surgió lo del reciclado. Sólo nos daban la revista Alfabeto, de la cual surgieron rompecabezas, juegos tridimensionales y aros. Todo imaginación para que el chico aprendiera, mientras que ahora no sé si el docente lo hace. Me pasaba horas cortando goma Eva, haciendo cositas y juegos –y me ayudaban mis hijas y mi marido. Mi formación docente fue buena y con muy buenos profesores que nos estimulaban y hacían querer las materias: Clarita Berduc nos hizo luchar contra las represas, María Eugenia Almará –una profesora de Música y Literatura espectacular–... Y destacadas, fundamentalmente, por su ética y corrección. No sé cómo está ahora, porque ver un docente que haga un machete para ir a dar clase me parece horroroso. Y es lo que veo.

—¿Lo profesional cuándo se agravó?

—No sé... el docente tomó la profesión como una salida laboral rápida y no tiene alma ni vocación para serlo; no tienen palabras, no leen, no saben narrar ni expresarse, y tienen horrores de ortografía –lo cual veo en las carpetas de mis nietos.

—¿Es una salida laboral económicamente conveniente?

—El docente primario no está mal pago, gana bien, mientras que el profesor va por todas partes para completar horas. Mi hija –que es profesora de Matemáticas– se iba a Santa Fe, Cerrito, a la Base Aérea y andaba como loca gastando plata en colectivos.

—¿No destaca ningún cambio positivo?

—Lo que sucede es que nunca estuve en escuelas y trabajé en los (jardines) municipales, que son diferentes porque son más asistencialistas –contra lo cual me rebelé. Por más que el chico necesite el asistencialismo, necesita lo pedagógico, lo motriz y lo que no tiene en la casa –ya que siempre trabajé en jardines de barrios carenciados como El Morro, Lomas del Mirador, Estación Parera y La Princesita. ¿Por qué no darles otras cosas?

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<b>Posibilidades.</b> "La gente no se da idea de lo mucho que se puede hacer con tan poco".
Posibilidades. "La gente no se da idea de lo mucho que se puede hacer con tan poco".

Asistencialismo sin pedagogía

—¿Ese concepto del jardín está instalado como política o se da naturalmente por las carencias?

—Se da por la situación social pero está en uno hacer el cambio. Trabajé en el jardín San Pablo –de El Morro–, donde veía cómo acontecían los robos pero nunca nos faltó nada –y eso que llegaba mucha asistencia del Promin. Pedíamos que vinieran los papás a una reunión y el jardín se llenaba, y hasta el día de hoy me reconocen. Nunca puse cumbias porque era darles más de lo mismo; escuchábamos María Elena Walsh, Pipo Pescador, y Pescetti. Un día las chicas se rieron porque puse Las cuatro estaciones –de Vivaldi–, e hicimos expresión corporal. En la sala de cuatro años, el Día del Himno, lo puse, al igual que la Marcha de Entre Ríos –que es más movida– y los nenes me la seguían pidiendo. Era una construcción hecha con otra mirada. En Villa Mabel –con el Copnaf– enseñaba reciclado, hicimos una chocolatada para un día patrio, vino un nenito y puso el mantelito y su tasa en medio del barro y rodeado de caballos. Las cosas quedan, por eso hay que tener vocabulario y actitudes para trabajar con ellos.

—¿Le costó correrse de los lineamientos asistencialistas?

—No, porque todo el grupo tenía una misma forma de trabajar, aunque ahora no sé qué pasará porque me agotaron... cuando comenzaron con un plan social nacional y pusieron gente no preparada para estar frente a un niño. En ese momento surgió el Bibliomóvil, me ofrecieron integrarlo, comencé a armarlo, decorarlo y salí a contar cuentos recreados con láminas hechas por mí.

—¿Cuál es el balance de la experiencia en los jardines de barrios carecientes?

—Falta compromiso educativo, porque el social, está, ya que si no hay comida se consigue. No es lo mismo sentarme en una sillita, quedarme ahí, darles a los chicos una bolsa de juguetes mientras se matan a garrotazos, que sentarme en el piso, enseñarles a jugar y hacerlo con ellos. En la Municipalidad no hay docentes, son todos auxiliares, entonces no se puede lidiar con eso. ¿Cómo le voy a decir a alguien que no tiene la escuela primaria ni planificada su vida, que planifiquemos lo que haremos con un chico?

—¿Es desde siempre en ese ámbito?

—Sí; se concibió así y las docentes que pudimos, nos fuimos –porque es muy agotador– y quedaron las directoras. En la gestión anterior tomaron docentes del Consejo de Educación, quienes iban cuatro horas.

Piojos y agua alergénica

—¿Una situación particular?

—Cada día tenés una experiencia distinta. Había chicos llenos de piojos, los bañábamos y despiojábamos. No habían dormido en toda la noche, entonces después de eso, se acostaban, dormían, los levantábamos, les dábamos de comer, venía la mamá y se iban contentos. Al otro día... llenos de piojos. Era el día a día. O tener una mamá que me dijera que no le limpiara la cola con agua a la hija "porque es alérgica al agua". Pero siempre es gratificante porque el apoyo de los padres es total y sus hijos son la prioridad –lo cual se lo hacíamos sentir, en el sentido que no soy la segunda mamá. No tengo derecho a retarlos, gritarles ni ponerlos en penitencia, aunque sí a educarlos y hacerlos pensar.

—¿Un caso de aprendizaje?

—En El Morro tenía un nene de cuatro años que se escapaba porque no quería estar encerrado. Lo hablé y decoramos la salita según lo que le gustaba, le prometía que si se portaba bien comeríamos dulce, y lo fui conquistando con respeto.

—¿Detectó el problema subyacente?

—Muchos: al padre le cortaron una mano por querer violar a una nena y la madre tenía una cicatriz impresionante en la cara. Había otro nene hermoso, de dos años y no caminaba porque lo cuidaban tres personas paralíticas. Comía sentadito en el piso –que era su lugar–, comenzamos a trabajar, despacito, hasta que fue la dulzura personificada, nos abrazaba y tuvo una transformación muy grande, no sólo él sino la mamá.

Reciclado con cara de necesidad

—¿Así que inició el reciclado por la falta de recursos para la actividad pedagógica?

—Sí, fue comenzar a hacer para que los chicos jugaran en los jardines, y llevando los juguetes y muñecas de mis hijas que ya no usaban. Con corchos de sidra hacíamos veladores y con fósforos, mesitas

—¿Por qué los organismos públicos no promueven estas herramientas, especialmente en ámbitos con tantas necesidades?

—En 30 años de trabajo que tengo en la Municipalidad a los políticos nunca les interesó En su momento, me ofrecí a la intendenta Blanca Osuna para ir a la planta de reciclado (del Volcadero) pero no tienen interés. Era para enseñar a reciclar y que tuvieran una salida laboral. Estuve en el Puerto de la Memoria y tampoco me apoyaron: en la fiesta de fin de año había unas 300 personas y yo, solita. No fue nadie de la Municipalidad, ni siquiera mis compañeros... hasta que me pasó algo feo y no fui más. Ahora hago lo mismo en barrio Cáritas –los lunes– y para adultos mayores las Mateadas recreativas –con Ricardo (Rodríguez), los jueves en calle Corrientes. Estamos abiertos a dar el taller o una charla donde nos llamen.

—¿El reciclado debiera incorporarse a la educación?

—Sí, totalmente, es muy importante, y más en los barrios carecientes.

—¿En los jardines enseñaba?

—Sí, a los papás; hacíamos alfombras, carteras, manteles, lámparas, tarros para guardar distintos elementos –entre otros objetos útiles– o arreglábamos sillones. En el Puerto de la Memoria –de Puerto Viejo– eran 35 chicos que hacían reciclado, pintura, diseño de mandalas y atrapa sueños, escuchaban música... pero me enfermé porque es muy húmedo. Nunca rompieron nada, andá ahora y fijate como está todo destruido. ¡Un desastre! También enseñé en barrio Pirola, donde incorporé juegos ecológicos.

—¿Experiencias interesantes?

—Se pueden hacer hasta casas con materiales reciclados y pisos, con tapitas de gaseosas cubiertas con cemento.

Claves sobre el arte de hacer tanto con casi nada

Leticia muestra innumerables objetos decorativos y juegos, todos ellos con una prolija terminación y buen gusto, fruto de "las ganas de hacer. No se necesita mucha ciencia ni herramientas", puntualiza.

—¿Al comenzar, su habilidad fue intuitiva o conocía una técnica?

—Veo algo, pienso y lo hago. Antes, nunca hice nada, sólo cosas y souvenirs –con pedacitos de tela y cartón– para los cumpleaños de mis sobrinos y para el bautismo de mis nietos. No sé si soy hábil pero me gusta hacerlo y soy detallista, siempre tratando que las cosas se reutilicen. ¿Qué hacés con un teclado viejo? (Muestra uno, al que le quitó las teclas –con las cuales hizo un molino– y lo convirtió en un portarretratos y organizador de escritorio). ¿Con un cuaderno viejo? Lo cortás por los renglones, hacés rollitos, los pegás uno con uno y es un hermoso llavero para colgar en la pared. Con los casetes podés hacer monederos; la cáscara de la cebolla y de los huevos, usarla para forrar y la cubrís con betún... ¿Para qué vas a tirar?

—¿Qué materiales utilizó?

—Muchas botellas: todos los juegos que tengo son de plástico. Con los recipientes de Tholem y tapitas de desodorantes convertidas en pelotitas, hice una especie de juego de Sapo. Con botellas, pescaditos que en el pico tienen un ganchito para ser pescados. Los vasitos de yogurt y las botellas son muy útiles para hacer juegos divertidos y arbolitos en Navidad.

—¿Los más versátiles?

—Cualquiera, no hay uno específico. Podés hacer una palita para la arena con un recipiente de shampoo, un cofrecito para guardar con una botella de Coca Cola, un porta alfileres con un mouse, una bandejita con un disco, un porta agujas de tejer con un tubo de cartón de las telas, un abecedario Braille con cartones, lámparas con vasos de yogurt, cortinas con tapitas de cerveza o corchos... Si ponés los vasitos de Danonino o los discos compactos en el horno, quedan una plancha y podés hacer pines y muchos objetos hermosos.

—¿Junta lo que encuentra?

—Esta casa tiene de todo (risas) porque no se tira nada. Estos lápices gigantes están hechos con tubos de cartón utilizados para enrollar telas, en los cuales los chicos tienen que embocar anillos. Se pueden hacer muñecos, títeres...

—¿Claves?

—La gente no se da idea de lo mucho que se puede hacer con tan poco. El elemento esencial es la plasticola, o incluso nada porque a veces se agujerea. Para pintar, látex o acrílico. No hay mucha ciencia sino ganas de hacer.

—¿Sugerencias para quien quiera comenzar?

—Que se atreva, corte, pruebe... la primera no te saldrá, pero la segunda, sí.


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