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El hijo de Belgrano

Pedro Pablo Rosas y Belgrano nació en la provincia de Santa Fe el 29 de julio de 1813.

Viernes 28 de Junio de 2019

El parlamento lleva un largo rato bajo un cielo de espesas nubes de un gris azulado que como ubres cargadas embolsan el agua inminente de Santa Rosa. El viento Sur avanza indebidamente caluroso por la llanura interminable y muda aquella mañana de agosto de 1846 en algún lugar cercano al fuerte de Azul.

Dos grupos de hombres conferencian sentados en corro como manda el protocolo fronterizo. De un lado el cacique ranquel Quechuden, rodeado de algunos de sus capitanes y de “Lautraman” (Cóndor petiso), como le dicen los indios al Coronel Manuel Baigorria, un unitario refugiado en las tolderías de Tenel desde hace años, luego de escapar del pelotón de fusilamiento de Facundo Quiroga tras la derrota de Rodeo de Chacón.

Ese día se negocia la entrega de Baigorria, asimilado completamente a la vida en el desierto, donde incluso comanda una fuerza de gauchos aindiados que ha participado en entradas contra los cristianos y es reclamado con insistencia por Rosas, el mandamás de la Confederación Argentina que nunca olvida; del otro lado de la mesa imaginaria, se alinean tres oficiales de la guarnición militar, liderados por un hombre joven de tez muy blanca, buen porte y mirada penetrante que ornamenta un prolijo bigote francés. Pero este no habla, solo escucha atento el intercambio entre Quechuden y Cristo ―un araucano criado desde chico entre los Franciscanos que oficia de lenguaraz para los “huincas”―; escucha pero también mira, porque en esos confines hostiles donde están colisionando dos mundos, lo que se dice vale tanto como los gestos y las circunstancias del hablar (la palabra “fuego”, se sabe, puede indicar, según la entonación, la solicitud de lumbre para el tabaco o la orden de accionar las carabinas).

Atrás a prudente pero conveniente distancia de los conferenciantes, hombres montados y tensos se aferran a sus armas por si la situación se malogra y se desata el entrevero.

En un momento del parlamento mientras habla el vocero militar, el renegado Baigorria le dice por lo bajo algo en lengua pampa a Quechuden y lanza una risita burlona que el jefe indio claramente reprueba como demuestra con una rapidísima mirada de fastidio hacia su ladero. El aborigen toma muy en serio la ritualidad de estos actos; es un error frecuente de los blancos menospreciar a una sociedad que no posee escritura y confrontarla con una que sí la tiene; ya Mansilla pudo observar entre las formas de comunicación oral de la comunidad ranquelina que la conversación en conferencia estaba sujeta a ciertas reglas, a cierto tono de preguntas y respuestas consecutivas, a un cierto compás, podríamos decir, que debía respetarse a rajatabla.

El comandante militar de Azul y Juez de Paz interino, que alcanzó a escuchar el cuchicheo, habló entonces en perfecto dialecto ranquel ante el estupor de todos los presentes: “No se confunda mi amigo. Yo no soy ningún mandadero. Yo soy Pedro Pablo Rosas y Belgrano y Usted se viene ya mismo detenido con nosotros”.

Esta anécdota referida por la tradición oral desde el fondo de la sangrienta y legendaria vida fortinera en los años de la Conquista del Desierto, rescata del olvido a un personaje casi desconocido de la sorprendente historia argentina del siglo XIX: el hijo del General Manuel Belgrano.

Pedro Pablo Rosas y Belgrano nació en la provincia de Santa Fe el 29 de julio de 1813 y fue bautizado en la catedral de Todos los Santos de la capital provincial el 26 de agosto de 1813. En la “Fe de bautismo”, que despejó todas las dudas sobre su verdadera identidad, se consigna que se le impusieron los óleos y se lo bautizó “de necesidad”. En el margen izquierdo de esta Acta, a la que tuvimos acceso, se lee textualmente: “Pedro Pablo, huérfano, 8 reales pagados”, y se registra además la presencia de cinco testigos notables, circunstancia poco común tratándose de un “huérfano”, ya que generalmente se dejaba constancia que era hijo de “padres desconocidos”. Curiosamente, uno de esos testigos era la propia madre: María Josefa Ezcurra.

El niño nació luego de un largo romance entre el creador de la bandera y María Josefa, una joven y bella mujer de distinguida familia, hermana de Encarnación Ezcurra, que con el tiempo sería la esposa de Juan Manuel de Rosas, quien adoptó inmediatamente al bebé, que sería conocido desde entonces como Pedro Pablo Rosas (se ignora si el pequeño llegó a conocer a su ilustre padre, que murió en 1820).

Si bien los amantes se conocen en fecha muy temprana, María Josefa era una mujer casada. Su marido, un primo suyo venido de España, Juan Esteban Escurra, ferviente partidario de la causa realista, abandona a su joven mujer –por entonces de 26 años– y regresa a España al estallar la Revolución de Mayo en 1810.

Al sentirse libre, María Josefa sigue a Belgrano (que le llevaba 15 años) en su campaña como Comandante Auxiliar del Ejército del Norte, donde se intensifica el idilio y en Jujuy conciben a su hijo Pedro, que nace meses después en una estancia de unos amigos de Belgrano (probablemente Candioti o incluso también de Gregoria Pérez de Denis, quien prestó decidido apoyo a la causa de la independencia, siendo por ello considerada la primera patricia argentina).

Juan Esteban Ezcurra muere al poco tiempo de su regreso a España y a pesar de no haber tenido hijos, nombra a su esposa heredera de una importante fortuna. Esta situación, además de los fuertes mandatos sociales podría haber sido la razón por la cual ninguno de los dos padres acepta reconocer al niño, que es criado como hijo adoptivo de Rosas en el duro entorno campero bonaerense, donde se curte en los rudos menesteres de la ruralidad de las incipientes estancias de los enfiteutas argentinos.

Las escasas fuentes de la época dejan constancia física de un joven robusto, sano y muy parecido a su padre en sus finas y delicadas facciones.

Pedro Rosas fue muy querido por el Restaurador, al punto que oficiaba como secretario privado y mano derecha, incluso manifestándole más confianza que a su primogénito de sangre, llamado Juan, con quien nunca tuvo una buena relación.

En 1833, al cumplir los 20 años de edad, Pedro fue informado por Rosas de su verdadero origen, cumpliendo con el expreso pedido del general Belgrano en una carta que le había escrito antes de morir, dejándole Rosas a la voluntad del joven la decisión de usar el nombre.

A partir de entonces incorporó, primero con perplejidad y luego con orgullo, su apellido biológico, pasando a llamarse Pedro Pablo Rosas y Belgrano.

Como narramos más arriba, Pedro Pablo Rosas se destacó por su habilidad para relacionarse con los pueblos aborígenes (hablaba con fluidez la lengua ranquel) y tejer alianzas con los caciques más poderosos de las pampas, además de contar con ciertas dotes militares que puso al servicio de las causas que creyó justas en las campañas contra el indio (fue un pilar en la consolidación y crecimiento del pueblo de Azul) y en las guerras civiles argentinas.

Respondió siempre políticamente a Rosas –su padre adoptivo– hasta Caseros y el derrumbe porteño. Después cambió varias veces de bando viboreando en sus lealtades, como era usual entre los militares producto de la inestabilidad política entre centralistas y federales.

Alcanzó el grado de coronel y siempre fue tratado con respeto por Urquiza en honor a su padre (cuando tuvo razones más que suficientes para fusilarlo cuando cayó prisionero), y después también zafó del paredón y fue perdonado por Hilario Lagos durante la revuelta de 1852 –consejo de guerra de por medio–, por Urquiza de nuevo y por Mitre al final después de Pavón en 1861, siempre por ser el hijo de don Manuel Belgrano. Nadie se atrevía a matar al hijo del prócer.

Vivió la etapa adulta de su vida bajo la enorme sombra inhibitoria de su padre, lo que no impidió que dejara una prolífica descendencia y una modesta huella personal que aun puede rastrearse por los estrechos senderos de la historia poco conocida de la patria.

Según consigna el historiador bonaerense Rafael Darío Capdevila, en su minuciosa obra “PEDRO ROSAS Y BELGRANO” (Ediciones Patria, Tapalqué, 1973), el hijo del prócer falleció el 23 de septiembre de 1863, a los 50 años de edad en el Nro. 208 de una calle de la ciudad de Buenos Aires, llamada Belgrano

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